jueves, 26 de febrero de 2026

Tres en uno:

 

1: Soliloquio de Judith:


Para Carmen.


«Y con toda su fuerza le hirió dos veces en el cuello, cortándole la cabeza»

(Libro de Judith, capítulo 13, versículo 8).


«Cuando me levanto de la cama todavía es de noche. Mi marido, Presencio, contradiciéndose con contumacia a sí mismo, puesto que siempre está ausente, hace ya rato que marchó al trabajo. Mientras me preparo un café solo pienso "¿Has oído el viento esta noche?" Esta pregunta lentamente va transformándose, conforme me voy despertando y olvidando de ella, para pasar a una exclamación aburrida: "¡Ánimo y fuerza para aguantar otro día más!". ¿A quién le importa el quehacer del viento? Trabajo en una oficina que pertenece a una empresa de facturación de facturas. Esto es difícil de explicar y de justificar, y tampoco es importante para la historia que pretendo contar. Olvídelo, entrometido lector.

Judith Amargo, que así me llamo, odia su trabajo: no por el hecho de tener que trabajar (para ganarme el pan o las braguitas o lo que sea que necesite o quiera), sino por el trabajo que realmente debo realizar y por el lugar cerrado y amargo en el que lo desarrollo: todo el día sentada delante del ordenador tecleando nombres, cifras, direcciones, códigos, más nombres,... Hace tiempo que empezaron a agudizárseme los dolores de espalda y ya están llegando también los de las piernas, los de los brazos, los de las manos y los de los dedos. Y tampoco esto es lo que me importa. Sé, y bien que lo sé, que mi futuro es claro y cierto, y que esta permanente convicción de que nada tiene sentido sea, tal vez, la causa que me hunde en un misterioso sopor animal, como si pretendiera ser un reptil al sol, como si habitara en un permanente vaho caliente que me asfixie y que, aunque no llegue a deprimirme esto no puede llegar a sucederme, mi situación personal lo impide, me contraiga, me empequeñezca, me reduzca, me enferme y me mate lentamente.

Pero lo peor no es el trabajo en sí, es más bien el ambiente que se respira en la oficina y que emana sobre todo del despacho del director que es quien lo genera. Es un mal tipo que difunde por toda la planta un hedor o hálito agrio, una peste amarga, como designa mi propio apellido, premonitorio quizá: director engreído, director narciso, petulante, machista y racista. A veces creo que nos odia a todos en la oficina, a veces creo que me odia solo a mí, a veces que odia con especial inquina a la nueva, una joven en prácticas, negra y antipática, o tal vez sea solo seria. Tengo que reconocer que a mí me gusta jugar con ella: a veces le digo lo bien que está aprendiendo y trabajando, otras la mando airadamente a por los cafés a la máquina, que, por supuesto, paga ella. Es obediente y no sabe ni vestirse ni sacarse partido. Alguna vez incluso la he visto sonreír después de que alguien, yo misma, le hablase con algunas gotas de indigna superioridad.

Hoy, además, llueve. Hay electricidad enclaustrada acumulada en este ambiente plumbeo y oscuro. El director, más altivo y soberbio que de costumbre, me ha mandado llamar. No está de humor. Temo una entrevista difícil.


Judith, ¿era hoy cuando tenían que estar para revisión los listados del barrio de El Porvenir?

Sí, director, era hoy, pero ya le dije hace tres días que eso iba a ser imposible, porque nos han llegado muy tarde los documentos de la Agencia Tributaria. Ya sabe, los funcionarios trabajan a su ritmo, incluso los de Hacienda.

Pero esos documentos llegaron antesdeayer —gritando—. ¿Acaso no cobráis? ¿No os pago todos los meses? Entonces, ¿por qué no está terminado el trabajo? Hace dos horas que me están llamando desde Revisiones. ¿Qué les digo? Dime. ¿Qué les digo? —sin dejar de gritar—.

No lo sé director —con aparente y absoluta calma. Despues de un silencio—. Dígales lo que quiera. Tal vez, echando algunas horas quizá, podamos terminar el listado esta misma noche.

Pues venga, corriendo, comunícaselo a todos. ¿Qué haces ahí parada? ¡A correr! —totalmente fuera de sí—.

Salgo del despacho del director, me dirijo a la oficina y les comunico al resto de las sombras que el tiempo apremia, que tendrán que quedarse esa tarde hasta terminar los listados de El Porvenir. Todos saben lo que esto significa, pero nadie dice ni reprocha nada. Solo se escucha un silencioso, como si fuera interno, «¡Oh...!» expandiéndose por la angosta sala, o más bien ancho corredor. La mayoría de oficinistas ya suponía lo que iba a pasar cuando me vieron entrar al despacho y cuando escucharon los gritos del director.


Terminando la tarde y llegando la noche, aún pudo oírse en la oficina esta conversación.

Judith, te he dejado mi dossier encima de mi mesa. Tengo que marcharme ya. No puedo quedarme más tiempo. Los niños, ya sabes.

No te preocupes, Luisa. Márchate ya. Es muy tarde. Yo termino con lo mío pronto. No más de media hora. Hasta mañana.


Una hora más tarde, en silencio, se acerca la becaria negra por detrás y con voz áspera, como de arena, me susurra:

¿Quieres un café? Es muy tarde y lleva usted mucho tiempo ahí, tecleando. ¿Una parada?

No. Ya me falta poco. Pero... ¿qué haces tú aún por aquí? Es muy tarde. ¿Por qué no te has ido todavía?

No tengo nada que hacer fuera. Aquí puedo ayudar de alguna manera.

Gracias. Eres muy amable verdaderamente. Lamento que a veces... los nervios... el estrés... En fin... tú ya sabes. Nos volvemos todos histéricos. Perdóname.

No tiene importancia. Me hago cargo, Judith.


Después de unos minutos, me hablo a mí misma más que a la becaria:

Bueno... esto ya está —estirando mi espalda y alargando los brazos—. Vamos a comunicarle al director que ya está todo terminado.


Adelantándose, la joven negra preguntó: "¿Da usted su permiso?"

Pasa Judith.

No soy Judith, soy yo, la becaria.

¿Qué quiere usted? No la hacía aquí todavía.

Quería solo comunicarle que Judith ya ha terminado los listados de El Porvenir. Ahora viene para acá —y diciendo esto, se colocó en un rincón del despacho del director, esperándola aparecer y dejando la puerta expedita—.


Cuando entro en el despacho le comunico:

Listo, director. Me marcho, que mañana hay otro día.

Espera Judith, no te vayas aún. Quería... quería pedirle disculpas. Verá... esta mañana... creo que estuve algo... impertinente. Usted sabrá perdonarme, ¿verdad?

Yo no digo nada. Simplemente lo miro mientras sigo pendiente de mi cuerpo abotagado: estirando la espalda, las piernas y los brazos en estricto orden secuencial.

Él sigue diciendo:

Quiero que sepa que yo... en fin... que yo no quise gritarle esta mañana. Pero... ya sabe... el trabajo... los plazos,... me juego mucho en esta empresa —sigue diciendo mientras va acercándose lentamente hacia mí.

Yo, Judith Amargo, terca y segura de mí misma, quise poner una barrera entre mi cuerpo y el suyo diciéndole:

No siga usted por ahí, director. A mí no me van estas monsergas de patrón avergonzado y siervo humillado.

Él parece no entender lo que yo he dicho y sigue avanzando mientras me va diciendo:

Yo necesito a alguien como tú, resolutiva, inteligente, y que sepa escucharme y atenderme a mi lado. Sin ti esta oficina se hubiera venido abajo hace tiempo. Te necesito, Judith —me dice mientras me agarra por los hombros para acercarme a él intentando estrecharme en su pecho.

Me zafó de él dándole un empujón contra la mesa del despacho.

Él no se da por vencido y persiste en su ataque hacia mí. Mientras me arranca algunos botones de la camisa en un gesto violento y felino, consigo romperle la bola de cristal de la lámpara en la frente.

Después de unos instantes de quietud, él se sobrepone al golpe y, cuando se recobra de la sorpresa, salta como un animal salvaje hacia mí, gritándome con voz desentonada y aguda:

No eres nadie sin mí, puta.

Del rincón de la habitación, olvidada por los dos, la becaria sale de la oscuridad, coge un abrecartas de la mesa del despacho y lo pone en mi mano derecha mientra empuja al director apartándolo de mí. Después yo, Judith Amargo, con vigor y rapidez, lanzó mi brazo contra el cuerpo del acosador y clavó el abrecartas en su pecho de director a la altura del corazón. El director se queja, después arquea su cuerpo ya con su presa suelta, se gira para ver el rostro de su otro atacante y grita:

¡Puta negra!

Después cae de rodillas y definitivamente al suelo del despacho en el que empieza a correr un río de sangre».


2: Soliloquio del director:


Para Julia.


«Quedó Judith sola en la tienda, y Holofernes tendido sobre su lecho, todo él bañado en vino»

(Libro de Judith, capítulo 13, versículo 2).


«Qué país de mierda es éste en el que el primero en llegar a la oficina es el jefe. Nunca hay nadie cuando llego y ni las luces están encendidas. Al final del día seré también el último que se vaya. Esta panda de inútiles e imbéciles no sabe lo que me cuesta mantener esta empresa a flote. Más parecen inconscientes ignorantes que jóvenes altivos y seguros de sí.

