1: Soliloquio de Judith:
Para Carmen.
«Y con toda su fuerza le hirió dos veces en el cuello, cortándole la cabeza»
(Libro de Judith, capítulo 13, versículo 8).
«Cuando me levanto de la cama todavía es de noche. Mi marido, Presencio, contradiciéndose con contumacia a sí mismo, puesto que siempre está ausente, hace ya rato que marchó al trabajo. Mientras me preparo un café solo pienso "¿Has oído el viento esta noche?" Esta pregunta lentamente va transformándose, conforme me voy despertando y olvidando de ella, para pasar a una exclamación aburrida: "¡Ánimo y fuerza para aguantar otro día más!". ¿A quién le importa el quehacer del viento? Trabajo en una oficina que pertenece a una empresa de facturación de facturas. Esto es difícil de explicar y de justificar, y tampoco es importante para la historia que pretendo contar. Olvídelo, entrometido lector.
Judith Amargo, que así me llamo, odia su trabajo: no por el hecho de tener que trabajar (para ganarme el pan o las braguitas o lo que sea que necesite o quiera), sino por el trabajo que realmente debo realizar y por el lugar cerrado y amargo en el que lo desarrollo: todo el día sentada delante del ordenador tecleando nombres, cifras, direcciones, códigos, más nombres,... Hace tiempo que empezaron a agudizárseme los dolores de espalda y ya están llegando también los de las piernas, los de los brazos, los de las manos y los de los dedos. Y tampoco esto es lo que me importa. Sé, y bien que lo sé, que mi futuro es claro y cierto, y que esta permanente convicción de que nada tiene sentido sea, tal vez, la causa que me hunde en un misterioso sopor animal, como si pretendiera ser un reptil al sol, como si habitara en un permanente vaho caliente que me asfixie y que, aunque no llegue a deprimirme —esto no puede llegar a sucederme, mi situación personal lo impide—, me contraiga, me empequeñezca, me reduzca, me enferme y me mate lentamente.
Pero lo peor no es el trabajo en sí, es más bien el ambiente que se respira en la oficina y que emana sobre todo del despacho del director que es quien lo genera. Es un mal tipo que difunde por toda la planta un hedor o hálito agrio, una peste amarga, como designa mi propio apellido, premonitorio quizá: director engreído, director narciso, petulante, machista y racista. A veces creo que nos odia a todos en la oficina, a veces creo que me odia solo a mí, a veces que odia con especial inquina a la nueva, una joven en prácticas, negra y antipática, o tal vez sea solo seria. Tengo que reconocer que a mí me gusta jugar con ella: a veces le digo lo bien que está aprendiendo y trabajando, otras la mando airadamente a por los cafés a la máquina, que, por supuesto, paga ella. Es obediente y no sabe ni vestirse ni sacarse partido. Alguna vez incluso la he visto sonreír después de que alguien, yo misma, le hablase con algunas gotas de indigna superioridad.
Hoy, además, llueve. Hay electricidad enclaustrada acumulada en este ambiente plumbeo y oscuro. El director, más altivo y soberbio que de costumbre, me ha mandado llamar. No está de humor. Temo una entrevista difícil.
— Judith, ¿era hoy cuando tenían que estar para revisión los listados del barrio de El Porvenir?
— Sí, director, era hoy, pero ya le dije hace tres días que eso iba a ser imposible, porque nos han llegado muy tarde los documentos de la Agencia Tributaria. Ya sabe, los funcionarios trabajan a su ritmo, incluso los de Hacienda.
— Pero esos documentos llegaron antesdeayer —gritando—. ¿Acaso no cobráis? ¿No os pago todos los meses? Entonces, ¿por qué no está terminado el trabajo? Hace dos horas que me están llamando desde Revisiones. ¿Qué les digo? Dime. ¿Qué les digo? —sin dejar de gritar—.
— No lo sé director —con aparente y absoluta calma. Despues de un silencio—. Dígales lo que quiera. Tal vez, echando algunas horas quizá, podamos terminar el listado esta misma noche.
— Pues venga, corriendo, comunícaselo a todos. ¿Qué haces ahí parada? ¡A correr! —totalmente fuera de sí—.
