Todo el mundo sabe o sospecha que la muerte nos coge siempre por sorpresa. Incluso alguien alguna vez creyó y dijo que la muerte es cuestión de rendición o derrota o sumisión. También hay alguno, quizá, según dicen, he creído entender, para quien la muerte es una forma de alegría. Pero lo que nunca he oído es que alguien dijera que la muerte juega a veces con toda la frivolidad de la que es capaz el más inconsciente y atrevido de los individuos. Tal vez sea esto lo que le ocurrió a la mujer que yace ahí y ahora, ante todos, en mitad de la calle con el cráneo machacado entre el bordillo y una rueda de camión. Yo la conocí de joven, de niña incluso, hace más de cincuenta años. Sus cabellos cuidadamente peinados. Su piel blanca, traslúcida, como la de una actriz de teatro. Siempre fue fina y delicada hasta llegar a asustar a quien no la conociese o la acabase de conocer, muy sutil y perspicaz. Con el perdón siempre en la boca al borde de los dientes y de la lengua, con las gracias en los ojos y emanando de ellos sin pausa, como un gas invisible que lo fuera llenando todo a su alrededor, cubriéndolo todo de un polvo mágico de paz, de calma, de sosiego. A mí me enamoró esa mirada nada más dejar sin posible rechazo que me invadiera y penetrara. Era una atracción imposible de evitar. Si lograba por unos días alejarme de ella era un trampantojo barroco para volver con más fuerzas, con más ganas y ansias a ella. Siempre supo rechazarme con esa delicadeza suya que parecía que no lo estaba haciendo, que en realidad estaba haciéndote un favor a ti o llamándote desde una distancia borrosa imposible de precisar y de salvar. Esta distancia imprecisa era pura magia, llegué a pensar alguna vez. Lo hacía con una sonrisa levemente marcada por sus labios, casi imperceptible. Yo creo que sonreía también con esos sus ojos, que vertían ese fluido perfumado con livianas gotas de un cariño antiguo, profundo y lejano. Yo nunca fui una excepción exclusiva en sus rechazos. Igual que a mí también lo obtuvieron otros. Lo sé. Todos lo sabíamos. Siempre desde su pulcritud, desde su delicadeza infinita y sutil, desde su castidad infantil, desde su mirada virginal, pero atrevida, altiva a veces y aparentemente débil. Así fue durante meses y años. Días y días de ausencias tan necesarias como violentas. Y acumulando lentamente entre todos sus pretendientes un rencor amargo, como amargos son las horas y los días que transcurrían alejados de ella. Yo fui soñando encuentros, a veces incluso agresivos, siempre provocados por otros, porque yo no hubiera podido ni en sueños hacerle ningún daño a ella. Otros, sin rostro definido, eran los violentos. Tal vez fueran, ahora lo veo con claridad, sus otros aspirantes mortales que como yo deseaban abrazarla y besarla, amarla y protegerla, y alcanzar con ella la fuente de todos nuestros deseos. Mas nadie consiguió nunca tomarla ni asaltarla por mucho que todos quisiéramos hacerlo, incluso conquistarla: ciudad fuertemente amurallada era ella a la que ni los años conseguían resquebrajar mínimamente sus gruesos muros, duros y fuertes como la roca. Una membrana irrompible que la envolvía a ella y a su pureza. Salvo hoy, después de tantos años en que me había concedido de nuevo su atención, no fue una sorpresa su carta, en que vuelvo a ella, a mi casa de donde nunca verdaderamente partí, aunque cerrada para mí tanto tiempo, nunca descuidada, nunca abandonada, y, de repente, ¡oh, misteriosa y desdichada sorpresa!, la encuentro tirada en la calzada, despatarrada, con el cráneo aplastado entre el bordillo y la rueda del camión que no la vio o que cogió la curva a mucha velocidad o que no pudo frenar. Con sus cabellos tintados manchados de asquerosos grumos, de sangre y de grasa. Y no podrá ya quitárseme nunca de la cabeza esta imagen de la posición de sus piernas abiertas sobre la acera, enseñándoles a todos los curiosos desconocidos sus muslos blancos y firmes aún... La muerte a veces caprichosa o ignorante o inconsciente tal vez, impone posturas obscenas a quien menos lo elegiría uno o se imagina o quiere.