Solo Judith parece tener algo de inteligencia debajo de su triste y a menudo improvisado peinado. Sé que tiene marido, pero también sé que su esposo y ella no parece que tengan mucho que ver entre sí desde hace años. Ella se pasa todo el día aquí, en la oficina, paseándose, buscándome y mostrando sus piernas de un lado para otro, seduciéndome. Huele a rosas. A veces se lo llego a decir: "Hueles a rosas, Judith". Y ella no parece ofenderse ni hace ni dice nada, simplemente asiente con sus ojos, bajándolos en un diabólico juego con sus pestañas. Me gusta verla coger y acariciar los papeles. Me gusta mirar sus manos. Cuando me acerco a ella puedo olerla, y por debajo de su perfume a rosas, sobresale su olor personal: amargo y lejano como ella misma, como un recuerdo inocente que no acaba de borrarse y que se enreda entre los hilos de la memoria atrayendo consigo otros recuerdos más lejanos todavía y, aunque aparentemente ignorados, no olvidados aún, y vienen siempre acompañados de un misterio religioso casi, antiguo, paleolítico. Judith es una bruja que permanente y seductoramente va lanzándome miradas y gestos mágicos como jirones de un atavismo brutal que necesariamente se me impone, y me anula lanzándome hacia la aventura más irrenunciable, peligrosa y ancestral que pudiera imaginar.

No sé por qué Judith, tan inteligente como enigmática, habrá elegido a esa tosca y torpe becaria, que no huele a nada más allá de su aguada colonia, casi inodora, y que carece de la más nimia inteligencia humana. A veces creo que no llega ni a animal siendo más bien una suerte de vegetal inútil, sin olor y sin sabor, como una mala yerba silvestre que no sirviera ni para alimentar a una cabra. No soporto que se me acerque con su mirada gacha, susurrando, con su boca pestilente, con sus manos gordas y con su piel grasienta.

Nadie es consciente, en esta triste oficina, de que todo se irá al fango si no conseguimos mantener el contrato con la Agencia. ¡Panda de inútiles tengo por empleados! Debo convencer a Judith de que me ayude a sacar el trabajo adelante. Es nuestra última esperanza. Odio todo lo vulgar y en esta oficina, salvo ella, todo es vulgar.

Judith, por favor, acérquese a mi despacho —le digo por el interfono—.

Cuando ella traspasa el umbral de la puerta la oficina gris cobra vida y un rayo de sol comienza a atravesar el cristal de la ventana al mismo tiempo que el pericardio de mi corazón.

Judith, —le digo timorato y con brusquedad— ¿era hoy cuando dijeron los de la Agencia que tenían que estar para revisión los listados de El Porvenir?

Sí, director, —responde ella, después de un silencio, haciendo coincidir la palabra "director" con el momento exacto en que sus ojos se fijan en los míos, penetrándolos— era hoy, pero ya le dije hace tres días que eso iba a ser imposible, como tantas otras cosas en esta oficina, porque nos han llegado muy tarde los documentos de la Agencia Tributaria. Ya sabe, los funcionarios trabajan a su ritmo, incluso los de Hacienda —termina con una sonrisa—.

Pero esos documentos llegaron antesdeayer —le digo tartamudeando—. ¿Cómo es que no está terminado el trabajo? Hace dos horas que me están llamando desde Revisiones. ¿Qué les puedo decir? Dígame usted, por favor. ¿Qué les digo? —sin dejar de estrechar sus manos con las mías—.

No lo sé director —con aparente y absoluto desdén. Despues de un silencio—. Dígales lo que quiera. Tal vez, echando algunas horas, quizá podamos terminar el listado esta misma noche.

Pues venga, por favor, comuníqueselo a todos.


Cuando sale del despacho, éste permanece unos momentos desangelado, vacío, muerto. Ni quiero ni puedo vivir sin ella —pienso—. Esta noche me armaré de valor y caeré a sus pies implorándole su amor, el que puede hacer de mí el hombre más feliz de la tierra. Amo su cuerpo y la amo a ella como hace apenas unas semanas no sabía imaginar que se pudiera amar.

En este momento de arrobamiento me interrumpe una vez más la imbécil de la becaria que con su voz de insecto dice:

Director, ¿puedo hacer algo por usted? ¿Un café?

Le respondo sin saber qué le estoy diciendo:

Sí, claro, un café, por favor.

Así se pasa todo el día esta niña vieja, entrando y saliendo de mi despacho, y diciendo y pidiendo cosas sin valor alguno. A veces incluso entra en el despacho y se coloca en un rincón, de pie, esperando no sé qué y sin decir nada, como una estatua, y así permanece minutos y horas, creo.

Como en otras veces anteriores, ya anocheciendo, me dice:

Judith ha terminado los listados de El Porvenir. Dice que ahora viene para acá.

¡Por fin! —me digo, esperanzado en volver a verla a ella, a Judith, más que en ver los listados ya completados—.


Cuando entra en mi despacho lo hace con su ya irreconocible perfume a rosas. Es ella misma la que llega con sus ojos cansados y sus manos y sus dedos jugando con los rizos de su pelo. "Esta noche tengo que confesarme —me digo armándome de valor como un soldado antes de la batalla—.

Espere Judith, no se vayas aún. Quería... quería pedirle disculpas de antemano. Verá... esta mañana... se ha confirmado lo que viene ocurriendo desde hace ya muchas semanas. Usted sabrá perdonarme mi atrevimiento, ¿verdad?

Ella no dice nada. Simplemente me mira y mueve su cuerpo ágil y fuerte como insinuándose, estirando su espalda, sus piernas y sus brazos como una serpiente, y en estricto y misterioso orden provocando en mí una subida de tensión arterial, un brotar discontinuo de sangre que nace en el corazón y llega a todos los lejanos rincones de mi cuerpo, que no puede evitar erguirse como un sólido faro en mitad de una tormenta de deseos.

Con dificultad consigo retomar un leve equilibrio que me permite seguir balbuceando:

Quiero que sepa que yo... en fin... que yo... Pero... ya sabe... este trabajo... las horas uno junto al otro,... sé que me juego mucho con esta declaración —sigo diciendo mientras voy acercándose lentamente hacia ella, intentando no asustarla, no romper el momento mágico que se está creando a nuestro alrededor como si estuviéramos en medio de un nimbo trémulo luminoso e irradiáramos una luz nocturna y clara a un tiempo.

Yo necesito a alguien como usted. La necesito, Judith —le digo mientras intento agarrarme a sus hombros para no caerme al suelo, a causa del puro desvanecimiento que siento llegar.

De pronto un terrible impacto me golpea en la frente, como si una botella de cristal se hubiera roto en mil pedazos contra ella.

Después todo empieza a oscurecerse y siento cómo, con la botella de cristal, se ha roto también mi corazón en mil pedazos.

Aún oigo una voz como de arena que dice a mis espaldas.

¿Y este imbécil era el terrible director de la oficina?»



3: Soliloquio de la becaria:


Para Maribel.


«... antes, por mi mano, ha herido esta noche a nuestros enemigos»

(Libro de Judith, capítulo 13, versículo 14).


«— ¿Qué se habrá creído? —me preguntaba cuando esa profesora me dijo que debía incorporarme a esta oficina, la peor de las posibles, la que no permitía ninguna expectativa, la que yo no habría elegido nunca ni por nada del mundo—. Por esto no tuve más remedio que encerrarla en el baño del centro para ver si había suerte y se quedaba toda la noche allí metida — seguí pensando—. Pero la muy bruja pudo salir no sé cómo. Claro que yo ya, para entonces, le había pinchado las cuatro ruedas. Sólo he hecho que seguir la norma de mi casa: obediencia clara y manifiesta, y llevar a cabo lo que me pida el cuerpo.

Recordaba los días pasados antes de comenzar las prácticas cuando tomo la decisión de que debía hacer algo para que la otra bruja recién conocida, esa Judith Amargo que tenía por jefa en la oficina y que se creía más guapa de lo que verdaderamente era, comenzara a confiar un poco, solo un poco, en mí. Acercándome en silencio por detrás y, con la voz más meliflua que logro simular, le pregunto:

¿Quieres un café? Es muy tarde y lleva usted mucho tiempo ahí, tecleando. ¿Una parada, Judith?

No. Ya me falta poco —responde Judith—. Pero... ¿qué haces tú aún por aquí? Es muy tarde. ¿Por qué no te has ido todavía?

No tengo nada que hacer fuera. Aquí puedo ayudar de alguna manera —le miento—.

Gracias. Eres muy amable verdaderamente. Lamento que a veces... los nervios... el estrés... En fin... tú ya sabes. Nos volvemos todos histéricos. Perdóname.

No tiene importancia. Me hago cargo, Judith —sonriendo—.

Después, cuando la escucho estirarse, me adelanto y acudo al despacho del Dic, esa sardina escuálida con ansias de tiburón. Menudo imbécil y patán. Se cree que nadie ve cómo desea a mi estúpida jefa. Está chiflado por ella y todo se lo permite y se lo aguanta. Y, además, la quiere sólo para sí. Pero ¿acaso no se da cuenta de que está casada y de que quiere a su marido? ¡Qué suerte tienen algunas!

El tonto del Dic es tan idiota que apenas si se percata de que he entrado en su despacho y me he colocado a esperar en la oscuridad de un rincón para ver la escena que se va a producir. Lo tengo todo preparado. Al dirigirme al rincón he podido coger y esconderme en un bolsillo un abrecartas dorado que el Dic siempre tiene en su mesa.

Después observo cómo se acerca ella.

Él le dice que no se marche aún, que quería disculparse, y el muy imbécil empieza a declararse de la forma más tosca y torpe que pueda imaginarse. Si será bruto el cabrón.

