Siempre te gustó madrugar.
Solías, entonces, levantarte temprano, antes de que amaneciera, aunque hubiera ya una leve penumbra en el exterior, que tú observabas a través de la persiana.
En silencio, salías de la habitación y de nuestra casa. Cruzabas a tientas el pequeño bosque de enfrente no sin dificultad y dirigías la mirada hacia el valle, al oeste. Ahí esperabas la salida del sol. Pero no era el sol lo que esperabas. Era esa luz rosada, casi anaranjada a veces, que iluminaba el valle y que apenas duraba un par de minutos. Contemplar esa luz, en cualquier sitio en que te encontrases, justificaba el día que tenías por delante, hasta el punto de que lo que hicieras o lo que dejaras de hacer era lo de menos. Tus éxitos o tus fracasos nada tenían que ver contigo si el día siguiente se te estaba concedido observar de nuevo esa luz mágica que el incipiente sol imponía sobre la materia idealizándola, elevándola más allá de las cosas, descorporeizándola, o esto creías entonces. Hoy, años después, solo tú y yo lo sabemos, porque compartimos nuestro mal en silencio, sabes que estabas equivocado, porque en lugar de ello, lo que esa luz provocaba era justamente lo contrario, una extraña forma de materialidad sutil, fina, delicada y efímera que describe perfectamente lo que le ocurre a todos los cuerpos que son o fueron. Lo bello de la materia es lo primero que ésta pierde nada más salir el sol poderoso e invadirla. Como si este impetuoso sol tuviese el poder de vejar, agredir, violar y asesinar toda belleza incipiente hasta aplastarla, secarla, apergaminarla y destruirla. Solo esta luz merece la pena. El resto es amargura, desesperación y muerte. A veces también los niños se despiertan antes de su hora, tú y yo lo sabemos, y sienten la tentación de salir al bosque en plena noche. En él se extravían y pierden, y cuando llegan a ver el valle, este está ya plenamente iluminado por un sol que los ciega y les impide ver la única luz por la que vale la pena vivir. Una vez en el fondo del valle nunca más tendrán la oportunidad de escapar de él y elevarse por encima de las rocas y de las montañas, olvidando lo que son y siempre fueron: dioses.

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