viernes, 16 de enero de 2026

El sueño:

 

Unas noches antes había creído soñar con el patio de la casa de sus abuelos.


De niño solía pasar unos días del verano en el pueblo de sus abuelos maternos. La casa familiar era grande, aunque no amplia. Quiero decir que las habitaciones no eran amplias, aunque la casa tenía más dependencias que el piso de Sevilla donde vivíamos mis padres y mis hermanos. Recuerdo que eran cuatro habitaciones, cinco si cuento el desván, un baño, una cocina, esta sí, amplia, un salón, una salita pequeña y, en la parte de atrás, un patio. Al fondo del patio, a la izquierda de donde empezaba el huerto, una cancela de hierro daba a la calle de atrás.

Creo que esta casa tenía orientación este, porque recuerdo que el sol durante el verano daba en el patio desde el amanecer hasta el medio día.

Yo solía pasar los días de aquellos veranos jugando solo, porque mis hermanos más pequeños solían permanecer en Sevilla, o leyendo en este patio buscando la sombra de la única higuera que dominaba el huerto desde un rincón del muro de piedra. Era agradable este patio, y así lo sentía en el sueño, y con lugares diversos para esconderse, correr o subirse a la higuera. También había un limonero joven y el pequeño huerto. Pero éste, el huerto, era lugar prohibido. El abuelo lo cuidaba con dedicación y esmero, y a él solo podía accederse para sembrar, limpiar o recolectar. Ahora, en el sueño, creo que era el recinto más sagrado de la casa.

Yo jugaba en el patio a los soldados, a las bolas, al trompo, a las carreras de chapas,... A veces, la abuela me dejaba regar el huerto, pocas, porque creo que ella también lo creía entonces un recinto sagrado o, tal vez, sea que le gustase, como a mí, regarlo.

Por las tardes era aún mejor que por las mañanas, porque, cuando la sombra lo cubría todo, el abuelo sacaba de la cocina una mesa pequeña, unas sillas y se ponía a hacer solitarios con las cartas. La abuela se ponía a coser o a remendar o a lo que fuera y yo solía ponerme a leer. En ese patio he leído mis novelas favoritas, páginas memorables de El Conde de Montecristo, de Guerra y Paz, de Trafalgar, de El jorobado de Notre Dame, de La dama del perrito,...

Una de las ventanas de la cocina y la ventana del baño daban al patio. A veces entraba en la casa y me asomaba a la ventana de la cocina y les ofrecía a mis abuelos, que se encontraban fuera, lo que en ese momento hubiera a mano, como si fuera un vendedor recién llegado al pueblo. “Señora, Señor, ¿quiere usted una manzana? ¡Mire qué manzanas tengo! ¡Y estas nectarinas! ¡O estos melocotones! ¿No los quiere usted Señor, Señora? Se los dejo baratitos” —les decía desde el interior, asomando medio cuerpo al patio—. Ellos solían responder con una sonrisa y poco más.


De aquellos días recordados, o soñados, en la casa del pueblo han pasado no menos de sesenta años. Ya no existen ni los abuelos, ni la casa, ni la cocina, ni la cancela, ni la calle de atrás,...


Mientras le contaba estos recuerdos, mi hijo Eduardo se hallaba acostado en la habitación de un hospital. El ingresado era él. Pero no era nada grave, al parecer. Había sufrido un ataque de apendicitis, había llegado a tiempo al hospital para ser operado y la cirugía había ido bien. Eduardo, desde niño, había sido siempre un chiquillo y un muchacho generoso, muy alegre, dispuesto a correr todas las aventuras propuestas, a veces demasiadas y no exentas de peligro, y ahora, creía, estaba atravesando una etapa, según decía y reflejaba, espléndida en su vida: hacía tres años había conocido a Luisa, su novia, ahora esposa, y estaban esperando un hijo para dentro de cinco meses.


Quien no andaba muy bien era yo, que llevaba soportando desde hacía semanas un fuerte dolor en los hombros y que me encontraba siempre muy cansado. Los años, me decía. No había llegado a ir al médico para que me prescribiera algunas pruebas, pero yo intuía que esto no debía ser nada leve. Siempre me ha costado enfrentarme cara a cara con los problemas, pensaba, y, con los años, esta manía o costumbre o, no sé como llamarla, se había ido mostrando con todo su rigor.

Tampoco les había dicho nada de ello ni a Eduardo ni a Luisa, aunque algo debían sospechar porque me habían oído quejarme alguna vez, cuando tenía que hacer un esfuerzo, por un pinchazo agudo en uno de los brazos y porque yo notaba cómo, especialmente Eduardo, intentaba que no hiciera grandes esfuerzos.


Quizá fuera todo este carrusel de emociones lo que se situaba en el fondo del sueño que quise contarle a Eduardo, no porque quisiera contárselo a él, sino porque quería contármelo a mí mismo, como una forma de recapitulación o de confesión, quizá.

Así fue cómo empecé a decirle a Eduardo que había soñado que volvía al pueblo de los abuelos, de sus bisabuelos, le aclaré mientras él dejaba el móvil sobre la cama y se disponía a escucharme.


No estoy seguro, Eduardo, de que fuera la calle de atrás de la casa del pueblo, pero tenía que serlo, porque lo que tengo muy claro en mi memoria era la cancela de la parte de atrás del huerto. Me iba acercando a ella. Estaba amaneciendo, creo. Llevaba las manos estiradas hacia adelante, como si fuese un ciego. La cancela parecía cerrada, pero nada más tocarla se abrió haciendo gritar las herrumbrosas bisagras. Pude acceder al patio. Sabía que era el patio de los abuelos, pero verdaderamente no lo parecía. Más bien era un selva. Las yerbas lo invadían todo. Habían desaparecido los senderos, el huerto,... Al fondo se veían las ventanas, la de la cocina a la izquierda y la del baño a la derecha. Pero la casa estaba en ruinas. Las paredes, que habían sido blancas, estaban desconchadas. Con dificultad fui recorriendo todo el amplio patio. Recuerdo que me arañaba las manos y los brazos con las ramas secas. Pisaba con cuidado, despacio. Una vez llegado al fondo, pude aproximarme a la ventana del baño. Estaba cerrada por dentro. Los marcos de las ventanas estaban podridos. Intenté forzarla, porque, en el sueño, deseaba entrar en la casa, en el recinto, ahora más sagrado que siempre lo fuera el huerto, ya desaparecido. No pude abrirla y esto me produjo, recuerdo, una enorme desazón y un gran pesar. Creo que me puse a llorar, como cuando de muchacho, lloraba en ese mismo patio leyendo La boticaria, de Chejov, recordé o soñé. Después me fui a la otra ventana, a la de la cocina. Como la anterior, estaba cerrada por dentro. Nuevamente mis ojos y mi garganta se anegaron de congoja, igual que cuando leí allí mismo la muerte de Andrei Bolkonski. Más angustiado y con prisas, que desesperado, me fui a la puerta del centro. Era de hierro. Estaba decidido a forzarla, pero no hizo falta. Igual que la cancela de la calle de atrás, la puerta se abrió en el sueño nada más aproximar mi mano al pomo de la misma. Otra vez gritaron las bisagras herrumbrosas, como arpías anunciando el sacrilegio, la invasión del recinto sagrado. Pero el sonido ahora era más lúgubre. Tal vez, creo que pensé, porque esta puerta me conducía al interior de la casa. Primero me dirigí al baño, pero no recuerdo nada de él. Después me fui a la cocina. La cruce con rapidez, incluso con una incipiente alegría, recuerdo. En ese momento, o tal vez antes lo tuviese ya previsto, decidí abrir la ventana para asomarme al patio cuando la luz ya estaba entrando en él. Entonces de vi a ti, pero de niño, o tal vez fuera yo mismo transfigurado en ti de niño o en el abuelo, no lo sé. Recuerdo que, de súbito, me invadió la alegría de verte y de poder ofrecerte lo que tuviera: «Señor, ¿quiere usted una manzana? Se la regalo —dije—».


El regalo:

 

Miguel Espinosa Lugones tiene exactamente 45 años y quince días. Los cumplió el pasado mes de enero y lo celebró con su novia Juana Contreras Vilagrán cenando en un velador de la Plaza del Museo. Él tiene una piel tan blanca que parece transparente. Sus venas se muestran al exterior como si fueran las cañerías de un solar en construcción. En cambio, la piel de ella es oscura, como sus ojos.

Hace siete días Miguel decidió regalarle a su novia Juana un sencillo reloj de pulsera para recordarle su amor la semana próxima, en el día de los enamorados. No tardó mucho en seleccionarlo en la relojería. Nada más entrar en ella, se dirigió atraído, seducido, imantado a un estante, y rápidamente se dijo “Éste es el que quiero para mi Juanita”. Era un reloj no muy pequeño, casi más adecuado para un hombre, con tres agujas (una para marcar las horas, otra para los minutos y otra para los segundos), números romanos y un pequeño cuadradito, en el lugar donde debían ir los tres palotes, en el que se mostraba el día del mes en color rojo. La dependiente alabó su elección: era muy buen reloj, además de bonito y no demasiado caro. Cuando fue a envolverlo y mientras decía que a su prometida le encantaría el regalo, Miguel le dijo:

  • Espere. Quiero que le introduzca en la cajita una nota.

Sacando una cuartilla del bolsillo interno de su chaqueta y un pequeñito lápiz, Miguel se apoyó en el mostrador para escribir: “Este reloj no mide nada, porque el tiempo, amor mío, no existe más que cuando estamos separados”. Justo en el momento en que iba a escribir la frase, Miguel sintió un pequeño mareo, un vahído, un repentino vértigo. Cuando dobló el papel que contenía la nota, ni Miguel pudo recordar lo que había escrito en él.

La dependiente lo introdujo en la cajita del reloj, lo envolvió con mucho cuidado y fue a despedir a Miguel, cuando éste le dijo:

  • Disculpe, pero la semana próxima no estaré en Sevilla. ¿Podrían enviarlo ustedes a la dirección que les dé?

  • Claro —respondió la dependiente—. No hay ningún problema. Dígame el nombre y la dirección de la destinataria.

  • Miguel se los dio muy despacio para que ésta no se confundiese: el regalo va dirigido a Doña Juana Contreras Vilagrán, que reside en la calle Lentejuelas, número 25, del barrio de tal y tal, con código postal 4-1-0-... Asimismo, también muy despacio, Miguel le dijo a la dependiente su propio nombre y apellidos. En esta ocasión sin la dirección.