Ella, en cambio, astuta y malvada, se queda haciéndose la sorprendida y en silencio, como esperando, pero no por ello deja de insinuarse, de contonearse ante él y en la semioscuridad del despacho. Él empieza entonces a sofocarse, enrojece como un carbón, se aturrulla y comienza a tartamudear.

Yo necesito a alguien como usted —le dice a ella mientras parece marearse—. Aprovecho para acercarme a ellos, coger la lámpara y estrellarle la pantalla de cristal en la cabeza.

Después, cuando él empieza a recobrar el sentido, la escucho a ella decir algo de patrones y humillados, pero no logro entenderla.

Él vuelve a abrazarse a ella para no caerse, quiere sujetarse en su hombro izquierdo cuando le hace saltar algún botón de su camisa. En ese instante saco el abrecartas de mi bolsillo y lo clavo en la espalda del Dic. Antes de caer al suelo, logro extraérselo y se lo pongo en las manos a mi jefa, no sin antes desviar mi mirada hacia sus escote, que apenas dejan ver unos pechos no demasiado grandes, pero muy firmes.

Ella coge el abrecartas ensangrentado como si fuera suyo y abre los ojos como si fueran dos pistas de circo contemplando el río de sangre que brota del pecho del Dic.

Eso es, Judith, ya has acabado en este terrible director. Nada te impide ahora ocupar su puesto —murmuro, sonriendo—».

sábado, 7 de febrero de 2026

Apocatástasis:

 

«... con grandísimo derramamiento de lágrimas...»

(Teresa de Jesús. Mi vida. Cap. IX)


No hay llaves en esta iglesia. No hay llaves.

La mujer era aún joven, pero su cuerpo y su rostro parecían viejos, tal vez cansados.

Llegó al atrio mirando hacia atrás. Como si la persiguieran, como si huyera.

Yo la pude ver desde el interior de la nave, porque la enorme puerta de madera se había quedado abierta.

La vi acercarse, ahora muy despacio, hacia un lateral, el que contiene una imagen de la Virgen del Refugio. Tiene esta virgen muchos devotos. Pero no era la mujer uno de estos. Intentó abrir el cepillo, pero no lo logró. Corrió hacia el otro lateral, el de San Luis Gonzaga. También el cepillo estaba bien cerrado.

Pude observar desde el silencio su rostro, oscuro, con manchas de haber llorado. Sus ojos eran claros. Estaba nerviosa, como fuera de sí. Quizá desesperada, pensé.

Accedió a la nave de la iglesia de forma caótica: corría, se paraba,... una vez la vi santiguarse delante de la imagen de Cristo de niño rodeado de corderos apacibles. Tal vez, ella necesitara esta paz, pensé. Creo que recorrió todas las capillas buscando algún cepillo abierto. Pero el cura o el sacristán de la parroquia eran muy atentos con sus funciones cotidianas.

Entonces ocurrió el misterio. Yo me encontraba detrás de un confesionario y, por ello, solo podía verla de espaldas cuando se acercó al Altar Mayor.

Primero se acercó como queriendo correr y llegar pronto al altar, pero de pronto, como fulminada, se quedó paralizada. Justo antes de los tres escalones del presbiterio. La cabeza alzada en dirección al Cristo de la Expiración que iluminaba la estancia. El crucificado miraba hacia el cielo más allá de la cúpula de la iglesia, y ella, la mujer, miraba hacia el rostro del Cristo que no podía mirarla a ella.

Después se arrodilló bajando los brazos y el rostro.

Creo que no lloraba.

Finalmente se tumbó en el suelo, con la cara pegada y apretada contra el suelo, como si quisiera empequeñecerse, convertirse en una lámina de persona, desaparecer ante el dolor inmenso de la expiración de la imagen de madera.

Así permaneció durante no menos de dos horas en las que nadie ingresó en la nave. Yo pude contemplar su arrobamiento o su arrebatamiento en silencio.

Después, sin llantos, me dijo como si aún no se hubiera desprendido del todo del sueño, que no podía explicar lo que le había sucedido, que la imagen del crucificado al borde de la muerte la había turbado de tal manera que en su rostro ensangrentado había visto su propio sufrimiento de mujer desesperada, que había sentido abrirse su corazón dentro de su pecho y que, por ello, si alguna causa hubiera, se arrojó al suelo, bajo la cruz, con grandísimo derramamiento de lágrimas, al mismo tiempo que le imploraba valor y fortaleza para seguir viviendo y para no ofenderle ni a él ni a nadie más en la tierra. Si se aplastó contra el piso de la nave fue por ello, dijo más tarde, para pedir no ofender nunca a nadie más y para tener la suficiente fortaleza que se lo permitiese lograr.

En ese instante de arrobamiento, dijo, pude sentir su soledad, la del crucificado, que era la misma soledad que la mía propia. Solos él y yo... con él. Esta era la única verdad deseada, dijo también. Deseaba ser uno con él y aliviarle así su dolor, como si él fuera el hijo que no he tenido y yo su madre dolorosa que no soporta su dolor, que es el mío. No es el alma lo que duele, dijo, sino el cuerpo, porque no puede concebirse alma alguna si no es en algún cuerpo.

También dijo que una palabra, que no había logrado pronunciar, le había rondado durante todo el arrebatamiento: "¡Ayúdame!".

«¡Ayúdame!», repitió. «La vida eterna no es imaginable en este lugar de aquí. ¡Ayúdame a soportar o a entender!»

Y Cristo, falleciente, la elevó por los aires, como transportada en una nube de luz, y pudo volar por la nave y contemplarse a sí misma allá al fondo, en el suelo, y pudo también acercarse al rostro de crucificado y mirar sus ojos desorbitados, perdidos, como los ojos de tantos otros que ya conocía. Y pudo besarlo con el beso de su boca. Y ser uno mismo con él o vivir en él o morir para él. Sin anhelo. Sin ansias. Sin prisas. Y un dulzor en la boca que aún me dura. Y un olor en el cuerpo que nada borra. Y un amor en la mirada que no cesa. Y un calor que me nutre y no se apaga. Desprendimiento de todo lo vivido, de todo lo recordado, de todo lo sido, dijo finalmente antes de marcharse caminando muy lentamente, como si acabara de saltar al vacío con el convencimiento con que lo hace un niño que espera caer en los brazos fuertes de su padre.

No hay salida. No hay salida.

viernes, 16 de enero de 2026

El sueño:

 

Unas noches antes había creído soñar con el patio de la casa de sus abuelos.


De niño solía pasar unos días del verano en el pueblo de sus abuelos maternos. La casa familiar era grande, aunque no amplia. Quiero decir que las habitaciones no eran amplias, aunque la casa tenía más dependencias que el piso de Sevilla donde vivíamos mis padres y mis hermanos. Recuerdo que eran cuatro habitaciones, cinco si cuento el desván, un baño, una cocina, esta sí, amplia, un salón, una salita pequeña y, en la parte de atrás, un patio. Al fondo del patio, a la izquierda de donde empezaba el huerto, una cancela de hierro daba a la calle de atrás.

Creo que esta casa tenía orientación este, porque recuerdo que el sol durante el verano daba en el patio desde el amanecer hasta el medio día.

Yo solía pasar los días de aquellos veranos jugando solo, porque mis hermanos más pequeños solían permanecer en Sevilla, o leyendo en este patio buscando la sombra de la única higuera que dominaba el huerto desde un rincón del muro de piedra. Era agradable este patio, y así lo sentía en el sueño, y con lugares diversos para esconderse, correr o subirse a la higuera. También había un limonero joven y el pequeño huerto. Pero éste, el huerto, era lugar prohibido. El abuelo lo cuidaba con dedicación y esmero, y a él solo podía accederse para sembrar, limpiar o recolectar. Ahora, en el sueño, creo que era el recinto más sagrado de la casa.

Yo jugaba en el patio a los soldados, a las bolas, al trompo, a las carreras de chapas,... A veces, la abuela me dejaba regar el huerto, pocas, porque creo que ella también lo creía entonces un recinto sagrado o, tal vez, sea que le gustase, como a mí, regarlo.

Por las tardes era aún mejor que por las mañanas, porque, cuando la sombra lo cubría todo, el abuelo sacaba de la cocina una mesa pequeña, unas sillas y se ponía a hacer solitarios con las cartas. La abuela se ponía a coser o a remendar o a lo que fuera y yo solía ponerme a leer. En ese patio he leído mis novelas favoritas, páginas memorables de El Conde de Montecristo, de Guerra y Paz, de Trafalgar, de El jorobado de Notre Dame, de La dama del perrito,...

Una de las ventanas de la cocina y la ventana del baño daban al patio. A veces entraba en la casa y me asomaba a la ventana de la cocina y les ofrecía a mis abuelos, que se encontraban fuera, lo que en ese momento hubiera a mano, como si fuera un vendedor recién llegado al pueblo. “Señora, Señor, ¿quiere usted una manzana? ¡Mire qué manzanas tengo! ¡Y estas nectarinas! ¡O estos melocotones! ¿No los quiere usted Señor, Señora? Se los dejo baratitos” —les decía desde el interior, asomando medio cuerpo al patio—. Ellos solían responder con una sonrisa y poco más.


De aquellos días recordados, o soñados, en la casa del pueblo han pasado no menos de sesenta años. Ya no existen ni los abuelos, ni la casa, ni la cocina, ni la cancela, ni la calle de atrás,...