Salgo del despacho del director, me dirijo a la oficina y les comunico al resto de las sombras que el tiempo apremia, que tendrán que quedarse esa tarde hasta terminar los listados de El Porvenir. Todos saben lo que esto significa, pero nadie dice ni reprocha nada. Solo se escucha un silencioso, como si fuera interno, «¡Oh...!» expandiéndose por la angosta sala, o más bien ancho corredor. La mayoría de oficinistas ya suponía lo que iba a pasar cuando me vieron entrar al despacho y cuando escucharon los gritos del director.
Terminando la tarde y llegando la noche, aún pudo oírse en la oficina esta conversación.
— Judith, te he dejado mi dossier encima de mi mesa. Tengo que marcharme ya. No puedo quedarme más tiempo. Los niños, ya sabes.
— No te preocupes, Luisa. Márchate ya. Es muy tarde. Yo termino con lo mío pronto. No más de media hora. Hasta mañana.
Una hora más tarde, en silencio, se acerca la becaria negra por detrás y con voz áspera, como de arena, me susurra:
— ¿Quieres un café? Es muy tarde y lleva usted mucho tiempo ahí, tecleando. ¿Una parada?
— No. Ya me falta poco. Pero... ¿qué haces tú aún por aquí? Es muy tarde. ¿Por qué no te has ido todavía?
— No tengo nada que hacer fuera. Aquí puedo ayudar de alguna manera.
— Gracias. Eres muy amable verdaderamente. Lamento que a veces... los nervios... el estrés... En fin... tú ya sabes. Nos volvemos todos histéricos. Perdóname.
— No tiene importancia. Me hago cargo, Judith.
Después de unos minutos, me hablo a mí misma más que a la becaria:
— Bueno... esto ya está —estirando mi espalda y alargando los brazos—. Vamos a comunicarle al director que ya está todo terminado.
Adelantándose, la joven negra preguntó: "¿Da usted su permiso?"
— Pasa Judith.
— No soy Judith, soy yo, la becaria.
— ¿Qué quiere usted? No la hacía aquí todavía.
— Quería solo comunicarle que Judith ya ha terminado los listados de El Porvenir. Ahora viene para acá —y diciendo esto, se colocó en un rincón del despacho del director, esperándola aparecer y dejando la puerta expedita—.
Cuando entro en el despacho le comunico:
— Listo, director. Me marcho, que mañana hay otro día.
— Espera Judith, no te vayas aún. Quería... quería pedirle disculpas. Verá... esta mañana... creo que estuve algo... impertinente. Usted sabrá perdonarme, ¿verdad?
Yo no digo nada. Simplemente lo miro mientras sigo pendiente de mi cuerpo abotagado: estirando la espalda, las piernas y los brazos en estricto orden secuencial.
Él sigue diciendo:
— Quiero que sepa que yo... en fin... que yo no quise gritarle esta mañana. Pero... ya sabe... el trabajo... los plazos,... me juego mucho en esta empresa —sigue diciendo mientras va acercándose lentamente hacia mí.
Yo, Judith Amargo, terca y segura de mí misma, quise poner una barrera entre mi cuerpo y el suyo diciéndole:
— No siga usted por ahí, director. A mí no me van estas monsergas de patrón avergonzado y siervo humillado.
Él parece no entender lo que yo he dicho y sigue avanzando mientras me va diciendo:
— Yo necesito a alguien como tú, resolutiva, inteligente, y que sepa escucharme y atenderme a mi lado. Sin ti esta oficina se hubiera venido abajo hace tiempo. Te necesito, Judith —me dice mientras me agarra por los hombros para acercarme a él intentando estrecharme en su pecho.
Me zafó de él dándole un empujón contra la mesa del despacho.
Él no se da por vencido y persiste en su ataque hacia mí. Mientras me arranca algunos botones de la camisa en un gesto violento y felino, consigo romperle la bola de cristal de la lámpara en la frente.
Después de unos instantes de quietud, él se sobrepone al golpe y, cuando se recobra de la sorpresa, salta como un animal salvaje hacia mí, gritándome con voz desentonada y aguda:
— No eres nadie sin mí, puta.
