sábado, 28 de mayo de 2022

Véante mis ojos, muérame yo luego:

 

Véante mis ojos,
muérame yo luego”.
(Teresa de Jesús)

Al alba, cuando aún los rayos del sol no habían alcanzado a sobrepasar la línea que dibuja el horizonte, el hombre de rala barba gris y blanca, de nariz puntiaguda, y de ojos oscuros y atentos, más tembloroso de lo que su edad podría hacer presuponer a cualquiera que lo mirase con la mirada escrutadora de un relatista joven, pero menos paciente de lo que su edad pronosticara a cualquiera que, inteligentemente, lo observase, tomó una decisión definitiva, como toda decisión requiere para ser tal, con arrogancia.
La tarde anterior, cuando visitara la ciudad junto a su hijo mayor para visitar a su viejo amigo el doctor Fernández, aún no tenía ni idea de lo que decidiría a la mañana siguiente. El doctor, directo, apático, insensible, experimentado, le anunció:
- Luis, tienes un cáncer de médula. No es operable. Se ha extendido por todo el cuerpo. Por el cerebro también. Eso explica tus continuos dolores de cabeza.
- ¿No hay nada que hacer? -preguntó.
- No. Solo aliviar los dolores. Iremos subiendo las dosis de calmantes hasta que llegues a perder la conciencia. Después todo acabará.
- ¡Ah! -llegó a susurrar Luis-.
- ¿Y de cuánto tiempo dispongo hasta que ello llegue? -insistió Luis.
- Eso depende. Tal vez de un mes, tal vez de dos. Tal vez menos. Aquí tienes unas recetas. - - Dispón tú de las tomas según los dolores. Pero si llegas a necesitar más de tres pastillas al día, ponte en contacto conmigo, porque habrá que ingresarte. Ten cuidado que son muy fuertes. Cuando se te acaben, ven a por más.
- Ya, Juan -dijo Luis-. Siempre has sido tan escueto... que asustas -sonrió-.
Cuando Luis salió de la consulta, su hijo lo estaba esperando en el coche aparcado en doble fila.
- ¿Qué tal? ¿Qué te ha dicho Juan?
- Nada -dijo el viejo-. Todo igual. Que tengo demasiados años. Y que vuelva cuando lo necesite.
- ¿Y de los resultados de las pruebas? ¿No te ha dicho nada?
- No, nada. Que todo está bien -mintió el viejo-.
Después de un prolongado silencio el hombre más joven preguntó:
- ¿Quieres tomar una cerveza en lo del Servando?
- No, déjalo. No tengo ganas -dijo Luis-. Mejor llévame a casa. Estoy cansado y tengo pendientes aún algunas faenas.
- ¿Algunas faenas? ¿En qué estás ahora? ¿Alguna nueva novela?
- Sí, eso es. Tengo en la cabeza un capítulo difícil y creo que ya sé cómo puedo empezar a resolverlo.
- Bueno, está bien. Vamos a casa.
Cuando el viejo se despidió de su hijo, cuando logró encontrar la llave de la puerta de la casa, cuando hizo girar el pestillo, cuando entró en el interior del hogar vacío no pudo evitar que sus ojos brillaran por el absceso repentino de alguna lágrima. Verdaderamente la noticia no le había sorprendido, entraba dentro de lo previsible, es más, desde hacía algunos meses llevaba sospechando que algo no iba bien: los dolores en los brazos, en los hombros, en las piernas, los dolores de cabeza,... Pero Luis acababa de comprender algo definitivo y sorprendente, acabada de descubrir que no estaba preparado para morir, que no quería morir, que no entendía por qué habría de morirse ahora, que aún tenía ganas de vivir, que la vida le había parecido absurdamente corta. Nunca antes había pensado en la muerte. Nunca antes se había preocupado por ella. Había visto morir a sus padres hacía ya muchos años, había visto morir a su mujer incluso y a no pocos amigos y conocidos. Pero jamás se había preguntado por su propia muerte. Ahora comprendía que tal vez había estado evitándola desde siempre ya por miedo ya por inconsciencia ya por sabiduría, llegó a pensar, mintiéndose. Pero ahora la idea de su muerte se había hecho ominosa, enorme, absoluta, ocupando toda su atención, adquiriendo un peso enorme, como una losa imposible de soportar, de evitar o de apartar.
Había comenzado a sospechar de su presencia la mañana de hace aproximadamente un mes en que se despertó sobresaltado por un sueño. No le pareció una pesadilla, pero cuando se incorporó en la cama su corazón galopaba, y su frente y espalda sudaban a chorros. Las sábanas estaban empapadas. En el sueño se veía a sí mismo de joven, al alba, bajando del porche de su casa de las afueras de la ciudad y sintiendo el frío y la humedad de la yerba en las plantas de sus pies descalzos. Junto a la casa había aparecido una hermosa yegua negra, fuerte y alta, sudorosa. Debía haber galopado algunos kilómetros. Estaba sola. No parecía tener dueño. No estaba marcada. Relinchaba como si le llamara o como si le advirtiese de algo. Nunca había sabido interpretar sus sueños, pensó. Realmente no solía recordar sus sueños. En los setenta años de vida no recordaba haber soñado más de tres o tal vez cuatro sueños. Pero nunca, hasta hace un mes, había soñado con caballo alguno. Desde entonces este sueño se había hecho recurrente. La yegua negra sudorosa, caminando agitada alrededor de la casa, el frío del alba, la humedad de la yerba. Se acercaba al animal con la mano extendida para tocarlo. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, cuando estaba a punto de acariciar su brillante cuello y sus crines,... se despertaba agitado y sudoroso como si él mismo fuese el caballo, como si él mismo hubiese galopado kilómetros de distancia durante la noche.
Ahora parecía todo muy claro: estos sueños eran el anuncio de la muerte que venía galopando a gran velocidad a buscarle a su casa y que finalmente lo alcanzaba sin que él pudiera ocultarse o evitarla.
La muerta es injusta”, recordó sus pensamientos de anoche cuando volvió a su casa desde la consulta de su amigo el doctor. “La muerte es injusta, porque no tiene en cuenta la singularidad de nadie. Te alcanza cuando menos lo esperas y lo deseas, dejándolo todo por concluir”, pensó.
Ni siquiera él, quien siempre había presumido de no dejar nada para mañana, había podido cerrar todos los capítulos de su vida pasada. Había sido feliz, se decía. Se había casado con una bella mujer. Había tenido con ella tres hijos, que también se habían abierto paso en sus vidas. Seis nietos. Es cierto que su esposa había fallecido diez años atrás y es cierto también que había añorado su presencia y que la había llorado durante algunas noches en que la soledad se espesaba como si fuera una niebla o bruma de las que bajan en esta parte de la región en las mañanas de los primeros días del invierno. Pero también es cierto que ya hacía años que había dejado de amarla. O al menos que cuando murió no la amaba como en otros días lejanos, cuando ambos compartían una lozanía desaparecida hacía tiempo.
Desde muy joven era ya lo que habría de ser toda su vida”, pensó: una persona capaz y jovial, una persona con un gran sentido del deber que se aplicaba con decisión y fortaleza a hacer todo aquello que debía hacer con la diligencia y el bien hacer que la tarea requiriese, sin dejar nada para otro día si esto no era necesario.
Pero en esta noche pasada había sentido cómo todas las personas que había conocido, incluidos sus hijos y nietos, incluida su mujer y todos sus amigos, habían ido pasando por su vida sin dejar huella alguna. Se sentía desgraciado. Pero no más que otros, porque en el fondo consideraba que esto era un mal muy extendido, que la soberbia es el mal de nuestro tiempo.
Toda la noche la había dedicado a tomar una decisión y a recordar algunos momentos de su vida. Pero ni el día en que conoció a su futura mujer, ni el que nació ninguno de sus hijos o nietos, ni ningún otro pudo imponerse al día en que había llegado a su nuevo destino en una villa costera del sur cuando ejercía en el cuerpo de la Policía Nacional. Su ocupación durante un mes sería escoltar a una enigmática mujer joven cercana a la realeza. Recordaba ese mes como el más feliz de su vida. Si por él hubiera sido, no habría vuelto a su rutina marital y familiar. Pero no fue por él. Ella tampoco podía dejarse arrastrar por la resbaladiza pendiente del amor escondido. Finalmente se habían separado después un mes de apasionado y loco deseo amoroso.
Después había vuelto a su casa familiar y nunca más había vuelto a saber de aquella bella y aristocrática mujer de tez blanca y cabellos negros. Pensó que ella era, verdaderamente, la única tarea que le quedaba por cumplir. Por ello, tal vez, la muerte le pareciera injusta, porque no podría despedirse de ella como él hubiera querido desde el último día que la vio. Pasó toda la noche recordando cada día pasado junto a ella hacía más de treinta años.
Él sabía de la vida de ella, porque en ocasiones aparecía en la sección de sociedad de los periódicos nacionales alguna noticia que la mencionaba o, incluso, alguna fotografía en la que aparecía junto a su marido o hijos.
Pensó por primera vez en sus más de setenta años en que si verdaderamente su vida había valido la pena era justamente por ese mes pasado en la villa del sur escoltando y acompañando a aquella elegante y fascinante mujer. Ella era, probablemente sin saberlo, la que justificaba su presencia en la tierra. Y esto no podía quedar así. Esta tarea debía completarla. Por ello decidió escribirle una carta.
Toda la noche la había pasado intentando escribirle unas palabras. Conocía su dirección y enviársela no sería ningún problema, pero temía no estar a la altura. Es decir, qué escribirle, qué contarle o indicarle. Después de treinta años y sin apenas haberla conocido, cómo podría recibir lo que tuviera a bien decirle. Empezó y rompió varias cartas antes de que, al alba, escribiera la definitiva. Cogió un sobre vacío de su escritorio, escribió el nombre y la dirección de la mujer, escribió también su nombre en el remite (éste sin dirección) y antes de cerrar el sobre introdujo una cuartilla doblada por la mitad en la que finalmente había escrito: “Gracias, amor”.
Una vez cerrado el sobre lo colocó sobre la mesa en un sitio bien visible para que quien entrase en la casa, probablemente uno de sus hijos, la pudiese ver y enviar a la destinataria. Después miró por la ventana hacia los primeros rayos del sol que comenzaban a dibujar el horizonte. Salió al porche a recibir el amanecer y lentamente fue tomándose, uno a uno, todos los calmantes que su amigo Juan le había dado la tarde anterior.
Justo antes de perder la conciencia fue invadido por una lástima enorme por todos aquellos a los que había conocido en su vida. Pensó: “Qué sencillo es morir”. Buscó el miedo a la muerte que apenas hacía unas horas ocupaba toda su atención. No lo sentía. Había desaparecido. Tal vez la muerte no era nada para quien hizo lo que debió. Sintió también alegría por el hecho de sentir lastima por todos, por su mujer y por sus hijos y nietos también, y por su amigo Juan. Por fin podría morir definitivamente en la alegría y en la lástima que se extendían más allá del horizonte de su mirada. Hizo una suave expiración, pareció roncar y no volvió a moverse. El sol comenzaba a iluminar su rostro.
Cuando su hijo llegó a la casa del padre vio cómo su cara era más hermosa que en días anteriores y tenía una expresión más feliz que cuando estaba vivo.