Mientras le contaba estos recuerdos, mi hijo Eduardo se hallaba acostado en la habitación de un hospital. El ingresado era él. Pero no era nada grave, al parecer. Había sufrido un ataque de apendicitis, había llegado a tiempo al hospital para ser operado y la cirugía había ido bien. Eduardo, desde niño, había sido siempre un chiquillo y un muchacho generoso, muy alegre, dispuesto a correr todas las aventuras propuestas, a veces demasiadas y no exentas de peligro, y ahora, creía, estaba atravesando una etapa, según decía y reflejaba, espléndida en su vida: hacía tres años había conocido a Luisa, su novia, ahora esposa, y estaban esperando un hijo para dentro de cinco meses.


Quien no andaba muy bien era yo, que llevaba soportando desde hacía semanas un fuerte dolor en los hombros y que me encontraba siempre muy cansado. Los años, me decía. No había llegado a ir al médico para que me prescribiera algunas pruebas, pero yo intuía que esto no debía ser nada leve. Siempre me ha costado enfrentarme cara a cara con los problemas, pensaba, y, con los años, esta manía o costumbre o, no sé como llamarla, se había ido mostrando con todo su rigor.

Tampoco les había dicho nada de ello ni a Eduardo ni a Luisa, aunque algo debían sospechar porque me habían oído quejarme alguna vez, cuando tenía que hacer un esfuerzo, por un pinchazo agudo en uno de los brazos y porque yo notaba cómo, especialmente Eduardo, intentaba que no hiciera grandes esfuerzos.


Quizá fuera todo este carrusel de emociones lo que se situaba en el fondo del sueño que quise contarle a Eduardo, no porque quisiera contárselo a él, sino porque quería contármelo a mí mismo, como una forma de recapitulación o de confesión, quizá.

Así fue cómo empecé a decirle a Eduardo que había soñado que volvía al pueblo de los abuelos, de sus bisabuelos, le aclaré mientras él dejaba el móvil sobre la cama y se disponía a escucharme.


No estoy seguro, Eduardo, de que fuera la calle de atrás de la casa del pueblo, pero tenía que serlo, porque lo que tengo muy claro en mi memoria era la cancela de la parte de atrás del huerto. Me iba acercando a ella. Estaba amaneciendo, creo. Llevaba las manos estiradas hacia adelante, como si fuese un ciego. La cancela parecía cerrada, pero nada más tocarla se abrió haciendo gritar las herrumbrosas bisagras. Pude acceder al patio. Sabía que era el patio de los abuelos, pero verdaderamente no lo parecía. Más bien era un selva. Las yerbas lo invadían todo. Habían desaparecido los senderos, el huerto,... Al fondo se veían las ventanas, la de la cocina a la izquierda y la del baño a la derecha. Pero la casa estaba en ruinas. Las paredes, que habían sido blancas, estaban desconchadas. Con dificultad fui recorriendo todo el amplio patio. Recuerdo que me arañaba las manos y los brazos con las ramas secas. Pisaba con cuidado, despacio. Una vez llegado al fondo, pude aproximarme a la ventana del baño. Estaba cerrada por dentro. Los marcos de las ventanas estaban podridos. Intenté forzarla, porque, en el sueño, deseaba entrar en la casa, en el recinto, ahora más sagrado que siempre lo fuera el huerto, ya desaparecido. No pude abrirla y esto me produjo, recuerdo, una enorme desazón y un gran pesar. Creo que me puse a llorar, como cuando de muchacho, lloraba en ese mismo patio leyendo La boticaria, de Chejov, recordé o soñé. Después me fui a la otra ventana, a la de la cocina. Como la anterior, estaba cerrada por dentro. Nuevamente mis ojos y mi garganta se anegaron de congoja, igual que cuando leí allí mismo la muerte de Andrei Bolkonski. Más angustiado y con prisas, que desesperado, me fui a la puerta del centro. Era de hierro. Estaba decidido a forzarla, pero no hizo falta. Igual que la cancela de la calle de atrás, la puerta se abrió en el sueño nada más aproximar mi mano al pomo de la misma. Otra vez gritaron las bisagras herrumbrosas, como arpías anunciando el sacrilegio, la invasión del recinto sagrado. Pero el sonido ahora era más lúgubre. Tal vez, creo que pensé, porque esta puerta me conducía al interior de la casa. Primero me dirigí al baño, pero no recuerdo nada de él. Después me fui a la cocina. La cruce con rapidez, incluso con una incipiente alegría, recuerdo. En ese momento, o tal vez antes lo tuviese ya previsto, decidí abrir la ventana para asomarme al patio cuando la luz ya estaba entrando en él. Entonces de vi a ti, pero de niño, o tal vez fuera yo mismo transfigurado en ti de niño o en el abuelo, no lo sé. Recuerdo que, de súbito, me invadió la alegría de verte y de poder ofrecerte lo que tuviera: «Señor, ¿quiere usted una manzana? Se la regalo —dije—».


El regalo:

 

Miguel Espinosa Lugones tiene exactamente 45 años y quince días. Los cumplió el pasado mes de enero y lo celebró con su novia Juana Contreras Vilagrán cenando en un velador de la Plaza del Museo. Él tiene una piel tan blanca que parece transparente. Sus venas se muestran al exterior como si fueran las cañerías de un solar en construcción. En cambio, la piel de ella es oscura, como sus ojos.

Hace siete días Miguel decidió regalarle a su novia Juana un sencillo reloj de pulsera para recordarle su amor la semana próxima, en el día de los enamorados. No tardó mucho en seleccionarlo en la relojería. Nada más entrar en ella, se dirigió atraído, seducido, imantado a un estante, y rápidamente se dijo “Éste es el que quiero para mi Juanita”. Era un reloj no muy pequeño, casi más adecuado para un hombre, con tres agujas (una para marcar las horas, otra para los minutos y otra para los segundos), números romanos y un pequeño cuadradito, en el lugar donde debían ir los tres palotes, en el que se mostraba el día del mes en color rojo. La dependiente alabó su elección: era muy buen reloj, además de bonito y no demasiado caro. Cuando fue a envolverlo y mientras decía que a su prometida le encantaría el regalo, Miguel le dijo:

  • Espere. Quiero que le introduzca en la cajita una nota.

Sacando una cuartilla del bolsillo interno de su chaqueta y un pequeñito lápiz, Miguel se apoyó en el mostrador para escribir: “Este reloj no mide nada, porque el tiempo, amor mío, no existe más que cuando estamos separados”. Justo en el momento en que iba a escribir la frase, Miguel sintió un pequeño mareo, un vahído, un repentino vértigo. Cuando dobló el papel que contenía la nota, ni Miguel pudo recordar lo que había escrito en él.

La dependiente lo introdujo en la cajita del reloj, lo envolvió con mucho cuidado y fue a despedir a Miguel, cuando éste le dijo:

  • Disculpe, pero la semana próxima no estaré en Sevilla. ¿Podrían enviarlo ustedes a la dirección que les dé?

  • Claro —respondió la dependiente—. No hay ningún problema. Dígame el nombre y la dirección de la destinataria.

  • Miguel se los dio muy despacio para que ésta no se confundiese: el regalo va dirigido a Doña Juana Contreras Vilagrán, que reside en la calle Lentejuelas, número 25, del barrio de tal y tal, con código postal 4-1-0-... Asimismo, también muy despacio, Miguel le dijo a la dependiente su propio nombre y apellidos. En esta ocasión sin la dirección.

  • Ya los tengo anotados Don Miguel. La semana que viene, el día 14 de febrero la señora Contreras recibirá en su domicilio este precioso regalo. Vaya usted con Dios.


Miguel salió de la relojería ufano y predispuesto a enfrentarse a todo lo que viniera de lo contento que estaba por haber dado con el regalo perfecto para sellar su amor con su amada Juanita.

Pero nada más poner un pie en la acera comenzaron las adversidades para Miguel. Primero fue un gato que gruñó largamente a sus pies saltando entre sus piernas. Después, unos metros más allá, se le cruzó un obrero de telefónica que portaba una larga escalera sobre su hombro derecho y, girando sobre sí mismo, golpeó con la misma en las narices de Miguel. Y, finalmente, se encontró con una bella mujer que se le quedó mirando fijamente como si creyera reconocerlo.

  • Miguel —gritó—. Pero qué es de tu vida, muchacho —dijo mientras abrazaba con sus delicadas manos enguantadas el cuello larguirucho de Miguel—. Cuéntame. Dónde has estado estos años. ¿Acaso ya no vives en Sevilla?

  • Perdone, señorita. Creo que usted ha debido confundirse. Me llamo Miguel, pero yo a usted no creo conocerla —aclaró apartando los brazos de la bella joven de su cuello—.

  • Pero Miguel, ¿de verdad no te acuerdas de mí? Soy Lucía, tu amiga Lucía, la de los ojos de gata, como tú decías.

  • ¿Lucía? No conozco ni he conocido a ninguna Lucía. Discúlpeme señorita, pero tengo mucha prisa y debo marcharme —respondió Miguel tratando de cortar con estas palabras esta escena más cómica que trágica.

Lucía, ángel o demonio, lejos de apartarse, abrazóse de nuevo a Miguel atrayéndolo hacia sí mientras le tarareaba una canción que —decía— ambos habían compartido en otros días.

En ese justo instante aparecía por la calle la silenciosa Juanita y así pudo contemplar cómo una bella y atrevida mujer abrazaba a su novio Miguelito mientras le cantaba una tonadilla y cómo el bueno de Miguelito, tan bueno como pazguato, ni se lo impedía ni nada le reprochaba. Rápidamente giró sobre sí misma y volvió por donde había entrado en la calle. Juanita no pudo ver cómo Miguel se desprendía delicadamente del abrazo y con seriedad reprendía a la tal Lucía marchándose rápidamente del lugar.

