jueves, 3 de septiembre de 2026

Libertad:

 

A Maribel.

Él, tan entregado siempre y dispuesto como solía desde no recordaba cuándo, había pasado toda esa mañana limpiando y ordenando el dormitorio, el baño, el salón y la cocina. Aunque Libertad no estaba desde hacía unos días y aunque era ella quien lo iba dejando descuidadamente todo a su paso, sin percatarse siquiera del desorden que iba originándose tras de sí, él seguía manteniendo el impulso primigenio, la original necesidad incluso, de continuar con su habitual ritmo de trabajo casero, irreflexivo, monótono. Libre, como él la llamaba, volvería de su viaje a la tarde del día siguiente y él deseaba, aunque es posible que no llegara a pensarlo siquiera, que todo estuviera como siempre debería de estar, sin tener nada claro por qué tenía que ser de esta manera o qué significaba ese «debería de estar». Ella vería así, creía él, el orden y la limpieza que solo él había impuesto a las cosas más habituales y cercanas, cotidianas, que componían su entorno más íntimo, para apuntarse, si esta fuera su decisión -la de ella-, a la campaña que en solitario él había emprendido de vivir en un mundo fundamentalmente aséptico, seguro y familiar. Después de este trabajo de limpieza y de orden se sentía alegre, pero cansado incluso para pensar en llegar a cocinarse algo. Tenía apetito, pero ningunas ganas de ponerse a cocinar o siquiera a calentar algo, lo que fuera, en el microondas. Por ello, sobre un pequeño salvamesas colocó un cuenco con patatas fritas de bolsa, otro con aceitunas y un tercio de cerveza bien fría.

Como de costumbre, después de comer, poco a poco, fue dejándose invadir por un sopor tranquilo que fue adormilándolo en el sofá hasta que finalmente lo durmió con un sueño profundo durante no menos de una hora.

Cuando despertó, sobresaltado por el estruendo de una moto a toda velocidad por la estrecha callejuela donde se encontraba el apartamento, descubrió que ni tenía nada que hacer ni quería hacer nada. Simplemente esperar, dejar pasar el tiempo, dejarlo pasar hasta que llegase Libre a la tarde siguiente, con su eterna sonrisa, con sus ganas de salir a comprar y a pasear y a bailar y a encontrarse con algunos amigos o a lo que fuera que se le presentase de la forma que fuera, y con su voluntad inquebrantable de llevarle siempre la contraria a él.

Mas las obligaciones se imponen y, sin quererlo, recordó que la noche anterior había decidido prepararle una magnífica y exquisita cena a Libre para la tarde en que volviese. Aunque él no sabía qué había que celebrar, si algo tuvieran que celebrar, seguro que ella recordaba el motivo y, si no lo hubiera, seguro que se le ocurría algo. Así que con pocas ganas y mucha parsimonia, cansado pero alegre, en la medida en que su personalidad se lo permitía, se puso en pie, se calzó los zapatos, cogió una bolsa de la compra y salió del apartamento para dirigirse al centro de la ciudad y hacer las compras necesarias con hastío, incluso con tedio y con absoluta desgana, a sabiendas de que ella, tal vez, tuviese otra idea que finalmente se acabaría imponiendo. A veces, en las tardes solitarias como aquélla, se preguntaba, sin mucha pasión y sin ganas de responderse, de dónde saldría este ánimo tan fastidiado que lo caracterizaba y desde cuándo lo venía acompañando de manera tan fiel que era imposible disuadirlo, expulsarlo o extirparlo de su vida.

La parada del autobús no estaba lejos, apenas a dos manzanas. En el trayecto vio a una niña, junto a su madre, que lo miraba, creyó, con soberbia y como diciendo: «¿adónde vas con esa bolsa de plástico arrugada bajo el brazo y con esa cara de bobo, viejo?». Él miró a la niña con atención, escrutándola, como si su rostro adusto y serio, tuviesen el poder de impedir que la niña llegara a pronunciar una sola palabra. Y efectivamente así ocurrió: la niña no dijo nada. Solo miró a su madre, distraída frente a un escaparate, apretándole fuertemente la mano. Después pareció que se ocupaba en otra cosa o en otros viandantes, hasta que, cuando la madre dijo «Vámonos, que se nos hace tarde», y antes de doblar la esquina, la niña lo mirase con interés y, desafíante, le sacara la lengua con burla y diciéndole, con voz alta para que cualquiera pudiese escucharla, «viejo bobo».

