martes, 29 de septiembre de 2026

La mujer sentada:

Hay una mujer sentada hecha de piedra.

Pero mira como si no estuviera hecha de piedra.

Mantiene su boca cerrada y sus ojos abiertos.

Pero está permanente como diciendo algo.

No son sonidos lo que se escucha, pero son palabras: significados, mandatos, imperativos, consejos.

De sus labios, de su mirada, de su figura, de su rostro, de sus formas emana un orden conocido, confortable.

Está la mujer sentada hecha de piedra en un sitial pegado a una pared, aproximadamente en el centro del lienzo de esta pared que pertenece a una sala muy amplia, la más amplia de la aldea.

Esta sala está en el centro mismo de la aldea.

De ella parten tres calles: una hacia el sur, la calle más larga de la aldea, que conduce a una de las tres puertas de la muralla. Detrás de la muralla, protectora, un sendero que lleva hacia el valle, tan abierto y tan amplio que estremece. Otra calle hacia el norte y una tercera, más estrecha hacia el noroeste. La calle que va al norte no es muy diferente a la del sur, salvo por la orientación respecto del sol. Conduce también a una puerta grande, un portalón, en la muralla. Tras ella un estrecho sendero lleva también hacia el mismo valle anterior, pero por otro costado, tal vez menos impresionante. En cambio, la calle del noroeste, la más estrecha, es diferente, porque conduce a una puerta pequeña, casi una poterna, una abertura o grieta estrecha en la muralla que termina en un sendero muy vertical que da al río. Este camino es frecuentado casi exclusivamente por mujeres y niños.

En la sala donde está sentada la mujer hecha de piedra, con sus labios cerrados y tintados de rojo, con los ojos abiertos y oscuros, también hay un banco corrido alrededor de todo el perímetro de la sala, interrumpido solo por una única puerta frente a la mujer sentada hecha de piedra.

El padre de mi abuelo me dijo que conoció a la mujer sentada cuando ésta aún podía abrir la boca y hablar. Me dijo también que la imagen de piedra le hacia un gran honor, porque esta mujer hablaba poco, pero hablaba con rotundidad, sentenciando, y que pocos fueron quienes en alguna ocasión  osaron llevarle la contraria, igual que ahora a la imagen: habla poco, o nada, pero dice cosas, cosas que todos pueden escuchar y que nadie contradice, su voz se repite como un eco profundo. Por esto, ella sigue presidiendo todas las reuniones en la sala. Como cuando el agua del río desapareció. Ya ella lo había previsto y anunciado: «No malgastéis el agua del río, que pronto no quedará». Y cuando el río se secó, teníamos guardada la cantidad que necesitábamos para dos lunas. Después el río volvió a hincharse y a crecer, apareciendo varios cursos nuevos abajo en el valle, iguales a los cursos del vestido de la mujer sentada hecha de piedra. Iguales también a los dedos de sus manos delicadamente posadas en los brazos del trono que ocupa.

También tiene una diadema la mujer sentada. Pero ésta no es de piedra. Es la misma diadema que conoció el padre de mi abuelo. Está hecha de cobre brillante y tiene incrustaciones de caracoles y de conchas marinas que le regalaron a la mujer nuestros abuelos más viejos, y ya entre las brumas de la memoria, tras algunas de sus muchas expediciones.

Desde hace dos semanas todos los padres y madres andan preocupados porque el río está de nuevo desapareciendo. La mujer sentada hecha de piedra volvió a hablar anoche, en mitad de la reunión. Fue en un momento preciso en el que todos gritaban y gesticulaban y querían imponer su voz en la asamblea. La diadema de la cabeza se desprendió sola y calló al suelo. Hizo un ruido metálico muy leve, pero todos nos quedamos inmovilizados, como si, de pronto, todos nos hubiésemos vuelto de piedra, salvo la mujer sentada hecha de piedra, que pareció, carnal, querer decir algo. La sala se quedó en silencio y todos pudimos escuchar de nuevo la voz profunda de la mujer sentada: «..., pronto no quedará nada» llegué a escuchar yo, como un eco profundo. Después alguien, una mujer, volvió a colocar la diadema en la cabeza de la mujer sentada hecha de nuevo de piedra y poco a poco todos volvimos a recuperar nuestras voces, ahora calmadas y resolutivas. Debemos aprovechar el agua del río hasta que éste vuelva a hincharse. Volverá de nuevo el agua. ¡Confiemos! Después de la reunión, parecía que las tareas ya estaban resueltas, no porque realmente lo estuvieran, sino porque la mujer sentada hecha de piedra había hablado, porque todos la habíamos escuchado y porque todos sabíamos lo que debía ser hecho. Cuidar, conservar y esperar a que el río volviera a crecer. Fueron días de atención, de recogimiento y de esperanza. Las noches fueron cálidas.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Ensoñaciones:

 

Luisa llegó al borde de sus cincuenta años sin conocer el sentido del amor. No es que no hubiera tenido amantes o amados, los había tenido de sobra, pensó, y tal vez fuese por ello que no lograra entender a qué se refería cuando hablaba de amor: ¿acaso deseo desmesurado de sentir una presencia que sabía sin duda alguna que te pertenece? o ¿deseo inevitable, irracional e incomprensible por una presencia que sabía ya extinguida, imposible?, ¿tal vez deseo de pretender no aceptar ingenuamente una ausencia inevitable? ¿deseo impaciente a secas? ¿deseo que exige satisfacción inmediata quizá? ¿deseo mezclado con dolor por no regresar a donde siempre se perteneció o por regresar a donde ya no queda nada?

En este punto exacto de incertidumbre se encontraba Luisa a mitad de su vida prevista, con dos hijos ya demasiado crecidos, con un trabajo anodino y con un divorcio más que meritorio y anhelado desde hacía algunos años. Sentada en un velador de un bar junto a un parque público, tomando un café humeante en una tarde húmeda y fumando uno de sus cigarrillos más satisfactorios (sólo cinco al día y este era el penúltimo). Cada cual y solo cada cual sabe de sus placeres y sufrimientos, siempre únicos e intransferibles por más que todos creamos sentir lo mismo que otros en situaciones similares. Nunca nada es lo mismo (o no puede ser que lleguemos a saberlo) y nunca es la misma situación (por más que nos lo parezca).

Mirando ascender el humo azul se acordó de su madre. Se la imaginó con la misma edad que ella ahora: al borde de sus cincuenta años. Cosa esta imposible, puesto que su madre falleció cuando apenas había sobrepasado los cuarenta. Ella, Luisa, tenía ¿veinte años? Pero entonces los años transcurrían a otro ritmo, se dijo, más rápidos: «cuarenta de mi madre, deben corresponder a mis cincuenta», creyó.

Ella, su madre, también había tenido dos hijos: su hermano mayor, Vicente, un necio y bruto animal, y ella misma. Imaginó que «ella, su madre, hubiera sido más feliz si sólo hubiera parido a Vicente. Se hubiera volcado solo sobre él». «Yo también hubiera sido más feliz», siguió imaginando. Es verdad que su madre no había llegado a divorciarse. Entonces no era posible, pero realmente su padre y ella llevaban algún tiempo en que no se reconocían mutuamente. Después, … la enfermedad y la muerte. «Siempre he pensado que se rindió pronto o, tal vez, esto sea lo que siempre he ido creyendo porque así se me hizo más fácil vivir con su ausencia. Quizá sea esta mi forma de enfrentar esto de soportar una ausencia que se presenta como inevitable», se dijo.