Más tarde, cuando el sol comenzaba a ponerse, Miguel se dirigió a casa de su amada Juanita para verla, besarla y despedirse de ella, pues al día siguiente se marcharía a Barcelona por un par de semanas. En el portal de su casa no se encontraba Juanita, sino una tata vieja que esta tenía alojada en la casa de sus padres, quien se acercó a Miguel y sin mediar más que una frase le entregó un sobre: “La señorita Juanita me ha pedido que le entregue esta nota”. Marchóse la vieja sin más explicaciones.

Miguel, sorprendido, atolondrado siempre, abrió lo más rápido que pudo el sobre y en la nota se contenían las siguientes palabras:

“Mis ojos han podido comprobar que no es usted quien yo había creído e imaginado. Mi familia, mi carácter y mi formación no pueden aprobar su actitud mostrada esta tarde en plena calle y a ojos de todos con esa señorita de lindos ropajes y de elocuentes gestos. Dé usted por terminada nuestra relación. Espero que en el futuro resérvese usted sus ganas de hablar conmigo, pues nada tiene usted que decirme o proponerme ni yo que escucharle. Adiós”.

Miguel, sin comprender nada, arrugó la nota y el sobre en su mano, y lo arrojó en una papelera próxima. Esa noche no tenía nada más que hacer. Mañana partía hacia Barcelona y no volvería a Sevilla hasta dentro de un par de semanas. Esperaba poder hablar con Juanita, que le explicase o que le explicase él, y que todo volviese a su ser de dónde no debía haber salido nada.


Como estaba previsto, al día siguiente Miguel salió rumbo a Barcelona en el tren que todos en Sevilla conocían como El Catalán.

Nada más llegar a Barcelona y después de acudir a la empresa con la que tenía que resolver algunas cuestiones de negocios de compra-venta, preocupado por lo que pudiera decirle a Juanita cuando la volviese a ver o por lo que pudiera contarle ella, Miguel comprendió que dos semanas serían pocas para sacar adelante el trabajo que tenía planificado. Lo más probable es que su estancia en tan bella ciudad catalana se prolongase a no menos de un mes. “Mucho tiempo, pensó Miguel, para estar sin saber nada de Juanita ni que Juanita supiese nada de mí”, y más con la despedida que no tuvieron entrambos.


Mientras tanto, Juanita permaneció en Sevilla. Ajena a los asuntos laborales de su exnovio creía que en diez días, tal vez doce, Miguel volvería a Sevilla a arrojarse a sus brazos pidiendo clemencia y perdón. Pero tal vez la inseguridad o los chismorreos compartidos con sus amigas o los celos siempre acechantes y enojosos fuéronla calentando, enfadando, incluso irritando y cegando. Sobre todo la primera semana, siguiente a la tarde del gruñido del gato, que ella no pudo ver, a la escena de la escalera con el técnico de la telefónica, que tampoco pudo ver, y sobre todo a la de aquella señoritinga desprendida y atrevida que se abrazó al pescuezo del donjuanesco de Miguel. ¡Quién lo hubiera dicho! Tal era su irritación, su enfermedad, podríamos escribir, en esos primeros días que Juanita estaba fuera de sí y completamente decidida a cumplir con su decisión de no volver a saber nada de Miguel. Más cuanto que este mismo día era ya 14 de febrero y todas sus amigas tenían previsto compartir su tarde con sus respectivos novios declarándose unos amores eternos que probablemente, ellas sabían, serían más breves de lo que ellas hubieran declarado incluso ante sí mismas. A media mañana, cuando, malhumorada, rumiaba toda clase de ideas, a cual más insensata, para acabar con la felicidad de su exnovio o para hacer que sufriera de dolor como ella misma creía que estaba sufriendo a causa de él, escuchó los golpes de la aldaba en la puerta de la casa. ¿Quién será a estas horas? —se preguntó Juanita—.

  • Buenos días, ¿qué desea usted? —preguntó la joven enfadada al muchacho que se encontraba en la puerta de la calle—.

  • Buenos días, señorita. ¿Está en la casa doña Juana Contreras Vilagrán? Le traigo un paquete.

  • Sí, soy yo —dijo Juanita, cambiando el rictus de su rostro que de pronto se volvió alegre y risueño—. Yo soy Juana Contreras.

  • Le traigo, doña Juana, un paquete de nuestra tienda de la calle Sierpes. Por favor, fírmeme usted aquí —le propuso alargándole un lápiz de carboncillo—.

Juana firmó, le dio unas monedas al mozo y entró en el interior de su casa contenta y con el paquete en sus manos. ¿Qué será? ¿Y de parte de quién?

En principio, Juanita no sospechaba nada y por ello sonreía. Parecía incluso que se había olvidado del seductor descarado de Miguelito. Pero no le duró mucho su alegría, porque pronto giró el paquete y pudo leer el nombre de Miguel Espinosa Lugones. ¿Qué se habría creído el miserable de Miguel queriéndose hacerse perdonar con un regalito por el día de los enamorados? Con descarado disgusto arrojó el paquete, sin abrirlo siquiera, sin saber qué contenía, sobre uno de los tresillos del salón de la casa. Y con este gesto se marchó a su habitación a lamentarse de su mala suerte con los hombres y con la vida en general.


Al día siguiente Juanita, quien no quería nada saber de Miguelito, no se acordaba del paquete arrojado en el tresillo y, por ello, no sabemos que volviese a preguntar por él en ningún otro momento.

Lo que ocurrió fue que la tata vieja lo encontró mientras arreglaba las telas que cubrían los delicados cojines. Sin darle mucha importancia y como quien no quiere la cosa, lo guardó en el bolsillo delantero de su bata, donde pasó el paquete todo el resto del día, ignorado.

Mas por la noche, cuando la tata iba a desprenderse de la bata para irse a dormir, se tocó el bolsillo, notó el bulto y se acordó del mismo. Su primera intención fue la de ir corriendo a llevárselo a la dueña de la casa, la madre de Juanita, Juana también como su única hija, pero, después se lo pensó y decidió esperar al día siguiente y ver si alguien en la casa lo echaba de menos.

Como ella misma suponía, nadie al día siguiente mostró ninguna preocupación por el paquete olvidado sobre los cojines del tresillo y la vieja tata decidió que si nadie se interesaba por él ni lo echaba de menos, entonces no parecería mal a nadie, y menos que a nadie a ella misma, que se lo quedara. Esto hizo: lo escondió en su habitación y esperó a que poco a poco fuese llegando la noche.

Una vez en su habitación y escondida por el silencio y la oscuridad del exterior, la viaja tata, abrió la cómoda y sacó del cajón el paquete. Con mucho cuidado, como si de una reliquia se tratara, desató los lazos y abrió el papel que lo cubría. La cajita no mentía: "Relojería vieja, Calle Sierpes". — ¡Oh! —se dijo la vieja—. Pero esto qué será —se dijo abriendo la cajita azul—. ¡Un reloj! ¡Precioso! Pero ¡qué delicado es! Se lo voy a regalar a mi sobrino Jaime. El pobre, está tan esclavo... Siempre trabajando y con tan mala suerte. Le gustará que su tita le regale algo bonito. Creo que a él le gustará mucho.

Al día siguiente la vieja tata se dirigió muy de mañana a la panadería en la que trabajaba su sobrino Jaime y encontrándolo ajetreado terminando de colocar los panes en las entanterías de la panedería, le dijo:

  • Hola, Jaime.

  • Hola, tita. Pero ¿qué haces tú por aquí y a estas horas? ¿Adónde vas?

  • Venía a buscarte. Mira, Jaimito. Como yo te quiero mucho y nunca tengo posibles para ayudarte en nada, he querido regalarte algo —le dijo sacando el paquete y entregándoselo a Jaime.

  • Pero tita. Tú no tienes que regalarme nada, dijo cogiendo el paquete y guardándoselo en el bolsillo externo de la chaqueta.

  • Luego lo abro, que tengo las manos llenas de harina —siguió diciendo volviéndose a las estanterías.

  • Es un reloj —le dijo la tía—. Es muy fino y delicado. Estarás muy guapo con él.

Pero Jaime ya volvía a su trabajo y no pudo oír las últimas palabras de su tía.


Jaime era un joven alto y fuerte. De buena planta solía decir su tía. Pero también era lanzado y nada tímido. Algunos hubieran dicho de él que era más bien temerario, holgazán y tunante. Por la noche gustaba de ir a la taberna a beberse unos vasos y a jugarse algunas monedas a las cartas.

Esa misma noche estaba Jaime jugando en la taberna y lanzando bravuconadas mientras perdía a las cartas como solía ocurrir cada noche. Una mano prometedora le susurró al oído que esa era su oportunidad de ganar la partida de su vida, reunió todo su dinero en el centro de la mesa de juego añadiendo el paquete que le había dado su tía por la mañana. Jaime diría después que la reina de picas le guiñó un ojo justo antes de elevar su apuesta, pero a esto nadie le hizo caso y todos pensaron, tal vez, que lo habría leído no se sabe dónde o soñado después de varias copas de manzanilla.

Jaime perdió el paquete, que fue a parar a un comerciante de jabones y perfumes catalán que esos días marchaba por Sevilla para ver de colocar sus productos y afeites.

