sábado, 7 de febrero de 2026

Apocatástasis:

 

«... con grandísimo derramamiento de lágrimas...»

(Teresa de Jesús. Mi vida. Cap. IX)


No hay llaves en esta iglesia. No hay llaves.

La mujer era aún joven, pero su cuerpo y su rostro parecían viejos, tal vez cansados.

Llegó al atrio mirando hacia atrás. Como si la persiguieran, como si huyera.

Yo la pude ver desde el interior de la nave, porque la enorme puerta de madera se había quedado abierta.

La vi acercarse, ahora muy despacio, hacia un lateral, el que contiene una imagen de la Virgen del Refugio. Tiene esta virgen muchos devotos. Pero no era la mujer uno de estos. Intentó abrir el cepillo, pero no lo logró. Corrió hacia el otro lateral, el de San Luis Gonzaga. También el cepillo estaba bien cerrado.

Pude observar desde el silencio su rostro, oscuro, con manchas de haber llorado. Sus ojos eran claros. Estaba nerviosa, como fuera de sí. Quizá desesperada, pensé.

Accedió a la nave de la iglesia de forma caótica: corría, se paraba,... una vez la vi santiguarse delante de la imagen de Cristo de niño rodeado de corderos apacibles. Tal vez, ella necesitara esta paz, pensé. Creo que recorrió todas las capillas buscando algún cepillo abierto. Pero el cura o el sacristán de la parroquia eran muy atentos con sus funciones cotidianas.

Entonces ocurrió el misterio. Yo me encontraba detrás de un confesionario y, por ello, solo podía verla de espaldas cuando se acercó al Altar Mayor.

Primero se acercó como queriendo correr y llegar pronto al altar, pero de pronto, como fulminada, se quedó paralizada. Justo antes de los tres escalones del presbiterio. La cabeza alzada en dirección al Cristo de la Expiración que iluminaba la estancia. El crucificado miraba hacia el cielo más allá de la cúpula de la iglesia, y ella, la mujer, miraba hacia el rostro del Cristo que no podía mirarla a ella.

Después se arrodilló bajando los brazos y el rostro.

Creo que no lloraba.

Finalmente se tumbó en el suelo, con la cara pegada y apretada contra el suelo, como si quisiera empequeñecerse, convertirse en una lámina de persona, desaparecer ante el dolor inmenso de la expiración de la imagen de madera.

Así permaneció durante no menos de dos horas en las que nadie ingresó en la nave. Yo pude contemplar su arrobamiento o su arrebatamiento en silencio.

Después, sin llantos, me dijo como si aún no se hubiera desprendido del todo del sueño, que no podía explicar lo que le había sucedido, que la imagen del crucificado al borde de la muerte la había turbado de tal manera que en su rostro ensangrentado había visto su propio sufrimiento de mujer desesperada, que había sentido abrirse su corazón dentro de su pecho y que, por ello, si alguna causa hubiera, se arrojó al suelo, bajo la cruz, con grandísimo derramamiento de lágrimas, al mismo tiempo que le imploraba valor y fortaleza para seguir viviendo y para no ofenderle ni a él ni a nadie más en la tierra. Si se aplastó contra el piso de la nave fue por ello, dijo más tarde, para pedir no ofender nunca a nadie más y para tener la suficiente fortaleza que se lo permitiese lograr.

En ese instante de arrobamiento, dijo, pude sentir su soledad, la del crucificado, que era la misma soledad que la mía propia. Solos él y yo... con él. Esta era la única verdad deseada, dijo también. Deseaba ser uno con él y aliviarle así su dolor, como si él fuera el hijo que no he tenido y yo su madre dolorosa que no soporta su dolor, que es el mío. No es el alma lo que duele, dijo, sino el cuerpo, porque no puede concebirse alma alguna si no es en algún cuerpo.

También dijo que una palabra, que no había logrado pronunciar, le había rondado durante todo el arrebatamiento: "¡Ayúdame!".

«¡Ayúdame!», repitió. «La vida eterna no es imaginable en este lugar de aquí. ¡Ayúdame a soportar o a entender!»

Y Cristo, falleciente, la elevó por los aires, como transportada en una nube de luz, y pudo volar por la nave y contemplarse a sí misma allá al fondo, en el suelo, y pudo también acercarse al rostro de crucificado y mirar sus ojos desorbitados, perdidos, como los ojos de tantos otros que ya conocía. Y pudo besarlo con el beso de su boca. Y ser uno mismo con él o vivir en él o morir para él. Sin anhelo. Sin ansias. Sin prisas. Y un dulzor en la boca que aún me dura. Y un olor en el cuerpo que nada borra. Y un amor en la mirada que no cesa. Y un calor que me nutre y no se apaga. Desprendimiento de todo lo vivido, de todo lo recordado, de todo lo sido, dijo finalmente antes de marcharse caminando muy lentamente, como si acabara de saltar al vacío con el convencimiento con que lo hace un niño que espera caer en los brazos fuertes de su padre.

No hay salida. No hay salida.

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