Aún tardó un rato en llegar el autobús, pero finalmente pudo verlo girar y aproximarse a la parada, con ruidos broncos y agudos a un tiempo, estrepitosos, con humos, suciedad y malos olores, como un animal prehistórico que permanentemente estuviera enfadado. Él no respondió a sus gruñidos, porque sabía que eran cosa de su naturaleza brutal, grosera y vulgar. El conductor no quiso dejarlo subir sin pagar el billete o sin picar con la tarjeta del consorcio. «¿Dónde estaría la maldita tarjeta?», se preguntaba. «Si siempre la llevo en la cartera y solo la saco para picar y después la vuelvo a guardar en el mismo sitio». No llevaba dinero en efectivo y el consorcio no conocía otro método de pago. Justo cuando, derrotado, se giraba para bajar del autobús notó en el bolsillo trasero del pantalón algo plano como lo era la tarjeta del consorcio, y el conductor, antes felino y con actitud agresiva, mudó su rostro haciéndose ahora amable y gentil, incluso amistoso y bello. «Buenas tardes, caballero», es posible que le oyera decir.

En el centro de la ciudad lo aguardaba una aglomeración de vehículos, de gente atareada en multitud de carreras extrañas, ajenas. Conocía casi milimétricamente el camino hacia el mercado central. Allí encontraría las mejores verduras, frutas, legumbres y carnes que buscaba para prepararle a Libre la cena que sabía que ella rechazaría sin llegar a probarla o incluso mirarla u olerla. «La ternera estaba por las nubes, será mejor el cerdo», se dijo. En una ocasión la vio rebañar con pan un plato de estofado de cerdo, -recordó-. Él le haría uno mejor que aquél: con champiñones, arándanos, mantequilla, caldo de carne, laurel, pimienta y un buen vaso de Pedro Ximénez. Le encantaría, pensó. Acompañaría el guiso con una coloreada ensalada de hojas de roble, de mango, de aguacates, de trozos de tomate, de queso feta y todo ello regado con una vinagreta de mostaza y miel. Se le haría la boca agua, siguió pensando, sobre todo si acompaño la cena con un buen vino espumoso al principio, con la ensalada, como le gustaba a Libre, y otro, aún mejor, vino tinto, con la carne. Le encantaría si Libre fuera capaz de pararse un rato y dejar que el mundo siguiera girando como si no fuera con ella, como si ella no fuera el elemento imprescindible y central para que aquel siguiera dando vueltas en su infinito universo de centralidades diversas, siguió pensando todavía.

Tuvo la tentación de pasear un rato entre la gente y por las callejas del centro antiguo, pero, rápidamente, esta idea fue desechada. Lo único que realmente tenía en la cabeza era volver al apartamento y empezar a cocinar. «El estofado sabrá mejor mañana si lo cocino hoy», pensó.

Vuelta, pues, de nuevo a la parada del autobús y a esperar no tener que cruzarse con ninguna otra niña impertinente, ni con nadie más que pudiera recordarle que ni el tiempo pasa en valde, ni la felicidad es un derecho irrenunciable, ni hay pasión insondable, ni nada, y quizá nadie, importe lo suficiente como para renunciar a un vaso de cerveza bien fría.

«Dentro del autobús siente por un instante como si el estruendo permanente que lo acompaña y con el que va y viene dando vueltas al mismo recorrido hora tras hora y día tras día fuese amortiguado por las pantallas metálicas que lo conforman y por las ventanas cerradas debido al calor que ya hace en estos días de la primavera, y en esta sucia y vieja ciudad de muertos», piensa que piensa mientras deposita la bolsa de la compra sobre sus piernas.

Un hombre viejo, con bastón, sube al autobús. Muy despacio saca su cartera y paga el billete. Agarrándose con una mano al bastón y con la otra a una de las barras verticales va poco a poco avanzando. Hay asientos vacíos cerca de él, pero parece que quiere llegar a uno que está cerca de la puerta de salida. «Es un viejo previsor», pensó. Cuando el anciano pasa junto a él, le hace el gesto de acercarle el brazo como si fuera una de las barras del autobús para que pudiera agarrarse a él, pero el viejo parece rechazarlo pasando su mano por encima del brazo y sin llegar a rozarlo. Logra dar un paso más equilibrándose entre los vaivenes y gritos mecánicos del autobús, mas cuando está cerca del asiento deseado, un movimiento brusco hace que el viejo caiga de boca en el suelo de goma del autobús. El conductor frena bruscamente cuando escucha o ve por el retrovisor al viejo lamentándose boca abajo en el suelo y en ese momento la bolsa de la compra cae igualmente desde sus piernas a la plataforma sucia del autobús. Duda un instante entre acudir a atender al viejo o a recoger la bolsa de la compra. Mientras ve que la carne de cerdo se ha salido del paquete, ha rodado debajo del asiento que ocupa una mujer con cara demacrada y con los ojos perdidos en el techo, y yace en el suelo sucio y lleno de chicles pegados, se dirige a recoger al viejo y a ayudarlo a levantarse y a sentarse en el asiento vacío junto a la puerta. Después comprueba que no solo la carne, también las cebollas y las cabezas de ajos han salido rodando y han acabado por instalarse en diferentes rincones de la plataforma de goma sucia. Dos cebollas y no sé cuántos arándanos permanecen aún en algún escondrijo desconocido, mientras la carne está enharinada en polvo, arena, chicles, alguna colilla y varias manchas verdosas.