Del rincón de la habitación, olvidada por los dos, la becaria sale de la oscuridad, coge un abrecartas de la mesa del despacho y lo pone en mi mano derecha mientra empuja al director apartándolo de mí. Después yo, Judith Amargo, con vigor y rapidez, lanzó mi brazo contra el cuerpo del acosador y clavó el abrecartas en su pecho de director a la altura del corazón. El director se queja, después arquea su cuerpo ya con su presa suelta, se gira para ver el rostro de su otro atacante y grita:
— ¡Puta negra!
Después cae de rodillas y definitivamente al suelo del despacho en el que empieza a correr un río de sangre».
2: Soliloquio del director:
Para Julia.
«Quedó Judith sola en la tienda, y Holofernes tendido sobre su lecho, todo él bañado en vino»
(Libro de Judith, capítulo 13, versículo 2).
«Qué país de mierda es éste en el que el primero en llegar a la oficina es el jefe. Nunca hay nadie cuando llego y ni las luces están encendidas. Al final del día seré también el último que se vaya. Esta panda de inútiles e imbéciles no sabe lo que me cuesta mantener esta empresa a flote. Más parecen inconscientes ignorantes que jóvenes altivos y seguros de sí.
Solo Judith parece tener algo de inteligencia debajo de su triste y a menudo improvisado peinado. Sé que tiene marido, pero también sé que su esposo y ella no parece que tengan mucho que ver entre sí desde hace años. Ella se pasa todo el día aquí, en la oficina, paseándose, buscándome y mostrando sus piernas de un lado para otro, seduciéndome. Huele a rosas. A veces se lo llego a decir: "Hueles a rosas, Judith". Y ella no parece ofenderse ni hace ni dice nada, simplemente asiente con sus ojos, bajándolos en un diabólico juego con sus pestañas. Me gusta verla coger y acariciar los papeles. Me gusta mirar sus manos. Cuando me acerco a ella puedo olerla, y por debajo de su perfume a rosas, sobresale su olor personal: amargo y lejano como ella misma, como un recuerdo inocente que no acaba de borrarse y que se enreda entre los hilos de la memoria atrayendo consigo otros recuerdos más lejanos todavía y, aunque aparentemente ignorados, no olvidados aún, y vienen siempre acompañados de un misterio religioso casi, antiguo, paleolítico. Judith es una bruja que permanente y seductoramente va lanzándome miradas y gestos mágicos como jirones de un atavismo brutal que necesariamente se me impone, y me anula lanzándome hacia la aventura más irrenunciable, peligrosa y ancestral que pudiera imaginar.
No sé por qué Judith, tan inteligente como enigmática, habrá elegido a esa tosca y torpe becaria, que no huele a nada más allá de su aguada colonia, casi inodora, y que carece de la más nimia inteligencia humana. A veces creo que no llega ni a animal siendo más bien una suerte de vegetal inútil, sin olor y sin sabor, como una mala yerba silvestre que no sirviera ni para alimentar a una cabra. No soporto que se me acerque con su mirada gacha, susurrando, con su boca pestilente, con sus manos gordas y con su piel grasienta.
Nadie es consciente, en esta triste oficina, de que todo se irá al fango si no conseguimos mantener el contrato con la Agencia. ¡Panda de inútiles tengo por empleados! Debo convencer a Judith de que me ayude a sacar el trabajo adelante. Es nuestra última esperanza. Odio todo lo vulgar y en esta oficina, salvo ella, todo es vulgar.
— Judith, por favor, acérquese a mi despacho —le digo por el interfono—.
Cuando ella traspasa el umbral de la puerta la oficina gris cobra vida y un rayo de sol comienza a atravesar el cristal de la ventana al mismo tiempo que el pericardio de mi corazón.
— Judith, —le digo timorato y con brusquedad— ¿era hoy cuando dijeron los de la Agencia que tenían que estar para revisión los listados de El Porvenir?
— Sí, director, —responde ella, después de un silencio, haciendo coincidir la palabra "director" con el momento exacto en que sus ojos se fijan en los míos, penetrándolos— era hoy, pero ya le dije hace tres días que eso iba a ser imposible, como tantas otras cosas en esta oficina, porque nos han llegado muy tarde los documentos de la Agencia Tributaria. Ya sabe, los funcionarios trabajan a su ritmo, incluso los de Hacienda —termina con una sonrisa—.
