A Maribel.
Él, tan entregado siempre y dispuesto como solía desde no recordaba cuándo, había pasado toda esa mañana limpiando y ordenando el dormitorio, el baño, el salón y la cocina. Aunque Libertad no estaba desde hacía unos días y aunque era ella quien lo iba dejando descuidadamente todo a su paso, sin percatarse siquiera del desorden que iba originándose tras de sí, él seguía manteniendo el impulso primigenio, la original necesidad incluso, de continuar con su habitual ritmo de trabajo casero, irreflexivo, monótono. Libre, como él la llamaba, volvería de su viaje a la tarde del día siguiente y él deseaba, aunque es posible que no llegara a pensarlo siquiera, que todo estuviera como siempre debería de estar, sin tener nada claro por qué tenía que ser de esta manera o qué significaba ese «debería de estar». Ella vería así, creía él, el orden y la limpieza que solo él había impuesto a las cosas más habituales y cercanas, cotidianas, que componían su entorno más íntimo, para apuntarse, si esta fuera su decisión -la de ella-, a la campaña que en solitario él había emprendido de vivir en un mundo fundamentalmente aséptico, seguro y familiar. Después de este trabajo de limpieza y de orden se sentía alegre, pero cansado incluso para pensar en llegar a cocinarse algo. Tenía apetito, pero ningunas ganas de ponerse a cocinar o siquiera a calentar algo, lo que fuera, en el microondas. Por ello, sobre un pequeño salvamesas colocó un cuenco con patatas fritas de bolsa, otro con aceitunas y un tercio de cerveza bien fría.
Como de
costumbre, después de comer, poco a poco, fue dejándose invadir por un sopor
tranquilo que fue adormilándolo en el sofá hasta que finalmente lo durmió con
un sueño profundo durante no menos de una hora.
Cuando
despertó, sobresaltado por el estruendo de una moto a toda velocidad por la
estrecha callejuela donde se encontraba el apartamento, descubrió que ni tenía
nada que hacer ni quería hacer nada. Simplemente esperar, dejar pasar el
tiempo, dejarlo pasar hasta que llegase Libre a la tarde siguiente, con su
eterna sonrisa, con sus ganas de salir a comprar y a pasear y a bailar y a
encontrarse con algunos amigos o a lo que fuera que se le presentase de la
forma que fuera, y con su voluntad inquebrantable de llevarle siempre la
contraria a él.
Mas las
obligaciones se imponen y, sin quererlo, recordó que la noche anterior había
decidido prepararle una magnífica y exquisita cena a Libre para la tarde en que
volviese. Aunque él no sabía qué había que celebrar, si algo tuvieran que
celebrar, seguro que ella recordaba el motivo y, si no lo hubiera, seguro que
se le ocurría algo. Así que con pocas ganas y mucha parsimonia, cansado pero
alegre, en la medida en que su personalidad se lo permitía, se puso en pie, se
calzó los zapatos, cogió una bolsa de la compra y salió del apartamento para
dirigirse al centro de la ciudad y hacer las compras necesarias con hastío,
incluso con tedio y con absoluta desgana, a sabiendas de que ella, tal vez,
tuviese otra idea que finalmente se acabaría imponiendo. A veces, en las tardes
solitarias como aquélla, se preguntaba, sin mucha pasión y sin ganas de
responderse, de dónde saldría este ánimo tan fastidiado que lo caracterizaba y
desde cuándo lo venía acompañando de manera tan fiel que era imposible
disuadirlo, expulsarlo o extirparlo de su vida.
La
parada del autobús no estaba lejos, apenas a dos manzanas. En el trayecto vio a
una niña, junto a su madre, que lo miraba, creyó, con soberbia y como diciendo:
«¿adónde vas con esa bolsa de plástico arrugada bajo el brazo y con esa cara de
bobo, viejo?». Él miró a la niña con atención, escrutándola, como si su rostro
adusto y serio, tuviesen el poder de impedir que la niña llegara a pronunciar
una sola palabra. Y efectivamente así ocurrió: la niña no dijo nada. Solo miró
a su madre, distraída frente a un escaparate, apretándole fuertemente la mano.
Después pareció que se ocupaba en otra cosa o en otros viandantes, hasta que,
cuando la madre dijo «Vámonos, que se nos hace tarde», y antes de doblar la
esquina, la niña lo mirase con interés y, desafíante, le sacara la lengua con
burla y diciéndole, con voz alta para que cualquiera pudiese escucharla, «viejo
bobo».
Aún
tardó un rato en llegar el autobús, pero finalmente pudo verlo girar y
aproximarse a la parada, con ruidos broncos y agudos a un tiempo, estrepitosos,
con humos, suciedad y malos olores, como un animal prehistórico que
permanentemente estuviera enfadado. Él no respondió a sus gruñidos, porque
sabía que eran cosa de su naturaleza brutal, grosera y vulgar. El conductor no
quiso dejarlo subir sin pagar el billete o sin picar con la tarjeta del
consorcio. «¿Dónde estaría la maldita tarjeta?», se preguntaba. «Si siempre la
llevo en la cartera y solo la saco para picar y después la vuelvo a guardar en
el mismo sitio». No llevaba dinero en efectivo y el consorcio no conocía otro
método de pago. Justo cuando, derrotado, se giraba para bajar del autobús notó
en el bolsillo trasero del pantalón algo plano como lo era la tarjeta del
consorcio, y el conductor, antes felino y con actitud agresiva, mudó su rostro
haciéndose ahora amable y gentil, incluso amistoso y bello. «Buenas tardes,
caballero», es posible que le oyera decir.