sábado, 2 de abril de 2022

Los amores de Júpiter:

 


Un labrador de Santiponce halló, sin proponérselo, en 1914, este tesoro de incalculable valía: un extraordinario mosaico romano de forma cuadrada, de casi siete metros de lado, datado a mediados del siglo II. Es un mosaico policromo a diferencia de los blancos, negros y grises que dominan en la ciudad de Itálica, cercano, por tanto, a los hallados en el norte de África. La unión de teselas negras, grises y blancas permanece en los bordes de este mosaico que enmarcan estos coloridos Amores de Júpiter, que así se conoce la obra, entre estos motivos ajedrecísticos anclando, en consecuencia, el mosaico en la tradición local de la Bética. Si decidimos abandonar el laberinto blanquinegro y adentrarnos en el interior de la obra, vamos acercándonos a una cenefa con motivos florales, un bosque irracional -frente a la rigurosidad formal de los escaques ajedrecísticos-, con formas curvas y vertiginosas, roleos de hojas de yedra, pero que aún mantienen los colores negriblancos. Nos indica este paso o salto que estamos adentrándonos en territorios donde la razón empieza a dudar, a tantear, a mostrarse insegura, a temer posibles lugares o situaciones donde el final del camino o de las acciones comienza a vislumbrarse sin ninguna certidumbre vital. El caminante que no quiera seguir mirando el resto del mosaico haría bien en detenerse aquí, en sentarse a contemplar estas figuras florales y disfrutar con sus curvas retorcidas y vertiginosas como el niño que ríe cuando es lanzado a las alturas en una calesa rauda de una moderna montaña rusa; pero si el caminante es un aventurero que no se conforma con las formas seguras de lo predeterminado y de lo proyectado por otros más inteligentes y capaces, sino que prefiere dirigir su propia mirada hacia territorios no hollados previamente, entonces no podrá detenerse en este punto y deberá adentrarse más allá de lo cotidiano, más allá de lo permitido, deberá lanzarse hacia lo misterioso, hacia lo enigmático, porque no otra cosa es el mundo de los amores del dios de los dioses, de los amores de todo hombre que se sabe dios, porque realmente lo fue y sabe de lo que cuenta. Si el lector quiere decidirse a dar este salto, porque aún debería saltar un borde que delimita una gruesa maroma, un umbral bien visible para que nadie se engañe, porque umbrales invisibles también los hay y no son pocos ni leves, aunque algunos incautos no sean capaces de verlos a tiempo y se enreden, por ello, en las mil lianas espinosas que le impedirán en lo sucesivo seguir marchando de por vida o de por muerte, puesto que esto es lo que indefectiblemente acaba suponiendo su imposible e inconsciente intento de saltarlos, si el lector quiere decidirse, repito, a dar este salto, entonces pasará a la región de lo policromado, de lo seductor, de lo agradable a la vista, a los sentidos, de lo sensual, de lo misterioso, de lo peligroso. Solo los iniciados en el difícil arte del amor deberían dar el salto, dada la dimensión de la aventura, y aún estos, deberían antes meditar acerca de la vida que querrían recorrer, dado que en ésta el tiempo y la memoria no conocen el retroceso, la vuelta a la casilla de salida, ni el cierre de ojos ni el grito desesperado o liberador. Si el espectador decide entonces sobrepasar este umbral perfectamente delimitado por esa maroma gruesa, allá él, pero vaya como advertencia que dicha maroma nunca será definitivamente sobrepasada dado que se encuentra enredándolo todo en el resto del viaje que conduce a los más siniestros momentos de estos amores brutales de Júpiter. Esta maroma revuelta enmarca cada uno de los tondos o medadolles ilustrados que cuentan una historia, un momento, un instante de amor apasionado y animal. No deja de ser bella esta maroma trenzada que aún guarda algún orden racional que sirve de apeadero en que el espectador puede detenerse un instante a coger aire o a beber agua fresca antes de emprender de nuevo su viaje a lo desconocido.

El mosaico está compuesto por nueve medallones principales, tres a cada lado y uno en el centro. Son los principales por su tamaño y por las imágenes que en ellos se exponen. Pero además de estos nueve, hay otros ocho medallones, más pequeños y con motivos florales, uniendo más que separando, a las imágenes principales. Esto es, entre escena y escena, el espectador debe atravesar un bosque, amable, dado el nivel de pavor que describen las escenas amatorias de Júpiter, pero sin por ello olvidar que son bosques desconocidos, al margen, por tanto, de la civilización, salvajes, enigmáticos, peligrosos, mortales tal vez.

El tondo central representa a la figura principal, a Júpiter transfigurado en el cíclope Polifemo con su ojo central en la frente, que ve menos o más que cualquier otro mortal o dios, que ve lo distinto, la otra cara de las cosas, lo irracional quizá, lo oculto. Está tocando una flauta de pan. Por esto y por su doblez algunos espectadores han querido ver en este Polifemo al dios Pan, al dios que como un fauno vive en los bosques y que representa al misterio de la sexualidad masculina, dios de gran potencia sexual, de deseo insaciable por naturaleza, feroz, adulador cuando quiere, violento cuando le apetece, ciego e irracional siempre; escondido con su siringa entre las fuentes ocultas de los bosques. El viajero debe cuidarse de encontrarse con él si no quiere verse sometido a sus voluntades más bestiales; pero el espectador de este mosaico no podrá más que enfrentrarse cara a cara con él puesto que ocupa el centro de este extraordinario cuadro.

Este cíclope Polifemo, de mirada torcida y de gesto precipitado, adulando con su flauta de pan a todo aquel que se le acerque, está perdidamente enamorado de la nereida Galatea, ejemplo de pureza y de bondad, de caridad, de amabilidad, que con su voz melodiosa consuela y alegra los ánimos de su padre Nereo y de todos los padres amadores de sus bellas y buenas y generosas hijas. La bestia Polifemo se ha enamorado o encaprichado u obsesionado de la bella Galatea. Pobrecita, la joven. Quién pudiera ayudarla o avisarla o advertirle del peligro que corre solo por el hecho de haber nacido bella. Afortunadamente, la enferma pero fuerte Juno, esposa de Júpiter, no se dejará seducir esta vez por la siringa del maldito Polifemo, su esposo transformado en bestia panóptica que todo lo contempla y que todo lo conoce.

Rodeando a este medallón central encontramos otros ocho más donde se muestran escenas de variadas vejaciones innecesarias o de perversas humillaciones y traiciones por parte de una inteligencia divina en la ajetreada vida amorosa del dios de los dioses. En la línea oriental del mosaico encontramos a la izquierda el rostro delicado de Leda, a la derecha el rostro indolente o psicopático de Júpiter y en el centro la figura de un cisne. El perverso y seductor donjuanesco Júpiter, qué motivos tendría el dios de los dioses para tener que recurrir a estas trampas de metamorfosis varias es algo que nunca nadie, ni historiador ni filósofo ni poeta, pudo explicar nunca, el perverso y donjuanesco Júpiter, pues, decidió astutamente, pero sin ninguna inteligencia, transformarse en cisne, para que a los ojos de la inocente Leda, se mostrase como una delicada y dócil ave a punto de ser capturada por un águila veloz, cómplice del traidor. Leda espantará al águila y acogerá en su seno al inocente y delicado cisne, de níveas plumas y de ojos tristes. El cisne finalmente, en el silencio y la oscuridad de la noche violará a la joven inexperta preñándola con su semen no por divino menos ponzoñoso. Para mayor desgracia de la princesa y joven espartana esa noche la, ahora sí, divina Leda, había yacido previamente junto a su joven esposo Tindáreo. Leda quedó embarazada de ambos varones y sendos hijos le nacieron: el uno del amor y el otro de la traición, pero cómo amar más al uno que al otro si ambos son hijos suyos, cómo elegir entre dos hijos, qué decisión más propia de dioses que de hombres, debió tomar el resto de sus días la desgraciada y humillada Leda de piel blanca como las plumas de un cisne y de labios de amapola. ¡Cuántas Ledas aún recorren con lentitud y parsimonia, con sabiduría antigua, las calles de nuestras grises ciudades actuales! Va por todas ellas mi más sincero respeto a sus decisiones y experiencias retorcidas como los tallos de yedra de este espeluznante mosaico italicense. Más tarde, dicen algunos, los cisnes, cómplices necesarios de este atropello animal, fueron condenados a tener que cantar en el momento de su muerte.

