domingo, 9 de mayo de 2010

¿Ficciones?

FICCIÓN PRIMERA:
Carta I:
Estos textos fueron encontrados en una estrecha caja de caoba olvidada en el fondo de un cajón de la mesita de noche de un dormitorio antiguo en un piso viejo del centro de Madrid. Todo indica que son fragmentos de una carta firmada en 1912 por una mujer de veintisiete años, María Amalia Gómez Gutiérrez, de quien nada sabemos salvo la fecha de su nacimiento (1885) y de su muerte (1920), porque alguna mano -quizá la de quien guardase la carta, quizá la persona anónima a quien iba dirigida-, la había anotado en el sobre que la contenía. La carta está muy deteriorada por el tiempo y la humedad, y sólo se conservan los siguientes trece fragmentos (los puntos suspensivos indican siempre frases ilegibles):
Fragmento número uno:
“Los caminos siempre son inciertos y, por ello, no creo que nadie se sienta absolutamente seguro en ningún momento de su vida. Querer orientarse en medio de un mar desconocido no puede ser una actitud calificada de soberbia, sino más bien de honestidad: al menos yo trato de ponerme en claro a mí misma a cada instante. Afortunadamente cuento con mis prejuicios (¿de dónde vendrán o adónde me conducirán?). Con ellos juzgo y por ellos me distingo. Ellos me definen. Si mis prejuicios fuesen otros, yo misma sería otra: no es lo mismo el mar para un poeta que para un pescador. Lo real ni es uniforme ni unívoco. ¡Tantas realidades, tantos puntos de vista! O, lo que viene a ser lo mismo, toda vida, que se sabe vivida, acaba convertida en alegoría. Ésta, la alegoría, no es más que decir-de-algo (desde fuera de ese algo, como todo decir requiere)...”
Fragmento número dos:
“... pensar lo imposible no consigue hacerlo real, conduce sólo a la melancolía. Pensar la realidad es imposible, como coger agua con las manos. Por ello, la filosofía no puede ser más que melancólica (a no ser que sea un sucedáneo de filosofía), y sin filosofía no hay orientación posible...”
Fragmento número tres:
“... la necesidad de vivir es la fuente de la que manan los recursos...”
Fragmento número cuatro:
“... si a lo lejos veo algo que destaca sobre la línea del horizonte, ¿qué será? Si me voy acercando comienzo a ver con más claridad: configuro el ser de lo que no era todavía más que una mancha borrosa... Así es mi vida: amo y no sé qué ni a quién ni por qué. No sé lo que es el amor,... ¡qué lejos aún!... Vivo y no sé lo que es la vida...”
Fragmento número cinco:
“Quisiera que todos estuviésemos dotados de los mismos instintos, de idénticos prejuicios, de la misma sentimentalidad, pero... esta es la prueba de la inexistencia de Dios.
”Mi ser es mi vida y mi vida son mis relaciones. Si me falta el más leve de mis motivos, yo ya no soy yo... No te puedes ir... Las relaciones son el ser de la vida: cada nuevo paso que damos explota en mil nuevos senderos posibles y tú eres la mayor de mis encrucijadas.”
Fragmento número seis:
“... no estoy triste porque no pueda retenerte, estoy triste porque te vas.
”Éste es el sentido de lo trágico: retenerte me resultaría groseramente fácil, lo trágico es que tú quieras marcharte... Nunca me gustaron los artificios, lo sabes, y si resulto sofisticada es, justamente, por evitar la vulgaridad...”
Fragmento número siete:
“...¿qué suele nacer de una tragedia? ¿Lo sabes tú? ¿Tal vez el arte? No deseo que mi biografía se convierta, con el discurrir de los años, en una obra de arte... ¿En qué instante del pasado nació, inconsciente, oculto, taimado, el deseo de marcharte? ¿Era necesario ese instante o fue una quiebra repentina del destino? ¿Una mirada, una sonrisa, una palabra, un gesto? ¿Qué fue?...”
Fragmento número ocho:
“A veces creo que la más ligera brisa contribuye a la conformación total del Universo, que sería otro sin ella...”
Fragmento número nueve:
“... entonces me gustaba observarte viniendo hacia mí...”
Fragmento número diez:
“¡Qué confusión histórica!”
Fragmento número once:
“... fueron mis besos y mis caricias quienes te hicieron real...”
Fragmento número doce:
“... feliz instante el que nos colocó uno frente al otro. El espacio entre nosotros se estrechó en la misma proporción en que se dilató el que nos rodeaba, separándonos del mundo ¡Y cuán lejos de todos llegamos a estar!... Tú eras todas mis respuestas. Cada uno de tus besos resolvía todos mis enigmas, que volvían a surgir conforme te alejabas... Perdurarás en mí... Me creaste con tus besos y en tus besos.
Fragmento final:
“¿Dónde está el paraíso? ¡Qué pregunta más triste, verdad? ¡Qué vida más miserable la de quien esto indaga! Mi paraíso estuvo contigo...”

lunes, 3 de mayo de 2010

Edmund Husserl, breve continuo para introducirse en su filosofía:

“... no debemos conformarnos de ninguna manera con ‘simples palabras’, i. e., con la mera comprensión simbólica de las palabras... debemos regresar a las ‘cosas en sí’. Deseamos reconocer como evidente en sí el contenido de las intuiciones completas de forma que lo que se da en las abstracciones que se han desarrollado actualmente es lo que los significados de las palabras de nuestra expresión de la ley representan real y verdaderamente” (Husserl, Investigaciones lógicas, Madrid, Alianza Universidad, 1982).
Las Investigaciones lógicas son de 1900.
La filosofía como ciencia estricta es de 1911.
Las Ideas para una fenomenología pura y filosofía fenomenológica son de 1913.
La lógica formal y trascendental es de 1929.
Las meditaciones cartesianas son de 1931.
Experiencia y juicio se publicó póstumamente en 1939.
Edmund Husserl nació en el año 1859 y murió en el 1938. Es el primer gran filósofo del siglo XX. Fue discípulo de Franz Brentano. La tradición que continúa Husserl es la católica, escolástica y griega. En torno a su figura se ha constituido una escuela, la fenomenológica, notable por su rigor, por su precisión y por su enorme fecundidad. Esta escuela se vale, como de órgano de transmisión, del Jahrbuch für Philosophie und phänomenologische Forschung (Anuario de filosofía e investigación fenomenológica). Fue un filósofo en sentido clásico: todos sus esfuerzos están encaminados a establecer las fórmulas que permitan vencer tanto al escepticismo, en todas sus formas, como a cualquier atisbo de relativismo, dado que está convencido de las posibilidades reales del conocimiento a través de una intuición primordial. Su fin es llegar al fundamento incuestionable del conocimiento, refutando para ello a los escépticos y a los relativistas, y liberándose de las trampas del psicologismo y del historicismo.
El filósofo debe saberse responsable de su tarea, que no es otra que hacer que la filosofía vuelva a ser la directriz de cualesquiera otras formas de conocimiento, sin confundirse con ellas, ya sean ciencias, concepciones del mundo o meras jerarquías de valores. De aquí, el carácter serio de la filosofía de Husserl. Todas estas formas diversas de conocimiento afilosófico son instrumentos de dominio sobre el mundo; en cambio, la filosofía es búsqueda y toma de conciencia del sentido de toda acción y de todo conocimiento. Esto, además, bajo el presupuesto de que todo está constituido por y para el ser-sujeto. Husserl es un idealista extremado, con claras resonancias platónicas, que ha intentado hacer de la filosofía una ciencia estricta, apodíctica y, como tal ciencia, debe poder aplicar sus análisis a todos sus ámbitos de conocimiento[1].
Husserl comenzó, pues, reivindicando la filosofía frente al despotismo tiránico de las ciencias empíricas erigidas en las únicas formas de conocimiento riguroso posible. Y, para ello, tuvo, primero, que establecer definitivamente los límites de la conquista que las ciencias empíricas especiales habían colonizado de los territorios filosóficos, y, segundo, que liberar a la filosofía de su aparente frivolidad y arbitrariedad mostrando su rango superior al de la propia racionalidad científica. La filosofía no podía entenderse, porque no lo era, como una mera generalización de los conocimientos científicos, como se pretendía que pareciese. Sus intereses son específicos: indagar los significados y los fundamentos de los conocimientos científicos (frente a la generalización, la fundamentación). En lugar de entender la filosofía como coronación de la ciencia, hay que entenderla como su subsuelo, como su fundamento lógico, porque las ciencias no pueden interpretarse a sí mismas. Fundamentar la epistemología en las ciencias y, más específicamente, en la psicología es un absurdo total. Husserl tiene presente que en la base de la cultura europea se halla, como carácter propio definitivo, la búsqueda de la certeza, búsqueda estrictamente filosófica. Renunciar a este carácter es renunciar a lo más señero de nuestra cultura, procurar su destrucción. La historia de las ciencias y de la filosofía europea no podría entenderse sin esta búsqueda de la verdad, entendida como algo distinto del conocimiento apoyado en la técnica y con fines estrictamente prácticos. No es obvio que la búsqueda de la certeza respecto a cualquier modo de conocimiento sea un parámetro inevitable. Euclides elaboró un sistema geométrico que iba mucho más allá de las necesidades imperiosas de “medir la tierra”: ninguna necesidad práctica le indujo a demostrar tan rigurosa y bellamente la infinitud de la serie de números primos. La verdad era, y es, un valor en sí y por sí.
Así, pues, Husserl se predispuso hacia “una nueva fundamentación de la lógica pura y la epistemología”, enfrentándose a un agresivo psicologismo derivado de las ciencias empíricas y de su apoteosis celebrada. Una cosa son los actos psíquicos y otra los actos psicológicos; éstos últimos pueden ser considerados como hechos objetivos, susceptibles, por tanto, de investigación científica con sus métodos propios, pero aquéllos tienen una naturaleza a priori y pura, porque pertenecen a la lógica y a la epistemología, que son los pilares fundamentales de toda ciencia y de sus procedimientos (incluyendo a la psicología). La psicología científica no puede explicar lo que es pensar, pues ésta es una actividad que depende de principios formales y de reglas lógicas determinantes del pensamiento[2]. Finalmente, la constatación de un reino de objetos escurridizos para la investigación científica, científugos, terminó por “rehabilitar” a la filosofía frente a otros modos de conocimiento.
Para concretar el contexto filosófico y cosgnoscitivo en el que se fragua la filosofía de Husserl, y antes de comenzar su exposición, conviene tener en cuenta que el sustrato en el que brota el método fenomenológico viene compuesto de tres sustancias, esencialmente diferentes, aunque con numerosos vasos comunicantes, como son:
- El dominio de las ciencias del espíritu que se desarrolla a partir de la idea del espíritu objetivo de Hegel en manos del positivismo y que conduce a la irrupción de la sociología como nueva ciencia empírica especial. Contribuyendo a este desarrollo sobresale la filosofía historicista de Wilhelm Dilthey, para quien el fundamento y la constante de la filosofía es la vida: la literatura, el arte, la sociología misma son dimensiones diferentes de la vida del espíritu, siendo la historia la forma de esta vida.
- El neokantismo, brotado a partir del auge imponente de las ciencias de la naturaleza, representado por Hermann Cohen y Paul Gerhard Natorp. Para los neokantianos la filosofía era básica y únicamente filosofía trascendental, entendida como teoría del método de la ciencia, sin necesidad de preocuparse, de hecho, por lo que las cosas sean, cuestión ésta perteneciente al ámbito de las ciencias positivas.
- La irrupción de la psicología científica: a partir de Wilhelm Maximilian Wundt aparece la psicología explicativa o de laboratorio, más tarde la verstehende Psychologie, la psicología comprensiva o descriptiva que tiene ya como objetivo la comprensión de la vida mental y de su sentido, y finalmente la psicología de Franz Brentano, maestro del propio Husserl, que se introduce en la investigación de la índole propia de la psíquico. Brentano hizo una aportación capital para la fenomenología cuando afirma que lo específico de todo fenómeno de conciencia es el hecho de que envuelve en última instancia la existencia intencional de un objeto; es decir, pensar es pensar acerca de algo, percibir es percibir algo,... La intencionalidad es, pues, según Brentano, la característica específica de todo fenómeno psíquico.
Esta irrupción de la psicología científica, en sus diversas formas, ocasiona la imposición de una manera de hacer filosofía, que ya venía fragüándose desde la ilustración británica, conocida como psicologismo. Para este enfoque, la psicología, ciencia de la naturaleza, teniendo como aliadas a las ciencias del espíritu, era la ciencia fundamental de la filosofía. Husserl descubre el error de todo psicologismo y decide desenmascararlo y liberarse de él tanto como de esa visión general de la filosofía, entendida como concepción de vida, emanada de las ciencias del espíritu, particularmente al modo de Dilthey. El dominio que abre Husserl es el de la fenomenología. En torno a 1900, el psicologismo empantanaba todas las doctrinas filosóficas haciéndolas fracasar: toda lógica, ética o estética, particularmente estas tres áreas, eran reducidas a psicología. La lógica, por ejemplo, era considerada una disciplina normativa de los actos psicológicos del pensar. Husserl dedicó la primera parte de sus Investigaciones lógicas a combatir este psicologismo asfixiante, para comenzar su restauración filosófica. Las leyes lógicas no rigen posibilidades, sino que expresan conexiones objetivas e ideales que, por su esencia, son accesibles íntegramente en la evidencia. Si no es posible aprender filosofía, como advertía Kant y recuerdan los neokantianos, es porque aún no existe la filosofía como ciencia. De ahí que Husserl pretenda una filosofía como ciencia estricta, en la que las cuestiones se decidan apelando a las cosas mismas. Tanto el psicologismo, en el que la psicología es la ciencia fundante de la filosofía, como el historicismo, en el que la historia es el conjunto de movimientos por los que va pasando el espíritu humano según las épocas y culturas, incurren en el mismo error: en fundar una validez absoluta en los hechos, que ni tienen ni pueden tener validez absoluta alguna. Tanto el psicologismo como el historicismo renuncian a la verdad y esto era para Husserl el fin de la cultura europea. Para el psicologismo, por ejemplo, las leyes lógicas nos dicen cómo pensamos y el pensamiento es un proceso psicológico. Pero esto desemboca indefectiblemente en el relativismo y en un posterior escepticismo, porque hace que las leyes lógicas sean relativas a los individuos o a la especie humana, eliminándoseles la validez universal. El psicologismo desconoce la distinción entre el significado del juicio y el acto de juzgar. ¿Acaso el juicio “dos más dos suman cuatro” es verdad porque yo, o la especie humana, así lo piense? ¿Acaso la verdad nace del acto de ser pensada? ¿Acaso el teorema de Pitágoras no era verdadero antes de ser descubierto? ¿o sólo es verdadero porque fue pensado? A semejanza de las matemáticas, la lógica se basa en el significado de categorías ideales, empleadas por el conocimiento humano en todas sus formas. Luego volveremos sobre este tema cuando veamos que estos ideales forman un conjunto de normas trascendentales. Estas entidades ideales son a priori y válidas, por tanto, no sólo para un individuo o la especie humana, sino para todo pensamiento racional. “Dos más dos suman cuatro” es una verdad ideal o eterna, al margen de que alguien lo piense o no. Las leyes lógicas no son más o menos probables, ni pueden ser refutadas por la experiencia, ni necesitan verificación o confirmación empírica: las conocemos a priori, aprehendiendo su necesidad en el momento mismo de su comprensión. La evidencia de sus verdades no es un sentimiento subjetivo, sino que proviene del significado mismo de sus juicios. Las leyes de la lógica ni dependen de las convenciones del lenguaje, ni son tautologías por ser independientes de los hechos empíricos. Recuperar la confianza en la Razón, en la validez del conocimiento y preservar el significado del concepto “verdad”, requiere hallar el fundamento trascendental de las leyes de la lógica. La fenomenología es el método que nos hará descubrir las estructuras necesarias del mundo.
Para acceder verdaderamente a las cosas, como pretende Husserl, debemos lograr una intuición original:
- Que sea independiente del hecho de que el sujeto cognoscente sea una persona psicológica, inserta en unas condiciones sociales o históricas y determinada biológicamente.
- Que trascienda los hechos o fenómenos para saltar hacia la verdad universal, revelando las conexiones necesarias del mundo.
Estas dos características de la intuición quedan recogidas en las expresiones “ir a las cosas mismas” y “la filosofía como ciencia estricta”. La misión de la filosofía es mostrar el significado de las ciencias particulares, revelar los prejuicios filosóficos y extrafilosóficos, y desmontar las abstracciones artificiales o falsas. El lema de la filosofía debe ser “autonomía”, porque la vorágine creciente de los hechos, hipótesis y teorías puede permitirnos predecir los acontecimientos y mejorar nuestra tecnología, pero no aportará nada para comprender el mundo: cuanta más tecnología y más poder sobre la naturaleza, menos comprensión del mundo. La intuición original revela las cosas directamente a la conciencia, sin distinción (Husserl dirá “corporalmente”). Esta intuición no es ni la percepción común ni el conocimiento analítico. La fenomenología es el método que nos permite acceder a esta intuición original, investigar las estructuras significativas esenciales, apodícticamente necesarias, independientes de la experiencia actual.
