sábado, 9 de mayo de 2026

Adiós:

 

Con este "Adiós" continúo por este sendero entre escenas varias

más que entre relatos o cuentos a la manera tradicional.


Ya mucho antes había sentido cómo ella provocaba que a él se le rompiera el corazón, pero fue después cuando, en un acto probablemente más infantil de lo que él mismo hubiera creído tiempo atrás o tal vez no, se levantó de la mesa de madera, mojada y sucia, en la que habían estado bebiendo desde hacía algunas horas, se colocó bien la chaqueta gris y la corbata con las que solía acudir a los más importantes acontecimientos de su aburrida vida desde hacía al menos veinte años, se ajustó con parsimonia y mucho cuidado su sombrero y, girándose, fue caminando lentamente entre las mesas y las sillas, esquivándolas con un levísimo movimiento de caderas hasta llegar a la puerta del bar. Aún pudo ver de reojo en su camino los diversos rostros de otros bebedores allí sobreviviendo: abotagados muchos, otros enrojecidos, de miradas lánguidas, de ojos saltones, de labios vibrantes y húmedos, de voces enronquecidas, de barbas sucias, azulados, de pómulos abultados, de miradas perdidas, sudorosos y manchados de aceite, orgullosos, vanidosos, pusilánimes todos reunidos alrededor de ella o junto a ella, aunque no la conocieran, y formando con ella también un ejército preparado para saltar a una batalla en la que perderían una vez más la dignidad que nunca habían llegado a disfrutar. Mientras caminaba hacia la salida, cada vez más rápido, no se atrevía a mover los brazos para no cometer el error de tocar o rozar siquiera algún pedazo de piel de aquellos imprevistos soldados. Sus lágrimas estaban aún, y por poco tiempo quizá, contenidas al borde de sus ojos. Esto explicaría la rapidez repentina con la que se movía en pos de la búsqueda de la salida del bar. Junto a los músicos de la sala, ahora descansando, estuvo a punto de volcar una de las botellas que aún se mantenía erguida sobre la tabla de la mesa más próxima a ellos. El guitarrista le dirigió una mirada de alerta, viendo el tambaleteo de la botella, como diciéndole, “pero ¿qué haces? ¿No tienes cuidado?”. Mas algo en sus ojos o en su mirada quizá le hiciera cambiar su expresión altiva, incluso marcial, por el silencio. Finalmente, casi al borde de la salida, aún tuvo fuerzas para girar su rostro y poder mirarla a ella, y a su piel tan blanca, y verla al fondo del local, con su vestido negro y delicado, retrepada en un taburete, junto a la barra, pensativa, o quizá adormecida, mirando hacia ningún sitio, con la yema del pulgar de su mano derecha sujetándole la barbilla mientras un cigarrillo humeaba entre su dedos índice y corazón.