Acompañaba sus reflexiones moviendo el café caliente con una cucharilla y saboreando lentamente el humo de su cigarrillo. Tenía la pierna derecha cruzada sobre la izquierda. Llevaba una blusa ligeramente escotada, lo que permitía que el aire húmedo y fresco de la tarde le penetrara hasta la espalda. El pelo le bailaba sobre los hombros. «Ya iba siendo hora de cortármelo», pensó. «Mañana mismo pido cita en la peluquería y me lo corto», siguió pensando. Pero rápidamente le asaltó la idea de lo que le gustaba que el viento le diera en la cara y que le moviera los cabellos. Los tenía finos y abundantes. El olor del champú permanecía en ellos durante horas. Cuando se movían desprendían su perfume a jazmines o a rosas, según la estación. Adoraba este olor y su permanencia. Siempre había tenido un olfato extraordinario. Disfrutaba identificando olores: no solo los que emanaban las flores o las plantas, todos, cualquiera que fuera su naturaleza o procedencia: sudores, especias, maderas y barnices, hormonas. Se había autoconvencido de no hablar de ello, porque había llegado a la conclusión de que esta era una habilidad propia y exclusiva que no podía compartir con nadie, porque nadie la entendía.

Puede que todas la luchas sean necesarias, pero de lo que Luisa estaba segura es de que todas las luchas terminan inevitablemente en derrota, incluso las victorias son solo aparentes. «Ya no lucharía más», decidió. Evitaría todas las batallas, aunque esto supusiera la mayor de sus derrotas, su desaparición preventiva. «Es lo más parecido a no haber nacido», concluyó. Solo se dedicaría a estar, a su bienestar, creyó. No al capricho espontáneo, sino a estar pendiente de sí misma, de su cuerpo y de todo aquello que le hiciera bien. «No, definitivamente mañana no pediré cita en la peluquería», dijo mientras se tomaba el último sorbo de café, inhalaba la última bocanada de humo de su cigarrillo, se rizaba un mechón con su dedo índice y dejaba que el viento se le colase por el escote hasta la espalda y desprendiese de sus cabellos su olor a jazmines.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Libertad:

 

A Maribel.

Él, tan entregado siempre y dispuesto como solía desde no recordaba cuándo, había pasado toda esa mañana limpiando y ordenando el dormitorio, el baño, el salón y la cocina. Aunque Libertad no estaba desde hacía unos días y aunque era ella quien lo iba dejando descuidadamente todo a su paso, sin percatarse siquiera del desorden que iba originándose tras de sí, él seguía manteniendo el impulso primigenio, la original necesidad incluso, de continuar con su habitual ritmo de trabajo casero, irreflexivo, monótono. Libre, como él la llamaba, volvería de su viaje a la tarde del día siguiente y él deseaba, aunque es posible que no llegara a pensarlo siquiera, que todo estuviera como siempre debería de estar, sin tener nada claro por qué tenía que ser de esta manera o qué significaba ese «debería de estar». Ella vería así, creía él, el orden y la limpieza que solo él había impuesto a las cosas más habituales y cercanas, cotidianas, que componían su entorno más íntimo, para apuntarse, si esta fuera su decisión -la de ella-, a la campaña que en solitario él había emprendido de vivir en un mundo fundamentalmente aséptico, seguro y familiar. Después de este trabajo de limpieza y de orden se sentía alegre, pero cansado incluso para pensar en llegar a cocinarse algo. Tenía apetito, pero ningunas ganas de ponerse a cocinar o siquiera a calentar algo, lo que fuera, en el microondas. Por ello, sobre un pequeño salvamesas colocó un cuenco con patatas fritas de bolsa, otro con aceitunas y un tercio de cerveza bien fría.

Como de costumbre, después de comer, poco a poco, fue dejándose invadir por un sopor tranquilo que fue adormilándolo en el sofá hasta que finalmente lo durmió con un sueño profundo durante no menos de una hora.

Cuando despertó, sobresaltado por el estruendo de una moto a toda velocidad por la estrecha callejuela donde se encontraba el apartamento, descubrió que ni tenía nada que hacer ni quería hacer nada. Simplemente esperar, dejar pasar el tiempo, dejarlo pasar hasta que llegase Libre a la tarde siguiente, con su eterna sonrisa, con sus ganas de salir a comprar y a pasear y a bailar y a encontrarse con algunos amigos o a lo que fuera que se le presentase de la forma que fuera, y con su voluntad inquebrantable de llevarle siempre la contraria a él.