En el
centro de la ciudad lo aguardaba una aglomeración de vehículos, de gente
atareada en multitud de carreras extrañas, ajenas. Conocía casi
milimétricamente el camino hacia el mercado central. Allí encontraría las
mejores verduras, frutas, legumbres y carnes que buscaba para prepararle a
Libre la cena que sabía que ella rechazaría sin llegar a probarla o incluso
mirarla u olerla. «La ternera estaba por las nubes, será mejor el cerdo», se
dijo. En una ocasión la vio rebañar con pan un plato de estofado de cerdo,
-recordó-. Él le haría uno mejor que aquél: con champiñones, arándanos,
mantequilla, caldo de carne, laurel, pimienta y un buen vaso de Pedro Ximénez.
Le encantaría, pensó. Acompañaría el guiso con una coloreada ensalada de hojas
de roble, de mango, de aguacates, de trozos de tomate, de queso feta y todo
ello regado con una vinagreta de mostaza y miel. Se le haría la boca agua,
siguió pensando, sobre todo si acompaño la cena con un buen vino espumoso al
principio, con la ensalada, como le gustaba a Libre, y otro, aún mejor, vino
tinto, con la carne. Le encantaría si Libre fuera capaz de pararse un rato y
dejar que el mundo siguiera girando como si no fuera con ella, como si ella no
fuera el elemento imprescindible y central para que aquel siguiera dando
vueltas en su infinito universo de centralidades diversas, siguió pensando
todavía.
Tuvo la
tentación de pasear un rato entre la gente y por las callejas del centro
antiguo, pero, rápidamente, esta idea fue desechada. Lo único que realmente
tenía en la cabeza era volver al apartamento y empezar a cocinar. «El estofado
sabrá mejor mañana si lo cocino hoy», pensó.
Vuelta,
pues, de nuevo a la parada del autobús y a esperar no tener que cruzarse con
ninguna otra niña impertinente, ni con nadie más que pudiera recordarle que ni
el tiempo pasa en valde, ni la felicidad es un derecho irrenunciable, ni hay pasión
insondable, ni nada, y quizá nadie, importe lo suficiente como para renunciar a
un vaso de cerveza bien fría.
«Dentro
del autobús siente por un instante como si el estruendo permanente que lo
acompaña y con el que va y viene dando vueltas al mismo recorrido hora tras
hora y día tras día fuese amortiguado por las pantallas metálicas que lo
conforman y por las ventanas cerradas debido al calor que ya hace en estos días
de la primavera, y en esta sucia y vieja ciudad de muertos», piensa que piensa
mientras deposita la bolsa de la compra sobre sus piernas.
Un
hombre viejo, con bastón, sube al autobús. Muy despacio saca su cartera y paga
el billete. Agarrándose con una mano al bastón y con la otra a una de las
barras verticales va poco a poco avanzando. Hay asientos vacíos cerca de él,
pero parece que quiere llegar a uno que está cerca de la puerta de salida. «Es
un viejo previsor», pensó. Cuando el anciano pasa junto a él, le hace el gesto
de acercarle el brazo como si fuera una de las barras del autobús para que
pudiera agarrarse a él, pero el viejo parece rechazarlo pasando su mano por
encima del brazo y sin llegar a rozarlo. Logra dar un paso más equilibrándose
entre los vaivenes y gritos mecánicos del autobús, mas cuando está cerca del
asiento deseado, un movimiento brusco hace que el viejo caiga de boca en el
suelo de goma del autobús. El conductor frena bruscamente cuando escucha o ve
por el retrovisor al viejo lamentándose boca abajo en el suelo y en ese momento
la bolsa de la compra cae igualmente desde sus piernas a la plataforma sucia
del autobús. Duda un instante entre acudir a atender al viejo o a recoger la
bolsa de la compra. Mientras ve que la carne de cerdo se ha salido del paquete,
ha rodado debajo del asiento que ocupa una mujer con cara demacrada y con los
ojos perdidos en el techo, y yace en el suelo sucio y lleno de chicles pegados,
se dirige a recoger al viejo y a ayudarlo a levantarse y a sentarse en el
asiento vacío junto a la puerta. Después comprueba que no solo la carne,
también las cebollas y las cabezas de ajos han salido rodando y han acabado por
instalarse en diferentes rincones de la plataforma de goma sucia. Dos cebollas
y no sé cuántos arándanos permanecen aún en algún escondrijo desconocido,
mientras la carne está enharinada en polvo, arena, chicles, alguna colilla y
varias manchas verdosas.
