Este texto fue escrito hace unos seis meses.
No tiene, por tanto, nada que ver con el desgraciado accidente de Adamuz.
De golpe sentí un regusto dulce en la boca mientras me susurraba: “Eso es. Sigue adelante”. Cuando abrí los ojos no comprendí nada de lo que estaba viendo. Después creo que logré entender que todo estaba boca abajo y, más tarde, recordé que yo estaba viajando en tren. Volvía a casa, a la de mis padres en las proximidades de Mérida. “Eso era”, me dije. Cuando logré sacar las piernas de debajo de los asientos de delante, o tal vez fueran los de detrás o los de al lado, observé que no tenía pantalones. Tampoco estaba herido. Solo sentía un fuerte dolor en la cabeza y en la boca. La sangre pegada a mis dientes y a mis labios ya estaba seca, pero aún permanecía su sabor dulce. Me ahogaba y necesitaba salir de ese lugar, necesitaba también estirar las piernas y echar a correr. Mientras saboreaba esta sangre seca con asco me asaltó de repente, como si viajase a alta velocidad, desde el fondo más recóndito de mi memoria, la imagen de una mujer desconocida, creí. Esta imagen debía provenir de algún lugar y algún tiempo antes del golpe.
El vagón estaba del revés y con los laterales y el techo retorcidos y deformados y aplastados sobre el terraplén. Hacía un calor insoportable. No se veían más que trozos de plástico y de hierro, piezas rotas de no podía saberse qué, confusión y caos, pero lo que a mí me preocupaba y me urgía eran mis pantalones y mis zapatos. ¡Cómo iba a continuar y salir con las piernas al aire y descalzo! Un móvil sonaba en algún lugar cuando recordé otra vez el rostro de la mujer. “Había una mujer”, me dije. “Estaba sentada sonriendo en el asiento de enfrente de mí”.
El tren marchaba despacio antes del descarrilamiento, recordé cuando el hombre sentado unos asientos más adelante, se había levantado, tambaleándose un poco, agarrándose a los espaldares de los asientos del pasillo y saliendo del vagón. La mujer y yo nos habíamos quedado solos. Ella no paraba de sonreír. No era guapa. No era joven. Pero olía a jazmines. Esto, su olor a jazmines, se abría paso en mis recuerdos frente al olor actual, real, a plástico quemado, a tierra seca y a sangre.
Pasó un tiempo largo y el hombre no volvía. Ella, la mujer, no dejaba de sonreír y de mirarme. Me lanzó un beso. Yo se lo devolví un poco por no quedar mal ante la desconocida, por parecer más arrojado o mayor o astuto o incluso varonil, pero otro poco por imbécil y por vulgar. Ella, la mujer, agarró mis rodillas con sus manos y fue subiéndolas acariciándome los muslos y apretándomelos. Siguió subiéndolas recorriendo mis piernas al mismo ritmo en que me iba invadiendo un demonio caliente en mis muslos, en mi sexo y que, prolongándose, acabó estallándome en mis sienes, justo en el instante en que sus manos alcanzaron mi cinturón y lograron desabrocharlo. Desaparecieron todos las fronteras invisibles entre ella y yo. Creo que fue por ello que decidí tomar la iniciativa acariciándole uno de sus senos mientras me alzaba facilitándole así la tarea, siempre engorrosa, de bajarme los pantalones. Ella dijo: “Eso es. Sigue adelante”. Y ya no recuerdo más que la quemadura que me hicieron estas palabras. Todo se me va al negro hasta saborear el regusto dulce de la sangre en mis dientes y en mi boca.
Entre el amasijo de hierros y plásticos, en el caos, pude distinguir un trozo de piel burdeos que era idéntico al de mis zapatos. Cuando logré agarrarlo y tirar de él comprobé que no podía extraerlo de debajo de uno de los laterales del vagón que se había plegado hacia el interior. Algo estaba atrapándolo. Pude introducir mi mano por el hueco que quedaba sobre mi zapato y, tanteando, comprendí que algo lo sujetaba y que ese algo era una mano. Recordé entonces sus manos, las manos de la mujer. Aunque finas y de largos dedos, no eran delicadas. En el dedo corazón de su mano izquierda llevaba un ordinario y barato anillo dorado con una perla rosa igualmente falsa. El mismo anillo que llegué a tocar en los dedos que agarraban mi zapato.
No sé si fue por el calor, pero creo que sufrí, en el justo momento en que tocaba este anillo y recordaba las palabras que se me quedaron grabadas, un desvanecimiento: “Eso es. Sigue adelante”.

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