  • Ya los tengo anotados Don Miguel. La semana que viene, el día 14 de febrero la señora Contreras recibirá en su domicilio este precioso regalo. Vaya usted con Dios.


Miguel salió de la relojería ufano y predispuesto a enfrentarse a todo lo que viniera de lo contento que estaba por haber dado con el regalo perfecto para sellar su amor con su amada Juanita.

Pero nada más poner un pie en la acera comenzaron las adversidades para Miguel. Primero fue un gato que gruñó largamente a sus pies saltando entre sus piernas. Después, unos metros más allá, se le cruzó un obrero de telefónica que portaba una larga escalera sobre su hombro derecho y, girando sobre sí mismo, golpeó con la misma en las narices de Miguel. Y, finalmente, se encontró con una bella mujer que se le quedó mirando fijamente como si creyera reconocerlo.

  • Miguel —gritó—. Pero qué es de tu vida, muchacho —dijo mientras abrazaba con sus delicadas manos enguantadas el cuello larguirucho de Miguel—. Cuéntame. Dónde has estado estos años. ¿Acaso ya no vives en Sevilla?

  • Perdone, señorita. Creo que usted ha debido confundirse. Me llamo Miguel, pero yo a usted no creo conocerla —aclaró apartando los brazos de la bella joven de su cuello—.

  • Pero Miguel, ¿de verdad no te acuerdas de mí? Soy Lucía, tu amiga Lucía, la de los ojos de gata, como tú decías.

  • ¿Lucía? No conozco ni he conocido a ninguna Lucía. Discúlpeme señorita, pero tengo mucha prisa y debo marcharme —respondió Miguel tratando de cortar con estas palabras esta escena más cómica que trágica.

Lucía, ángel o demonio, lejos de apartarse, abrazóse de nuevo a Miguel atrayéndolo hacia sí mientras le tarareaba una canción que —decía— ambos habían compartido en otros días.

En ese justo instante aparecía por la calle la silenciosa Juanita y así pudo contemplar cómo una bella y atrevida mujer abrazaba a su novio Miguelito mientras le cantaba una tonadilla y cómo el bueno de Miguelito, tan bueno como pazguato, ni se lo impedía ni nada le reprochaba. Rápidamente giró sobre sí misma y volvió por donde había entrado en la calle. Juanita no pudo ver cómo Miguel se desprendía delicadamente del abrazo y con seriedad reprendía a la tal Lucía marchándose rápidamente del lugar.

Más tarde, cuando el sol comenzaba a ponerse, Miguel se dirigió a casa de su amada Juanita para verla, besarla y despedirse de ella, pues al día siguiente se marcharía a Barcelona por un par de semanas. En el portal de su casa no se encontraba Juanita, sino una tata vieja que esta tenía alojada en la casa de sus padres, quien se acercó a Miguel y sin mediar más que una frase le entregó un sobre: “La señorita Juanita me ha pedido que le entregue esta nota”. Marchóse la vieja sin más explicaciones.

Miguel, sorprendido, atolondrado siempre, abrió lo más rápido que pudo el sobre y en la nota se contenían las siguientes palabras:

“Mis ojos han podido comprobar que no es usted quien yo había creído e imaginado. Mi familia, mi carácter y mi formación no pueden aprobar su actitud mostrada esta tarde en plena calle y a ojos de todos con esa señorita de lindos ropajes y de elocuentes gestos. Dé usted por terminada nuestra relación. Espero que en el futuro resérvese usted sus ganas de hablar conmigo, pues nada tiene usted que decirme o proponerme ni yo que escucharle. Adiós”.

Miguel, sin comprender nada, arrugó la nota y el sobre en su mano, y lo arrojó en una papelera próxima. Esa noche no tenía nada más que hacer. Mañana partía hacia Barcelona y no volvería a Sevilla hasta dentro de un par de semanas. Esperaba poder hablar con Juanita, que le explicase o que le explicase él, y que todo volviese a su ser de dónde no debía haber salido nada.


Como estaba previsto, al día siguiente Miguel salió rumbo a Barcelona en el tren que todos en Sevilla conocían como El Catalán.

Nada más llegar a Barcelona y después de acudir a la empresa con la que tenía que resolver algunas cuestiones de negocios de compra-venta, preocupado por lo que pudiera decirle a Juanita cuando la volviese a ver o por lo que pudiera contarle ella, Miguel comprendió que dos semanas serían pocas para sacar adelante el trabajo que tenía planificado. Lo más probable es que su estancia en tan bella ciudad catalana se prolongase a no menos de un mes. “Mucho tiempo, pensó Miguel, para estar sin saber nada de Juanita ni que Juanita supiese nada de mí”, y más con la despedida que no tuvieron entrambos.


Mientras tanto, Juanita permaneció en Sevilla. Ajena a los asuntos laborales de su exnovio creía que en diez días, tal vez doce, Miguel volvería a Sevilla a arrojarse a sus brazos pidiendo clemencia y perdón. Pero tal vez la inseguridad o los chismorreos compartidos con sus amigas o los celos siempre acechantes y enojosos fuéronla calentando, enfadando, incluso irritando y cegando. Sobre todo la primera semana, siguiente a la tarde del gruñido del gato, que ella no pudo ver, a la escena de la escalera con el técnico de la telefónica, que tampoco pudo ver, y sobre todo a la de aquella señoritinga desprendida y atrevida que se abrazó al pescuezo del donjuanesco de Miguel. ¡Quién lo hubiera dicho! Tal era su irritación, su enfermedad, podríamos escribir, en esos primeros días que Juanita estaba fuera de sí y completamente decidida a cumplir con su decisión de no volver a saber nada de Miguel. Más cuanto que este mismo día era ya 14 de febrero y todas sus amigas tenían previsto compartir su tarde con sus respectivos novios declarándose unos amores eternos que probablemente, ellas sabían, serían más breves de lo que ellas hubieran declarado incluso ante sí mismas. A media mañana, cuando, malhumorada, rumiaba toda clase de ideas, a cual más insensata, para acabar con la felicidad de su exnovio o para hacer que sufriera de dolor como ella misma creía que estaba sufriendo a causa de él, escuchó los golpes de la aldaba en la puerta de la casa. ¿Quién será a estas horas? —se preguntó Juanita—.

  • Buenos días, ¿qué desea usted? —preguntó la joven enfadada al muchacho que se encontraba en la puerta de la calle—.

  • Buenos días, señorita. ¿Está en la casa doña Juana Contreras Vilagrán? Le traigo un paquete.

  • Sí, soy yo —dijo Juanita, cambiando el rictus de su rostro que de pronto se volvió alegre y risueño—. Yo soy Juana Contreras.

  • Le traigo, doña Juana, un paquete de nuestra tienda de la calle Sierpes. Por favor, fírmeme usted aquí —le propuso alargándole un lápiz de carboncillo—.

Juana firmó, le dio unas monedas al mozo y entró en el interior de su casa contenta y con el paquete en sus manos. ¿Qué será? ¿Y de parte de quién?

En principio, Juanita no sospechaba nada y por ello sonreía. Parecía incluso que se había olvidado del seductor descarado de Miguelito. Pero no le duró mucho su alegría, porque pronto giró el paquete y pudo leer el nombre de Miguel Espinosa Lugones. ¿Qué se habría creído el miserable de Miguel queriéndose hacerse perdonar con un regalito por el día de los enamorados? Con descarado disgusto arrojó el paquete, sin abrirlo siquiera, sin saber qué contenía, sobre uno de los tresillos del salón de la casa. Y con este gesto se marchó a su habitación a lamentarse de su mala suerte con los hombres y con la vida en general.


Al día siguiente Juanita, quien no quería nada saber de Miguelito, no se acordaba del paquete arrojado en el tresillo y, por ello, no sabemos que volviese a preguntar por él en ningún otro momento.

Lo que ocurrió fue que la tata vieja lo encontró mientras arreglaba las telas que cubrían los delicados cojines. Sin darle mucha importancia y como quien no quiere la cosa, lo guardó en el bolsillo delantero de su bata, donde pasó el paquete todo el resto del día, ignorado.

Mas por la noche, cuando la tata iba a desprenderse de la bata para irse a dormir, se tocó el bolsillo, notó el bulto y se acordó del mismo. Su primera intención fue la de ir corriendo a llevárselo a la dueña de la casa, la madre de Juanita, Juana también como su única hija, pero, después se lo pensó y decidió esperar al día siguiente y ver si alguien en la casa lo echaba de menos.

Como ella misma suponía, nadie al día siguiente mostró ninguna preocupación por el paquete olvidado sobre los cojines del tresillo y la vieja tata decidió que si nadie se interesaba por él ni lo echaba de menos, entonces no parecería mal a nadie, y menos que a nadie a ella misma, que se lo quedara. Esto hizo: lo escondió en su habitación y esperó a que poco a poco fuese llegando la noche.

Una vez en su habitación y escondida por el silencio y la oscuridad del exterior, la viaja tata, abrió la cómoda y sacó del cajón el paquete. Con mucho cuidado, como si de una reliquia se tratara, desató los lazos y abrió el papel que lo cubría. La cajita no mentía: "Relojería vieja, Calle Sierpes". — ¡Oh! —se dijo la vieja—. Pero esto qué será —se dijo abriendo la cajita azul—. ¡Un reloj! ¡Precioso! Pero ¡qué delicado es! Se lo voy a regalar a mi sobrino Jaime. El pobre, está tan esclavo... Siempre trabajando y con tan mala suerte. Le gustará que su tita le regale algo bonito. Creo que a él le gustará mucho.

Al día siguiente la vieja tata se dirigió muy de mañana a la panadería en la que trabajaba su sobrino Jaime y encontrándolo ajetreado terminando de colocar los panes en las entanterías de la panedería, le dijo:

  • Hola, Jaime.

  • Hola, tita. Pero ¿qué haces tú por aquí y a estas horas? ¿Adónde vas?

  • Venía a buscarte. Mira, Jaimito. Como yo te quiero mucho y nunca tengo posibles para ayudarte en nada, he querido regalarte algo —le dijo sacando el paquete y entregándoselo a Jaime.

  • Pero tita. Tú no tienes que regalarme nada, dijo cogiendo el paquete y guardándoselo en el bolsillo externo de la chaqueta.

  • Luego lo abro, que tengo las manos llenas de harina —siguió diciendo volviéndose a las estanterías.

  • Es un reloj —le dijo la tía—. Es muy fino y delicado. Estarás muy guapo con él.