Buena noche que tuvo el forastero quien marchose a la habitación del hostal que ocupaba contento y con las manos fuera de los bolsillo a pesar del frío que caía esa noche. Al día siguiente volvería a su tierra después de unos días de buena venta, con dinero en la cartera y las manos libres, y con un paquetito misterioso que podría regalarle a su hijo mayor, el que debía heredar su puesto en la compañía jabonera.


Este hijo del comercial no pasaba por buenos momentos en su vida. Adolescente tardío, preocupado más por sus relaciones amistosas y amorosas que por las académicas y familiares, desencantado ya tan joven, melancólico, abúlico, displicente, desdeñoso, apático a ratos, entregado apasionadamente alguna vez, no puso su atención en el paquete que le dejó su padre en la estantería del salón de su casa. Y en ese lugar se quedó durante varios días sin que nadie le prestara la más mínima atención.


Mientras todo esto venía ocurriendo, Miguel, Miguelito seguía muy ocupado trabajando en Barcelona y sin saber nada de su amada Juanita. ¿Habría recibido el regalo? ¿Le habría gustado? Y sobre todo, ¿lo habría perdonado? Juanita lo había dejado claro: no quería saber nada de él. Él estaba deseando poder bajar a Sevilla, volver a verla y poder hablarle. Necesitaba ser perdonado, aunque no sabía de qué o por qué.

Una tarde, mientras paseaba por una de las veredas de los Jardines del Mirador le pareció ver a un joven algo atolondrado que se acercaba, él diría más tarde que mareado, a los bordes de un estanque.


  • Pero, oiga. ¿Adónde va usted? No se acerque al borde. Que se va a caer —gritó Miguel. Y salió corriendo a sujetar al joven.

El muchacho parecía algo mareado y Miguel agarrándolo por la cintura logró acercarlo a un banco próximo y entabló conversación con él. Ambos se reconocieron de pronto como almas gemelas y hicieron una buena amistad que más parecía de toda la vida y no de varias horas que son las que llegaron a pasar aquella tarde.

Después de largo rato de conversación variada y de penas compartidas ambos se separaron, uno en una dirección opuesta a la del otro no sin antes citarse para el día siguiente. El joven adolescente, Antonio se llamaba, le indicó a Miguel su dirección en el barrio de Gràcia porque, decía, quería que Miguel conociera a sus padres.


Al día siguiente llovía con fuerzas cuando Miguel se presentó en la dirección indicada, fue recibido por su nuevo amigo y sus padres, quienes estaban muy agradecidos a Miguel por haber evitado su caída al estanque y por haber causado tan buena impresión en su hijo, que se mostraba alegre como hacía tiempo que no se lo veía. Pasaron los cuatro una tarde muy amena y agradable en la que además de dar cuenta de varios neules y un par de panellets charlaron, rieron, jugaron al cinquillo y fueron a despedirse cuando Miguel se fijó en la estantería del salón donde pudo observar el paquete que el padre de su nuevo amigo había dejado a su vuelta de su viaje de negocios.

  • Pero... ¡Qué casualidad! Hace unas tres semanas dejé en una relojería de Sevilla un paquete similar a ese de ahí —dijo señalándolo—. Quería que le llegase a mi novia Juanita en el día de los enamorados. No puede ser el mismo.

  • ¡Ábrelo! —dijo el padre de su amigo. Y, cogiéndolo con dos dedos, se lo alargó para que Miguel lo cogiera—.

  • No. No tiene sentido —susurró Miguel—. No puede ser el mismo regado que le hice a mi Juanita. Debe ser una coincidencia extraña.

  • ¡Ábrelo, Miguel! —repitió su nuevo amigo adolescente, ahora impetuoso—. O mejor —siguió diciendo observando la cara apesadumbrada repentinamente de su amigo— llévatelo a tu hotel como un relago nuestro y lo abres a solas.

Y eso hizo Miguel. Cogió el paquete y, guardándoselo en el bolsillo de su chaqueta, salió de la casa y se dirigió de prisas a la habitación de su hotel.

Una vez en ella, con parsimonia, curiosidad y algo de temor, sacó el paquete del bolsillo, lo depositó en la mesa y lo fue abriendo muy despacio. Efectivamente parecía la misma cajita azul que había visto envolver en Sevilla, pero no podía ser. Cuando abrió la caja, antes incluso de percatarse del reloj, vio saltar una nota en una cuartilla blanca. Cuando la desdobló pudo leer lo que, con una letra idéntica a la suya, alguien había escrito: “Dáselo, tú. El regalo dáselo tú en mano”.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Extraña noche:

 

Nunca he sido impaciente en la espera y he logrado sin esfuerzos que mis pensamientos, llevados por la imaginación –y esa cosa suya que alguien, inconsciente, quiso aislar y llamó memoria–, vuelen de imagen en imagen o de idea en idea para ir a posarse, levemente y por poco tiempo, en alguna seductora joven de ojos claros y delgados labios o en un aguerrido soldado lanzándose al abismo del combate en un campo de batalla invisible a consecuencia de la humareda o a un coleóptero, un escarabajo rinoceronte quizás, de agudas pinzas invadiendo ignorante el territorio arenoso de un rival más grande y poderoso que él. Pero esta noche, tarde aún puesto que el sol deja pasar sus últimos rayos a través de las finas cortinas atenuando la luz del interior de la habitación del hotel, un extraño nerviosismo recorre mi estómago y mi espalda, mis piernas, como si mi cuerpo comprendiese mejor que mi conciencia lo que estaba por venir o ya estaba llegando sin que yo me percatase, aunque cuando he querido sentarme en el único sillón de la habitación, he podido presentir la llamada en la puerta, al menos tres segundos antes de que sucediera. O tal vez esté equivocado y hayan sido tres los toques claros y precisos de nudillos en la cara exterior de la lámina de madera lacada. No he podido escuchar los pasos aproximándose, porque el suelo enmoquedado amortigua todo tipo de ruido sumergiendo a los huéspedes de este hotel céntrico en una burbuja de silencio acolchada, de calor casi sofocante y de un olor que impone la huída atolondrada por los pasillos, aunque sin llegar a las náuseas. Mi repentina quietud cuando voy a apoyar mi mano en el brazo forrado del sillón me anuncian con precisa claridad mi estado de alerta, así como me hace saber que mi intuición sigue estando firme y apta para cualquier aventura como la que, supongo, me espera esta noche.

Más tranquilo después de oír los tres golpes de nudillos enderezo mi cuerpo, me recoloco la chaqueta, me aliso con la palma de la mano el cabello y cruzo la habitación para abrir la puerta con decisión y con prisas disimuladas. Un perfume conocido me asalta.

Aún antes de abrirle la puerta a la mujer he tenido tiempo de imaginármela flaca y alta entre mis brazos, estrechándola fuertemente contra mi pecho y hundiendo mis manos y mis dedos entre sus nalgas por encima de su falda. Esto es lo más cerca que he imaginado poder estar de una mujer. Realmente nunca he podido encontrarme más allá de mis propios deseos. Tampoco esto tiene alguna importancia, dado que yo no la he elegido a ella, no la conocía de nada, como ella tampoco me ha elegido a mí. Una corta y rápida llamada de teléfono ha servido para concertar la cita. No es de amor de lo que yo carezco. En cuanto a ella, no sé nada, creía en ese momento, y qué más me daba.

Cuando giro el pomo y abro la puerta algo se estremece en mi interior, como el retorno a un lugar desgraciado y conocido tiempo atrás, y me golpea como si verdaderamente un puño hubiera sido estampado en mi rostro y mi cabeza, y me hubiese abatido dejándome al borde de la inconsciencia. En principio no he creído en la certeza de lo que parecía, después lo he llegado a dudar y me lo he negado sin dejar de observarla, mas finalmente decido que no es ella quien yo estoy creyendo, que a veces la realidad escoge caminos extraños y sus azares parecen dirigidos maliciosamente por mentes enfermas. Delante de mí se encuentra una limpia, clara y generosa frente. Sus ojos no parecen reconocerme. Tampoco me miran como si escondieran algo. Son claros y directos. Su mirada, firme, ni oculta ni muestra nada. Simplemente la mujer mira, recorre la habitación que parece no reconocer. Quiero apartar la mirada de su rostro, pero no puedo hacerlo porque una poderosa fuerza magnética me obliga a no separarme de él, como si quisiese desvelar el secreto oculto que esconde. Su peinado es distinto que el que yo recuerdo: más alto y delicado, con el cabello proyectándose hacia los lados y hacia atrás, pero sin atreverse a caer del todo, basculando levemente. Los pliegues de sus ojos se extienden hasta sus sienes. Sus pupilas brillan en la noche que se acerca tal si comprendieran por primera vez el mundo en que han decidido habitar. Sus labios son delgados como si hubiesen sido pintados por una mano maestra conduciendo con extremo cuidado un pincel de microscópicas cerdas. Estos labios serios y austeros son el símbolo preciso del engaño prometido durante la corta llamada telefónica, pienso: no prometen lo que verdaderamente están dispuestos a dar. Su falda, no demasiado corta, me permite reconocer unas pantorrillas finas e intuir un esqueleto delgado y ligero, pero no por ello débil. Sus tobillos son más infantiles que la edad que proyectan sus ojos. Sus rodillas son de niña, pienso, sus hombros delicados como lazos de pan recién cocido. Su nariz es un perfecto triángulo equilátero si no fuera por una leve curva en el puente, marcando, junto a su amplia frente, una fuerte y decidida personalidad varonil. Sus orejas, delicadas y quebradizas como alas de mariposa, ocultan el nacimiento de una mandíbula que avanza y se redondea suavemente en un mentón delicado y fino como la punta de la lanza que definitivamente acaba de clavarse en mi corazón. Sobre todo cuando miro su perfil. Y sobre todo también cuando observo la curva casi abrupta que se forma desde su mentón hasta el borde de su delgado labio inferior. Sus pómulos estiran la piel de su cara borrando cualquier esbozo de arruga que pudiera suponérsele.