En la cara norte del mosaico vemos de nuevo al Júpiter psicopático anterior al otro extremo de la sacerdotisa y joven Ío y entre ambos, retozando feliz, a una vaca pastando en un prado más bucólico e idealizado que natural. El astuto y depravado Júpiter, enamorado u obsesionado o encaprichado una vez más de otra joven, a espaldas de su celosa esposa Juno, decide ocultarse y esconderse en los sueños nocturnos de la bella Ío. Inocente Ío no conoce lo que le ocurre. De noche, mientras duerme, como miles de serpientes, comienzan a asaltarla escenas e imágenes lujuriosas que ella no puede controlar ni evitar. Afloran en ella irremediablemente, hasta los bordes mismos de su despertar, al punto en que la desgraciada y poseída Ío empieza a sentir miedo de sus sueños, de sí misma, de su condición de mujer ligera quizá y suelta tal vez. No pudiendo soportar más esta angustia en que se encuentra atrapada, decide confesarle a su querido y amantísimo padre Ínaco las voluptuosas imágenes que acompañan sus sueños inconfesables en una doncella joven y pura como ella. Su padre, dudando como todo padre amoroso y preocupado por la situación inesperada y no contemplada de su querida hija, decide acudir a pedir consejo al templo donde se encuentra el oráculo, que de algo podrá informarle o indicarle. El funesto y durísimo oráculo advierte al inexperto padre de que debe inmediatamente expulsar de la casa familiar a la deshonesta Ío de largos cabellos y de mirada triste, a la inocente Ío de largos miembros y de corta inteligencia. De no hacerlo así su mal podría arrastrar a toda la casa y a toda su estirpe. Ínaco, temeroso y padre a la vez, decidió no acabar con la vida de su hija, pero cedió a la idea de ocultarla, de encerrarla en nocturno habitáculo para que nadie la viese o para que ella no viese a nadie. Pero los lamentos de Ío no pudieron ocultarse a los oídos y a los ojos del siniestro Júpiter que, más astuto que inteligente de nuevo, osó escabullirse entre los centinelas y, de noche, mientras ella creía que soñaba, junto a ella yació. Nunca unos besos fueron dados con tanto sigilo, con tanto cuidado y con tanta levedad como para no alterar el sueño de la ahora diosa del amor inocente. Más tarde, Júpiter ya descansando de su heróica faena, fue sorprendido por su malhumorada Juno, pero el psicópata dios de los dioses ya había conseguido transfigurar a la joven y delicada Ío en una vaca grande, de grandes ubres que disfrutaba sosegada dedicando sus días inútiles a la ingesta de kilos y kilos de pasto seco y de espinosos yerbajos silvestres. ¡Pobre Ío, de esbelta y delicada doncella en ternera torpe y gorda transformada! ¡Cuántas íos pueblan nuestras calles desposeídas de su belleza original y de su iniciativa femenil y ancestral por otros menos divinos, pero más ególatras, enfermos tejedores de maliciosas e inútiles aventuras más animalescas que amorosas!

En la cara sur de este necesario mosaico, necesario para todos aquellos viajeros o aventureros que osaran en algún momento de su oscuro futuro sobrepasar las lindes de lo cotidiano, salirse del trillado sendero de los hombres corrientes y adentrarse en la espesura natural y salvaje del sexo y del amor no reglamentado socialmente, en esta cara sur, repito, encontramos al escanciador y copero príncipe Ganímedes, amante masculino de Júpiter. Con su delicado y femenino cuerpo desnudo atrapando las miradas de hombres y mujeres. Nuevamente el pervertido Júpiter, obsesionado o encaprichado o enamorado, de este joven experto en darlo todo, generoso hasta lo insoportable, lo seduce o lo captura y lo hace suyo, vinculándolo con él y con su vicio de por vida. Siempre dispuesto y atento Ganímedes a rellenarle la copa de vino a cualquiera aunque no se lo pidiese, lo vemos ahora dando de beber a una enorme águila que no es otra que el mismo Júpiter metamorfoseado. Magníficas plumas de diversos colores voluptuosos muestra este pájaro de amenazante pico, y endurecidas y fuertes garras. Júpiter tuvo que raptar al príncipe en su juventud y someterlo, con una dura educación destinada a convertirlo en el más fiel, leal y delicado amante, anulando absolutamente su voluntad con la ayuda de Baco y de su licor tan exquisito como traidor. Sólo así pudieron los terribles pedagogos de Júpiter adoctrinar, torcer y vencer la naturaleza salvaje del príncipe troyano. ¡Qué advertencia para los futuros discentes en manos de los astutos, más no inteligentes, docentes poderosos, desvergonzados e ideologizados que llenan demasiadas aulas desde entonces! ¡Pobres efebos en manos y dedos manchados de viejos con bocas llenas de almenas y mirada maldita y roja de ambición por la juventud perdida y el vino ingerido!

Pero quizá la cara más dura, por irracional, de este depravado mosaico italicense sea su cara oeste. En ella encontramos a la princesa Dánae, hija del rey argivo Acrisio. Este no podía seguir soportando que su esposa Eurídice, temible amante inocente, sólo le diese hijas y ningún hijo. Enérgico se dirigió al templo y consultó al oráculo, quien sentenció que el rey Acrisio sería muerto por el hijo de su hija. Vengó, en consecuencia lógica y racional, su maldición de no tener hijos en su hija Dánae a quien condenó a no tener más que hijas y matando a cada nieto recién nacido que esta le diera. Pero no conforme con esta orden hecha ley, decidió encerrar a Dánae en una mazmorra secreta, oscura e insalobre, para que a nadie viese y para que nadie la viera, alejándola así, joven, bella, inocente y maravillosa, de todos los humanos de toda clase y condición. Es decir, la condenó a morir en vida, a sepultarla en vida. Entonces es cuando entra en escena el pervertido, diabólico y maldito Júpiter. Disfrazado, ahora sin ropajes, pero haciéndose pasar por joven atento y virtuoso, decide transfigurarse en lluvia dorada y tan delicada que sus gotas mágicas logran penetrar en la mazmorra o cueva de la desdichada y solitaria princesa Dánae, logran también penetrar en la vagina de la ahora diosa de la fertilidad inocente y preñola de un hijo de prometedores y sonrosados carrillos, y bucles rubios y esponjosos. Dánae ocultó su embarazo a los centinelas y a su malhumorado y amedrentado padre. El hijo nació y Perseo fue nombrado. Júpiter debía sonreír desde la altura de su olímpico edén, cuando el maldito padre Acrisio comprendió el desafío de su hija y mandó abandonar a madre e hijo en maltrecha embarcación en mitad de un mar de desolación, de soledad y de muerte. ¡Cuántas dánaes, aún hoy, recorren las calles de nuestros barrios con su hijo a cuestas, abandonadas por todos, por sus familias, por sus padres bienintencionados, pero absolutamente confundidos por las risas histéricas y la propaganda torcida del pervertido, traidor, malintencionado y ruín de los mortales Júpiter, dios de dioses! ¡Cuántos hijos de amores inexistentes habrán todavía de nacer para directamente sufrir una vida más propia de animales que de hombres, si es el caso de llegar a sobrevivir al nacimiento, alimentándose con cuentos que permitan soportar una vida merecida pero robada desde la cuna; con cuentos como el que le dice esta joven Dánae: tú también eres, mi niño, hijo del amor!

Rodeando en sus vértices al medallón central que representa al flautista Pan-Polifemo encontramos aún cuatro tondos de forma casi cuadrada, pero de límites irregulares, como irregular es todo lo que este policromado mosaico italicense describe. Representan estos medallones, empezando por la ladera que da al este, al verano -naturaleza femenina decorada de doradas espigas de cereales- y al otoño -naturaleza masculina con nacientes hojas de vid-, y al invierno -naturaleza femenina cubierta de ramajos secos y juncos- y a la primavera -naturaleza femenina también, pero coronada de flores de colores- los tondos que dan al oeste. Parecen indicar el tiempo que transcurre desde los inicios, desde siempre y por siempre. Siempre fue así y será. Sirva de advertencia del iniciado autor de este sabio mosaico para indicar que siempre será así, que no hay nada que hacer, pobres y tristes mortales; que los senderos del amor desbordado son siempre inciertos, perversos, traidores, apasionados, malhadados, mentirosos, traidores, humillantes, pero que son, igualmente, con la misma certeza y fuerza, inevitables, necesarios, imposibles de eludir por mucho que se empeñe uno en no penetrar en este bosque de salvaje naturaleza apasionada, que la vida o el día a día lo acaba imponiendo o estableciendo, que la razón no puede más que sucumbir a la arrolladora fuerza vital y sexual de los júpiteres y de sus secuaces, y que más vale conocer sus trampas, trucos y maneras que intentar evitarlas o esquivarlas desde la ignorancia, la racionalidad o la costumbre, porque verdaderamente los amores de Júpiter no son diferentes de los amores de todos y sus transfiguraciones no son distintas de las nuestras cuando mostramos caras o ejercemos roles de no sabemos qué o quién para intentar conseguir qué o cómo. Porque finalmente, este mosaico no es más que un canto a la vida tal cual esta se muestra en todas sus vertientes amatorias: lucha, agonía, poder y vencer o ser vencido.