Pero Jaime ya volvía a su trabajo y no pudo oír las últimas palabras de su tía.


Jaime era un joven alto y fuerte. De buena planta solía decir su tía. Pero también era lanzado y nada tímido. Algunos hubieran dicho de él que era más bien temerario, holgazán y tunante. Por la noche gustaba de ir a la taberna a beberse unos vasos y a jugarse algunas monedas a las cartas.

Esa misma noche estaba Jaime jugando en la taberna y lanzando bravuconadas mientras perdía a las cartas como solía ocurrir cada noche. Una mano prometedora le susurró al oído que esa era su oportunidad de ganar la partida de su vida, reunió todo su dinero en el centro de la mesa de juego añadiendo el paquete que le había dado su tía por la mañana. Jaime diría después que la reina de picas le guiñó un ojo justo antes de elevar su apuesta, pero a esto nadie le hizo caso y todos pensaron, tal vez, que lo habría leído no se sabe dónde o soñado después de varias copas de manzanilla.

Jaime perdió el paquete, que fue a parar a un comerciante de jabones y perfumes catalán que esos días marchaba por Sevilla para ver de colocar sus productos y afeites.

Buena noche que tuvo el forastero quien marchose a la habitación del hostal que ocupaba contento y con las manos fuera de los bolsillo a pesar del frío que caía esa noche. Al día siguiente volvería a su tierra después de unos días de buena venta, con dinero en la cartera y las manos libres, y con un paquetito misterioso que podría regalarle a su hijo mayor, el que debía heredar su puesto en la compañía jabonera.


Este hijo del comercial no pasaba por buenos momentos en su vida. Adolescente tardío, preocupado más por sus relaciones amistosas y amorosas que por las académicas y familiares, desencantado ya tan joven, melancólico, abúlico, displicente, desdeñoso, apático a ratos, entregado apasionadamente alguna vez, no puso su atención en el paquete que le dejó su padre en la estantería del salón de su casa. Y en ese lugar se quedó durante varios días sin que nadie le prestara la más mínima atención.


Mientras todo esto venía ocurriendo, Miguel, Miguelito seguía muy ocupado trabajando en Barcelona y sin saber nada de su amada Juanita. ¿Habría recibido el regalo? ¿Le habría gustado? Y sobre todo, ¿lo habría perdonado? Juanita lo había dejado claro: no quería saber nada de él. Él estaba deseando poder bajar a Sevilla, volver a verla y poder hablarle. Necesitaba ser perdonado, aunque no sabía de qué o por qué.

Una tarde, mientras paseaba por una de las veredas de los Jardines del Mirador le pareció ver a un joven algo atolondrado que se acercaba, él diría más tarde que mareado, a los bordes de un estanque.


  • Pero, oiga. ¿Adónde va usted? No se acerque al borde. Que se va a caer —gritó Miguel. Y salió corriendo a sujetar al joven.

El muchacho parecía algo mareado y Miguel agarrándolo por la cintura logró acercarlo a un banco próximo y entabló conversación con él. Ambos se reconocieron de pronto como almas gemelas y hicieron una buena amistad que más parecía de toda la vida y no de varias horas que son las que llegaron a pasar aquella tarde.

Después de largo rato de conversación variada y de penas compartidas ambos se separaron, uno en una dirección opuesta a la del otro no sin antes citarse para el día siguiente. El joven adolescente, Antonio se llamaba, le indicó a Miguel su dirección en el barrio de Gràcia porque, decía, quería que Miguel conociera a sus padres.


Al día siguiente llovía con fuerzas cuando Miguel se presentó en la dirección indicada, fue recibido por su nuevo amigo y sus padres, quienes estaban muy agradecidos a Miguel por haber evitado su caída al estanque y por haber causado tan buena impresión en su hijo, que se mostraba alegre como hacía tiempo que no se lo veía. Pasaron los cuatro una tarde muy amena y agradable en la que además de dar cuenta de varios neules y un par de panellets charlaron, rieron, jugaron al cinquillo y fueron a despedirse cuando Miguel se fijó en la estantería del salón donde pudo observar el paquete que el padre de su nuevo amigo había dejado a su vuelta de su viaje de negocios.

  • Pero... ¡Qué casualidad! Hace unas tres semanas dejé en una relojería de Sevilla un paquete similar a ese de ahí —dijo señalándolo—. Quería que le llegase a mi novia Juanita en el día de los enamorados. No puede ser el mismo.

  • ¡Ábrelo! —dijo el padre de su amigo. Y, cogiéndolo con dos dedos, se lo alargó para que Miguel lo cogiera—.

  • No. No tiene sentido —susurró Miguel—. No puede ser el mismo regado que le hice a mi Juanita. Debe ser una coincidencia extraña.

  • ¡Ábrelo, Miguel! —repitió su nuevo amigo adolescente, ahora impetuoso—. O mejor —siguió diciendo observando la cara apesadumbrada repentinamente de su amigo— llévatelo a tu hotel como un relago nuestro y lo abres a solas.

Y eso hizo Miguel. Cogió el paquete y, guardándoselo en el bolsillo de su chaqueta, salió de la casa y se dirigió de prisas a la habitación de su hotel.

Una vez en ella, con parsimonia, curiosidad y algo de temor, sacó el paquete del bolsillo, lo depositó en la mesa y lo fue abriendo muy despacio. Efectivamente parecía la misma cajita azul que había visto envolver en Sevilla, pero no podía ser. Cuando abrió la caja, antes incluso de percatarse del reloj, vio saltar una nota en una cuartilla blanca. Cuando la desdobló pudo leer lo que, con una letra idéntica a la suya, alguien había escrito: “Dáselo, tú. El regalo dáselo tú en mano”.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Extraña noche:

 

Nunca he sido impaciente en la espera y he logrado sin esfuerzos que mis pensamientos, llevados por la imaginación –y esa cosa suya que alguien, inconsciente, quiso aislar y llamó memoria–, vuelen de imagen en imagen o de idea en idea para ir a posarse, levemente y por poco tiempo, en alguna seductora joven de ojos claros y delgados labios o en un aguerrido soldado lanzándose al abismo del combate en un campo de batalla invisible a consecuencia de la humareda o a un coleóptero, un escarabajo rinoceronte quizás, de agudas pinzas invadiendo ignorante el territorio arenoso de un rival más grande y poderoso que él. Pero esta noche, tarde aún puesto que el sol deja pasar sus últimos rayos a través de las finas cortinas atenuando la luz del interior de la habitación del hotel, un extraño nerviosismo recorre mi estómago y mi espalda, mis piernas, como si mi cuerpo comprendiese mejor que mi conciencia lo que estaba por venir o ya estaba llegando sin que yo me percatase, aunque cuando he querido sentarme en el único sillón de la habitación, he podido presentir la llamada en la puerta, al menos tres segundos antes de que sucediera. O tal vez esté equivocado y hayan sido tres los toques claros y precisos de nudillos en la cara exterior de la lámina de madera lacada. No he podido escuchar los pasos aproximándose, porque el suelo enmoquedado amortigua todo tipo de ruido sumergiendo a los huéspedes de este hotel céntrico en una burbuja de silencio acolchada, de calor casi sofocante y de un olor que impone la huída atolondrada por los pasillos, aunque sin llegar a las náuseas. Mi repentina quietud cuando voy a apoyar mi mano en el brazo forrado del sillón me anuncian con precisa claridad mi estado de alerta, así como me hace saber que mi intuición sigue estando firme y apta para cualquier aventura como la que, supongo, me espera esta noche.

Más tranquilo después de oír los tres golpes de nudillos enderezo mi cuerpo, me recoloco la chaqueta, me aliso con la palma de la mano el cabello y cruzo la habitación para abrir la puerta con decisión y con prisas disimuladas. Un perfume conocido me asalta.

Aún antes de abrirle la puerta a la mujer he tenido tiempo de imaginármela flaca y alta entre mis brazos, estrechándola fuertemente contra mi pecho y hundiendo mis manos y mis dedos entre sus nalgas por encima de su falda. Esto es lo más cerca que he imaginado poder estar de una mujer. Realmente nunca he podido encontrarme más allá de mis propios deseos. Tampoco esto tiene alguna importancia, dado que yo no la he elegido a ella, no la conocía de nada, como ella tampoco me ha elegido a mí. Una corta y rápida llamada de teléfono ha servido para concertar la cita. No es de amor de lo que yo carezco. En cuanto a ella, no sé nada, creía en ese momento, y qué más me daba.

Cuando giro el pomo y abro la puerta algo se estremece en mi interior, como el retorno a un lugar desgraciado y conocido tiempo atrás, y me golpea como si verdaderamente un puño hubiera sido estampado en mi rostro y mi cabeza, y me hubiese abatido dejándome al borde de la inconsciencia. En principio no he creído en la certeza de lo que parecía, después lo he llegado a dudar y me lo he negado sin dejar de observarla, mas finalmente decido que no es ella quien yo estoy creyendo, que a veces la realidad escoge caminos extraños y sus azares parecen dirigidos maliciosamente por mentes enfermas. Delante de mí se encuentra una limpia, clara y generosa frente. Sus ojos no parecen reconocerme. Tampoco me miran como si escondieran algo. Son claros y directos. Su mirada, firme, ni oculta ni muestra nada. Simplemente la mujer mira, recorre la habitación que parece no reconocer. Quiero apartar la mirada de su rostro, pero no puedo hacerlo porque una poderosa fuerza magnética me obliga a no separarme de él, como si quisiese desvelar el secreto oculto que esconde. Su peinado es distinto que el que yo recuerdo: más alto y delicado, con el cabello proyectándose hacia los lados y hacia atrás, pero sin atreverse a caer del todo, basculando levemente. Los pliegues de sus ojos se extienden hasta sus sienes. Sus pupilas brillan en la noche que se acerca tal si comprendieran por primera vez el mundo en que han decidido habitar. Sus labios son delgados como si hubiesen sido pintados por una mano maestra conduciendo con extremo cuidado un pincel de microscópicas cerdas. Estos labios serios y austeros son el símbolo preciso del engaño prometido durante la corta llamada telefónica, pienso: no prometen lo que verdaderamente están dispuestos a dar. Su falda, no demasiado corta, me permite reconocer unas pantorrillas finas e intuir un esqueleto delgado y ligero, pero no por ello débil. Sus tobillos son más infantiles que la edad que proyectan sus ojos. Sus rodillas son de niña, pienso, sus hombros delicados como lazos de pan recién cocido. Su nariz es un perfecto triángulo equilátero si no fuera por una leve curva en el puente, marcando, junto a su amplia frente, una fuerte y decidida personalidad varonil. Sus orejas, delicadas y quebradizas como alas de mariposa, ocultan el nacimiento de una mandíbula que avanza y se redondea suavemente en un mentón delicado y fino como la punta de la lanza que definitivamente acaba de clavarse en mi corazón. Sobre todo cuando miro su perfil. Y sobre todo también cuando observo la curva casi abrupta que se forma desde su mentón hasta el borde de su delgado labio inferior. Sus pómulos estiran la piel de su cara borrando cualquier esbozo de arruga que pudiera suponérsele.