Mas las obligaciones se imponen y, sin quererlo, recordó que la noche anterior había decidido prepararle una magnífica y exquisita cena a Libre para la tarde en que volviese. Aunque él no sabía qué había que celebrar, si algo tuvieran que celebrar, seguro que ella recordaba el motivo y, si no lo hubiera, seguro que se le ocurría algo. Así que con pocas ganas y mucha parsimonia, cansado pero alegre, en la medida en que su personalidad se lo permitía, se puso en pie, se calzó los zapatos, cogió una bolsa de la compra y salió del apartamento para dirigirse al centro de la ciudad y hacer las compras necesarias con hastío, incluso con tedio y con absoluta desgana, a sabiendas de que ella, tal vez, tuviese otra idea que finalmente se acabaría imponiendo. A veces, en las tardes solitarias como aquélla, se preguntaba, sin mucha pasión y sin ganas de responderse, de dónde saldría este ánimo tan fastidiado que lo caracterizaba y desde cuándo lo venía acompañando de manera tan fiel que era imposible disuadirlo, expulsarlo o extirparlo de su vida.

La parada del autobús no estaba lejos, apenas a dos manzanas. En el trayecto vio a una niña, junto a su madre, que lo miraba, creyó, con soberbia y como diciendo: «¿adónde vas con esa bolsa de plástico arrugada bajo el brazo y con esa cara de bobo, viejo?». Él miró a la niña con atención, escrutándola, como si su rostro adusto y serio, tuviesen el poder de impedir que la niña llegara a pronunciar una sola palabra. Y efectivamente así ocurrió: la niña no dijo nada. Solo miró a su madre, distraída frente a un escaparate, apretándole fuertemente la mano. Después pareció que se ocupaba en otra cosa o en otros viandantes, hasta que, cuando la madre dijo «Vámonos, que se nos hace tarde», y antes de doblar la esquina, la niña lo mirase con interés y, desafíante, le sacara la lengua con burla y diciéndole, con voz alta para que cualquiera pudiese escucharla, «viejo bobo».

Aún tardó un rato en llegar el autobús, pero finalmente pudo verlo girar y aproximarse a la parada, con ruidos broncos y agudos a un tiempo, estrepitosos, con humos, suciedad y malos olores, como un animal prehistórico que permanentemente estuviera enfadado. Él no respondió a sus gruñidos, porque sabía que eran cosa de su naturaleza brutal, grosera y vulgar. El conductor no quiso dejarlo subir sin pagar el billete o sin picar con la tarjeta del consorcio. «¿Dónde estaría la maldita tarjeta?», se preguntaba. «Si siempre la llevo en la cartera y solo la saco para picar y después la vuelvo a guardar en el mismo sitio». No llevaba dinero en efectivo y el consorcio no conocía otro método de pago. Justo cuando, derrotado, se giraba para bajar del autobús notó en el bolsillo trasero del pantalón algo plano como lo era la tarjeta del consorcio, y el conductor, antes felino y con actitud agresiva, mudó su rostro haciéndose ahora amable y gentil, incluso amistoso y bello. «Buenas tardes, caballero», es posible que le oyera decir.

En el centro de la ciudad lo aguardaba una aglomeración de vehículos, de gente atareada en multitud de carreras extrañas, ajenas. Conocía casi milimétricamente el camino hacia el mercado central. Allí encontraría las mejores verduras, frutas, legumbres y carnes que buscaba para prepararle a Libre la cena que sabía que ella rechazaría sin llegar a probarla o incluso mirarla u olerla. «La ternera estaba por las nubes, será mejor el cerdo», se dijo. En una ocasión la vio rebañar con pan un plato de estofado de cerdo, -recordó-. Él le haría uno mejor que aquél: con champiñones, arándanos, mantequilla, caldo de carne, laurel, pimienta y un buen vaso de Pedro Ximénez. Le encantaría, pensó. Acompañaría el guiso con una coloreada ensalada de hojas de roble, de mango, de aguacates, de trozos de tomate, de queso feta y todo ello regado con una vinagreta de mostaza y miel. Se le haría la boca agua, siguió pensando, sobre todo si acompaño la cena con un buen vino espumoso al principio, con la ensalada, como le gustaba a Libre, y otro, aún mejor, vino tinto, con la carne. Le encantaría si Libre fuera capaz de pararse un rato y dejar que el mundo siguiera girando como si no fuera con ella, como si ella no fuera el elemento imprescindible y central para que aquel siguiera dando vueltas en su infinito universo de centralidades diversas, siguió pensando todavía.