— Pero esos documentos llegaron antesdeayer —le digo tartamudeando—. ¿Cómo es que no está terminado el trabajo? Hace dos horas que me están llamando desde Revisiones. ¿Qué les puedo decir? Dígame usted, por favor. ¿Qué les digo? —sin dejar de estrechar sus manos con las mías—.
— No lo sé director —con aparente y absoluto desdén. Despues de un silencio—. Dígales lo que quiera. Tal vez, echando algunas horas, quizá podamos terminar el listado esta misma noche.
— Pues venga, por favor, comuníqueselo a todos.
Cuando sale del despacho, éste permanece unos momentos desangelado, vacío, muerto. Ni quiero ni puedo vivir sin ella —pienso—. Esta noche me armaré de valor y caeré a sus pies implorándole su amor, el que puede hacer de mí el hombre más feliz de la tierra. Amo su cuerpo y la amo a ella como hace apenas unas semanas no sabía imaginar que se pudiera amar.
En este momento de arrobamiento me interrumpe una vez más la imbécil de la becaria que con su voz de insecto dice:
— Director, ¿puedo hacer algo por usted? ¿Un café?
Le respondo sin saber qué le estoy diciendo:
— Sí, claro, un café, por favor.
Así se pasa todo el día esta niña vieja, entrando y saliendo de mi despacho, y diciendo y pidiendo cosas sin valor alguno. A veces incluso entra en el despacho y se coloca en un rincón, de pie, esperando no sé qué y sin decir nada, como una estatua, y así permanece minutos y horas, creo.
Como en otras veces anteriores, ya anocheciendo, me dice:
— Judith ha terminado los listados de El Porvenir. Dice que ahora viene para acá.
— ¡Por fin! —me digo, esperanzado en volver a verla a ella, a Judith, más que en ver los listados ya completados—.
Cuando entra en mi despacho lo hace con su ya irreconocible perfume a rosas. Es ella misma la que llega con sus ojos cansados y sus manos y sus dedos jugando con los rizos de su pelo. "Esta noche tengo que confesarme —me digo armándome de valor como un soldado antes de la batalla—.
— Espere Judith, no se vayas aún. Quería... quería pedirle disculpas de antemano. Verá... esta mañana... se ha confirmado lo que viene ocurriendo desde hace ya muchas semanas. Usted sabrá perdonarme mi atrevimiento, ¿verdad?
Ella no dice nada. Simplemente me mira y mueve su cuerpo ágil y fuerte como insinuándose, estirando su espalda, sus piernas y sus brazos como una serpiente, y en estricto y misterioso orden provocando en mí una subida de tensión arterial, un brotar discontinuo de sangre que nace en el corazón y llega a todos los lejanos rincones de mi cuerpo, que no puede evitar erguirse como un sólido faro en mitad de una tormenta de deseos.
Con dificultad consigo retomar un leve equilibrio que me permite seguir balbuceando:
— Quiero que sepa que yo... en fin... que yo... Pero... ya sabe... este trabajo... las horas uno junto al otro,... sé que me juego mucho con esta declaración —sigo diciendo mientras voy acercándose lentamente hacia ella, intentando no asustarla, no romper el momento mágico que se está creando a nuestro alrededor como si estuviéramos en medio de un nimbo trémulo luminoso e irradiáramos una luz nocturna y clara a un tiempo.
— Yo necesito a alguien como usted. La necesito, Judith —le digo mientras intento agarrarme a sus hombros para no caerme al suelo, a causa del puro desvanecimiento que siento llegar.
De pronto un terrible impacto me golpea en la frente, como si una botella de cristal se hubiera roto en mil pedazos contra ella.
Después todo empieza a oscurecerse y siento cómo, con la botella de cristal, se ha roto también mi corazón en mil pedazos.
Aún oigo una voz como de arena que dice a mis espaldas.
— ¿Y este imbécil era el terrible director de la oficina?»