Mosaico o la debilidad del ser humano:


Finalmente, descubrirá que en el mundo ocurre como en los dramas de Gozzi, en todos los cuales aparecen siempre los mismos personajes con igual propósito y destino: los motivos y acontecimientos son en cada obra distintos; pero el espíritu de los acontecimientos es el mismo”. (Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación. § 35).


En medio de una habitación de un viejo hotel de una ciudad del este se encontraba el hombre escéptico que no había llegado a creer más que en la impotencia de un cuerpo débil y de una leve voluntad con los que había llegado a identificarse. Para una joven que lo mirase desde el edificio de enfrente, este hombre escéptico no estaría tan envejecido como sus propios pensamientos pudieran hacer creer. Pensamientos éstos enredados en su limitada y torcida memoria. La joven que lo mirase no podría sospechar que todo aquél que estableciese contacto -por muy pasajero y superficial que éste fuese- con el muy perspicaz autor de recuerdos, amamantados por la ubre flácida y grasienta de su cerebro abotagado por una vieja pócima o ponzoña o mezcla de sus amores y de sus frustraciones, miraba -o escrutaba, más bien-, un pañuelo que aunque nunca le había pertenecido a él, aún conservaba el aroma de otros tiempos más felices, desgraciadamente también más fugaces e inevitablemente más presentes de lo que cualquiera hubiera sospechado nunca que pudiera durar nada de lo pasado, nada de lo huido o nada de lo muerto, de otros momentos menos desesperados, menos atormentados, incluso alegres -podría escribir a riesgo de parecer cursi-, en medio de aquella y de esta mugre o pátina mate de sudor que cubre y moja las manos, la cara, el sexo, el pecho y la espalda de tanto paseante como hoy bromea arrastrándose por las sucias calles de esta maloliente ciudad en la que no querría vivir ni el más carroñero de los buitres ni la más pestilente de las hienas ni el más traidor de los mortales.


La joven tímida del edificio de enfrente, risueña hasta el aburrimiento, que inocentemente protege su cuello con otro pañuelo -pero que es el mismo que el que manosea el hombre de antes- y que vive sus noches como si tuviera un futuro prometedor, como si tuviera un futuro a secas, fuese éste como fuese, como si tuviera algo, lo que fuera que fuese, aunque no fuera ni un triste mañana ni un inútil amanecer carmesí en una alborada de cuento de hadas creado para adormecer las desdichas de sus fracasadas ilusiones, de una mentirosa educación paternal basada en la ingesta desproporcionada de adormidera y de proyectos prestados, vividos por otros soñadores menos tímidos e inocentes, más propios de buitres, de hienas o de ángeles traidores y que se nutrieran de sangre negra, podrida y negra, como es la bilis y el humor de un hombre escéptico y de torcidos pensamientos que bien lloran -las menos veces- bien hacen llorar -casi a cada instante con él vivido-, esa joven tímida del edificio de enfrente -repito- permanece ignorada por el hombre escéptico mientras un joven parece pasear por la calzada que discurre entre los dos edificios de esta desolada y silenciosa ciudad del este.


Este joven paseante, caminante reflexivo que habla consigo mismo, que se confiesa ante sí, ante el altar de sus propias meditaciones, mientras pisa las hojas secas y quebradizas en este otoño triste en que la tarde disuelve su nostalgia liberando en ella el peso del aroma de su joven amada, lejana, ausente, y de su leve cuerpo y débil voluntad, que tal vez gozara entre los brazos canijos de alguna hiena hecha de ignorancia, de brutalidad y de una mirada regada por la desgracia y la imbecilidad como si fuera el sudor grasiento de una bestia en celo que careciera de ningún remordimiento por su impudicia exhibida sin recelo, sin recato, sin vergüenza en este maloliente barrio que localiza, fácilmente y sin proponérselo, cualquier viajera tímida o inocente en el este de todos los rincones mugrientos de todas las ciudades de todos los territorios de este planeta que gira inconsciente al margen de los ángeles y de los demonios que lo pueblan. El joven se distrae creyendo oír a través de una ventana a una mujer que parece llorar de forma desesperada.


Parece una mujer anciana la que llora en una mugrienta cocina y con un trapo entre sus manos -o quizá sea un pañuelo-, la ausencia de su marido muerto porque no logra entender la existencia de sus inútiles pechos, por tener quizá su cerebro abotagado por el dolor, por la impotencia y por la incomprensión, porque no logra entender tampoco por qué se abraza con brutalidad al rugoso trapo -o pañuelo- que le sirviera de gasa con la que enjugar su llanto y que conservara aún el aroma de su compañero ausente mezclado ahora con el olor y el sabor de sus propias lágrimas, que como ponzoña envenenada van lentamente borrando las huellas de aquel aroma primitivo y original, dejando en su lugar una grasa mugrienta, negra, podrida y negra de seca bilis nauseabunda que cuanto más se aleja del origen más repugna, más humilla, más intoxica, más enferma, más destroza y más mata. Nunca un hogar estuvo más lejos de su cocina.


El joven enloquecido por el dolor de la mujer vieja se lamenta y grita en mitad de la calle en mitad de una ciudad aburrida y nostálgica, proclamando desgarradoramente haber hecho el amor mil veces a una misma mujer de otro a quien nunca -creía antes- había amado ni querido ni deseado -amor inútil, amor humillado, amor enfermo, amor mortal, ponzoñoso y envenenado que los dioses no habrían podido tolerar o proteger o permitir, sino a cambio de su alma carroñera de buitre de afilado y corvo pico, de agudas garras, de enormes alas y de cuello convenientemente cubierto con un plumaje grasiento y manchado de sangre seca-. El hombre escéptico en medio de la habitación del sucio hotel no desea esconder sus hombros caídos ni enjugar su mirada amamantada con manidos recuerdos de otros amores más bellos y más buenos que ya no podían ser recordados fielmente por la alteración inevitable de una memoria abotagada e intoxicada por el alcohol, por el dolor, por la incomprensión y por la desdicha de haberse dejado arrastrar, tímida e inocentemente, por la impaciencia de todo joven educado entre las manos torpes de una madre incapaz de enseñarle a su hijo más que lo que consideraba sublime o bello o bueno o verdadero.


La guerra, el llanto, la impotencia y la ambición son partes de las innumerables teselas o palabras que forman la memoria del hombre...


del hombre escéptico, de la mujer joven tímida, del hombre joven, de la anciana desesperada, del joven enloquecido, de la joven desesperada, del hombre tímido, de la vieja enloquecida, de la mujer joven, del joven escéptico, de la anciana tímida, del hombre enloquecido, de la mujer escéptica e ingenua, del joven desesperado... que son todos el mismo individuo, que se muestra con diversos rostros, intentando recuperar desesperadamente su memoria hecha de retazos y de olvidos, sorprendido siempre de su impotencia mortal, no pudiendo dejar de admirarse ni dejar de huir de una realidad que lo envuelve todo como a todo ser viviente que lenta, inevitable e inocentemente se aleja de su origen.


Tango del solitario o el nuevo Abelardo:

 (El único protagonista de este relato es algo así como la incomprensión. Está narrado por quien no puede o no sabe comprender qué es lo que se encuentra más allá de lo que ve o de lo que escucha).


¡Ah! ¡Cómo se agita la mente en el fondo del abismo en que se halla sumergida! Y abandonando su propia luz, ¡cómo se precipita hacia la tiniebla exterior, cuando siente en sí misma una angustia moral, acrecida hasta lo infinito por el hálito de las cosas terrenables!”

(Boecio, La consolación de la filosofía. Libro I, metro segundo.)

¿Por qué, por qué el hombre maltratado por la desgracia ha de mirar inerte, rabioso en su impotencia, al tirano que lo tortura?”

(Boecio, La consolación de la filosofía. Libro I, metro cuarto.)



I


Entonces él dijo: “No es verdad que ayer estuvieses con tu amiga María”.

Y ella, segura, respondió: “¿Cómo sabes eso? ¿Has hablado con ella? ¿Acaso me espías?”

No, con ella no. Es simple: lo sé”, dijo él.

Esta conversación fue muy al principio, dijo una noche. Después...


En la ciudad había una feria y en la feria una tienda; en la tienda había una adivina y frente a la adivina una mesa y una bola de cristal; en el interior de la bola de cristal había una nube blanda y en la nube no se distinguía nada más. Esto fue después.

Antes, él había dicho: “Entremos”.

Y ella había respondido: “No”.

Él había insistido: “Entremos”.

Y ella había vuelto a responder: “No. No me gustan estas cosas. Me da miedo mirar lo que no se puede ver”.

Finalmente él había dicho: “No preguntaremos por el pasado. Venga. Vamos.”


Después la adivina dijo mirando hacia él: “Cuídate de lo sublime”. Y después: “Lo sublime tienta, lo sublime empuja, lo sublime crea, lo sublime destruye”.

Ella dijo: “Ya está bien. Vámonos”. Y él: “Pero ¿qué te ocurre, Marisa?” -gritaba él, mientras ella salía de la tienda y la adivina murmuraba: “La rueda de la fortuna”. Él preguntó: “¿Cómo? ¿Qué ha dicho usted?” La adivina repetía: “La rueda de la fortuna. Cuídate de lo sublime”.


Antes de salir de la tienda Marisa había mirado al interior de la bola de cristal. Por un instante creyó ver un tigre dando vueltas en el interior de una jaula. Vueltas y vueltas en la jaula el tigre giraba y giraba, con la bruma ocultándole apenas su rostro. Él, en cambio, como dijo más tarde, había visto solamente unas ventanas muy altas, con cristales de colores, estilo modernista, reflejando un cielo bajo y oscuro, una tempestad que giraba y giraba en el interior de la bola de cristal. Después de la tempestad volvió la bruma cuando Marisa salió corriendo de la tienda de la adivina, que repetía: “La rueda de la fortuna”, “la rueda de la fortuna”, “cuídate de lo sublime”.