La filosofía, por ser la noble aspiración al conocimiento puro y absoluto debe reflexionar críticamente dejando al margen los resultados de la ciencia, los hechos empíricos “dados” en el mundo, nuestro propio “yo” y la misma existencia del mundo y de sus contenidos.
Aquí vemos cómo la fenomenología de Husserl está penetrada de platonismo, como él mismo reconoce. La filosofía es el camino desde la doxa (entendida como opinión infundada) al eidos (esencias), esto es, un proceso donde se van revelando las “cosas en sí”. El objeto final de la aprehensión total de la estructura esencial de la realidad.
“Regresar a las cosas mismas” es “regresar a los universales”, pero universales como objetos directos de intuición intelectual, no objetos producidos arbitrariamente, no objetos puestos por convención, no objetos pertenecientes a un ámbito separado. Considerados correctamente, los fenómenos puros de la conciencia contienen la esencia de las cosas: sólo si las esencias son accesibles a la intuición, como las apariencias a la percepción, es posible el proceso desde el fenómeno al ideal. ¿Están nuestros conceptos científicos construidos correcta y significativamente, al margen de convenciones o utilidades prácticas? Husserl no puede aceptar un “no”. Ahora bien, ¿cómo asegurarse de que poseemos una certeza esencial? Husserl responde que “o se tiene o no se tiene una intuición”. ¿Y comunicar, podemos comunicar una certeza? Husserl afirma que la certeza se da en el acto de la intuición, no en el del discurso: la descripción no puede sustituir a la intuición.
Así, pues, Husserl redescubrió el ideal: la lógica no es una rama de la psicología; la lógica trata de ideas, de conceptos,... Los psicologistas dirían que el principio de contradicción significa que no podemos pensar que “A” es “A” y “no-A” al mismo tiempo. Husserl corrige diciendo que no puede ser que “A” sea “A” y “no-A” al mismo tiempo. No es lo mismo ser que pensar y la lógica (en general, la filosofía) trata del ser antes que del pensar, es decir trata del ser o de la verdad de lo pensado: los principios lógicos tienen validez objetiva. Pensar es una actividad psíquica acerca de objetos. Esto último es fundamental. Estos objetos sobre los que trata la lógica, la ética y la estética (y toda filosofía) son los ideales. Los objetos reales son espacio-temporales, singulares, pero los objetos-ideales son eternos, universales. La fenomenología es la ciencia de los objetos ideales. Todo acto psíquico es Erlebnis (vivencia). La fenomenología es también el estudio de toda vivencia intencional, dirigida hacia un objeto real. De ellos se extraerán, por intuición, los objetos ideales (números, figuras, especies, colores,...). Estos objetos ideales son irreales porque son eternos y universales, frente a los espacio-temporales y singulares, que son los objetos reales. Lo que caracteriza a la fenomenología es la epoché (abstención), la Einklammerung (puesta entre paréntesis) de la realidad de lo percibido. No interesa ni es oportuno aludir a la existencia o no de los objetos que percibimos en el mundo. Esta epoché es la que nos revelará los ideales.
La ciencia rigurosa que pretende Husserl es un conocimiento que versa sobre un objeto evidente, del que se van extrayendo conocimientos justificados y evidentes igualmente: el dominio de los conocimientos filosóficos debe ser el dominio de mis verdades, de las verdades del ego, la que él vaya fundamentando con carácter absoluto desde su condición de “yo”.
Es el ego quien reduce toda realidad a fenómeno[3]. Esta es la reducción fenomenológica que opera sobre la totalidad del mundo. El ser humano, de forma espontánea, natural, cree en la realidad del mundo, como cree en la realidad de sí mismo. Esta creencia, en verdad es una proto-creencia, la primera y fundamental creencia. Toda ulterior creencia está montada sobre esta. La reducción fenomenológica consiste primeramente en dejar en suspenso esta proto-creencia: la de la existencia de todo, del mundo y del yo. Poner en suspenso no es negar. Es la epoché. Es decir, la reducción fenomenológica consiste en reducir el mundo a algo que no es real, pasando a ser sólo lo que se me aparece a mi conciencia y en tanto que se me aparece[4].
Si suspendemos la proto-creencia, entonces el hecho físico, deja de ser hecho fáctico y esto da paso al eidos. La reducción fenomenológica es una reducción eidética. De otro lado, la reducción fenomenológica hace que el mundo comience a ser irreal (recordemos que las ideas eran irreales). Ahora bien, irreal no es lo mismo que ficticio. Esto no debe suponer una pérdida, sino todo lo contrario: si yo sé lo que es “la” luz, como idea, tengo la medida para saber qué cosas tienen más o menos luz. Con ello, la reducción eidética pasa a ser reducción trascendental por dos motivos:
- Primero, porque el fenómeno, irreal, se da sólo en mi conciencia: la subjetividad constituye a las cosas, es una subjetividad trascendental.
- Segundo, porque “trascendental” significa tradicionalmente la propiedad común en que coinciden todas las cosas por el hecho de ser: la fenomenalidad sería el trascendental supremo.
Ahora podemos entender perfectamente la crítica de Husserl al psicologismo y al neokantismo que expusimos antes:
- Primero: el psicologismo es subjetivismo psicológico, porque llama mundo a mis representaciones subjetivas, que siguen siendo algo fáctico, no eidético. Para el psicologismo, lo fáctico es la medida de lo eidético. Husserl propone lo contrario. La propuesta psicologista pretende “sacar agua de una piedra pómez”. Además, para el psicologismo el sujeto cognoscente y sus procesos psíquicos son reales como lo son las demás cosas que presenta el mundo. Husserl evita la contradicción que esto supone alegando que el sujeto y sus estados también son recogidos y penetrados por la reducción fenomenológica: el sujeto real depende del sujeto eidético.
- Segundo: el kantismo pretende que el sujeto conforme al objeto, pero Husserl dice que no hay conformación, sino correlación: no es que la conciencia haga al objeto, sino que el objeto se manifiesta a mi conciencia. Sólo en cuanto manifiesto en mí muestra el objeto aquello que él es.
Las palabras son palabras, porque significan algo y ese algo que significan son objetos ideales. La significación es la que apunta hacia el objeto. Ante una expresión podemos entenderla, lo que da lugar al pensamiento simbólico o intención significativa, o representárnosla intuitivamente, lo que da lugar al pensamiento intuitivo o impleción significativa. En la impleción se intuye la esencia del objeto. La fenomenología es la ciencia descriptiva de las esencias.
También habla Husserl de las partes en referencia a un todo, distinguiendo entre trozos (o partes independientes, que pueden existir por sí) y momentos (o partes dependientes, que no pueden existir aisladas). Hay dos formas de momentos:
- Cuando una parte está en la otra, bien por implicación o inclusión (como la característica “ser mamífero” está implicada en la característica “ser animal”); esto es lo que Kant llamaba juicios analíticos, porque el predicado estaba implicado en el sujeto; bien por complicación o fundación o fundamentación (como el color, que se da siempre en un cuerpo externo, aunque el color no sea un carácter incluido en la extensión); esto es lo que Kant llamaba juicios sintéticos a priori en los que sujeto y predicado están complicados.
- Cuando las dos partes están en relación (como el concepto “igualdad”).
Aún debemos añadir algo más acerca de la intencionalidad de la conciencia. La conciencia es un mero “darse cuenta de” algo, es siempre y sólo “conciencia de”. El psicologismo puede llegar a explicar cómo llego a darme cuenta de algo, pero no dice nada, ni dirá, en qué consiste el puro darme cuenta. Para responder a esta pregunta está la filosofía y el método fenomenológico. La intencionalidad es el carácter ineludible y fundamental de la conciencia, por ser “conciencia de”. Por una parte la conciencia es una intentio, una nóesis, por ser conciencia “de” otro algo. Pero atención, el objeto al que que dirige la conciencia, no es un añadido, sino que pertenece formalmente a la conciencia en cuanto tal. El “de” es la estructura de la conciencia como intentio. Ahora bien, la conciencia prefija de antemano el modo de presentación del objeto (como percibido, como recordado, como imaginado,...). Es más, no es que la conciencia tenga un objeto, sino que hace que haya objeto intencional para ella, y lo hace desde ella misma. Husserl evita el subjetivismo relativista aludiendo a que es la intentio la que funda la posibilidad de la manifestación del objeto intencional tal como éste es en sí mismo, sin producir el objeto. La intentio es el a priori de la manifestación del objeto, es decir, la conciencia funda desde sí misma la manifestación de su objeto. Esta manifestación del objeto (ya fenómeno) para la conciencia es la vivencia. Por otra parte, la intencionalidad de la conciencia tiene como fin un objeto, un intentum, un noema. No confundamos el noema con el contenido de la conciencia, es sólo el término intencional de la conciencia, algo que es manifiesto en ella, pero que no es ella misma ni parte de ella. Conciencia y objeto son dos partes de un todo en relación de compleción. El noema es independiente de la conciencia (objetivo, por tanto), pero no puede darse sin ella y sólo puede darse en mi conciencia y en virtud de mi conciencia, fundado en ella[5].
La reducción fenomenológica es la reducción es la reducción de los objetos reales a vivencias de la conciencia pura y la reducción eidética es la reducción de estas vivencias a esencias.
La filosofía es la ciencia rigurosa acerca de estas esencias. A ellas se llega por evidenciación intuitiva, no fundada en puntos de vista personales, sino en una apelación objetiva a la propia intuición, en la que encuentra la filosofía la última y estricta verdad absoluta. La intuición es, para Husserl, ver lo manifiesto originalmente manifestado, es decir, como mero correlato intencional de la conciencia pura.
Por ser ciencia eidética descriptiva de las esencias de las vivencias de la conciencia pura, la fenomenología es a priori (porque sólo describe esencias –objetos ideales, no empíricos–) y universal (porque se refiere a todas las vivencias, sin excluir ninguna. Así, pues, la fenomenología es el método cierto, que nos lleva al conocimiento de las esencias, fundado en la intuición eidética.
La fenomenología es también fenomenología constituyente. El ego es subjetividad trascendental, subjetividad que constituye trascendentalmente la objetividad. La conciencia, vivencia tras vivencia, es un constitutivo fluir. Y este fluir es el tiempo. El tiempo al que se refiere Husserl es también un “reducido” fluir: la fluencia misma del fluir.
De todas las vivencias hay una muy especial: la que constituye mi propio ego y el mundo en que este ego vive. Es la autoconstitución o reconstitución evidencial de lo que soy como ego y de lo que es el mundo de este ego. Así, la filosofía pasa a ser también un modo de vivir la vida, de evidenciar la esencia de la propia vida. Ahora entendemos por qué Husserl llamaba a su filosofía “idealismo trascendental”.
Resumiendo: Husserl, que comenzó atacando al subjetivismo (relativista, irracionalista, escéptico) concluye que la objetividad se alcanza dentro de la conciencia trascendental; que comenzó sublimando el racionalismo, concluyó reduciendo el racionalismo y su posibilidad a los límites de su propia conciencia. Pero esto no es una contradicción aberrante: el escepticismo y el relativismo se superan sólo si descubrimos la fuente de la que mana la verdad absoluta. Y esta verdad, o certeza, sólo puede lograrse si eliminamos el abismo que separa las cosas de las percepciones de las cosas, es decir, si hay inmediatez absoluta entre ambas, si el contenido de las percepciones es absolutamente transparente al sujeto o es inmanente a él[[6]].
Para finalizar, unos renglones para añadir a este breve continuo una mención a los valores fundamentales de la filosofía de Husserl:
- Nos mostró el penoso dilema del conocimiento: o empirismo coherente abocado al relativismo y al escepticismo o dogmatismo trascendentalista que pretenda saltar al mundo y temine decidiendo por alguna arbitrariedad (como la existencia de Dios en Descartes).
- Nos mostró que la certeza es una meta que vale por sí misma, como viene demostrando la tradición cultural europea. Sin ella nuestra cultura sería tan miserable como pobre y finalmente abandonada en manos de los escépticos y enterrada por ellos.