Esta noche habrá de transcurir en esta habitación de hotel, separados de la oscuridad por una leve y tenue cortina, observando en los cristales el reflejo de ella desnuda sobre la cama y haciendo el amor hasta el agotamiento, con la sensación o la conciencia de no ser del todo infiel a mi esposa ausente.

Por la mañana, líneas amarillas formadas por el sol de otoño, invadirán la cama deshecha en la que ella solo habrá dejado el olor de su perfume y la confusión de un sueño que seré incapaz de recordar.

martes, 9 de diciembre de 2025

Si tú me olvidas, me quedaré muerto:

 

A Isabel y a Pepe.


Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...

(Ángel González)


He querido darle una nueva oportunidad a los versos "Pero si tú me olvidas / quedaré muerto...". Quiero decir, si te recuerdo y mientras te recuerde, aunque sea en mis sueños o en mi imaginación, tú seguirás viva.



«Todos tenemos sueños recurrentes decía el que parecía más viejo de los dos mientras se pellizcaba la palma de una mano con los dedos de la otra. Pero esto no es importante seguía diciendo».


El otro hombre, enmudecido, contribuyó con su atención a la prolongada expansión del silencio por el lugar. Sabía, quizás, que después de este largo silencio, como de otros anteriores de los que había podido participar, el viejo comenzaría a decir a borbotones todo aquello que de otra manera no hubiera podido expulsar de su boca. Sus ojos acuosos no parecían corresponderse con un rostro que comenzaba a adquirir un ligero tono púrpura.

Después, como deseábamos, el más viejo de los dos, de nuevo, siguió hablando:


«Los sueños recurrentes son siempre iguales entre sí, pero los nuevos, los sueños nuevos, son únicos,... y, en realidad, son misterios por resolver».


Silencio.


«Y ¿cuál ha sido su sueño de esta noche, Don Manuel? ¿Podría contármelo? preguntó el otro. El más joven de los dos sabía que el viejo podría contarlo sin dificultad, si fuera el caso de que lo llegara a recordar. El problema, lo sabía bién, era que tal vez ya no lo recordase con claridad o que el sueño se hubiera visto contaminado de otras imágenes apócrifas, exteriores al propio sueño, ensuciándolo. Esto hubiera impedido al viejo su descripción».


Manuel, despacio, empezó a narrar y yo, allí presente, situado detrás de ambos ancianos, pude escuchar todo el relato. Lo he transcrito tal cual lo oí. Las contradicciones o saltos en el mismo no son míos, sino del propio relato y del relatador. A mí me pareció un sueño necesario, por ello lo cuento y lo escribo, pero ustedes, lectores, podrán juzgar esto una vez leído.


«Lo primero que recuerdo, comenzó diciendo Manuel, es un leve y ligero perfume de incierto origen. Yo diría que era un perfume triste, como el que queda atrapado en los cajones de una cómoda vieja y cerrada por muchos años, y, de pronto, fuera liberado cuando alguien, sin intención, sin esfuerzo incluso, sin generosidad, sin ganas, decide hurgar en el interior de esos cajones. Este perfume fue expandiéndose y llegándome lentamente, como si vieniera a mí desde muy lejos, como anunciándose, como queriendo llamar levemente mi atención, dijo Manuel, sorprendido. El lugar era cualquiera, indescisfrable desde el primer momento: tal vez la habitación superior de una casona deshabitada o un taller mecánico abandonado y cubierto de polvo o un sótano con un minúculo tragaluz que filtrara un delicado rayo de sol,...; después pude reconocer una calle, pero esto fue después, una ronda o tal vez un bulevar, con naranjos plantados en su paseo central, frecuentado en otro tiempo pasado, creo, e incluso, después, más adelante en el sueño y en su lógica absurda, llegué a distinguir una calle más, actual, de hoy, muy ancha y abierta, al borde de un río; pero esto fue, como digo, más tarde.


»Desde muy lejos, desde el fondo oscuro de la noche, fue aproximándose el rostro claro, fantasmal, de una mujer. Conocía a esa mujer, sabía quién era, pero no era el rostro que yo recordaba. Sin duda era el rostro de Sofía, su cara angulosa, adusta, y su recta y pausada manera de andar viniendo hacia mí, pero al mismo tiempo alejándose de mí. No tenía ninguna duda de que era ella, aunque su rostro no era el de entonces, el que yo tan bien conocía de treinta años atrás, sino el que quizás tendría ahora, el que no he llegado a ver nunca más que en este sueño. Era un rostro bello aún —dijo—, como fuera el de entonces. Bellos eran también sus pasos cuando se aproximaban hacia mí, quise creer o tal vez creí en el sueño, durante el sueño. Pude sentir cómo depositó su mirada sobre mis ojos, pude sentir su peso cayendo de golpe sobre mí, pero yo no llegué a ver sus ojos, porque no quise o no supe o no pude mirarlos de frente. Se colocó a mi costado y agarró mi mano con la suya. Era una mano descarnada y fría. Comenzamos a caminar por ese bulevar primero que había creído reconocer. Era éste un deambular sin rumbo, un no saber adónde ni por qué. Después empecé a sentir cómo me subía el deseo de ella o por ella. Irresistible. Impetuoso. Cuando detuvimos nuestro andar y apretó con tantas fuerzas mi mano que me obligó a girarme hacia ella, acercó sus labios a los míos, fríos y secos, y este beso que nació en ese instante se prolongó en el tiempo, igual que hace un momento, en esta vida real, se prolongara el silencio, y se expandiera por este lugar, como antes en ese otro tiempo del sueño. Después de este beso generoso, lento y triste nos encontramos de nuevo andando, pero ahora con rapidez, corriendo diría, en la otra calle, la actual al borde del río. Corríamos y tropezábamos sin rumbo igualmente. Estuve a punto de caer en varias ocasiones. Mi respiración, asmática, me pedía parar. Nada de palabras, nada de miradas entre ella y yo. En este sueño silencioso yo la sentía a ella, a Sofía, la de ahora, o la de entonces —seguía diciendo Manuel, el más viejo—, entregada como nunca había llegado a estarlo con nadie, como yo siempre había imaginado en secreto. En un momento de reposo, sofocados, junto a una pared rugosa y oscura, nos detuvimos frente a frente, yo observaba cómo ella levantaba sus codos por encima de su cabeza, con las manos anudadas en su nuca, como sujetándose el cabello. Era esta una imagen plenamente sexual —confesó Manuel—.


»Después de esta entrega amorosa, Sofía, su rostro, el que debía ser ahora, se desvaneció en la noche, como se desvanecieron también la calle al borde del río, sus manos, la noche misma, sus brazos levantados, sus ojos, su vestido negro y, con ellos, también mis manos y yo mismo en el sueño o, tal vez, el que yo fuera entonces, el que hubiera querido ser, el que de hecho sea.


»Solo quedó quieto, paralizado en el aire frío de la madrugada, el leve y lejano, triste perfume, el perfume etéreo y dulce de mi amor».

La casa de madera:

 

A la caída de la tarde y a principios de noviembre a Vicente le gusta contemplar el mar desde el porche de su casa de madera, una cabaña más bien, sobre el acantilado de rocas que destacan en la escollera por su color gris oscuro, por sus riscos, por el vértigo que producen las olas allá abajo, por el viento, por el graznido de las gaviotas. Quizás crea que ese viento húmedo y frío de noviembre, sobre todo justo antes de la puesta del sol, lo lavase y lo purificase o lo desprendiese del recuerdo grasiento de Magdalena, la madre de la niña, o de la joven, que trasteaba en el interior de la cabaña, en la cocina tal vez, preparando algo de comer u ordenando cacharros o fregándolos.

Magda” –gritó Vicente–. “Sal. Mira esto”.

No sabiendo muy bien por qué, esa tarde deseaba compartir el atardecer con Magda, la única hija de Magdalena, su esposa muerta. “Mira –no le dijo, aunque lo hubiera querido–. Cuando observas el mar, y quizá sólo cuando lo observas al atardecer desde un acantilado como este, es posible sospechar que tal vez un dios o un demonio o un extraño demiurgo esté detrás de este sinsentido que nos rodea y nos llena y nos crea o nos forma o nos invita a un laberíntico juego de deseos y necesidades sin límites, desconocidas, ignoradas a veces, incluso –hubiera seguido diciendo– innecesarias las más de las veces, sin que esto sea una contradicción, aunque esto no lo queramos o podamos siquiera imaginar”. Pero no le dijo nada tal vez, quien podría saber lo que ocurría en la cabeza de nadie, porque cuando Magda salió del interior de la cabaña, el horizonte ya se había tragado al sol, y la gran Luna Llena comenzaba a iluminar el suelo.

¿Qué quería, padre? –preguntó Magda.

Nada –le respondió Vicente–. Que no me llames “padre”. Cuando estemos solos no me llames “padre”.

Pero…

No quiero y basta.

Y diciendo esto, el no padre se introdujo en la cabaña para ponerse un abrigo y salir, ágil, hacia la taberna, a algo más de un kilómetro a través de los riscos, y a unos cinco minutos antes de llegar al pueblo. No es que a Vicente el gustara aquel lugar, pero era el único al que acudir sin necesidad de entrar en el pueblo y cruzarse con vecinos a los que no quería ver ni hablar ni oír. Allí, en la taberna, podía beber tres o cuatro vasos de lo que fuera sin dar explicaciones y hablar con desconocidos, viajeros de paso quizá, de los que no quería verdaderamente saber nada. Al entrar y sentir el calor acogedor del lugar y el ruido de las charlas y las risas, el dueño del local le servía sin preguntar un primer vaso de güisqui que Vicente bebía paladeándolo lentamente, disfrutándolo, escribiría si los relatores tuviésemos el poder divino, o demoníaco, de conocer el interior de los personajes que tenemos el atrevimiento de describir, de descifrar más bien, en este juego laberíntico que es esto de contar historias que no nos pertenecen y de la que nada sabemos más allá de lo que de hecho vemos u oímos. Pero ¡qué remedio! Los hechos por sí mismos, nunca dicen nada y nada cuentan. Todo es, siempre y solo, interpretación.