Después, fuera ya, cuando agarró del brazo a Marisa, el tipo comprendió algo inesperado, algo que no parecía entonces tener nada que ver con la feria, ni con Marisa, ni con la adivina. Comprendió que él no era más el espectador de su vida, sino su protagonista futuro y presente. Fue como una corriente lo que el tipo, dijo, sintió, como una intuición o como un flechazo en la feria, en la puerta de la tienda de la adivina, justo cuando agarró del brazo a Marisa, quien se giró y miró al tipo con ojos de tigre y colmillos de tigre.


Después él dijo: “Olvidémoslo”. “Seguro que esa tía había rociado la tienda con algún alucinógeno”. “Nada de lo que ha pasado ahí dentro es real.” “Olvidémoslo, Marisa”. Ella, en cambio, no respondió nada, porque ella seguía viendo los ojos de tigre en el rostro de él y observaba cómo se movía nervioso alrededor de ella, mirándola mientras el humo de su cigarrillo le ocultaba la cara, como si aún estuviera en medio de una espesa bruma dentro de una bola de cristal.



II


Más tarde, cuando el tipo entró en la habitación de la pensión, persiguiendo los labios rojos de Marisa, escrutando en sus ojos, girando y moviéndose al ritmo que marcaban sus manos, dijo que sintió el leve roce del pelo de ella en su cara, en su nariz, en sus labios, y el peso plomizo de sus sueños hundiendose en el colchón de la cama.

Días antes había dicho al oído de Marisa: “preferiría entrar en tus sueños antes que en tu lecho”. Ese tipejo no sabía lo que decía ni por qué lo decía. Después dijo que tuvo un sueño terrorífico. Siempre eran terroríficos sus sueños con animales -decía-, pero aquél fue el peor de todos -dijo-. Por la mañana había encontrado un pequeño tigre de madera y por ello debío soñar con esa inmensa criatura, con sus ojos y sus colmillos largos y húmedos. Rugía escondido tras la maleza, podía sentirlo muy cerca, oírlo respirar, podía olerlo, aunque no lo viera. Entonces se despertó aullando en la noche, saliendo disparado de la cama, golpeando y tropezando con los escasos muebles de la habitación. Después dijo que le parecía que había estado horas deambulando por el bosque de la habitación, entre sillas y mesas y bolsas de viaje, hasta que creyó percibir una breve raya de luz bajo la puerta del baño. Cuando abrió la puerta vio a Marisa, ¿o quizás no fuera ella y fuera la adivina?, bañada en una luz amarilla que caía del techo del baño, dándole el aspecto de un cadáver. Ella estaba frotando en el lavabo un trapo, frotaba con el jabón y el agua del grifo. Después vio el trapo lleno de espuma y sintió un reflujo que le subía a la garganta y le llegaba a la boca. Ella frotaba el trapo con el pecho desnudo y el cabello rizado y húmedo colgándole por la espalda, pero la espuma le salía a él, al tipo -decía-, por la boca, en mitad de la noche, mientras convulsionaba contra el suelo.


Años después, ese tipejo loco, cuando recordaba esta escena en una tasca de Sevilla, miraba al techo y se preguntaba cómo el mundo había envejecido tanto, cómo era posible que la bella y joven Afrodita de antaño, naciendo de la espuma del mar, hubiera podido terminar convertida en una vieja puta desdentada con el carmín extendido alrededor de los labios. Afrodita siempre había ocupado el centro geométrico de sus otros sueños, de los más dulces o placenteros. Entonces repetía y repetía: “La rueda de la fortuna”, “la rueda de la fortuna”, “cuídate de lo sublime”.


El tipo ese era capaz de recordar cada lunar del cuerpo de Marisa, cada esquina de Sevilla en que se detuvo a besarla o a abrazarla, cada farola de cada calle que llegara a iluminar sus labios o sus ojos claros, cada bar en que bebieran y cada palabra que se dijeran. Podía dibujar sobre el plano de la ciudad cada punto de sus encuentros con ella y cada punto era un lunar en la piel de su adorada Marisa.


Quizás fuera en ese momento y no después cuando comprendiera realmente en qué mundo vivía y qué lugar ocupaba en él: un mundo terrible y maravilloso en el que él parecía tener reservado un lugar de privilegio solo accesible a unos cuantos elegidos que formaban parte de la hermandad del amor o del deseo o del presente inmóvil.


Grave error”. “Grave error”, repetía el tipejo con su voz ronca y su boca y mejilla mojadas.



III


A veces observaba al tipo a hurtadillas, como si quisiera apresar con mis ojos, las verdades de su historia, su dulzura y su amargor. Cuando mi mirada se cruzaba con la suya, mi respiración se paraba: en la profundidad de sus ojos solo podía distinguir dolor y miseria; miseria y dolor rotundos. Una noche dijo que avanzaban entre la multitud que se reunía en primavera en esta miserable y maravillosa ciudad, que la multitud se la llevó de su lado y que él veía cómo se la llevaba y la alejaba sin que él pudiera hacer nada. Veía cómo ella lo buscaba con los ojos y cómo a él se le llenaba la garganta de arena y cómo la respiración se le cortaba y parecía morir sin remedio, sin ella.


A veces también llegaba a comprender que cada cual merece la mierda de vida que se construye día a día y a conciencia, resignándose a su desgracia y a una muerte esperada como salvación. En cambio ese miserable tipejo nunca había renunciado ni a su vida ni a su amor ni a su apuesta por besar cada centimetro de la piel de esa mujer que no quería mirar el futuro, que veía en él a un animal salvaje que no la asustaba, porque lo sabía inofesivo, porque veía en él a un animal dispuesto a morir o a dejarse matar y porque recordaba cada gesto y cada palabra que había salido de sus manos y de su boca. Solo un alma ancha puede tener espacio para el amor. Ese tipejo conocía la única lengua en la que están escritos todas los relatos auténticos, la lengua de la infelicidad.



IV


Ahora el tipo no sale de la tasca en la que ella se despidió de él por última vez, diciéndole adiós con la mano y con los dedos blancos, con los labios rojos, con los ojos claros. La temperatura allí -decía- era más benigna que en el exterior. Era obligatorio seguir viviendo la vida sin ella, pero el tipejo -decía- solo servía ya para recordar de su pasado los trazos marcados en su pecho por los pezones de Marisa. Recordaba cada uno de estos trazos con un ácido escozor, cada dibujo en su piel, cada cicatriz invisible. Ahora vive recluído entre barrotes y ventanas estilo modernista, en medio de un cielo borrascoso de verdades contrapuestas, de certidumbres contradictorias, con el corazón vaciado y hueco como un hogar deshabitado, como una oscura y solitaria caverna en el centro geométrico y caliente de su covacha.


Desde el principio:

 (La temperatura allí era más benigna que en el exterior)



Aunque fuese muy rápido, muy fuerte y muy ágil, de niño no era ni el más ágil ni el más fuerte ni el más rápido. Pero sin duda era el más valiente, el más dispuesto, el más audaz. Con los años todos en el clan sabían que sería el líder indiscutible. Nunca dijo “no” a nadie que le pidiese ayuda o consejo o que, tan solo, insinuase la necesidad que de él tuviera. No era amigo de bromas ni de dimes o diretes, pero tampoco era más serio de lo que las circunstancias impusieran. Conocía las actitudes propias de cada momento, las conocía y las ejecutaba.

Recordamos todos cuando, siendo aún un niño, le llegó el día en que debía salir de caza por primera vez con los mayores. Al principio de la marcha iba junto al resto de novatos en el centro de la línea de hombres que avanzaba firme y decidida, pero cuando se acercaron a las bestias ya estaba entre los primeros que, lanza en mano, se arrojaba sobre el cuerpo enorme de la bestia. ¿Acaso alguien puede dudar hoy que no tuviera miedo? Claro que lo sentía, pero podía soportarlo, taparlo y lanzarse al ataque con el valor de diez cazadores. Después ya nunca abandonó el primer lugar, el más esforzado y el más delicado y difícil. Y todos sabemos que no lo hacía por él, que lo hacía por todos. Siempre era el último en probar bocado. Siempre se quedaba con las partes más innobles del animal. Nunca quiso para sí lo que otro quisiera. Por esto era nuestro líder, por esto: por su generosidad en el esfuerzo, en la caza y en el reparto, por su valentía, por su fuerza, por su arrojo, por su audacia.

Todos sabemos también que había sufrido enorme fracturas y golpes. Todos recordamos que, con un brazo colgando, fue a embestir a la bestia con el que le quedaba con fuerza y con la lanza alzada. ¡Y cómo le reventó el corazón al animal!