[1] Claro está que a principios del siglo XX la filosofía sentía el menoscabo propiciado por los avances enormes de las ciencias empíricas en sus conocimientos y el éxito ante el público. Frente a ellas, ¿qué tenia que decir el pensamiento puro? ¿No eran los problemas filosóficos tradicionales objeto de las investigaciones científicas actuales, convirtiendo este hecho a la filosofía en una reliquia precientífica (como venía pretendiendo el positivismo desde Auguste Comte)? ¿No deriva la filosofía por una pendiente que la conduce hacia su reclusión en una reserva cultural propia de una elite pedagógica (como parece que vuelve a ocurrir en los albores del presente siglo)?
[2] Estos planteamientos los compartía Husser con Gottlob Frege, quien reservaba el sentido lógico de las expresiones a un análisis autónomo resistiendo así a las pretensiones de la psicología: el interés por la pureza de la lógica guió a Husserl hacia el método fenomenológico y a Frege hacia la semántica.
[3] El fenómeno (lo que es manifiesto en tanto que manifiesto), que no es ni lo contrapuesto a la cosa en sí ni estado mental o psíquico, envuelve necesariamente a la conciencia ante la que es fenómeno: todo manifestarse es necesariamente manifestarse a alguien: fenómeno y conciencia son términos correlativos.
[4] La epoché recuerda a la suspensión del juicio de los escépticos, pero no es lo mismo, dado que el escepticismo niega el mundo o su conocimiento, y la reducción recuerda al relativismo gnoseológico, pero tampoco es así, dado que en Husserl no se trata de relativizar, sino de desconectar de la existencia.
[5] La conciencia no tiene sólo aspecto cognoscitivo. Todo modo de conciencia tiene sus noemas propios, por ejemplo, el correlato noemático de la estimación es el valor. De aquí arranca la teoría de los valores de Max Scheler.
[6] Así es como corrige Husserl el problema cartesiano y racionalista de saltar del yo al mundo.