Después del segundo güisqui Vicente solía volverse hablador y confiado. Se lanzaba a hablar de todo y con todos, dando lecciones siempre, que así se mostraba de arrogante entonces: de política, de fútbol, de pesca o de lo que fuera. Alguien podría afirmar que le gustaba escucharse si no conociera verdaderamente a Vicente y su silencio casi permanente en la casa de madera.

Desde el otro extremo de la barra un individuo lo observaba con atención, como queriendo intervenir en medio de la perorata, como queriendo inerrumpirlo. Sus manos gruesas no soltaban el vaso después de dar un corto y rápido buche de lo que fuera que bebiese. Quiero decir que depositaba el vaso en la barra sin hacer ruido, pero sin soltarlo hasta que minutos después volvía a acercarse el vaso a los labios para absorber el licor con un sorbo justamente premeditado. Sus manos toscas no casaban bien con sus movimientos medidos. Escuchaba a Vicente sin atreverse a entrar en la conversación. No era nuevo en el pueblo y alguno creía conocerlo sin saber decir exactamente de qué. Tal vez fuese un arriero que iba y venía de pueblo en pueblo y que estuviese en la zona por algún tiempo impreciso. Vicente lo miró y cruzó unas palabras con este hombre de mediana edad, modales rústicos, aunque de aspecto hidalgo, incluso caballeresco si no fuese porque sus ropajes estaban sucios y gastados.

Después del tercer o cuarto vaso de güisqui Vicente volvía a colgarse el abrigo, se ataba la bufanda al cuello, el gorro en la cabeza y salía de la taberna tambaleándose rumbo a casa. Unos veinte minutos necesitaba para el camino de vuelta. A su regreso Magda solía estar en la cocina terminando de hacer lo que fuese que hiciera y cuando Vicente entraba en la cabaña se cumplía cada noche el mismo ritual:

¿Aún levantada?, Magda. Es muy tarde. Acuéstate ya que mañana habrá otro día.

Sí, padre. Ya termino y recojo. Acuéstese usted.

Te he dicho que no me llames “padre”.

Pero padre.

Basta, Magda. No quiero volvertelo a decír.

Este es el misterio de los rituales cotidianos, rutinas dicen algunos en el pueblo, que se repiten y bien están cuando se repiten. Pero los demonios acechan tras las nuevas maneras, tras las sorpresas que, aunque haya quienes no quieran verlas, haylas. Y la sorpresa vino a la siguiente noche desde el otro extremo de la barra, desde el individuo, tal vez arriero, pero seguro interesado en saber una vez y otra más del lenguaraz Vicente que nacía cada noche después del segundo vaso de güisqui. Sobre todo tras el encuentro que el arriero hubo en el mercado a la mañana con Magda mientras ésta compraba algo de fruta y otras viandas.

¿Quién es? –preguntó señalándola.

Es Magda, la hija de Vicente, el pescador de la casa de los riscos –respondió el vendedor sin malicia.

Y esa misma noche estaba este individuo rústico, desconfiado, curioso y de gruesas manos toscas observando, oculto en las sombras, desde el exterior de la taberna la llegada de Vicente.

Como todas las noches éste llegó saliendo de entre los riscos, atravesándolos, y desde el mar como un Poseidón viejo y cansado. Entró en la taberna como siempre hacía: despojándose del abrigo, de la bufanda y del gorro de lana mientras el dueño del local le servía el primer vaso de güisqui.

El falso arriero, astuto, esperó a que se lo terminase de beber y a que el tabernero le sirviera el segundo vaso, tal vez para asegurarse de que el incauto de Vicente iba a seguir la rutina de todas sus noches. Bien estudiado que lo había el arriero.

Cuando el segundo vaso estaba servido, el avieso individuo del que este narrador no conoce siquiera el hecho de su nombre, ya iba saltando piedras en dirección a la cabaña de madera.

Pero como quiera que los dioses o los demonios del mar, del cielo o de la tierra están la mayor de las veces desatentos, pero también a veces, muy pocas, en alguna extraña ocasión, se distraen ellos alterando los aconteceres mundanos, vino a ocurrir que Vicente se bebió de un trago el segundo güisqui y colocó la palma de su mano derecha sobre el aro de la boca del vaso indicándole, de esta manera, al tabernero que no le sirviera más, que no quería otra copa, que ya estaba bien para esa noche. Tal vez se acordase de Magda, si no su de hija, que no era, sí de su soledad en la cocina, o tal vez se acordase de su esposa, de la madre de Magda, a quien tanto amó y aún seguía amándola, sobre todo en las noches de Luna Llena y en este mes de noviembre de aciago recuerdo, porque fueron en estos días de principios de otoño cuando Magdalena cayó por el acantilado al mar y nunca más pudo vérsela. Nadie en la zona, ni los policías que estuvieron investigando la extraña caída, al atardecer, al borde de la noche, ni este ignorante narrador, supo bien de lo sucedido; tal vez solo Vicente lo supiera, pero nunca dijo nada, enmudecido primero durante meses, hasta que la niña comenzó a intentar decir algo y él se volvió para hablarle, como queriendo infundir en esa pequeña el poder del conocimiento a través de las palabras, también de la palabra que no quería enseñarle y que, de hecho, no le enseñó, pero que ella aprendió sola, se preguntaba y se amargaba Vicente pensando en cómo aquéllo habría sido posible.

Vicente, narraba, salió de la taberna y emprendió su camino de vuelta a la casa unos cientos de metros detrás del falso arriero y dispuesto a cumplir el ritual de todas sus noches.

El arriero, más joven, aunque no más ágil, llegó pronto a la cabaña y observó con detenimiento, paciencia e inteligencia el humo que salía de la chimenea, dio la vuelta por el perímetro exterior de la cabaña viendo la luz del interior. Ahí estaba la joven, niña aún, Magda. La observó con deleite y con deseo. Volvió al porche de entrada y dudó: ¿debía golpear la puerta con los nudillos? ¿debía intentar abrirla sin avisar? Pero la duda poco le duró: entraría forzando la puerta, pensó resoluto. ¿De qué otra manera si no? Tal vez, un silencioso y ligero empujón bastaría para abrirla sabiendo, como sabía, que en aquel lugar todos eran muy confiados. Pero no pudo ser, porque la puerta estaba trancada desde el interior. Entonces no había otra que pasar a la segunda opción: llamar dulcemente a la puerta y ver si la joven niña, confiada como su padre, creía, la abría sin cuidado.

Más no llegó a hacerlo, porque Vicente, ya cerca del porche, lo vio aproximándose a la puerta e intentar abrirla. Sospechando o adivinando tal vez, viendo simplemente que el ritual de todas las noches se rompía de pronto y que algún motivo extraño y con seguridad propio de un demonio más que de un dios, increpó así al forastero:

¡Eh! ¡Tú! ¿Quién eres y qué quieres? –gritó.

¡Ah, Vicente! Soy yo –respondió el extranjero–. ¿No te acuerdas de mí? Estuvimos anoche hablando en la taberna –saliendo del porche para que la luz de gran Luna Llena de noviembre le iluminara el rostro.

Vicente no se dejó engañar.

No te conozco, bribón –le dijo–. ¿Qué haces aquí, en mi casa y a estas horas? ¿Qué buscas? Baja de ahí –le ordenó.

Y, bajando los escalones, el improbable arriero se lanzó, cuchillo en mano, sobre el pecho de Vicente. Éste, ágil y felino a pesar de los años, esquivó el empellón y, ocultándose en las sombras del porche, desapareció en un instante.

El desconocido forastero saltó tras él, pero, sin ver dónde se había escondido, no sabía hacía dónde acudir.

En ese momento, Magda, alterada por el ruido del exterior abrió la puerta y salió de la cabaña. El arriero, tal vez asustado o indeciso o tal vez ansioso, la confundiera con el propio Vicente y por ello hundiera su puñal en el pecho de la desgraciada haciéndole derramar la sangre fuera de su cuerpo y manchando con ella las sucias y gruesas, toscas, manos del forastero.

No desclavó este individuo el puñal del pecho exánime de la niña antes de salir corriendo hacia más allá de los riscos y desaparecer.

Vicente, abrazado al cuerpo de Magda, intentaba desesperado reparar el daño, impedir que la sangre siguiese brotando hacia donde no había ningún sentido al que derramarse.

Vicente lloraba sosteniendo el cuerpo de Magda mientras la gran Luna Llena de noviembre parecía observar, escuchando desde el horizonte del mar cómo aquélla, en un susurro, preguntaba:

Pero, ¿qué sucede “padre”?

domingo, 23 de noviembre de 2025

Una determinación:

 

Quiero contarlo solo una vez, señor juez. Solo una vez, porque lo que deseo es no olvidarlo a fuerza de repetirlo, señor juez.