Sobre todo, cómo se enfrentaba a la bestia invisible, al frío. Todos sabéis que esa bestia es la más difícil de vencer, que cuando llega todos nos escondemos y ocultamos y tapamos nuestros cuerpos con pieles y hojas secas, y no queremos saber nada del exterior de la cueva. Algunos de nostros no se acerca ni de lejos a la boca de la cueva, lo sabéis. Pero él... Cuando el hambre nos atrapaba a todos, allá que iba el primero, con la lanza en la mano de nuevo y alentándonos a todos a salir a buscar comida, a cazar, a matar para evitar morir. Y sacaba de cada uno de nosotros más de lo que le podíamos dar. Yo aún recuerdo cuando, cogiéndome por los hombros y zarandeándome, me dijo: “Vamos, hazlo por tu hijo, que necesita sangre caliente” y, empujándome por la espalda, me lanzó a mí y a otros después de mí al exterior cubierto todo de hielo y nieve, para salir de caza a matar o a morir. ¡Qué día de fiesta! ¡Cómo fuimos capaces de dar muerte a aquella bestia enorme de enormes colmillos y de peluda y dura y rugosa piel! ¡Qué ejemplar! ¡Qué orgia de sangre y de calor aquellos días! Tardamos una luna en acarrear toda la carne. Para entonces el frío comenzaba a ceder y la nieve y el hielo a retirarse. Si él no nos hubiera sacado al exterior, entonces todos hubiéramos perecido aquel invierno.

Ahora es él quien no quiere salir. Lleva semanas sin querer ni hablar, apenas come ni bebe y tiene pavor al frío. Se diría que se le ha roto el alma, que no es quien fue, que quiere irse con los ancestros. Unos decís que debemos dejar que se vaya, que lo dejemos en paz; pero yo digo que no, que debemos conseguir hacerlo salir, que aún es fuerte y rápido, que todos lo necesitamos, que sin él nuestro clan morirá como sabemos que han muerto otros clanes cercanos. Quizá sea la hora de abusar de su generosidad, porque ella es nuestra esperanza”.


Después de este largo y emotivo discurso, algunos se acercaron al rincón en el que el jefe se agazapaba envuelto en mil pieles y cercano al fuego. Las sombras no permitían distinguir a ningún cuerpo allí. Nadie se atrevía a tocarlo o a llamarlo. Nadie salvo un niño. Tímidamente, alargando el brazo, tocó con su mano el hombro del hombre, y diciendole: “Maestro”, intentó mover su cuerpo. El hombre no reaccionaba. El chico repitió el gesto, dos, tres veces. Hasta que la voz ronca del jefe sonó: “Dejadme en paz”. Una mujer dijo: “No podemos dejarte, jefe. Necesitamos tu poder y tu fuerza, tu convicción y tu destreza. Sin ti, nuestra vida no vale nada”. El jefe emitió un gruñido casi imperceptible. “Hazlo por nosotros”, siguió diciendo la mujer. “Por tus hijos”. El jefe emitió ahora un gruñido ronco y fuerte. La mujer le acercó la lanza al jefe y éste, cogiéndola con su mano vigorosa la lanzó al fuego con la agilidad y destreza que todos le conocían. “Dejadme en paz”, dijo. “Quiero morir”.

Todos enmudecieron, el fuego comenzó a moverse por una ráfaga de viento que se coló desde la entrada de la cueva. El niño que había tocado el hombro del jefe se acercó al fuego, cogió la lanza arrojada y se la acercó a su padre humildemente diciéndole: “Es tu momento. Haz lo que debes”.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Comprenderás que puede nevar en primavera:

 

El nuevo soneto a Helena:


Cuando estés vieja, niña (Ronsard ya te lo dijo),

te acordarás de aquellos versos que yo decía.

Tendrás los senos tristes de amamantar tus hijos,

los últimos retoños de tu vida vacía...


Yo estaré tan lejano que tus manos de cera

ararán el recuerdo de mis ruinas desnudas.

Comprenderás que puede nevar en primavera

y que en la primavera las nieves son más crudas.


Yo estaré tan lejano que el amor y la pena

que antes vacié en tu vida como un ánfora plena

estarán condenados a morir en mis manos...


Y será tarde porque se fue mi adolescencia,

tarde porque las flores una vez dan esencia

y porque aunque me llames yo estaré tan lejano...

(Pablo Neruda: Crepusculario).


Susurraba palabras sueltas, a veces apenas las balbucía: vieja, niña, te acordarás, aquellos versos, senos tristes, hijos, amamantar, vida vacía, tan lejano, manos de cera, recuerdo, ruinas desnudas, comprenderás que puede nevar en primavera, en la primavera las nieves son más crudas, el amor y la pena, ánfora, condenados, morir, tarde, adolescencia, flores, aunque me llames,...

Al borde de la pena y de la muerte un hombre mira al frente con la intención de ver su espalda y en este borde, no se cansa de balbucir, de barbotar, de farfullar lentamente palabras sueltas.

Su mujer de antes no lo mira ya, no lo escucha ya, porque no está, porque antes tampoco estuviera tal vez, porque nunca estuvo o fue. Nunca tan lejano, tan solo, tan dependiente de su recuerdo transformado. Flores esenciales que crecían de una tierra mineral y seca, flores sin aroma, hechas del peor de los plásticos, artificiales, nacidas muertas, condenadas a morir en manos de cera, en sus manos de cera de antes, clavadas en sus ojos que no miran, brotando de sus oídos que no oyen: mujer muerta, mujer sin deseos de aventura, de senos secos y tristes que amamantan a sus hijos muertos.

¿Por qué nunca estuviste? ¿Por qué no te atreviste a vivir ni a dejarte vivir? ¿Por qué no osaste pronunciar las palabras que siempre te pedí: amor mío, cariño, te amo? Porque no eras feliz tal vez, porque estabas atrapada en no sé qué recuerdo de ruinas rotas y desnudas, porque tu voz no podía salir de una garganta vacía, de una vida vacía, de un ánfora hueca, de una oquedad sorda y vacía. Yo, tan lejano ya, entonces tan lejano; mis senos tristes que nunca fueron míos, condenados; aunque me llamaras, aunque quisieras, entonces no fue posible. Hoy no es necesario. Hoy no creo en nada y hoy nada quiero, ni espero, ni deseo, porque ya me he olvidado de vivir.

Ahora creo saberlo. Lo que siempre supe: ahora y entonces. Que tú lamentarás saberme tan lejos. Que al deseo no puede borrarlo ni un recuerdo apócrifo o fiel, ni el tiempo, ni la distancia. Por eso sé que ahora hubieras querido amamantarme, joven mujer, con tus dedos de cera y con tus senos bañados en alcohol, que ahora hubieras querido perfumarme con las flores húmedas de tus axilas y de tus esencias de mujer joven y experta, que ahora sufres por la distancia que nos detiene en un territorio desértico, pedregoso y mineral, inerte. Dios, ¡qué solos se quedan los vivos cuando se quedan solos! Entonces comprenderás, sabrás inútilmente, que las nieves tardías son más frías y más crudas, que la primavera que florece en cuerpos y axilas y vaginas ajenas puede ser más fría que el invierno más joven.



martes, 19 de octubre de 2021

La boca del infierno:

 

Esa tarde había concedido salir con unos compañeros del trabajo para olvidar lo que acababa de ver o para borrarlo de su memoria de manera inocente: no mirar hacia dónde nunca quiso ni debió hacerlo. La tentación excesiva es irrenunciable.

Su obsesión por las metamorfosis poco a poco le fue convenciendo de que nada de lo que había visto había ocurrido verdaderamente. Casi llegó a olvidar lo que vio. Siempre le habían atraído las transfiguraciones fuesen en el dominio que fuesen, en la naturaleza o en el arte, en sus amistades cercanas o en territorios lejanos, porque mezclaban en su seno lo maravilloso con lo terrible. Nunca dejó de atraerle más el temor que la esperanza, más la pasión del odio que la del amor. En estas reflexiones solía consumir su tiempo, ya estando solo, ya rodeado de sus compañeros con sus inquietudes más o menos banales o cotidianas. Una delgada capa de indiferencia hacia el mundo lo mantenía aislado, separado de un entorno que siempre consideró hostil, al menos desde que recordaba tener conciencia de sí mismo.

Más tarde, cuando se despidió de sus compañeros, giró sobre sus pies y marchó hacia su apartamento. Unos pasos después escuchó “¡Andrés!”. Era la voz de Emilia, amiga, además de compañera, con quien había mantenido, o tal vez aún mantuviera, una relación amorosa que ella consideraría intensa. Volvió a girarse y ella volvió a hablar: “¿Estás bien, Andrés? ¿Te ocurre algo?”. Él miró desde la distancia sus preciosos rizos de pelo negro, y ante las preguntas y la mirada compasiva de ella, no tuvo más remedio que retroceder en sus recuerdos y retornar al momento en que vio lo que no entendía y no pudo hacer nada más que asumirlo con pavor. Pero a Emilia no le pudo decir nada. “Nada”, dijo. “No me ocurre nada. Creo que tengo un problema de estómago y no me encuentro bien”. “¿Quieres que te acompañe al hospital? Si no te encuentras bien, tal vez sea mejor que te vea un médico”. “No, gracias, Émilie. Me iré a casa e intentaré dormir. Mañana estaré bien. No te preocupes. Gracias”. Y volvió a girarse sobre sus zapatos, para comenzar a andar o a flotar. “Espera”, dijo Emilia. “¿Quieres que te acompañe a casa?”. “No es necesario, Émilie. Estoy bien. Mañana nos vemos en la oficina”, cortó audaz.

Así se despidieron Andrés y Emilia esa noche. Él notaba el peso de la mirada de ella sobre su huesuda espalda mientra caminaba en dirección a su apartamento. Esta conversación y los ojos de Emilia clavados sobre su cogote devolvieron a Andrés a su extraña e inquietante realidad que transcurría, pensaba, en el interior de su piso, en un mundo tan interno como el centro de su propia alma, si alma tuviera.