Libro de citas: José Ortega y Gasset, “Ensayo de estética a manera de prólogo”, incluido en "La deshumanización del arte y otros ensayos de estética":

Texto número uno:

“Este buen siglo XX, que nos lleva en sus brazos fuertes, de músculos tensos, parece destinado a romper con algunas hipocresías, insistiendo en las diferencias que separan a las cosas.” (Pág. 155)

Texto número dos:

“Adviértase que “significación” no quiere decir sino “referencia a un objeto”; por tanto, “significación idéntica” será “referencia a un mismo objeto o realidad, a un mismo cariz de un objeto o realidad”.” (Pág. 157)

Texto número tres:

Yo significa, pues, no este hombre a diferencia del otro ni mucho menos el hombre a diferencia de las cosas, sino todo –hombre, cosas, situaciones-, en cuanto verificándose, siendo, ejecutándose. Cada uno de nosotros es yo, según esto, no por pertenecer a una especie zoológica privilegiada, que tiene un aparato de proyecciones llamado conciencia, sino más simplemente porque es algo. Esta caja de piel roja que tengo delante de mí no es yo porque es sólo una imagen mía, y ser imagen equivale justamente a no ser lo imaginado. Imagen, concepto, etc., son siempre imagen, concepto de... y eso de quien son imagen constituye el verdadero ser. La misma diferencia que hay entre un dolor de que se me habla y un dolor que yo siento hay entre el rojo visto por mí y el estar siendo roja esta piel de la caja. Para ella el ser roja es como para mí el dolerme. Como hay un yo Fulano de Tal, hay un yo-rojo, un yo-agua y un yo-estrella.

”Todo, mirado desde dentro de sí mismo, es yo.

”Ahora vemos por qué no podemos situarnos en postura utilitaria ante el “yo”: simplemente porque no podemos situarnos ante él, porque es indisoluble el estado de perfecta compenetración con algo, porque es todo en cuanto intimidad.” (Págs. 158-159)

Texto número cuatro:

“Todo, mirado desde dentro de sí mismo, es yo.

”Esta frase sólo puede servir de puente a la estricta comprensión de lo que buscamos. En rigor es inexacta.

”Cuando yo siento un dolor, cuando amo u odio yo no veo mi dolor ni me veo amando u odiando. Para que yo vea mi dolor es menester que interrumpa mi situación de doliente y me convierta en un yo vidente. Este yo que ve al otro doliente es ahora el yo verdadero, el ejecutivo, el presente. El yo doliente, hablando con precisión, fue, y ahora es sólo una imagen, una cosa u objeto que tengo delante.

”De este modo llegamos al último escalón del análisis: “yo” no es el hombre en oposición a las cosas, “yo” no es este sujeto en oposición al sujeto “tú” o “él”, “yo”, en fin, no es ese “mí mismo”, me ipsum que creo conocer cuando practico el apotegma délfico: “Conócete a ti mismo.” Esto que veo levantarse sobre el horizonte y vacilar sobre las alongadas nubes de alborada como un ánfora de oro, no es el sol, sino una imagen del sol: del mismo modo el “yo” que me parece tener tan inmediato a mí es sólo la imagen de mi “yo”.

”No es este el lugar adecuado para mover guerra al pecado original de la época moderna que, como todos los pecados originales, a decir verdad, fue condición necesaria de no pocas virtudes y triunfos. Me refiero al subjetivismo, la enfermedad mental de la Edad que empieza con el Renacimiento y consiste en la suposición de que lo más cercano a mí soy yo –es decir, lo más cercano a mí en cuanto conocimiento es mi realidad o yo en cuanto realidad. Fichte, que fue antes que nada y sobre todo un hombre excesivo, lo excesivo elevado a la categoría de genio, señala el grado máximo de esta fiebre subjetiva, y bajo su influjo transcurrió una época en que, a cierta hora de la mañana, dentro de las aulas germánicas se sacaba el mundo del yo como se saca uno el pañuelo del bolsillo. Después de que Fichte iniciase el descenso del subjetivismo, y acaso en estos momentos, se anuncia como el vago perfil de una costa, la nueva manera de pensar exenta de aquella preocupación.

”Ese yo, a quien mis conciudadanos llaman Fulano de Tal, y que soy yo mismo, tiene para mí, en definitiva, los mismos secretos que para ellos. Y viceversa: de los demás hombres y de las cosas no tengo noticias menos directas que de mí mismo. Como la luna me muestra sólo su pálido hombro estelar, mi “yo” es un transeúnte embozado, que pasa ante mi conocimiento, dejándome ver sólo su espalda envuelta en el paño de una capa.

”Del dicho al hecho hay un gran trecho –exclama el vulgo. Y Nietzsche: “Es muy fácil pensar las cosas; pero es muy difícil serlas.” Esa distancia que va del dicho al hecho, de pensar algo a ser algo es la misma exactamente que media entre cosa y yo.” (Págs. 159-160)

Texto número cinco:

“De suerte que llegamos al siguiente rígido dilema: no podemos hacer objeto de nuestra comprensión, no puede existir para nosotros nada si no se convierte en imagen, en concepto, en idea –es decir, si no deja de ser lo que es, para transformarse en sombra o esquema de sí mismo. Sólo con una cosa tenemos una relación íntima: esta cosa es nuestro individuo, nuestra vida, pero esta intimidad nuestra al convertirse en imagen deja de ser intimidad. Cuando decía que en el “yo ando” nos referíamos a un andar que fuera visto por un interior, aludía a una relativa interioridad: con respecto a la imagen del moverse un cuerpo en el espacio es la imagen del movimiento de mis sensaciones y sentimientos como una interioridad. Pero la verdadera intimidad que es algo en cuanto ejecutándose está a igual distancia de la imagen de lo externo como de lo interno.

”La intimidad no puede ser objeto nuestro ni en la ciencia, ni en el pensar práctico, ni en el representar imaginativo. Y, sin embargo, es el verdadero ser de cada cosa, lo único suficiente y de quien la contemplación nos satisfaría con plenitud.” (Págs. 160-161)

martes, 6 de abril de 2010

Encefalogramas planos:

Crear es rebelarse contra lo existente haciendo notar sus deficiencias o sus insuficiencias. Vivir, realmente, humanamente, es siempre vivir contra, sobrevivir: no vive quien no crea, quien no se rebela; vivir para un ser humano no significa sólo respirar, sobre todo es un luchar, una agonía. El nihilismo es un paso intermedio (y necesario), pero nunca un final. El nihilismo es la filosofía de los paralíticos cerebrales.

lunes, 5 de abril de 2010

¿Cuál es la función social de la hipocresía?