Todos me hablaron muy claro. Nada más bajé del tren. Incluso antes pude ver en algunos rostros el deseo de contarme qué fue lo que pasó y quién lo hizo. Lo veía en sus gestos: el hombre joven de largos bigotes cuando levantaba el rostro al inclinarse a agarrar el asa de su maleta, la mujer vieja que no dejaba de mirarme como esperando a que yo me dirigiera a ella para empezar a hablar, el niño que me miraba con descaro primero a mí y después a su padre, como pidiéndole permiso para preguntarme o decirme, el señor serio que me cedió el paso al subir al tren, todos querían indicarme quién fue el que me la mató. Pero yo no necesitaba que me lo dijeran. Yo no había sido testigo del hecho, pero no hacía falta. Siempre he sabido que la verdad que importa nunca está en los hechos. Todos lo sabíamos y todos me hablaron muy claro cuando bajé del tren en la estación de la ciudad que me daba ascos desde hacía años, por ello la abandoné sin olvidarla, ascos por la ciudad y por su gente que la habita, por su idiosincrasia vulgar, provinciana, elitista, aburrida, insoportablemente aburrida, hipócrita, amanerada, grosera, falsamente amable y generosa. Primero fue Geromo, el sin choza, el que vive en la estación, resguardándose del sol y de la lluvia, el que no se atrevió a marchar cuando quiso y debió hacerlo, el pordiosero cobarde que ni a pedir se atrevía, el que nunca dice ni hace nada, el que se acercó a mí con el sombrero entre las manos tapándose los genitales, siempre tapándoselos y ocultándose él mismo y me miró con mirada esquiva, como rogándome pero sin pedir nada, como diciendo pero sin hablar, con sus ojos, me lo dijo con sus ojos: “tú ya sabes”. Después quiso añadir, pero sin logro alguno, y pude entenderle que quiso decir que “nadie hizo nada. Tú ya sabes”. El polvo del andén de tierra se levantaba a cada uno de mis pasos y el viento leve jugaba con él alzándolo en torbellinos a las nubes, invadiendo los ojos, los oídos, las bocas, las gargantas, secándolas, y trayendo más y más voces, penetrando hasta los rincones estrechos y oscuros de las conciencias. Después me habló la vieja Mercedes agarrándome las manos. Se puso delante de mí, impidiéndome el paso y agarrándome fuertemente de las manos. Yo le entendí pedirme que no siguiera, que me detuviese: “No sigas, Arcadio. Te vas a perder”, -fue a decir-. No fueron sus manos quienes me lo dijeron, fueron sus ojos en ese punto justamente anterior a las lágrimas en que el sufrimiento alcanza sus mayores cotas. Las lágrimas vienen para liberarnos temporalmente del dolor, pensé en ese momento. Pero, con toda la delicadeza posible en ese instante, aparté con cuidado a la vieja Merceditas para seguir con mis pasos hacia el lugar y al cabrón al que venía buscando. Incluso ya fuera de la estación, en la calle Camino de la Esperanza, la que conduce a ese lugar en otro momento habitado, el bueno del padre Jacinto me gritó desde la acera más lejana: “¡Eh! ¡Arcadio! ¿Qué haces? ¿Adónde vas?” Solo pudo desviar mi mirada, apartarla unos instantes de mi objetivo. Muy despacio, pero muy tenso, le hice una inclinación de cabeza, más por el respeto debido desde años atrás que por atenderlo en el trance en que me encontraba. Nada ni nadie podría detenerme. Mientras marchaba hacia adelante, creo que pude oírle decir, no estoy seguro: “No te pierdas”. No era perderme lo que me preocupaba, pensé. No me importaba perderme ni lo que fuera a pasarme. No había nada más allá de mi tarea y no hay nada que pueda interferir en un hombre que tiene una tarea. Al final de la calle Camino de la Esperanza, como recordaba, se encontraba el paseo del río; a la derecha, cuando se terminan las casas y comienza un páramo casi desértico y pantanoso, y tras él, justo cuando la tierra empieza a ganarle terreno al río, se encontraba la choza del Mestizo, del hombre sin cara, del cabrón, viejo y hediondo que solo cuando lo maté dejó de oler. Sus piernas estaban en el río. Lentamente, con firmeza, me acerqué a él. Pudo verme desde lejos, pudo huir, echar a correr, pudo gritarme que él no había tenido nada que ver, que no pudo evitarlo, que la joven se le cruzó en su camino, que los escorpiones no entienden de piedades. Pero, en cambio, no dijo nada y su silencio, culpable, no hacía más que confirmarlo todo. A unos pasos me detuve para despedirme y darle al última oportunidad de confesión. Yo también pude verlo entonces a él, mirarlo a los ojos. Recordé que había visto esos rasgos en alguna otra cara del pasado. No aprovechó su oportunidad, quizá intuyera que realmente no la tenía, y no hizo nada, no dijo nada, se me entregó en un acto culpable de silencio, de mugre y de hediondez. Yo no pude más que decirle muy despacio para que me entendiese, para que no pudiese albergar ningún resquicio donde se ocultara vagamente alguna duda, alguna esperanza, y dije: “He venido a matarte, viejo cabrón”.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Desencuentros:

 

A Pedro Mairal


Mientras bajaba uno a uno los escalones del antro al que me habían conducido meses de deambular con hastío por las calles sucias, desconchadas, estrechas y desconocidas pude sentir la pudrición de aquello que estuviera mascando durante años y la necesidad de vomitarlo, sin poder hacerlo, y el asco, además, por tener que tragarlo otra vez, sintiendo que era imposible, que se agarraba a la garganta y que no llegaba a bajar nunca por más que lo empujase.

No olvidaba por qué había abandonado a mi familia, a mis amistades, mi país: deseo de prosperar, de crecer, de ser más, me mentía. Aún conservaba este empeño en lo más incierto de mis ilusiones, pero ahora, después del tiempo y de lo que sucede, siempre sucede algo, eran otras mis preocupaciones, distintas, más urgentes, más necesarias. Mis brazos y mis muslos lo anunciaban a voces, lo gritaban, me decía.

Afortunadamente el local no estaba ni muy lejos ni abarrotado. No hubiese soportado un recorrido largo desde donde me encontraba, no sé adónde, dado mi estado inflamado y abatido. Ahora recuerdo que tenía frío, no en la piel de la cara ni de las manos, más adentro, en los huesos. Temblaba cuando bajé las escaleras y entré en aquel sitio oscuro. Después del pequeño tramo, no más de tres escalones, y de soltar la barra del pasamanos con mucho tiento para no caer, pude contemplar el lugar. No era muy grande, apenas diez o doce metros de largo por cinco de ancho, algunas mesas pequeñas rodeadas de taburetes bajos, música de jazz, creo, focos de colores alumbrando no se sabía muy bien adónde. Algunas mesas estaban vacías. Fui a ocupar una de ellas cuando desde el rincón más oscuro pude observar que una pareja me miraba con interés o con atención, no sé. Ella era una mujer que había sido guapa no hacía mucho, él era un individuo con cara triste y aburrida. Creí entender que ella hacía un gesto como para indicar que me acercara. Ambos me miraron avanzar hacia ellos, sorteando, en la penumbra, los obstáculos invisibles, oscuros. Observé el movimiento lento de la cabeza de él y el escotado vestido negro de ella. Sin gentileza, él me acercó un taburete invitándome a sentarme con ellos. Al principio dudé porque lo que yo buscaba era otro tipo de relación, de contacto, y en ese lugar y con esa pareja era difícil que lo encontrase. No obstante, mis fuerzas sucumbieron y no logré imponer mi rechazo. Muy despacio acepté la propuesta de los desconocidos. No entendía bien lo que me decían o lo que hablaban entre ellos, pero parecía que discutían, sobre todo ella, que tendía a alzar la voz en aquel lugar cerrado y falto de aire, ruidoso. Después ella me agarró una mano, comenzó a acariciarla mientras me miraba de una forma que no sé explicar, creo que simulaba un deseo imposible porque en mi estado no podría haber levantado el deseo de nadie en la circunstancia que estuviera. Él, en cambio, callaba, la miraba a ella y me miraba a mí. Después, creo, que se disgustó con algo que ella dijo o hizo, no sé. Se levantó del taburete e hizo el gesto de llamar al camarero para pagar la cuenta. Entonces vi lo que, sin yo saberlo hasta entonces, iba buscando: abrió su cartera con varios billetes de cinco mil. Después de pagar la cuenta y de despedirse de la señora, que continuaba con mi mano entre las suyas, yo saqué, no sé de donde, las fuerzas para levantarme, agarrarme del brazo de aquel señor y despedirme de la señora con un casi inaudible “a ver más”. Creo que a él se le mudó la cara, como si hubiera ganado una batalla o algo así. Ella, en cambio, siguió fumando con su cara aparentemente adormecida detrás del humo de su alargada pipa. Sorteamos las mesas y los taburetes desocupados, me ayudó a subir las escaleras, salimos a la calle y este individuo de cara triste me echó su chaqueta por encima de mis hombros. Este fue el gesto más amable de ese día, hasta entonces. Después de andar unos pasos, con voz más aguda de lo que yo había previsto y que contrastaba con su rostro seco, me preguntó: “¿Adónde quiere que la lleve? ¿Qué quiere hacer?” Yo, sin medir mis palabras, contesté: “Comer. Llévame a comer, por favor”.

Ya no hablamos más hasta mucho después, hasta que tras de salir del restorán y llegar a un hostal cercano y limpio, me agarró de los hombros, me sentó en el borde de la cama y, mirándome, muy fijos sus ojos en los míos, me dijo algo que no llegué a entender del todo y que yo interpreté como: “esta noche puedo pasarla sólo con su presencia. No necesita darme más. Me siento sobradamente pagado”. Después se sentó en la única silla de la habitación sin dejar de mirarme. Yo me sentía agotada y satisfecha, notaba la barriga llena mientras de golpe me asaltó el cansancio, el sopor, y el sueño. Creo que él me ayudó a despojarme de la ropa. Recuerdo, entre sueños, que un botón de la blusa se me abrió a destiempo dejando escapar un pecho que él miró con deseo. No dijo nada, no hizo nada. Yo sonreí. Ya no recuerdo nada hasta el día siguiente. Por la mañana él no estaba en la habitación que había dejado abonada.

Nunca volví a saber ni a ver a ese hombre sin identidad y mi recuerdo de él, borroso, siempre va unido a una música de jazz, nostálgica y lejana, que, muy despacio, viene y va acompañando mis pensamientos junto a la irresistible necesidad de saldar una deuda.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Cuestión de incredulidad:

 

Ante todo quisiera dejar claro que ella, la del cuerpo delgado y largo, la que caminaba por la orilla de la playa, o por la orilla de la acera, o de la carretera, con una leve inclinación hacia su lado izquierdo, apenas perceptible, la que indicaba con su generosa nariz el camino que no habría de tomar, pues siempre miraba hacia adelante, pero de soslayo, la que parecía un faro móvil en el borde de todo, de la carretera, de la acera, de la playa, no me importaba nada. Quiero decir la verdad, además, no tengo necesidad de mentir, puesto que ella ya no está ni puede oír lo que estoy diciendo. Y estoy diciendo, que quede claro, que ella no me importaba nada, que nunca me importó nada, pero también quiero decir que, a pesar de ello, yo estaba enloquecido de amor por ella, enloquecido de amor como un joven de quince años: soñaba con ella, la imaginaba en cada momento, simulaba hablar con ella a todas horas, escuchaba su voz detrás de todas las otras voces, apócrifas, y sobre todo veía constantemente sus ojos. Oscuros como la noche, profundos como un pozo sin final, ojos huecos en los que cabían todo tipo de objetos extraños: caracolas marinas, camarones transparentes, girasoles abiertos al sol, cristales de rocas, idolitos del calcolítico, ácaros diminutos, hojas de árboles que eran insectos camuflados, mariposas que volvían a ser gusanos, manchas de aceite irisadas, charcos que reflejaban un cielo azul, lentes para agrandar lo más diminuto, también para acercar lo más lejano, lacre para sellar cartas, telas de sedas multicolores, figuras de nácar, de alabastro, de ámbar, de ébano, de marfil, de carey, de oro también.