Introdujo la llave en la cerradura del portal de la calle. En el vestíbulo se cruzó con dos adolescentes que hacían de guardianes del amor en el vano de la escalera. Andrés no se dirigió a ellos ni les dio las buenas noches y tampoco ellos interrumpieron sus movimientos y gemidos. Subió a la cuarta planta y se colocó frente a la puerta cerrada de su apartamento. Con decisión y miedo introdujo la llave en la cerradura, giró la muñeca y escuchó al cerrojo deslizarse hacia la derecha. La puerta se abrió y dejó salir desde la oscuridad del interior el agrio olor de su piso cerrado, de su alma putrefacta. Entró en el apartamento, cerró tras de sí la puerta y quedó sumido en la más absoluta de las oscuridades. No quería encender la luz. Así vería mejor la raya horizontal brillante bajo la puerta del cuarto de baño. Pero ahora no estaba, no aparecía ni siquiera levemente. Todo estaba a oscuras y en silencio, y la raya de luz bajo la puerta no existía, nunca había existido, pensó. Tal vez todo hubiera sido un error o una ilusión o una alucinación o una pesadilla. Tal vez la soledad o el mezcal o las dos cosas juntas... Tanto alcohol o tanta mala literatura como había consumido en las últimas semanas no debían ser muy recomendables. Pareció tranquilizarse, cerró los ojos y extendió sus largos brazos en cruz. Así permaneció unos instantes. Después apretó fuertemente sus puños y comenzó a bostezar cuando abrió los ojos y volvió a ver lo imposible: la raya de luz bajo la puerta del cuarto de baño volvió a iluminar levemente la estancia. Raudo giró el picaporte de la puerta abriéndola con violencia. La luz del baño estaba apagada. Todo seguía a oscuras, pero cuando volvía a cerrar la puerta, después de unos segundos, la franja de luz volvía a aparecer. Le parecía incluso que brillaba con más intensidad que la primera vez, que la primera franja que había visto esa misma tarde. Mas cuando abría la puerta, una y otra vez, la luz desaparecía y el cuarto de baño volvía a quedar de nuevo sumido en una oscuridad total.


Esa noche le llevó tiempo conciliar el sueño. Giraba y giraba sobre el colchón húmedo y caliente. No obstante, escuchó o imaginó o soñó o creyó soñar que un ruído salía del baño, parecía proceder del interior de la taza del váter. Sonaba como un ronroneo o como un continuo raspar: “Ron”, “ron”, “ron”,... Más tarde, en el sueño, ese sonido fue transformándose en algo parecido a una voz no humana: formada por sonidos demasiado agudos que acababan conformando una palabra de extraños timbre y tono. “Ven”, “ven”, “ven”,... En el sueño Andrés sintió miedo, pero en el sueño sintió también cómo el sopor lo tenía atrapado en el sueño: soñaba que el sueño lo vencía y le impedía moverse o gritar o mirar o decir.


A la mañana siguiente se encontraba cansado. Estaba claro que no había dormido bien, que el sueño no había conseguido reparar el cansancio acumulado durante los días anteriores. No obstante no quedaba otra que ir a la oficina. La puerta del cuarto de baño estaba abierta, aunque él recordaba perfectamente que se había ido a la cama con la puerta cerrada y con la franja de luz en el suelo. La puerta abierta era una invitación a entrar en el baño, pero Andrés decidió no hacerlo. ¿Temor? Pero ¿temor a qué? No podía o no quería entrar o algo le indicaba que no debía hacerlo. Tomó un rápido café y marchó veloz a la oficina.

Todos sus compañeros pudieron ver su rostro demacrado y sin brillo, su mala cara después de una pésima noche. Algún compañero llegó a decirle: “¿Qué? ¿Anoche seguiste con la marcha, eh?”. Otro dijo: “¡Déjalo! ¿No ves que no te escucha?”. Emilia lo agarró del brazo y susurrando le preguntó: “¿Dónde estuviste anoche? Te estuve llamando hasta las cuatro. Cuando te fuiste me dejaste preocupada”. “No te preocupes Émilie. Estaba muy cansado y nada más llegar a mi apartamento me fui a la cama. Hoy parece que me encuentro mejor”. “¿Te sigue molestando el estómago?”. “No, Émilie. Del estómago estoy bien”. “Entonces, ¿a qué se debe esa mala cara? ¿Por qué no te vuelves a tu apartamento y descansas?”. “¿A mi apartamento dices? No, creeme. Estoy mejor aquí”.


La jornada transcurrió con normalidad, pero a las cinco Andrés debía salir de la oficina y volver a su pisito viejo del cuarto sin ascensor de la calle No me olvides. Algo parecía advertirle: “No vayas. Huye, huye, huye,...”.

En la acera Emilia, con su abrigo largo, se le agarró al brazo y le dijo: “Hoy me voy contigo. Te acompaño a tu apartamento”. “No es necesario, Émilie. Estoy bien. Es solo que estos días algunos recuerdos me asaltan cuando menos lo espero”. “Pues más razón para quedarme contigo. Yo conozco artes mágicas que pueden hacer que tus malos recuerdos se alejen a lugares y destinos lejanos. Tú las conoces”, dijo ella. Y se agarró con más fuerza al brazo de Andrés, quien no tuvo más remedio que aceptar su proposición no sin atender antes a las palabras que resonaban en el interior de su cráneo: “No vayas. Huye, huye, huye,...”.


Primero dieron un largo paseo por los jardines centrales de la ciudad, después se sentaron en un café, y charlaron y charlaron largo rato. Andrés incluso logró dibujar una leve sonrisa en su boca. Más tarde fueron a cenar a un pequeño bar no lejos de su apartamento, pero finalmente debieron enfilar, inevitablemente, el portal donde vivía Andrés. Cuanto más se acercaban más nervioso e inseguro se sentía él, y más inquieta y desesperada se volvía ella.

Una vez frente al portal Andrés se quedó petrificado con la llave en la mano. Tal vez no quisiese girarla, tal vez fuese la primera vez que rehuyera inconscientemente de las metamorfosis, de las transfiguraciones. Emilia fue quien le quitó la llave con un rápido gesto, la introdujo en la cerradura y con un giro de muñeca abrió el portal. Después, en el vestíbulo, un golpe sonoro y desagradable a vidrios y a metales se escuchó a sus espaldas. La pareja de enamorados seguía en sus asuntos en el vano de la escalera, pero esta vez pararon un instante, escrutaron a Emilia, luego miraron a Andrés y ella dijo con agudísima voz “Buenas noches”. Emilia respondió: “Buenas noches”. Comenzaron a subir las escaleras. Emilia se reía de la escena que acababa de contemplar: él, tan serio y espigado con el cinturón desabrochado, y ella, tan cortés y con el carmín corrido por las mejillas. Pero la risa de Emilia fue cediendo conforme iban subiendo las escaleras. La angustia de Andrés también iba en aumento. Cada rellano era más oscuro y denso que el anterior. Era verdaderamente un crescendo de amargura, de soledad, de temor. Cuando llegaron frente a la puerta del apartamento, Andrés sacó su llave, la introdujo en la cerradura y giró la muñeca. El cerrojo se movió hacia la derecha y la puerta se abrió dando un leve salto. Esta vez Andrés encendió la luz y se introdujeron en el interior del pequeño salón. Él tuvo la precaución de mirar el borde inferior de la puerta del cuarto de baño y pudo ver con tranquilidad la oscuridad que emanaba de ella. Fue la primera vez en toda la tarde que Andrés se relajó, alargó sus brazos, apretó sus puños y esbozó una sonrisa dedicada a Emilia.

En la cocina se sirvieron un copa de bourbon y pronto las risas se expandieron por el apartamento. Hasta que, como proviniendo desde un lugar muy lejano o muy profundo, Andrés comenzó a escuchar un leve ronroneo. De pronto mudó su rostro. Ahí estaba otra vez el rumor que no entendía, que no podía soportar y que pronto, lo sabía, se convertiría en una llamada.

Se dirigió a Emilia con los ojos muy abiertos, con la boca en un rictus imposible, como de máscara de teatro, irreal. “¿Lo escuchas, Émilie? ¿lo escuchas?”. “¿Qué dices Andrés? ¿Qué preguntas si escucho?” “Ese run, run, run,... ¿Lo oyes?” Emilia se quedó en silencio aguzando el oído. Después dijo: “Parece provenir del baño”. “Entonces... no es cosa mía, ¿no, Émilie?”. “¿Cosa tuya, Andrés? Pero qué dices. Es un ruído que sale del baño”. Emilia pudo ver la franja de luz que brillaba bajo la puerta del cuarto de baño. Preguntó: “¿Hay alguien ahí, Andrés? ¿Hay alguien más en tu apartamento?”. Él la miró y apenas llegó a decir “No sé” cuando Emilia saltó hacia el cuarto de baño, abrió la puerta y vio sobre la taza del váter un ser horrible, un pequeño monstruo de unos cincuenta centrímetros de altura, con escamas en lugar de piel, con la espalda huesuda y largos brazos, con los voluminosos puños muy apretados, con la boca abierta y llena de agudos dientes, con el rostro apagado y sin brillo, y con los ojos fuera de sus órbitas como horas antes los tuviera Andrés. El monstruo agarró a Emilia del brazo, la introdujo en el cuarto de baño y la puerta se cerró con violencia. Nada ni nadie más supo de ella. Cuando Andrés intentó reaccionar todo estaba en calma, la luz del baño estaba apagada, la franja de luz de debajo de la puerta había desaparecido, así como también habían desaparecido las extrañas voces que lo llamaban desde el interior de la taza del váter y así como también había desaparecido su temor o su obsesión por las mutaciones, por los giros y por los rizos de la pobre Émilie.

martes, 13 de octubre de 2020

Restaurante japonés:

 


Produciendo al punto un tipo de

brillante acero, forjó una

enorme hoz y luego explicó

el plan a sus hijos.