¿Acaso puede pensarse que no la tiene? Tal vez el lenguaje naciese para mentir antes que para comunicar, y esta invención es la que otorga cohesión a la unión de las personas. Tal vez la supervivencia del ser humano, como especie, requiriese, y requiera siempre, de este engrudo poderoso. Sin la mentira, la vida social sería insoportable.
También sirve el lenguaje para mentirse a uno mismo: cuando uno se ensimisma, piensa o se deja arrastrar de sus ensueños, se habla o cuando se cuenta a sí mismo, entonces se miente recreándose en sí. La autoconciencia es un mal necesario, sin embargo su vicio es el origen del arte y de la filosofía. Esto convertiría a todo filósofo y a todo artista en un sofisticado mentiroso, y a toda obra de arte o a toda gran metafísica en una voraz perversión maravillosa.
Reirse de uno mismo también forma parte de la mentira. Una vez vi a un accidentado con la nariz destrozada y con la boca chorreando sangre, esbozar una sonrisa, toda la sonrisa que le permitía dibujar su dolorida cara. También sé de un tipo que lloraba convulsamente por lo que no le había ocurrido.

sábado, 3 de abril de 2010

Libro de citas:

"- Los patronos perciben que yo rechazo sus valores -dio una vuelta en la cama y continuó-: Me tienen miedo. Sospecho que se dan cuenta de que me veo obligado a actuar en un siglo por el que siento aborrecimiento. Eso sucedió hasta cuando trabajé para la Biblioteca Pública de Nueva Orleans.
- Pero, Ignatius, ésa fue la única vez que trabajaste desde que saliste de la universidad, y fueron sólo dos semanas.
- Eso es precisamente lo que quiero decir -contestó Ignatius, lanzando una bola de papel a la araña de cristal opalino.
- Lo único que hacías era pegar aquellas tiritas en los libros.
- Sí, pero yo tenía una visión estética propia sobre el modo de pegar aquellas etiquetas. Algunos días sólo podía pegar tres o cuatro y me sentía satisfecho, al mismo tiempo, con la calidad de mi trabajo. las autoridades bibliotecarias no pudieron soportar mi integridad profesional. Ellos sólo querían un animal que embardurnara de cola sus libracos". (John Kennedy Toole, La conjura de los necios. RBA Editores, S. A., 1992. Traducción de J. M. Álvarez Flores y Ángela Pérez. Segunda parte, secuencia tercera, pág. 57)

¿Una incógnita?

¿Para cuándo el género literario Metafísica virtual?

Unas notas aproximativas: el ser humano tiene la facultad de hacer que sea lo que todavía no es. Lo real es lo que existe, lo que se impone o lo inevitable, lo virtual es lo que es. Esto es, la esencia se refiere siempre a lo que es; cuando esto que es, comienza a existir, pasa a la dimensión de lo real. Lo real se impone, pero permite siempre un resquicio en el que el ser humano puede imponer sus dimensiones virtuales; esto es, el ser humano consigue hacer que exista aquello que virtualmente consideraba (o creía que consideraba, o creía que contemplaba, o creía que deseaba,...). Lo esencial o virtual modela lo real. ¿Qué es pues más real: lo real a secas o lo virtual (que puede llegar a existir)? Creo que lo real es una consecuencia de lo virtual, de lo fundamental. No comprendo cómo aún no se ha creado el género filosófico o literario Metafísica virtual, dado que una metafísica de lo real es algo pobre, claro, tozudo, evidente. ¿Qué nos define más: lo que somos o lo que deseamos ser, lo que tenemos o lo que pretendemos tener, lo que vivimos o lo que queremos vivir? Parece claro: somos el conjunto de nuestras posibilidades.

domingo, 24 de enero de 2010

Realismo sucio:

A Charles Bukowski.

Caminaba con pasos firmes y zapatos gastados.

lunes, 26 de octubre de 2009

Acerca de un hermoso ídolo de dos cabezas:

La tolerancia es un ídolo de dos cabezas: la de la igualdad y la de libertad.
Para que todos permanezcamos distintos, singulares y únicos reconozcamos que todos somos iguales. La mirada a la que alcanza esta cabeza, llamada igualdad, no ha de tener límites: cualquier discriminación desigualitaria es condenable.
(Si los actuales estados democráticos no quieren matar o dejar morir a este bello monstruo de dos cabezas debe atender a este inmenso mar en toda su extensión.)
En cambio, la otra cabeza, la de la libertad, debe tener la mirada corta. ¿Cuáles son los límites de esta mirada?, esta es la pregunta que lleva respondiendo la filosofía política, al menos, desde el siglo XVIII.
(Si los actuales estados democráticos no quieren matar o dejar morir a este bello monstruo de dos cabezas debe atender a este triple límite que ha de limitar la abusiva (abrasiva) mirada del deseo de libertad:
- Ningún estado debe renunciar a su independencia en nombre del miedo o del deseo de protección.
- Ningún estado debe permitir que, dentro de ellos mismos, surjan intereses por parte de otros estados, representados ya por individuos, ya por asociaciones, ya por instituciones.
- Ningún estado debe permitir la desigualdad discriminatoria (negativa o positiva) de ninguno de sus miembros: la intolerancia es lo único intolerable.)

martes, 15 de septiembre de 2009

El rizo: un recurso literario:

La tercera acepción de la palabra “rizo” que aparece en el drae es la siguiente: “mechón de pelo que artificial o naturalmente tiene forma de sortija, bucle o tirabuzón”. Así, pues, un rizo es un bucle, una curvatura con forma helicoidal. Y esto es justamente lo que algunos escritores del siglo XX han ido poniendo de moda con maestría cinematográfica, con justificado interés y con elegancia depurada. Voy a poner tres ejemplos de este recurso cada vez más recurrente. Los dos primeros ejemplos los he tomado de dos novelas de José Saramago: Levantado del suelo y El año de la muerte de Ricardo Reis, y el último de Alondra, de Dezső Kosztolányi.
Levantado del suelo (1980) es una novela que recoge con indudable maestría la brutalidad a que a veces puede llevar la miseria humana: miseria económica y moral. En el pasaje citado más abajo observamos cómo el protagonista, arrastrándose con un carro donde cuelgan sus escasos enseres y su pobre familia, llega a un pueblo o aldea. Es de noche. Todo está cerrado, salvo una taberna. Allí penetra el buen hombre y allí mira: Saramago nos describe lo que éste ve, y entre ello observa a los clientes que a su vez miran al recién llegado y lo observan. El protagonista se ve a sí mismo a través de los ojos de quienes lo están mirando. Es un rizo perfecto: una cámara fantasma ha girado por la estancia, aparentemente para mostrar lo que allí ocurre, pero realmente para que el protagonista se vea a sí mismo y para que el lector vea lo que de sí mismo puede llegar a ver el protagonista recién llegado. Efecto magistral produce este bucle horizontal como sólo puede lograr un maestro de la pluma.