Por ello, por mi enloquecido amor la imaginaba despierto, la soñaba mientras dormía, a veces también la soñaba despierto, pero esto no lo puedo confirmar, porque mi amor, ciego, me impedía distinguir cuándo estaba despierto o cuándo no. Recuerdo ahora mi vida de entonces como un continuo sin rupturas, como cuando ves un cuadro o una fotografía, que no te paras a mirar los detalles hasta después, sino que la miras y la ves, no como cuando lees una novela, que la lees sorbito a sorbito, desde la primera página hasta la última y entonces se acaba, sino como una fotografía, que la miras y la ves y no se acaba nunca, porque nunca se olvida. Así era este amor mío que no se acababa, ni se acaba aún, que no se olvida, que permanece, que forma parte de mi naturaleza si me permiten ustedes, señores y señoras del jurado, hablar así, no porque dude de que exista una naturaleza o condición humana, sino porque dude de que esa naturaleza sea la mía, como míos son mis recuerdos o mi memoria, o quizá tampoco estos sean míos y sólo míos.

Iba diciendo que entonces la imaginaba o la soñaba caminando por la orilla de la playa o de la carretera, caminando por el borde, por el fino y delgado borde. Alta y delgada como un faro en la noche. Caminando despacio pero con pasos poco firmes, delicados, miedosos, posados con mucho cuidado, como para no hacerse daño, con sus pies descalzos, con las piedras de filos puntiagudos de la playa, con las conchas rotas, con algún vidrio distraído y arrogante. Desde lejos parecía más pequeña de lo que era. A veces la soñaba o la imaginaba temblando de frío, con la cara y el pelo húmedos por las salpicaduras de las olas del mar. Siempre por el borde de la vida. Creo que era friolera. Empequeñecía con el frío, se encogía, pero no dejaba de caminar, muy despacio, mas sin dejar de avanzar. Caminaba hasta que el sol acababa rompiendo por encima del acantilado. Entonces, lo miraba unos segundos. No sé cómo en mis sueños no se quedaba ciega. Después se giraba hacia el interior del bosque y se perdía entre los arbustos de camarina.

Declaro que nunca supe a qué salía las mañanas a recorrer la orilla del mar. Yo la soñaba o la imaginaba buscando algo: moluscos, conchas, piedras, cantos blancos y desgastados, solitarios, deportistas, pescadores, bañistas, amantes despechados, náufragos, creo que buscaba herirse o herirme a mí, a todos los que en alguna ocasión habían osado hablarle, mirarle, porque una mirada o una palabra también hacen daño, a todo el mundo tal vez. Eso es lo que yo imaginaba o soñaba, que ella buscaba la fórmula para herir al mundo, porque quizá el mundo la hubiese herido a ella también, o no. No obstante, digo todo esto, porque, aunque yo estuviera enamorado de ella, ella a mí no me importaba nada. Quiero decir, que yo no había logrado amarla como creo que ella se había imaginado o había soñado que era el amor. Esto es, yo había sido incapaz de quererla como ella había soñado o imaginado el amor: puro, infantil, descarado, ingenuo, muy simple, muy claro y directo, franco, casi virginal en su pureza, casi prostibulario en su descaro.

Si esto les sirve para juzgarme, háganlo. Si no es así, ustedes verán, pero yo no tengo nada más que contarles. En cuanto a ella, ella, inocente y entregada, sólo consiguió herirse a sí misma.

jueves, 9 de octubre de 2025

Los patios falsos:

 


«¿Quién nos ha dado la esponja capaz de borrar el horizonte?»

(Friedrich Nietzsche, El gay saber. Aforismo 125).


Un locutor de radio hubiera declamado que la mañana de verano lucía espléndida. Y verdaderamente así era.

Armado de valor decidiste iniciar tu viaje por los patios falsos. Estos eran patios interiores a los bloques de pisos pequeños y oscuros, con suelos de cemento, mugrientos las más de las veces y ventanucos en lugar de ventanas, pero los llamábamos falsos porque no pertenecían a dichos bloques. Aunque se encontraban rodeados por éstos, cualquiera, que no fuese del barrio, podía recorrerlos y pasar de uno a otro sin problemas, circulando por el interior de las manzanas, a cielo abierto. Algunos de estos patios habían sido enlosados por los vecinos hacia mucho tiempo, pero la mayoría estaba igual que hacía cuarenta años, sin cuidar, con la tierra sucia y el piso desigual, con yerbas silvestres y secas por anchas extensiones. También tenían su fauna particular.

La mañana, su leve brisa fresca, te había invitado a iniciar tu breve recorrido a través de estos descampados hasta llegar al tuyo propio, al del bloque en que se encontraba tu apartamento, después de cruzar cuatro, tal vez cinco patios, y tú habías aceptado la invitación (o tal vez sea mejor decir que no habías podido rechazarla). El recorrido podría ampliarse a otros diez o doce patios, pero no había motivo, poco era lo que te unía a aquellos por donde apenas habías circulado en los últimos treinta, cuarenta años. Tú sólo querías visitar y cruzar algunos concretos, seleccionados para recordar, creo que dijiste la primera vez, pero es muy probable que la razón fuera otra. ¿Tú la conocías? Más que recordar, como tú te decías, verdaderamente lo que hubieras deseado era retener, recuperar. Iluso. Más que “para recordar” debería haber escrito “por, a causa del recuerdo que no logra borrarse”. ¡Quién tuviera la esponja que pudiese borrar la memoria!

Mirando hacia el cielo limpio, sin nubes, dejaste que te invadiese una forma de extraño vértigo mezclado son alguna gota de desidia y de escasa o nula voluntad. Apenas pisaste el primer patio creíste perder el sentido y caer a la tierra. Pero después de la caída, en el instante siguiente, te viste alzarte y mirar hacia las pequeñas ventanas de los bloques que te rodeaban. Este primero era un patio irregular: tenía seis lados, pero no formaba un hexágono. Todos los bloques que lo circundaban tenían cuatro pisos de altura. Las ventanas eran pequeñas, ya lo he dicho, y oscuras. Algunas tenían las persianas levantadas. Mas la obscuridad del interior hacía imposible distinguir nada, como si la materia, dentro de las habitaciones, se hubiera transfigurado en formas simplemente esbozadas, sin volumen, como si se hubiesen desmaterializado, pensaste. Detuviste tu mirada en la tercera ventana del segundo bloque contando desde tu izquierda. Mirando hacia la obscuridad de su interior creíste ver la forma de una mano delicada levantando un vaso de agua. Después, cuando quisiste concentrar tu mirada en esa mano, ésta, flotando en el espacio interior, desapareció. Tus ojos no lograron ver nada más, pero la imagen de esa mano, o su recuerdo, fue abriéndose paso entre las tinieblas y volvió a revelarse con su piel blanca y su movimiento en el aire limpio de una tarde inmóvil de muchos años atrás. Esa mano, que se balanceaba acompañando el movimiento del cuerpo mientras caminaba junto a tu mano... Tus dedos, que rozaron los suyos; sus dedos, que se detuvieron un instante. Tus dedos, que volvieron a tocar los suyos. Sus dedos, que, finalmente, se agarraron a los tuyos. Tal vez esa mano, levantando el vaso de agua, fuera la misma que se enlazara con la tuya; esto es, quizá, dijiste, lo que hubieras deseado. Hubieras deseado también una ráfaga de aire, el vuelo de un jilguero o un rayo de sol que hubieran colaborado para atraer el rostro, al que pertenecía esa mano, hacia el alfeizar de la ventana y poder contemplarlo. El que tú recordabas era de amplia frente, de presente nariz, de ojos claros y cabello rubio. Ahora, ¿cómo sería ese rostro? Pensaste que tal vez fuera mejor no saberlo. Entonces empezaste a comprender que no era el olvido lo que pretendías, sino más bien... una suerte de liberación de la memoria. Pero esto fue sólo un atisbo de conocimiento, un no-conocimiento propiamente, contaste más tarde, cuando ya creíste comprenderlo todo.

Pisando las yerbas secas fuiste acercándote al segundo patio. Notabas cómo te pesaban las piernas en un desproporcionado cansancio, como desproporcionada era la longitud del patio, cómo avanzabas con dificultad, casi arrastrando los pies, y temiendo tropezar y caer. Te punzaba un dolor agudo en la cabeza, en el lóbulo occipital, en aquella parte en que, dijiste, se produce la visión. Tal vez por ello, empezaste a creer que el sol era un poderoso enemigo, no por su calor, sino por su luz. Poco a poco, lentamente, llegaste a la puerta, en mitad de la tapia, que separaba ambos patios. Lograste cruzar el umbral al borde del desmayo.

Éste segundo patio tenía cinco lados, pero no era un pentágono. Te volvieron a invadir el vértigo y las náuseas. Sentías el dolor en el interior de tu cabeza mientras ésta giraba bajo el sol claro y limpio de la mañana. No llegaste al centro del patio, a pesar de que éste estaba liso y enlosado con baldosas blancas y rojas, como un inmenso tablero de ajedrez. Te imaginaste situado aproximadamente a mitad del tablero, en tierra de nadie, como si estuvieras enfrentado a dos ejércitos de soldados robots o muertos o teledirigidos, contrapuestos frente a frente. Pero al mismo tiempo tú no eras una pieza en juego de esa guerra, creíste. Te encontrabas en mitad de un campo de batalla que no te pertenecía, entre dos ejércitos rivales, fortísimos y en formación de combate. Creíste que el viento comenzó a levantar el polvo acumulado desde más de treinta años atrás, dijiste más tarde. Viento y polvo de alguna guerra de la que no participabas, que no comprendías. Empezaste a sangrar por la nariz. Quizá fuera un golpe, un puñetazo antiguo que ahora venía a cobrarse sus heridas. Apenas lograste ver el puño cerrado y fuerte que sobresalía en la última ventana, la del cuarto, en el rincón más agudo del patio. Allí vivía... ¿Angelines? No lo recuerdas bien. Recordabas mejor los brazos y los puños de su marido cuando alguien te acusó de ser tú quien le robabas los besos de su esposa. No sabes con claridad ahora su nombre, el de ella, pero no olvidas ni el sabor de los puños de su marido ni el de los besos de su esposa. Sus caricias siempre fueron las más delicadas, las más deseadas también, las menos olvidadas, las siempre presentes.