Con
cuidado de no caerse como el viejo, fue recogiendo casi todo lo que se le había
salido de la bolsa, como si se hubiera convertido en un improvisado recolector
de viandas variadas en un campo marrón y gris en movimiento que no paraba de
gritar.
Por la
ventana que estaba frente a él le pareció ver a un perro con manchas naranjas
sonriéndole. Tal vez no sonriera, pero él creyó verlo sonreír, si es que los
perros pueden sonreír en algún momento de su miserable y puta vida. ¿Cómo puede
un perro, que no sabe ni quién es, porque no sabe nada, cómo puede llegar a
sonreír? ¿Y sonreír por qué? ¿De qué? ¿Dónde quedaba la firmeza del mundo y de
las cosas? Se preguntaba cuando sintió verdadero miedo. Pánico de su vida, de
la que había llevado tantos años, de la que se había ido construyendo junto a
Libre o frente a Libre o contra Libre, de la que había ido desarrollando poco a
poco, día a día, con estruendo, como esa mierda de máquina miserable y apestosa
que ahora sin embargo lo conducía a su apartamento. «¿Y un perro imbécil y sin
conciencia es menos miserable que yo?», se preguntó.
Mientras
estas reflexiones invadían su mente, pudo percatarse de que se había pasado de
parada y de que no reconocía las calles por las que ahora le llevaba ese bicho
inane. Se apeó del autobús en cuanto pudo. Parecía que se encontrase de pronto
situado en otra ciudad, desconocida. Comenzó a andar en dirección opuesta a la
que llevaba el autobús, que lentamente iba alejándose con su estruendoso
marchar entre humos, olores y ruidos. En su deambular inexperto dio con una
plazoleta antigua, pensó, porque tenía arriates de plantas verdeoscuras entre
sus senderos de albero. Se sentó en un banco, depositando la bolsa de la compra
junto a él, y se puso a contemplar las flores que refulgían a su alrededor.
Verdaderamente era una plaza hermosa, llena de flores a la caída de la tarde.
Olía a dama de noche, pensó. No le importó que el banco estuviese manchado de
jugos negros, no le importó la soledad de la plaza, tampoco su cansancio
infinito, porque el mundo que le rodeaba moría de vida, de alegría triste. Le
pareció que el banco en el que estaba sentado, que los árboles y las plantas
que lo rodeaban, que las flores que luchaban por mantenerse erguidas y
voluptuosas, le sonreían como hacía unos minutos le había sonreído el perro
anaranjado que lo inquietase y lo amedrentase o es posible que solo lo situase
en ese punto incierto en que a veces corres el riesgo de colocarte para
enfrentar cara a cara tu propio ser. Ahora le gustaba observar esa lucha
contra la muerte o a favor de la muerte que es el desenlace último de la lucha
a favor de la vida, también de la suya propia. Los árboles se reían de él.
Recordó los labios, los ojos y las manos de Libre. La vida es peligrosa, pensó,
cuando se ama, aunque se ame sin voluntad, incluso con asco. La vida es
horrible y es hermosa justamente porque es horrible, pensó. «La felicidad nunca
es necesaria», y con este pensamiento creyó que sufría con placer.
Siguió
caminando sin rumbo hasta que logró reconocer una calle, creyó. No tardó mucho
en llegar a su apartamento. Sintió que una grata sensación de alivio irrumpió
en él cuando cerró la puerta tras de sí, como huyendo o sintiéndose al margen
de las sensaciones que el maldito perro naranja había provocado en él con su
enigmática y extraña sonrisa.
Sacó
con cuidado las compras de la bolsa de malla y lo fue preparando todo para el
estofado de cerdo con que iba a agasajar a Libre. Le costó limpiar la carne del
polvo, de la arena y de cuanto tenía adherido a ella, y se pasó parte de la
noche cocinando sin pensar en Libre, como queriéndose alejar de ella, como
queriendo no contaminarla con sus horribles pensamientos y sensaciones.
El día
siguiente lo pasó tumbado en el sofá sin poder olvidar la imposible alegría del
perro naranja, de las plantas abandonadas en la plaza antigua, de las flores
heridas y casi moribundas que reclamaban la atención de todos los insectos como
si fueran furcias viejas, desdentadas y pintarrajeadas en una calle
solitaria y negra, pero recordándolo todo sin poder evitarlo, siendo asaltado
permanentemente por estas imágenes como si
su mente fuese una ciudad abierta y entregada,
asaltada por los violentos extraños que la saquean, la ensucian y la
destruyen. En esta lucha pasó todo el día hasta que llegó Libre, con su música
de aros y pulseras, con la alegría de sus colores y de su escote, con el
cimbreo de sus caderas, con la rijosa tonalidad de su voz y con la suave piel
de sus dedos.
Como
era de prever Libre llegó cansada y sin ganas de cenar. Solo quería darse una
ducha y acostarse. Su día había sido largo y pesado, se justificó. No obstante,
mirándole a los ojos con amor, le dijo a él, alegrándole la noche y la vida:
«Gracias, amor. No sé qué sería de mí sin ti. ¡Te quiero tanto!», tomándole la
mano y besándosela.