Esta noche habrá de transcurir en esta habitación de hotel, separados de la oscuridad por una leve y tenue cortina, observando en los cristales el reflejo de ella desnuda sobre la cama y haciendo el amor hasta el agotamiento, con la sensación o la conciencia de no ser del todo infiel a mi esposa ausente.

Por la mañana, líneas amarillas formadas por el sol de otoño, invadirán la cama deshecha en la que ella solo habrá dejado el olor de su perfume y la confusión de un sueño que seré incapaz de recordar.

martes, 9 de diciembre de 2025

Si tú me olvidas, me quedaré muerto:

 

A Isabel y a Pepe.


Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...

(Ángel González)


He querido darle una nueva oportunidad a los versos "Pero si tú me olvidas / quedaré muerto...". Quiero decir, si te recuerdo y mientras te recuerde, aunque sea en mis sueños o en mi imaginación, tú seguirás viva.



«Todos tenemos sueños recurrentes decía el que parecía más viejo de los dos mientras se pellizcaba la palma de una mano con los dedos de la otra. Pero esto no es importante seguía diciendo».


El otro hombre, enmudecido, contribuyó con su atención a la prolongada expansión del silencio por el lugar. Sabía, quizás, que después de este largo silencio, como de otros anteriores de los que había podido participar, el viejo comenzaría a decir a borbotones todo aquello que de otra manera no hubiera podido expulsar de su boca. Sus ojos acuosos no parecían corresponderse con un rostro que comenzaba a adquirir un ligero tono púrpura.

Después, como deseábamos, el más viejo de los dos, de nuevo, siguió hablando:


«Los sueños recurrentes son siempre iguales entre sí, pero los nuevos, los sueños nuevos, son únicos,... y, en realidad, son misterios por resolver».


Silencio.


«Y ¿cuál ha sido su sueño de esta noche, Don Manuel? ¿Podría contármelo? preguntó el otro. El más joven de los dos sabía que el viejo podría contarlo sin dificultad, si fuera el caso de que lo llegara a recordar. El problema, lo sabía bién, era que tal vez ya no lo recordase con claridad o que el sueño se hubiera visto contaminado de otras imágenes apócrifas, exteriores al propio sueño, ensuciándolo. Esto hubiera impedido al viejo su descripción».


Manuel, despacio, empezó a narrar y yo, allí presente, situado detrás de ambos ancianos, pude escuchar todo el relato. Lo he transcrito tal cual lo oí. Las contradicciones o saltos en el mismo no son míos, sino del propio relato y del relatador. A mí me pareció un sueño necesario, por ello lo cuento y lo escribo, pero ustedes, lectores, podrán juzgar esto una vez leído.


«Lo primero que recuerdo, comenzó diciendo Manuel, es un leve y ligero perfume de incierto origen. Yo diría que era un perfume triste, como el que queda atrapado en los cajones de una cómoda vieja y cerrada por muchos años, y, de pronto, fuera liberado cuando alguien, sin intención, sin esfuerzo incluso, sin generosidad, sin ganas, decide hurgar en el interior de esos cajones. Este perfume fue expandiéndose y llegándome lentamente, como si vieniera a mí desde muy lejos, como anunciándose, como queriendo llamar levemente mi atención, dijo Manuel, sorprendido. El lugar era cualquiera, indescisfrable desde el primer momento: tal vez la habitación superior de una casona deshabitada o un taller mecánico abandonado y cubierto de polvo o un sótano con un minúculo tragaluz que filtrara un delicado rayo de sol,...; después pude reconocer una calle, pero esto fue después, una ronda o tal vez un bulevar, con naranjos plantados en su paseo central, frecuentado en otro tiempo pasado, creo, e incluso, después, más adelante en el sueño y en su lógica absurda, llegué a distinguir una calle más, actual, de hoy, muy ancha y abierta, al borde de un río; pero esto fue, como digo, más tarde.


»Desde muy lejos, desde el fondo oscuro de la noche, fue aproximándose el rostro claro, fantasmal, de una mujer. Conocía a esa mujer, sabía quién era, pero no era el rostro que yo recordaba. Sin duda era el rostro de Sofía, su cara angulosa, adusta, y su recta y pausada manera de andar viniendo hacia mí, pero al mismo tiempo alejándose de mí. No tenía ninguna duda de que era ella, aunque su rostro no era el de entonces, el que yo tan bien conocía de treinta años atrás, sino el que quizás tendría ahora, el que no he llegado a ver nunca más que en este sueño. Era un rostro bello aún —dijo—, como fuera el de entonces. Bellos eran también sus pasos cuando se aproximaban hacia mí, quise creer o tal vez creí en el sueño, durante el sueño. Pude sentir cómo depositó su mirada sobre mis ojos, pude sentir su peso cayendo de golpe sobre mí, pero yo no llegué a ver sus ojos, porque no quise o no supe o no pude mirarlos de frente. Se colocó a mi costado y agarró mi mano con la suya. Era una mano descarnada y fría. Comenzamos a caminar por ese bulevar primero que había creído reconocer. Era éste un deambular sin rumbo, un no saber adónde ni por qué. Después empecé a sentir cómo me subía el deseo de ella o por ella. Irresistible. Impetuoso. Cuando detuvimos nuestro andar y apretó con tantas fuerzas mi mano que me obligó a girarme hacia ella, acercó sus labios a los míos, fríos y secos, y este beso que nació en ese instante se prolongó en el tiempo, igual que hace un momento, en esta vida real, se prolongara el silencio, y se expandiera por este lugar, como antes en ese otro tiempo del sueño. Después de este beso generoso, lento y triste nos encontramos de nuevo andando, pero ahora con rapidez, corriendo diría, en la otra calle, la actual al borde del río. Corríamos y tropezábamos sin rumbo igualmente. Estuve a punto de caer en varias ocasiones. Mi respiración, asmática, me pedía parar. Nada de palabras, nada de miradas entre ella y yo. En este sueño silencioso yo la sentía a ella, a Sofía, la de ahora, o la de entonces —seguía diciendo Manuel, el más viejo—, entregada como nunca había llegado a estarlo con nadie, como yo siempre había imaginado en secreto. En un momento de reposo, sofocados, junto a una pared rugosa y oscura, nos detuvimos frente a frente, yo observaba cómo ella levantaba sus codos por encima de su cabeza, con las manos anudadas en su nuca, como sujetándose el cabello. Era esta una imagen plenamente sexual —confesó Manuel—.


»Después de esta entrega amorosa, Sofía, su rostro, el que debía ser ahora, se desvaneció en la noche, como se desvanecieron también la calle al borde del río, sus manos, la noche misma, sus brazos levantados, sus ojos, su vestido negro y, con ellos, también mis manos y yo mismo en el sueño o, tal vez, el que yo fuera entonces, el que hubiera querido ser, el que de hecho sea.


»Solo quedó quieto, paralizado en el aire frío de la madrugada, el leve y lejano, triste perfume, el perfume etéreo y dulce de mi amor».

La casa de madera:

 

A la caída de la tarde y a principios de noviembre a Vicente le gusta contemplar el mar desde el porche de su casa de madera, una cabaña más bien, sobre el acantilado de rocas que destacan en la escollera por su color gris oscuro, por sus riscos, por el vértigo que producen las olas allá abajo, por el viento, por el graznido de las gaviotas. Quizás crea que ese viento húmedo y frío de noviembre, sobre todo justo antes de la puesta del sol, lo lavase y lo purificase o lo desprendiese del recuerdo grasiento de Magdalena, la madre de la niña, o de la joven, que trasteaba en el interior de la cabaña, en la cocina tal vez, preparando algo de comer u ordenando cacharros o fregándolos.

Magda” –gritó Vicente–. “Sal. Mira esto”.

No sabiendo muy bien por qué, esa tarde deseaba compartir el atardecer con Magda, la única hija de Magdalena, su esposa muerta. “Mira –no le dijo, aunque lo hubiera querido–. Cuando observas el mar, y quizá sólo cuando lo observas al atardecer desde un acantilado como este, es posible sospechar que tal vez un dios o un demonio o un extraño demiurgo esté detrás de este sinsentido que nos rodea y nos llena y nos crea o nos forma o nos invita a un laberíntico juego de deseos y necesidades sin límites, desconocidas, ignoradas a veces, incluso –hubiera seguido diciendo– innecesarias las más de las veces, sin que esto sea una contradicción, aunque esto no lo queramos o podamos siquiera imaginar”. Pero no le dijo nada tal vez, quien podría saber lo que ocurría en la cabeza de nadie, porque cuando Magda salió del interior de la cabaña, el horizonte ya se había tragado al sol, y la gran Luna Llena comenzaba a iluminar el suelo.

¿Qué quería, padre? –preguntó Magda.

Nada –le respondió Vicente–. Que no me llames “padre”. Cuando estemos solos no me llames “padre”.

Pero…

No quiero y basta.