Lentamente fuiste cruzando este segundo patio sin que se te fuera el dolor en el interior del cráneo, y te dirigiste hacia una de las tapias con la entrada que conducía al tercero. Creíste recuperar fuerzas, pero pronto comprendiste que esto era una ilusión. Podría escribir que, según contaste, fuiste arrastrándote como una serpiente, pero sin su agilidad, sin su flexibilidad, por la dificultad que encontrabas en abandonar este recuerdo o por lo débil que te había dejado el mismo o por que añoraras alguna identidad olvidada desde hacía demasiado tiempo. Lentamente, repito, cruzaste el umbral que te condujo al tercer patio. Era más pequeño que los anteriores. Tres lados que formaban un triángulo escaleno. De repente tus ojos, independientes, se fueron desde la tierra del piso, seca y pedregosa, hasta la ventana del segundo situada más cerca del vértice más agudo de la triada de lados y ángulos. Creíste ver, en el interior de la habitación oscura, la silueta, apenas dibujada, de una barbilla y unos labios, apenas medio rostro. Y esto no es poco: los trigonometras miran muy lejos, pensaste. Pero ya no lograste ver más, ni los ojos ni la nariz de ese rostro, aunque con lo ya contemplado era suficiente, llegaste a afirmar. Los labios entrevistos llenaron todo el patio de formas, colores, líneas, luces, sombras, tal que todo este conjunto comenzó a girar y a girar a tu alrededor, en un movimiento ascendente, pero al mismo tiempo inmóvil, porque nada lograba desaparecer o esfumarse, o ¿eras tú quien girabas y girabas abrazado y pegado a unos labios, labios junto a labios, girando en un baile infinito, porque, dijiste, seguía sucediendo en tu cabeza hasta ese mismo instante? Una extraña y fría bruma arañó arrugas en tu frente, recordaste, o en tu mente, añadiste también. Después sólo puedes retener el sabor de la tierra en tu boca y la arena arañando tu garganta reseca. El sol, ya en todo lo alto, generaba entonces, dijiste, un calor propio de un desierto seco, árido y muerto.

Cuando creíste recuperar la calma o el sosiego o la fuerza o la inteligencia o el sentido común o un extraño sentido de lo necesario o de lo pasado o del porvenir o del vulgar interés te fuiste dirigiendo, lentamente, con la mirada fija en el rincón que la tapia formaba con el bloque, donde se hallaba la puerta de salida, pero con la vista nublada por el polvo, por la arena, por el viento, por la fatiga, hacia el lugar donde se encontraba el siguiente umbral de la siguiente puerta del siguiente patio, falso como todos.

Una vez en él te hallaste en la excéntrica abultada de un falso rectángulo: cuatro lados desiguales de bloques de distinta altura. Tu mirada vidriosa se dirigió entonces a la tercera planta del bloque de tres niveles. La tercera ventana desde la izquierda tenía la persiana levantada. Como en los anteriores patios sólo pudiste atisbar un interior oscuro, casi negro. Mas, a fuerza de agudizar la vista, escudriñando, lograste ver, creíste, un seno desnudo. Tal vez, dijiste, no llegases a verlo y solo lo imaginaras, pero esto no significaba nada, dijiste, porque el pecho, visto o imaginado, era el mismo pecho de la muchacha desconocida que lograste arrebatarle a tu esposa años atrás, el día en que ella te confesó que, igual que ti, a ella también le gustaban las mujeres. En un bar nocturno, después de demasiadas copas de bourbon, tú y ella, iniciasteis una absurda competición por ver quién lograba seducir esa noche a una delgada joven extranjera, polaca llegaste a decir, que se encontraba borracha y perdida en aquel antro miserable. Tú ganaste aquella noche esa batalla, pero, más tarde dijiste, que aquella victoria había sido la peor de tus derrotas, porque tu esposa no volvió a aparecer más por el apartamento que compartíais entonces. Tal vez ella, tu esposa de entonces, se llevara consigo la identidad que ahora andabas buscando. Tal vez tú siempre habías sabido que ella la conservaba consigo, porque con ella habías sido feliz, recordaste. Tal vez por ello nunca ya podrás recuperarla, recordarla, creíste y crees aún.

Más tarde solo recordabas que una nube gris se formó de repente y que, tapando el sol, y devolviéndote los ojos, comenzó a descargar en un fuerte chaparrón. El agua fría, mojándote la piel, el cabello, los ojos te fue limpiando de la arena. Tus ojos, llenos de agua o de lágrimas, te recordaron los ojos claros y hechos de lluvia de Angelines, o tal vez fuera de... Las gotas de lluvia iban borrando en su arrastre algunos de los recuerdos, dijiste. No es el olvido lo que busco, afirmaste también, sino lo que no quisiera olvidar ni cambiar ni modificar ni perder. Con ello fuiste entrando en un sopor húmedo y cálido, acogedor. Tal vez te dejaras caer y te golpearas la cabeza y el labio con el suelo de piedra y tierra. El sol, de nuevo, se había abierto el paso a través de la nube y una mañana espléndida de verano lucía en el descampado, como hubiera dicho ese locutor de mierda, mientras un pequeño reptil se calentaba sobre una roca redonda como el huevo de un ave.


jueves, 11 de septiembre de 2025

Obscuridades:

 

Aún no me ha sido posible olvidar aquella noche. Y las sucesivas, vulgares imitaciones, no logran más que recordármela.

Desde muchos días antes la había presentido, después sólo tuve que mirarla o desearla. Tal vez por ello, oculto en la noche, comencé a andar a trozos, a veces incluso parándome en seco y escuchando, hacia su habitación, sin haber soltado aún el vaso de ron que tenía en la mano, sin saber lo que iba o quería o estaba dispuesto a hacer. Cuando finalmente solté el vaso de cristal sobre la repisa del salón aún no sabía lo que iba a hacer ni, por supuesto, cómo se lo tomaría ella. Creo que esto último no me importaba entonces nada. En ese momento creo que fue cuando noté mi sangre fluyendo por todos los ríos de mi cuerpo, palpitando con fuerza en mis sienes y en mis testículos. El gran salón estaba a oscuras y desierto. Solo un pequeño punto de luz, donde se concentraba todo el universo, brillaba en el pomo de la puerta de su habitación. Con decisión acerqué mi mano, lo agarré y lo giré, pero necesitando, implorando incluso, en el fondo salitrero de mis deseos, para evitar la perdición, eso creía entonces, que el pestillo estuviese echado por dentro. Mas el pomo giró y, sin ningún obstáculo ni ningún ruido, la puerta se abrió dulcemente. Pude oler el cuerpo y la respiración de la mulata. Rápidamente, como un felino, traspasé el umbral y cerré el pestillo a mi espalda. Quieto, escuché y velé silencioso el fluir de su sueño.

Lentamente fui quitándome la ropa mientras no podía dejar de contemplarla en la obscuridad de la noche un solo instante. Ella seguía dormida, desapasionada, o eso creía yo. Cuando estaba completamente desnudo me acerqué a su cama. La mulata, de piel de melocotón, en silencio, tenía los ojos abiertos. Creí entonces que tal vez ella me estuviese esperando. Iluso. ¿Desde cuándo? ¿Quizá desde que yo la presintiera? Todavía antes de ver sus ojos abiertos pude contemplar la silueta de la mujer yaciendo sobre el lecho. Sus formas eran redondas, como colinas antiguas dibujadas por el viento y por el agua. La piel de sus brazos y de sus muslos brillaba en la noche. Hacía calor y la humedad era incluso violenta. Ninguna brisa recorría la habitación, aunque la ventana abierta dejaba penetrar un leve rayo de luna. Sentí con fuerza el deseo irrenunciable de ver el cuerpo fibroso y desnudo de la mulata. Sentí enorgullecerse mi glande, independiente, liberándose del prepucio, sentí también cómo mi pene, comenzaba a cobrar vida no como antes, sino con una fuerza hacía tiempo olvidada, prehistórica, se erguía tal si hubiera sido convocado a una cita ineludible y vital. En ese momento, creo, desaparecieron definitivamente todas mis dudas, si es que llegara a tenerlas. No las recordaba entonces. Tampoco las recuerdo ahora.

Cuando me acerqué a la cara de la mulata y alargué mi mano derecha para intentar taparle la boca, vi sus ojos abiertos. No llegué a tocar sus labios, porque ella ya había tomado mi mano con la suya y la había depositado lentamente sobre su hombro. Acerqué mis labios a los de ella y noté el sudor y el vaho caliente que salía de su boca. Ahora puedo recordar su extraño olor a naranjas agrias. Nunca había estado tan cerca de ella. Ni de ella ni de ninguna otra mujer, salvo de mi esposa. Noté cómo se removían mis testículos en su bolsa.

Mientras le retiraba el camisón empecé a besarla y a pasarle la lengua por toda su piel de seda. Después empezó ella a hacer lo mismo con mi piel. Nuestros cuerpos mojados es estremecían. Tal vez sudábamos. Todo está envuelto en una densa niebla que me aleja de mis recuerdos de esa noche. Sus nalgas, de esto estoy seguro, eran duras, fuertes, incluso musculosas. Estuvimos un largo rato besándonos, chupándonos, mirándonos, deseándonos, acariciándonos, respirándonos, olfateándonos, babeándonos, retorciéndonos, estremeciéndonos, apeteciéndonos, enlazándonos, peleándonos, mordiéndonos, apresándonos, derritiéndonos, calcinándonos, buscándonos, huyéndonos, entregándonos hasta que decidí penetrarla con fuerza por detrás, bien regada mi verga con los flujos de su vagina mientras con mi mano derecha le acariciaba el clítoris, con la misma mano con la que antes quisiera, inútilmente, taparle la boca. He de reconocer que me costaba penetrarla, pero ella, empujando, me pedía, con un rostro serio y entregado, que siguiera, que no cejara, que no retrocediera, que no huyera. Disfrutaba mirándola y sintiéndola deshacerse, chorrearse. El sexo no es para cobardes ni para remilgados, creo que llegué a pensar o tal vez esto ocurriese después. Entonces aprendí, creo también, que el sexo o es mezcla, mezcla temeraria y audaz, de fluidos, de saliva, de semen, de olores, de alientos, de sudores,... también de deseos o no es nada.