Tuvo la tentación de pasear un rato entre la gente y por las callejas del centro antiguo, pero, rápidamente, esta idea fue desechada. Lo único que realmente tenía en la cabeza era volver al apartamento y empezar a cocinar. «El estofado sabrá mejor mañana si lo cocino hoy», pensó.

Vuelta, pues, de nuevo a la parada del autobús y a esperar no tener que cruzarse con ninguna otra niña impertinente, ni con nadie más que pudiera recordarle que ni el tiempo pasa en valde, ni la felicidad es un derecho irrenunciable, ni hay pasión insondable, ni nada, y quizá nadie, importe lo suficiente como para renunciar a un vaso de cerveza bien fría.

«Dentro del autobús siente por un instante como si el estruendo permanente que lo acompaña y con el que va y viene dando vueltas al mismo recorrido hora tras hora y día tras día fuese amortiguado por las pantallas metálicas que lo conforman y por las ventanas cerradas debido al calor que ya hace en estos días de la primavera, y en esta sucia y vieja ciudad de muertos», piensa que piensa mientras deposita la bolsa de la compra sobre sus piernas.

Un hombre viejo, con bastón, sube al autobús. Muy despacio saca su cartera y paga el billete. Agarrándose con una mano al bastón y con la otra a una de las barras verticales va poco a poco avanzando. Hay asientos vacíos cerca de él, pero parece que quiere llegar a uno que está cerca de la puerta de salida. «Es un viejo previsor», pensó. Cuando el anciano pasa junto a él, le hace el gesto de acercarle el brazo como si fuera una de las barras del autobús para que pudiera agarrarse a él, pero el viejo parece rechazarlo pasando su mano por encima del brazo y sin llegar a rozarlo. Logra dar un paso más equilibrándose entre los vaivenes y gritos mecánicos del autobús, mas cuando está cerca del asiento deseado, un movimiento brusco hace que el viejo caiga de boca en el suelo de goma del autobús. El conductor frena bruscamente cuando escucha o ve por el retrovisor al viejo lamentándose boca abajo en el suelo y en ese momento la bolsa de la compra cae igualmente desde sus piernas a la plataforma sucia del autobús. Duda un instante entre acudir a atender al viejo o a recoger la bolsa de la compra. Mientras ve que la carne de cerdo se ha salido del paquete, ha rodado debajo del asiento que ocupa una mujer con cara demacrada y con los ojos perdidos en el techo, y yace en el suelo sucio y lleno de chicles pegados, se dirige a recoger al viejo y a ayudarlo a levantarse y a sentarse en el asiento vacío junto a la puerta. Después comprueba que no solo la carne, también las cebollas y las cabezas de ajos han salido rodando y han acabado por instalarse en diferentes rincones de la plataforma de goma sucia. Dos cebollas y no sé cuántos arándanos permanecen aún en algún escondrijo desconocido, mientras la carne está enharinada en polvo, arena, chicles, alguna colilla y varias manchas verdosas.

Con cuidado de no caerse como el viejo, fue recogiendo casi todo lo que se le había salido de la bolsa, como si se hubiera convertido en un improvisado recolector de viandas variadas en un campo marrón y gris en movimiento que no paraba de gritar.

Por la ventana que estaba frente a él le pareció ver a un perro con manchas naranjas sonriéndole. Tal vez no sonriera, pero él creyó verlo sonreír, si es que los perros pueden sonreír en algún momento de su miserable y puta vida. ¿Cómo puede un perro, que no sabe ni quién es, porque no sabe nada, cómo puede llegar a sonreír? ¿Y sonreír por qué? ¿De qué? ¿Dónde quedaba la firmeza del mundo y de las cosas? Se preguntaba cuando sintió verdadero miedo. Pánico de su vida, de la que había llevado tantos años, de la que se había ido construyendo junto a Libre o frente a Libre o contra Libre, de la que había ido desarrollando poco a poco, día a día, con estruendo, como esa mierda de máquina miserable y apestosa que ahora sin embargo lo conducía a su apartamento. «¿Y un perro imbécil y sin conciencia es menos miserable que yo?», se preguntó.