Y diciendo esto, el no padre se introdujo en la cabaña para ponerse un abrigo y salir, ágil, hacia la taberna, a algo más de un kilómetro a través de los riscos, y a unos cinco minutos antes de llegar al pueblo. No es que a Vicente el gustara aquel lugar, pero era el único al que acudir sin necesidad de entrar en el pueblo y cruzarse con vecinos a los que no quería ver ni hablar ni oír. Allí, en la taberna, podía beber tres o cuatro vasos de lo que fuera sin dar explicaciones y hablar con desconocidos, viajeros de paso quizá, de los que no quería verdaderamente saber nada. Al entrar y sentir el calor acogedor del lugar y el ruido de las charlas y las risas, el dueño del local le servía sin preguntar un primer vaso de güisqui que Vicente bebía paladeándolo lentamente, disfrutándolo, escribiría si los relatores tuviésemos el poder divino, o demoníaco, de conocer el interior de los personajes que tenemos el atrevimiento de describir, de descifrar más bien, en este juego laberíntico que es esto de contar historias que no nos pertenecen y de la que nada sabemos más allá de lo que de hecho vemos u oímos. Pero ¡qué remedio! Los hechos por sí mismos, nunca dicen nada y nada cuentan. Todo es, siempre y solo, interpretación.

Después del segundo güisqui Vicente solía volverse hablador y confiado. Se lanzaba a hablar de todo y con todos, dando lecciones siempre, que así se mostraba de arrogante entonces: de política, de fútbol, de pesca o de lo que fuera. Alguien podría afirmar que le gustaba escucharse si no conociera verdaderamente a Vicente y su silencio casi permanente en la casa de madera.

Desde el otro extremo de la barra un individuo lo observaba con atención, como queriendo intervenir en medio de la perorata, como queriendo inerrumpirlo. Sus manos gruesas no soltaban el vaso después de dar un corto y rápido buche de lo que fuera que bebiese. Quiero decir que depositaba el vaso en la barra sin hacer ruido, pero sin soltarlo hasta que minutos después volvía a acercarse el vaso a los labios para absorber el licor con un sorbo justamente premeditado. Sus manos toscas no casaban bien con sus movimientos medidos. Escuchaba a Vicente sin atreverse a entrar en la conversación. No era nuevo en el pueblo y alguno creía conocerlo sin saber decir exactamente de qué. Tal vez fuese un arriero que iba y venía de pueblo en pueblo y que estuviese en la zona por algún tiempo impreciso. Vicente lo miró y cruzó unas palabras con este hombre de mediana edad, modales rústicos, aunque de aspecto hidalgo, incluso caballeresco si no fuese porque sus ropajes estaban sucios y gastados.

Después del tercer o cuarto vaso de güisqui Vicente volvía a colgarse el abrigo, se ataba la bufanda al cuello, el gorro en la cabeza y salía de la taberna tambaleándose rumbo a casa. Unos veinte minutos necesitaba para el camino de vuelta. A su regreso Magda solía estar en la cocina terminando de hacer lo que fuese que hiciera y cuando Vicente entraba en la cabaña se cumplía cada noche el mismo ritual:

¿Aún levantada?, Magda. Es muy tarde. Acuéstate ya que mañana habrá otro día.

Sí, padre. Ya termino y recojo. Acuéstese usted.

Te he dicho que no me llames “padre”.

Pero padre.

Basta, Magda. No quiero volvertelo a decír.

Este es el misterio de los rituales cotidianos, rutinas dicen algunos en el pueblo, que se repiten y bien están cuando se repiten. Pero los demonios acechan tras las nuevas maneras, tras las sorpresas que, aunque haya quienes no quieran verlas, haylas. Y la sorpresa vino a la siguiente noche desde el otro extremo de la barra, desde el individuo, tal vez arriero, pero seguro interesado en saber una vez y otra más del lenguaraz Vicente que nacía cada noche después del segundo vaso de güisqui. Sobre todo tras el encuentro que el arriero hubo en el mercado a la mañana con Magda mientras ésta compraba algo de fruta y otras viandas.

¿Quién es? –preguntó señalándola.

Es Magda, la hija de Vicente, el pescador de la casa de los riscos –respondió el vendedor sin malicia.

Y esa misma noche estaba este individuo rústico, desconfiado, curioso y de gruesas manos toscas observando, oculto en las sombras, desde el exterior de la taberna la llegada de Vicente.

Como todas las noches éste llegó saliendo de entre los riscos, atravesándolos, y desde el mar como un Poseidón viejo y cansado. Entró en la taberna como siempre hacía: despojándose del abrigo, de la bufanda y del gorro de lana mientras el dueño del local le servía el primer vaso de güisqui.

El falso arriero, astuto, esperó a que se lo terminase de beber y a que el tabernero le sirviera el segundo vaso, tal vez para asegurarse de que el incauto de Vicente iba a seguir la rutina de todas sus noches. Bien estudiado que lo había el arriero.

Cuando el segundo vaso estaba servido, el avieso individuo del que este narrador no conoce siquiera el hecho de su nombre, ya iba saltando piedras en dirección a la cabaña de madera.

Pero como quiera que los dioses o los demonios del mar, del cielo o de la tierra están la mayor de las veces desatentos, pero también a veces, muy pocas, en alguna extraña ocasión, se distraen ellos alterando los aconteceres mundanos, vino a ocurrir que Vicente se bebió de un trago el segundo güisqui y colocó la palma de su mano derecha sobre el aro de la boca del vaso indicándole, de esta manera, al tabernero que no le sirviera más, que no quería otra copa, que ya estaba bien para esa noche. Tal vez se acordase de Magda, si no su de hija, que no era, sí de su soledad en la cocina, o tal vez se acordase de su esposa, de la madre de Magda, a quien tanto amó y aún seguía amándola, sobre todo en las noches de Luna Llena y en este mes de noviembre de aciago recuerdo, porque fueron en estos días de principios de otoño cuando Magdalena cayó por el acantilado al mar y nunca más pudo vérsela. Nadie en la zona, ni los policías que estuvieron investigando la extraña caída, al atardecer, al borde de la noche, ni este ignorante narrador, supo bien de lo sucedido; tal vez solo Vicente lo supiera, pero nunca dijo nada, enmudecido primero durante meses, hasta que la niña comenzó a intentar decir algo y él se volvió para hablarle, como queriendo infundir en esa pequeña el poder del conocimiento a través de las palabras, también de la palabra que no quería enseñarle y que, de hecho, no le enseñó, pero que ella aprendió sola, se preguntaba y se amargaba Vicente pensando en cómo aquéllo habría sido posible.

Vicente, narraba, salió de la taberna y emprendió su camino de vuelta a la casa unos cientos de metros detrás del falso arriero y dispuesto a cumplir el ritual de todas sus noches.

El arriero, más joven, aunque no más ágil, llegó pronto a la cabaña y observó con detenimiento, paciencia e inteligencia el humo que salía de la chimenea, dio la vuelta por el perímetro exterior de la cabaña viendo la luz del interior. Ahí estaba la joven, niña aún, Magda. La observó con deleite y con deseo. Volvió al porche de entrada y dudó: ¿debía golpear la puerta con los nudillos? ¿debía intentar abrirla sin avisar? Pero la duda poco le duró: entraría forzando la puerta, pensó resoluto. ¿De qué otra manera si no? Tal vez, un silencioso y ligero empujón bastaría para abrirla sabiendo, como sabía, que en aquel lugar todos eran muy confiados. Pero no pudo ser, porque la puerta estaba trancada desde el interior. Entonces no había otra que pasar a la segunda opción: llamar dulcemente a la puerta y ver si la joven niña, confiada como su padre, creía, la abría sin cuidado.

Más no llegó a hacerlo, porque Vicente, ya cerca del porche, lo vio aproximándose a la puerta e intentar abrirla. Sospechando o adivinando tal vez, viendo simplemente que el ritual de todas las noches se rompía de pronto y que algún motivo extraño y con seguridad propio de un demonio más que de un dios, increpó así al forastero:

¡Eh! ¡Tú! ¿Quién eres y qué quieres? –gritó.

¡Ah, Vicente! Soy yo –respondió el extranjero–. ¿No te acuerdas de mí? Estuvimos anoche hablando en la taberna –saliendo del porche para que la luz de gran Luna Llena de noviembre le iluminara el rostro.

Vicente no se dejó engañar.

No te conozco, bribón –le dijo–. ¿Qué haces aquí, en mi casa y a estas horas? ¿Qué buscas? Baja de ahí –le ordenó.

Y, bajando los escalones, el improbable arriero se lanzó, cuchillo en mano, sobre el pecho de Vicente. Éste, ágil y felino a pesar de los años, esquivó el empellón y, ocultándose en las sombras del porche, desapareció en un instante.

El desconocido forastero saltó tras él, pero, sin ver dónde se había escondido, no sabía hacía dónde acudir.

En ese momento, Magda, alterada por el ruido del exterior abrió la puerta y salió de la cabaña. El arriero, tal vez asustado o indeciso o tal vez ansioso, la confundiera con el propio Vicente y por ello hundiera su puñal en el pecho de la desgraciada haciéndole derramar la sangre fuera de su cuerpo y manchando con ella las sucias y gruesas, toscas, manos del forastero.

No desclavó este individuo el puñal del pecho exánime de la niña antes de salir corriendo hacia más allá de los riscos y desaparecer.

Vicente, abrazado al cuerpo de Magda, intentaba desesperado reparar el daño, impedir que la sangre siguiese brotando hacia donde no había ningún sentido al que derramarse.

Vicente lloraba sosteniendo el cuerpo de Magda mientras la gran Luna Llena de noviembre parecía observar, escuchando desde el horizonte del mar cómo aquélla, en un susurro, preguntaba:

Pero, ¿qué sucede “padre”?