Con cuidado de no caerse como el viejo, fue recogiendo casi todo lo que se le había salido de la bolsa, como si se hubiera convertido en un improvisado recolector de viandas variadas en un campo marrón y gris en movimiento que no paraba de gritar.

Por la ventana que estaba frente a él le pareció ver a un perro con manchas naranjas sonriéndole. Tal vez no sonriera, pero él creyó verlo sonreír, si es que los perros pueden sonreír en algún momento de su miserable y puta vida. ¿Cómo puede un perro, que no sabe ni quién es, porque no sabe nada, cómo puede llegar a sonreír? ¿Y sonreír por qué? ¿De qué? ¿Dónde quedaba la firmeza del mundo y de las cosas? Se preguntaba cuando sintió verdadero miedo. Pánico de su vida, de la que había llevado tantos años, de la que se había ido construyendo junto a Libre o frente a Libre o contra Libre, de la que había ido desarrollando poco a poco, día a día, con estruendo, como esa mierda de máquina miserable y apestosa que ahora sin embargo lo conducía a su apartamento. «¿Y un perro imbécil y sin conciencia es menos miserable que yo?», se preguntó.

Mientras estas reflexiones invadían su mente, pudo percatarse de que se había pasado de parada y de que no reconocía las calles por las que ahora le llevaba ese bicho inane. Se apeó del autobús en cuanto pudo. Parecía que se encontrase de pronto situado en otra ciudad, desconocida. Comenzó a andar en dirección opuesta a la que llevaba el autobús, que lentamente iba alejándose con su estruendoso marchar entre humos, olores y ruidos. En su deambular inexperto dio con una plazoleta antigua, pensó, porque tenía arriates de plantas verdeoscuras entre sus senderos de albero. Se sentó en un banco, depositando la bolsa de la compra junto a él, y se puso a contemplar las flores que refulgían a su alrededor. Verdaderamente era una plaza hermosa, llena de flores a la caída de la tarde. Olía a dama de noche, pensó. No le importó que el banco estuviese manchado de jugos negros, no le importó la soledad de la plaza, tampoco su cansancio infinito, porque el mundo que le rodeaba moría de vida, de alegría triste. Le pareció que el banco en el que estaba sentado, que los árboles y las plantas que lo rodeaban, que las flores que luchaban por mantenerse erguidas y voluptuosas, le sonreían como hacía unos minutos le había sonreído el perro anaranjado que lo inquietase y lo amedrentase o es posible que solo lo situase en ese punto incierto en que a veces corres el riesgo de colocarte para enfrentar cara a cara tu propio ser. Ahora le gustaba observar esa lucha contra la muerte o a favor de la muerte que es el desenlace último de la lucha a favor de la vida, también de la suya propia. Los árboles se reían de él. Recordó los labios, los ojos y las manos de Libre. La vida es peligrosa, pensó, cuando se ama, aunque se ame sin voluntad, incluso con asco. La vida es horrible y es hermosa justamente porque es horrible, pensó. «La felicidad nunca es necesaria», y con este pensamiento creyó que sufría con placer.

Siguió caminando sin rumbo hasta que logró reconocer una calle, creyó. No tardó mucho en llegar a su apartamento. Sintió que una grata sensación de alivio irrumpió en él cuando cerró la puerta tras de sí, como huyendo o sintiéndose al margen de las sensaciones que el maldito perro naranja había provocado en él con su enigmática y extraña sonrisa.

Sacó con cuidado las compras de la bolsa de malla y lo fue preparando todo para el estofado de cerdo con que iba a agasajar a Libre. Le costó limpiar la carne del polvo, de la arena y de cuanto tenía adherido a ella, y se pasó parte de la noche cocinando sin pensar en Libre, como queriéndose alejar de ella, como queriendo no contaminarla con sus horribles pensamientos y sensaciones.

El día siguiente lo pasó tumbado en el sofá sin poder olvidar la imposible alegría del perro naranja, de las plantas abandonadas en la plaza antigua, de las flores heridas y casi moribundas que reclamaban la atención de todos los insectos como si fueran furcias viejas, desdentadas y pintarrajeadas en una calle solitaria y negra, pero recordándolo todo sin poder evitarlo, siendo asaltado permanentemente  por estas imágenes como si su mente fuese una ciudad abierta y entregada,  asaltada por los violentos extraños que la saquean, la ensucian y la destruyen. En esta lucha pasó todo el día hasta que llegó Libre, con su música de aros y pulseras, con la alegría de sus colores y de su escote, con el cimbreo de sus caderas, con la rijosa tonalidad de su voz y con la suave piel de sus dedos.

Como era de prever Libre llegó cansada y sin ganas de cenar. Solo quería darse una ducha y acostarse. Su día había sido largo y pesado, se justificó. No obstante, mirándole a los ojos con amor, le dijo a él, alegrándole la noche y la vida: «Gracias, amor. No sé qué sería de mí sin ti. ¡Te quiero tanto!», tomándole la mano y besándosela.