Mientras estas reflexiones invadían su mente, pudo percatarse de que se había pasado de parada y de que no reconocía las calles por las que ahora le llevaba ese bicho inane. Se apeó del autobús en cuanto pudo. Parecía que se encontrase de pronto situado en otra ciudad, desconocida. Comenzó a andar en dirección opuesta a la que llevaba el autobús, que lentamente iba alejándose con su estruendoso marchar entre humos, olores y ruidos. En su deambular inexperto dio con una plazoleta antigua, pensó, porque tenía arriates de plantas verdeoscuras entre sus senderos de albero. Se sentó en un banco, depositando la bolsa de la compra junto a él, y se puso a contemplar las flores que refulgían a su alrededor. Verdaderamente era una plaza hermosa, llena de flores a la caída de la tarde. Olía a dama de noche, pensó. No le importó que el banco estuviese manchado de jugos negros, no le importó la soledad de la plaza, tampoco su cansancio infinito, porque el mundo que le rodeaba moría de vida, de alegría triste. Le pareció que el banco en el que estaba sentado, que los árboles y las plantas que lo rodeaban, que las flores que luchaban por mantenerse erguidas y voluptuosas, le sonreían como hacía unos minutos le había sonreído el perro anaranjado que lo inquietase y lo amedrentase o es posible que solo lo situase en ese punto incierto en que a veces corres el riesgo de colocarte para enfrentar cara a cara tu propio ser. Ahora le gustaba observar esa lucha contra la muerte o a favor de la muerte que es el desenlace último de la lucha a favor de la vida, también de la suya propia. Los árboles se reían de él. Recordó los labios, los ojos y las manos de Libre. La vida es peligrosa, pensó, cuando se ama, aunque se ame sin voluntad, incluso con asco. La vida es horrible y es hermosa justamente porque es horrible, pensó. «La felicidad nunca es necesaria», y con este pensamiento creyó que sufría con placer.

Siguió caminando sin rumbo hasta que logró reconocer una calle, creyó. No tardó mucho en llegar a su apartamento. Sintió que una grata sensación de alivio irrumpió en él cuando cerró la puerta tras de sí, como huyendo o sintiéndose al margen de las sensaciones que el maldito perro naranja había provocado en él con su enigmática y extraña sonrisa.

Sacó con cuidado las compras de la bolsa de malla y lo fue preparando todo para el estofado de cerdo con que iba a agasajar a Libre. Le costó limpiar la carne del polvo, de la arena y de cuanto tenía adherido a ella, y se pasó parte de la noche cocinando sin pensar en Libre, como queriéndose alejar de ella, como queriendo no contaminarla con sus horribles pensamientos y sensaciones.

El día siguiente lo pasó tumbado en el sofá sin poder olvidar la imposible alegría del perro naranja, de las plantas abandonadas en la plaza antigua, de las flores heridas y casi moribundas que reclamaban la atención de todos los insectos como si fueran furcias viejas, desdentadas y pintarrajeadas en una calle solitaria y negra, pero recordándolo todo sin poder evitarlo, siendo asaltado permanentemente  por estas imágenes como si su mente fuese una ciudad abierta y entregada,  asaltada por los violentos extraños que la saquean, la ensucian y la destruyen. En esta lucha pasó todo el día hasta que llegó Libre, con su música de aros y pulseras, con la alegría de sus colores y de su escote, con el cimbreo de sus caderas, con la rijosa tonalidad de su voz y con la suave piel de sus dedos.

Como era de prever Libre llegó cansada y sin ganas de cenar. Solo quería darse una ducha y acostarse. Su día había sido largo y pesado, se justificó. No obstante, mirándole a los ojos con amor, le dijo a él, alegrándole la noche y la vida: «Gracias, amor. No sé qué sería de mí sin ti. ¡Te quiero tanto!», tomándole la mano y besándosela.