El año de la muerte de Ricardo Reis (1984) es una novela de sorpresas. Ahora el ejemplo es a cielo abierto, o casi. Nos encontramos en una habitación de hotel. En ella se encuentra Ricardo Reis y Lidia, una camarera. El protagonista se acerca a la ventana y observa el muelle de Sodré allá abajo y a lo lejos. El caudal viene muy crecido. Varias son las calles inundadas. Una anciana quiere cruzar una de ellas, pero parece evidente que no lo logrará sola. Necesita ayuda. Ésta viene dada por un individuo que decide alzarla en brazos y cruzarla. Después este San Cristóbal repetirá su acción con otro individuo acicalado. Ricardo Reis observa la escena (no olvidemos que tiene alma de escritor), pero mientras observa, ve que éste último individuo ha alzado la cabeza y lo mira a él fijamente. Pero no sólo lo mira a él, sino que también está viendo a Lidia que, tras el hombro de Ricardo Reis, está igualmente mirando la escena. El protagonista no puede ver lo que está viendo de sí el alzado a borriquillo, puesto que no tiene ojos en su espalda, pero el lector sabe de Ricardo Reis y de su entorno más que él mismo. Bucle magistral por ser ascendente: va a más.

El siguiente ejemplo de este recurso literario lo he rescatado por ser el más antiguo que yo he localizado. No digo que sea la primera vez que algún escritor lo haya utilizado de forma tan consciente y tan imbricada en el relato, sino que, hasta la fecha, es el primero de que yo tenga constancia. Pertenece a la novela Alondra (1924) del escritor húngaro Dezső Kosztolányi. Al final de la misma el padre de Alondra camina en dirección a su casa y observa desde la calle a través del cristal de una taberna a un joven poeta que está escribiendo y meditando sentado a una mesa. Entonces este individuo levanta la cabeza y mira a través de la ventana. Aquí tenemos el rizo. Mira y ve al padre de Alondra que viene caminando, pensando y mirando. Conocemos más del anciano tras la mirada del joven que si éste no hubiese levantado la cabeza para observarlo.

Texto número 1: Rizo horizontal:
Había una plazuela, unos árboles con ramas que se agitaban, bruscos. El hombre paró el carro, le dijo a la mujer, Espera ahí, y atravesó bajo los árboles hacia una puerta iluminada. Era una taberna y dentro estaban tres hombres sentados en un banco, otro bebiendo arrimado al mostrador, sosteniendo el vaso entre el pulgar y el índice, como si estuviera posando para un retrato. Y tras el mostrador un viejo flaco, seco, dirigió los ojos hacia la puerta, era el hombre del carro que entraba y decía, Buenas noches a toda la compañía, éste es el saludo de quien llega y quiere la amistad de todos, por fraternidad o por interés de negocio, …” (José Saramago, Levantado del suelo. Suma de Letras, S. L.; Punto de lectura, Madrid, 2004. Traducción de Basilio Losada; pág. 24.)

Texto número 2: Rizo ascendente o en espiral:
Entró al fin la camarera, Buenos días, señor doctor, y posó la bandeja, con oferta menos pródiga de lo que había imaginado, pero incluso así merece el Bragança mención honorífica, no es extraño que tenga huéspedes tan constantes, algunos no quieren otro hotel cuando vienen a Lisboa. Ricardo Reis responde al saludo, ahora dice, No, gracias, no quiero nada, es la respuesta a la pregunta que una buena camarera hará siempre, Desea algo más, y si le dicen que no, debe retirarse discretamente, a ser posible sin volver la espalda, hacerlo sería faltar al respeto a quien nos paga y hace vivir, pero Lidia, instruida para duplicar las atenciones, dice, No sé si el señor doctor se ha dado cuenta de que está inundado el muelle de Sodré, los hombres son así, tienen un diluvio a la puerta y ni se enteran, había dormido toda la noche de un tirón, despertó y oyó caer la lluvia, fue como quien sólo sueña que está lloviendo y en el mismo sueño duda de lo que sueña, cuando lo cierto es que llovió tanto que el muelle de Sodré está inundado, llega el agua por la rodilla a quien por necesidad lo atraviesa de un lado a otro, descalzo y remangado hasta las ingles, llevando a cuestas en el vado a una mujer de edad, mucho más liviana que el saco de judías entre el carro y el almacén. Aquí en el fondo de la Rua do Alecrim abre la vieja el bolso y saca la moneda con que paga a San Cristóbal, el cual, para que no estemos siempre escribiendo quién, volvió a meterse en el agua pues al otro lado hay ya quien le hace señales urgentes. Éste no es un anciano, edad y buena pierna tendría para atravesar por sus propios medios si quisiera, pero yendo tan puesto, de traje nuevo, no quiere mancharse los fondillos de barro, que más parece esto barro que agua, y no repara en lo ridículo que va, a borriquillo, con las ropas remangadas, las canillas asomándole por las perneras, las ligas verdes sobre los largos calzoncillos blancos, no falta quien se ría del espectáculo, hasta en el Hotel Bragança, en el segundo piso, un huésped de mediana edad sonríe, y tras él, si los ojos no engañan, hay una mujer que ríe también, mujer sin duda, pero no siempre los ojos ven lo que debieran, pues ésta parece una camarera y cuesta creer que lo sea, o están subvirtiéndose peligrosamente las relaciones y posiciones sociales, caso muy de temer, aunque hay ocasiones, y si es verdad que la ocasión, repetimos, hace al ladrón, también puede hacer la revolución, como ésta de haberse atrevido Lidia a asomarse a la ventana tras Ricardo Reis y reír con él igualitariamente ante el espectáculo que a ambos divertía. Son momentos fugaces de la edad de oro, que nacen súbitos, que mueren pronto, por eso la felicidad cansa en seguida. Se fue ésta ya, Ricardo Reis cerró la ventana, Lidia, sólo camarera, retrocedió hacia la puerta, todo se hace ahora con cierta prisa porque las tostadas se están enfriando y pierden gracia, La llamaré luego para que se lleve la bandeja, dice Ricardo Reis, y eso ocurrirá al cabo de media hora, Lidia entra discretamente y se retira sin ruido, más aliviada de carga, mientras Ricardo Reis se finge distraído, en el cuarto, hojeando, sin leer, The god of the labyrinth, obra ya citada.” (José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis. Suma de Letras, S. L.; Punto de lectura, Madrid, 2004. Traducción de Basilio Losada; págs. 77 y ss.)

Texto número 3: Rizo primitivo:
... Su desengaño literario se transformó en una tristeza general, profunda, típicamente finisecular, y embargado por ese sentimiento miró hacia la calle, donde vio a los Vajkay caminar juntos detrás de un mozo de cuerda.” (Dezső Kosztolányi. Alondra. Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2006. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Péter Esterházy (1993). Traducción de la introducción de Marta Pino Moreno. Pág. 193)

lunes, 14 de septiembre de 2009

Punto de partida:

La vida es una aventura mortalmente peligrosa.

jueves, 27 de agosto de 2009

Dezső Kosztolányi: la aurora de dedos rosados y uñas sucias:


El escritor húngaro Dezső Kosztolányi de Nemeskosztolányi nació el 29 de marzo de 1885 en la ciudad de Szabadka, al sur del impero autro-húngaro (hoy Subotica, en el norte de Serbia) y murió el 3 de noviembre de 1936 en Budapest a causa de un cáncer de laringe. Fue un escritor total, que entre ambas fechas pasó felizmente por todos los géneros literarios alcanzando siempre el difícil nivel de la exquisitez: poesía (Entre cuatro paredes, 1907; Lamento del niño pobre, 1910; Lamento del hombre triste, 1924; Poemas compilados, 1935; ...), novela (Nerón, el poeta sanguinario, 1922; Alondra, 1924; La cometa dorada, 1925, y Anna la dulce, 1926), cuentos (Noches hechiceras, 1908; Enajenados, 1911; Almas enfermas, 1912; Encantadores, 1916; Caín, 1918; Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo, 1933; Ojo de mar, 1935; ...), ensayos literarios, artículos varios y algunas traducciones (Poetas modernos, 1914; Alicia en el país de las maravillas, y, entre otros, algunos autores castellanos como Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, Antonio y Manuel Machado, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Luis Cernuda,...).

