domingo, 12 de abril de 2026

Extraño brindis:

 «grande consuelo es tener
la taberna por vecina.
Si es o no invención moderna,
vive Dios, que no lo sé;
pero delicada fue
la invención de la taberna».
(Baltasar de Alcázar, soldado y poeta antipetrarquista del Siglo de Oro,
nacido en Sevilla en 1530 y fallecido en Ronda en 1606).


Bella es, como una diosa atrevida y dispuesta a ser cincelada por el mismísimo Donatello. De piel blanca, como de nieve aún no hollada sobre los prados más altos de la montaña virgen. De ojos de fuego que, como tormentos, se clavaran hundiéndose en la piel hasta penetrar los huesos, traspasándolos. De labios..., de labios tan carnosos, rojos y brillantes que tentarían a los mismos ángeles si por un instante pudiesen dejar de contemplar embelesados los cielos. Esa su boca generosa que, incluso sin sonrisa alguna, llega casi al borde de los lóbulos de sus delicadas orejas, formando con su aliento caliente una paralela exacta con la línea que prolongan sus ojos hasta tocar sus sienes. Nunca rostro tan bello fuere tallado por natura, ignorante e inconsciente del mal que procura. Vive Dios, que sólo la taberna lucha inútil y agónicamente por lograr el consuelo necesario a tanta desdicha. Brindo, con el vino y por el vino, una vez y otra más, incansable hasta el orgasmo mortal de la falta de pensamiento, hasta el anodadamiento feliz de no sentir más que un ahogo físico, que más parece un edén, comparado con este otro, tan miserable como infernal, que me circunda, hasta la inconsciencia original y primigenia de quien no sabe, no quiere, no entiende y no es nada. Levanto mi vaso y solo, apoyado un puño en la barra de esta taberna, alzo mi voz y, solemnemente, profiero las palabras más tristes que pronunciar puedo: “por esa que, día a día, instante a instante, va destrozando mi corazón, ya mortalmente carcomido”. Nadie responde a mi voz. Nadie tampoco parece escuchar mi desconsuelo. Nadie quiero verdaderamente que lo atienda, porque solo en mi soledad me reconforto y me reconcomo llenando así, una vez más, mi vaso de un mal vino en una sucia taberna. “¡Tabernero! ¡Llene usted de nuevo!”, ordeno con la poca fuerza que me procura el mismo vino que ingiero, y que sigo ingiriendo con el único objeto de ser capaz de ordenar de nuevo al tabernero que me sirva otra vez de lo mismo, en un bucle tan absurdo como inevitable. “Es el último vaso”, responde el tabernero con un adusto rictus de conmiseración, de pena o de asco. “Por esa que devora mi corazón ajado”, grito. Como toda belleza que en el mundo hubo, inconsciente ella es del mal que provoca. “¡Maldita sea mi existencia!”, grito de nuevo. “Maldita sea la suya”, balbuceo también una sola vez. Y este último pensamiento, sea por mi mente dolorida o alterada por el vino, sea por mi natura depravada desde su origen o aprendida en las calles que recorriese mi espíritu, mi alma y mi cuerpo, se queda, en otro bucle aún más persistente, contumaz y necesario que el anterior, en una conciencia enferma y mortalmente herida como lo es la mía. Con este pensamiento obtuso y miserable de perdedor malnacido e idiotizado, deposito el vaso vacío sobre la barra de madera, y trocándolo por premonitorio puñal, doy con él fuertemente un golpe que todos pueden oír, pero callan, y salgo de la taberna a la calle malhumorado, borracho y con la mente borrosa por el vaho y el humo que en ella dejan el alcohol, la fatiga y el fracaso. “Mis pasos únicamente habrán de conducirme a ese lugar que tanto amo y detesto”, logro apenas susurrarme mientras comienzo mi marcha.