Armada de valor dijo afligida en su corazón:

¡Hijos míos y de soberbio padre!

Si queréis seguir mis instrucciones,

podremos vengar

el cruel ultraje de vuestro padre;

pues él fue el primero en maquinar

odiosas acciones'.”

(Hesíodo, Teogonía. 160-166)



Ahora no veo más que un mar lechoso..., como si un magma blanco lo invadiese todo.

Parece que empiezo a distinguir algo, apenas unas líneas finas que comienzan a surgir en ese magma pringoso y blanquecino.

Creo que voy distinguiendo a una mujer sentada a una mesa, junto a un ventanal que da a una calle invisible.

Escucho cómo la mujer pronuncia palabras apenas audibles. Logro distinguir algo así como “De entrante, una ensalada de wakame”.

Veo ahora a la mujer que espera en silencio y paciente la llegada del plato. Mientras parece deleitarse imaginando, tal vez, el aspecto del alga, o su olor o su sabor. Tal vez pensase: “Al final... siempre acabo pidiendo lo mismo. Y ¿para qué? No me gusta el wakame. El wakame le gustaba a él, al que fue mi marido”.

¿Cómo puede ser que yo sepa lo que imagina, siente o piensa esa mujer desconocida? ¿Qué es ese magma pringoso y blanco que lo invade todo borrando espacios y objetos, destacando otros? Parece una memoria debilitada, un puzle con piezas perdidas.

Ahora la ve pensar en su marido, muerto hacía seis años. Seis años de lento, pero progresivo rejuvenecimiento de esa mujer paciente. Día a día. “Su marido”, se decía, “salpimentaba su vida con extravagancias y ocurrencias necias; pero si no conseguía llamar la atención de la manera que él había previsto, entonces se enfadaba, gritaba o se marchaba. Gustaba aderezar todos sus actos con abundantes dosis de soberbia. Esto es lo que a ella siempre le disgustó: su soberbia”, creía o pensaba o se decía o imaginaba o recordaba o soñaba o añoraba.

Ella, tan joven y bella entonces, cuando lo conoció, tan inocente... que parecía una princesa de cuentos infantiles”. Tal vez creyese que se había enamorado de él, tan bruto y tan tosco, tan varonil, pensaría entonces. “Idiota”, se decía. “Realmente nunca lo había amado”, pero eso solo lo supo más tarde, cuando ya habían nacido los gemelos.

Mirando la ensalada podía ver a través del gelatinoso wakame la risa desmedida -y los dientes manchados de verde- de su marido de entonces. ¡Cuánto deseó su muerte! ¡Cuántas veces imaginó su cadáver depositado sobre una losa de mármol! ¡Cuántas veces se había despertado, en mitad de la noche, soñando que lo asesinaba sin dificultad alguna y sin que él llegase a sospechar nunca nada. ¡Qué zafio, orgulloso y pedante imbécil era quien la estaba destruyendo día a día, lentamente! Tal vez fuera entonces, hace ya tantos años, cuando decidiera, tal vez sin saberlo, que era ella la que antes debería acabar con él. Tal vez ella ni siquiera llegara a decidirlo nunca.

Ahora aparece de nuevo el camarero depositando cuidadosamente sobre la mesa el rainbow de pez mantequilla con sésamo rosa y masago. En ese instante la mujer, que muestra ahora rasgos que me resultan familiares, empieza a recordar el momento lejano en que supo que la decisión ya había sido tomada; decisión que se iba a convertir en el principio fundamental de todas sus posteriores acciones, en el único y fundamental sentido de su vida.

Ahora observa cómo la mujer comienza a sentir el fuerte y penetrante olor del masago -olor que le hizo recordar el fuerte y agrio sudor de su marido-. Entonces le vino a la despedezada memoria el momento en que la estrategia comenzó a fraguarse en su espíritu. Fue una mañana de verano volviendo de la compra. Las bolsas estaban tan llenas que las hojas de los puerros y de las zanahorias sobresalían de ellas. Él debió verla volver a casa desde lejos, porque cuando se le torció el tobillo y las naranjas y las patatas rodaron por el suelo, él se acercó en un instante, y recogiéndolo todo y ayudándola a levantarse, se mostró seriamente preocupado por ella. La torcedura fue tan ligera que ni siquiera llegó a provocarle un leve esguince, pero fue suficiente para que ella descubriera que su soberbia le impedía a él aceptar que su esposa fuese una desvalida desprotegida. “Entonces”, pensó, “aprendí a hacerme la víctima; primero ante él y después ante mis dos hijos de entonces y ante el tercero que nacería más tarde. Verdaderamente mi marido hacía grandes esfuerzos por lograr que yo me encontrara bien, pero yo ya había decidido acabar con él sin prisas, lentamente”, pensaba o se decía o recordaba o se imaginaba o ansiaba. “Esa sería la estrategia: empequeñecerme”, se decía, “hasta casi intentar desaparecer, desvanecerme en el aire, para que él fuese sacrificándose, muriendo por mí, día a día hasta que no pudiera más, hasta que cediese o se rindiese o abandonase y decidiese dejarse morir: debía lograr que un ser tan soberbio acabara claudicando rindiéndose a la muerte como un viejo prematuro”. “Contaría además con la ayuda de mis hijos”, pensaba.

Ahora es el gunkan de huevas de trucha lo que le recordó la mirada de sus hijos gemelos cuando les decía: “Debéis cuidar de vuestra madre que está enfermita”. Al principio ellos la miraban y no parecían comprender mucho, pero poco a poco, día a día, el mensaje fue penetrando en sus cabecitas toscas y con apenas seis añitos ya estaban ayudando en la casa y, después, en la cocina. “Siempre me llamó la atención”, pensó, “lo rápido que me obedecían”. Cuando nació el tercero, Iván, todo fue mucho más fácil. “Iván siempre fue mi ojito y mi mano derechos. Siempre. Tenía una voluntad tan docil, tan doblegada, que podría decirse que mi Iván no tenía voluntad. ¡Se parecía tanto a su padre! Era como tenerlo a él de niño, como si yo hubiera pasado a ser la madre de mi infante marido”. “Cuando a veces llamaba y decía “Iván””, recordaba ahora, “se volvían los dos a la vez: la versión infantil de mi marido y la versión ajada de mi hijo”. “¿Me puedes colocar bien la almohada?”, preguntaba. “Y los dos se acercaban al instante para, cada uno por un lado, ajustarme la almohada en mis riñones o en mi espalda o en mi cuello o en mi cabeza. Una mirada mía bastaba para llamar sus atenciones y dirigir sus voluntades”. “Era mi sueño realizándose”, se decía.

Ahora observo cómo ante el camarero llegan unos nigiris de salmón dulce con hueva verde que fueron deslizando en su memoria el día en que tomó la decisión de acabar definitivamente con todo, con aquella farsa inútil, dotando así de sentido a su vida. Tal vez llevara meses observando que la estrategia había dejado de ser efectiva, que no avanzaba. Tal vez se había cansado de que su marido y sus hijos, sobre todo el joven Iván, la obedecían en todo. Pero... “aquello no era suficiente”, pensaba y yo la oía. “Parecía que a él le siguiera gustando esa vida miserable que le hacía llevar”. Tal vez decidiese o tal vez no lo decidiese, al menos con la lucidez que toda decisión debe suponer, que debía forzar la situación y poner de una vez a sus hijos frente a frente de su marido. Sobre todo al joven Iván. El más fiel, el más obediente, el más leal, el menos inteligente.

Los temakis de atún picante le recordaron el momento en que le dijo a Iván. “Tienes que saber algo de tu padre, Iván”. “Quiero que desconfíes de él”. “Es mentiroso, Iván” y “sabe hacer mucho daño, Iván”. “Cuídate de él, que no te haga a ti el daño que me hace a mí, Iván”.

Y así fue día a día carcomiendo su confianza hacia su padre, alejándolo de él. Enseñándole a odiarlo. La mujer sabía que igual que el amor, el odio también se aprende.

Después la mujer recordó que solo tuvo que decirle: “Si alguna vez te hace daño o te engaña, dímelo, Iván, que yo sé cómo ayudarte”, “que yo sé lo que tenemos que hacer para ayudarte” y “mi niño, yo quiero ayudarte siempre”.

Hasta que un día prendió la llama y fue el hijo quien dijo: “yo también quiero ayudarte, mamá, pero no sé cómo hacerlo”. “¿Cómo podemos acabar con papá?”

No digas esas cosas, Iván”, “no son bonitas y no deben decirse”. “Tampoco deben pensarse, cariño, ni desearse”, mintió.

Por último, veo en ese mar lechoso al camarero traer un licor de arroz y entonces observó que la mujer, tan cercana ahora, como si fuera yo misma mirándome a través de sus ojos, no puede dejar de recordar, mientras saborea el dulce licor, el terrible y esperado momento en que su hijo Iván, de quince años entonces, agarró a su padre por detrás y cortó con decisión su cuello con el cuchillo nakiri que entonces teníamos en la cocina y que tanto gustaba a su marido. “¡A él le encantaba la comida japonesa! Y a mí, desde entonces, también”. ¡Qué placer, recuerda o imagina o revive, le produjo ver brotar la sangre caliente de ese gordo pescuezo de guarro seboso con orejas y pelos de cerdo! Fue un verdadero deleite carnal”.

Ahora la mujer sonríe recordando que va a cenar a ese restaurante japonés porque le trae a la memoria siempre el limpio corte de aquél nakiri de diecisiete centímetros que hizo de su vida una vida con sentido y plena de un pasado recuperado, y porque siente un inevitable deleite al rememorar el golpe del cuerpo sobre las losas del suelo limpio de la cocina.