3: Soliloquio de la becaria:
Para Maribel.
«... antes, por mi mano, ha herido esta noche a nuestros enemigos»
(Libro de Judith, capítulo 13, versículo 14).
«— ¿Qué se habrá creído? —me preguntaba cuando esa profesora me dijo que debía incorporarme a esta oficina, la peor de las posibles, la que no permitía ninguna expectativa, la que yo no habría elegido nunca ni por nada del mundo—. Por esto no tuve más remedio que encerrarla en el baño del centro para ver si había suerte y se quedaba toda la noche allí metida — seguí pensando—. Pero la muy bruja pudo salir no sé cómo. Claro que yo ya, para entonces, le había pinchado las cuatro ruedas. Sólo he hecho que seguir la norma de mi casa: obediencia clara y manifiesta, y llevar a cabo lo que me pida el cuerpo.
Recordaba los días pasados antes de comenzar las prácticas cuando tomo la decisión de que debía hacer algo para que la otra bruja recién conocida, esa Judith Amargo que tenía por jefa en la oficina y que se creía más guapa de lo que verdaderamente era, comenzara a confiar un poco, solo un poco, en mí. Acercándome en silencio por detrás y, con la voz más meliflua que logro simular, le pregunto:
— ¿Quieres un café? Es muy tarde y lleva usted mucho tiempo ahí, tecleando. ¿Una parada, Judith?
— No. Ya me falta poco —responde Judith—. Pero... ¿qué haces tú aún por aquí? Es muy tarde. ¿Por qué no te has ido todavía?
— No tengo nada que hacer fuera. Aquí puedo ayudar de alguna manera —le miento—.
— Gracias. Eres muy amable verdaderamente. Lamento que a veces... los nervios... el estrés... En fin... tú ya sabes. Nos volvemos todos histéricos. Perdóname.
— No tiene importancia. Me hago cargo, Judith —sonriendo—.
Después, cuando la escucho estirarse, me adelanto y acudo al despacho del Dic, esa sardina escuálida con ansias de tiburón. Menudo imbécil y patán. Se cree que nadie ve cómo desea a mi estúpida jefa. Está chiflado por ella y todo se lo permite y se lo aguanta. Y, además, la quiere sólo para sí. Pero ¿acaso no se da cuenta de que está casada y de que quiere a su marido? ¡Qué suerte tienen algunas!
El tonto del Dic es tan idiota que apenas si se percata de que he entrado en su despacho y me he colocado a esperar en la oscuridad de un rincón para ver la escena que se va a producir. Lo tengo todo preparado. Al dirigirme al rincón he podido coger y esconderme en un bolsillo un abrecartas dorado que el Dic siempre tiene en su mesa.
Después observo cómo se acerca ella.
Él le dice que no se marche aún, que quería disculparse, y el muy imbécil empieza a declararse de la forma más tosca y torpe que pueda imaginarse. Si será bruto el cabrón.
Ella, en cambio, astuta y malvada, se queda haciéndose la sorprendida y en silencio, como esperando, pero no por ello deja de insinuarse, de contonearse ante él y en la semioscuridad del despacho. Él empieza entonces a sofocarse, enrojece como un carbón, se aturrulla y comienza a tartamudear.
— Yo necesito a alguien como usted —le dice a ella mientras parece marearse—. Aprovecho para acercarme a ellos, coger la lámpara y estrellarle la pantalla de cristal en la cabeza.
Después, cuando él empieza a recobrar el sentido, la escucho a ella decir algo de patrones y humillados, pero no logro entenderla.
Él vuelve a abrazarse a ella para no caerse, quiere sujetarse en su hombro izquierdo cuando le hace saltar algún botón de su camisa. En ese instante saco el abrecartas de mi bolsillo y lo clavo en la espalda del Dic. Antes de caer al suelo, logro extraérselo y se lo pongo en las manos a mi jefa, no sin antes desviar mi mirada hacia sus escote, que apenas dejan ver unos pechos no demasiado grandes, pero muy firmes.
Ella coge el abrecartas ensangrentado como si fuera suyo y abre los ojos como si fueran dos pistas de circo contemplando el río de sangre que brota del pecho del Dic.