De los más de treinta volúmenes que componen su bibliografía, en castellano sólo disponemos de los siguientes:
- Alondra (1924). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2006. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Péter Esterházy (1993). Traducción de la introducción de Marta Pino Moreno.
- La cometa dorada (1925). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2007. Traducción de Marta Komlosy. Prólogo de Adan Kovacsics.
- Anna la dulce (1926). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2003. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Mihály Dés.
- Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo (1933). Barcelona; Ediciones B, S.A., para el sello Bruguera; 2007. Traducción de Mária Szijj.
- Cuentos psicoanalíticos. Ediciones del Lunar, 2003. Traducción de Ángel Cagigas Balcaza.
- La visita y otros cuentos. Grupo editorial Norma. Traducción de Irma Agüero. Selección de cuentos (de Kornél Esti y de Ojo de mar) de Vera Zcékács.

Dezső kosztolányi estudió en la universidad de Budapest, donde conoció a los célebres poetas Mihály Babits y Gyula Juhász, con quienes estableció una amistosa y emocionante correspondencia, y más tarde en la universidad de Viena.

Fue periodista de profesión y en 1908 sustituyó al poeta Endre Ady en la recién fundada, y prestigiosa ya, revista literaria Niugat (Occidente), auténtica revitalizadora de la vida poética e intelectual húngara. Kosztolányi fue uno de los más destacados poetas de la primera generación de dicha intelectualidad. Junto a él, entre otros, el propio Endre Ady, Mihály Babits, Milán Füst, Zsigmond Móricz, Frigyes Karinthy o Gyula Krúdy. Esta revista proclamaba la soberanía y la autonomía del arte. El exigente director de la misma, Ernő Osvát, estableció e institucionalizó su lema: “¡Escribe lo que quieras, haz lo que te venga en gana, solamente importa el cómo lo haces!”

Los dos grandes temas recurrentes y obsesivos en la ingente obra de Kosztolányi son: la desbocada y desbordada imaginación que crea imparable a través del prisma de la niñez y de sus miedos, y la conciencia de la muerte propia como algo inevitable, junto a la angustia que genera todo lo que a ella recuerda, como pueden ser la vejez o la enfermedad. La voz de Kosztolányi, como la de los grandes escritores realistas rusos, es una voz trágica. A veces se le ha comparado con Antón Chejov por hacer literatura sublime a partir de lo trivial o irrelevante. La voz de Kosztolányi es la voz de la compasión y la conmiseración por los pobres, por los ofendidos, por los humillados.

El año 1914 trajo la Gran Guerra y con ella la ruptura y desaparición de la vida bohemia y la llegada del compromiso de los intelectuales. Kosztolányi siempre defendió la independencia del arte. Él decía ser un homo aestheticus y no un homo moralis. Como tal siempre defendió el arte por el arte. No obstante, los cuatro años de guerra, las dos revoluciones y la contrarrevolución blanca, la desaparición del imperio austro-húngaro y las descabelladas y desproporcionadas consecuencias del tratado de Versailles de 1920 (en el que Hungría perdió dos tercios de su territorio: la ciudad natal del autor, Szabadka, pasó a ser la serbia Subotica) hicieron que las exquisiteces rimadas y la literatura de orfebre desapareciesen a favor de la rigurosidad, de la justeza y de la claridad directa. Decepcionado ante el mundo y ante sí mismo, el patente fracaso de los movimientos progresistas ilustrados y decimonónicos lo conducen a la conciencia de la soledad, de la angustia y de la tragedia que supone el vivir. Y es que Kosztolányi anuncia el existencialismo. Se convierte en el poeta de la superficie, poeta desafiante que renuncia a profundizar, que no se esfuerza más que por recoger en palabras los destellos de la superficie del mar. La canción de Kornél Esti lo proclama claro y rotundo:
(...)
Has de ser la envoltura
del sabio placer, de la fruta,
la fascinante piel, el verdor
del árbol, de la mar el rumor:
la imagen de lo profundo.
(...)
Negocia con locos caprichos
charla con mortales peligros,
y ríete del que se esmera en buscar
lo profundo.

¿Qué te trae el buzo
que emerge de lo profundo?
En la mano, triste barro,
lo único que brinda aquel mundo.
Nada disfruta de la magia
de los destellos del agua,
abajo gime, trastabilla encadenado,
le pesan los guantes,
los grandes ojos de vidrio
contemplan serios y fríos.
(...)
Has de ser vacío y liviano,
liviano y siempre juguetón,
vidente, pero visible de lejos,
con la seda de un centenar de palabras
ardientes, como la bandera,
o la pompa de jabón, arriba
entre los vientos, en el cielo,
y vivir mientras lo haga el alma,
la belleza, o los caprichos,
porque yo también -lo juro por Dios-
sólo viviré hasta entonces.

Ve a flotar sobre lo profundo
envuelto en colores sutiles;
sé como la nada, tú
el todo.

Entre 1922 y 1926 Kosztolányi escribe y publica cuatro novelas[[1]]: Nerón, el poeta sanguinario; Alondra; La cometa dorada, y Anna la dulce. En la primera de ellas (no traducida al castellano) se adentra en la conciencia del poeta fracasado y descubre el estrecho margen que separa lo divino de lo demoníaco: el Nerón joven fue educado en el arte, en la poesía, en la música, para ser un gran emperador, pero su mediocridad (y su inevitable fracaso) siempre patente ante Británico y Séneca, lo llevan a convertirse en un cruel asesino y en un déspota irracional: no hay asesino más salvaje que un poeta consciente de su mediocridad; la belleza es la peor de las propiedades, porque no tolera su desposesión. Lo mejor de la novela es la paulatina y progresiva transformación del joven poeta Nerón en el vanidoso y asesino emperador. En esta novela encontramos ya el mayor aporte de Kosztolányi a la literatura y al pensamiento contemporáneos: la inversión absurda, la denuncia de la terrible confusión que suele darse entre lo primero y lo último, entre la causa y el efecto, entre el ser y el deber ser: el imbécil y mutilado Nerón proclamando en su trono “Nada me es prohibido”[[2]].

Su segunda novela fue la magistral y chejoviana Alondra. Kosztolányi ya sabía que los rostros no existían bajo las máscaras, por ello, este autor desenmascarado pretende penetrar la esencia de la máscara auténtica. Y esto es justamente lo que hace en Alondra. “Alondra” es el único nombre que conocemos de la protagonista de la novela, una no joven hija soltera de un matrimonio anciano. Ella va a marcharse de viaje durante una semana a la finca de unos parientes y los padres quedarán solos en su casa de Sárszeg (“barrizal arrinconado”, la ciudad imaginada de Kosztolányi que tanto recuerda a Szabadka). Y ahora llega la terrible inversión: los padres descubren durante esa semana el odio que sienten por su hija, que debió morir antes de nacer. Pero... ella volverá, y lo hará con una jaula en la mano, jaula que contiene una paloma (¿por qué no una alondra?).

Su tercera novela fue La cometa dorada, más cuidada y lírica que la anterior. Paso obligado para todo docente y para todo padre de hijo adolescente. Su protagonista, Antal Novák, apodado Kobak (“cabezón”) es un profesor de Bachillerato en la ciudad provinciana que ya conocemos, Sárszeg. Tiene una hija adolescente y se encarga de tutorar, enseñar y educar, a un grupo de alumnos también adolescentes. Seguro de sí mismo, gran pedagogo, riguroso, todo le marcha bien hasta que llega nuevamente la inversión terrible: su hija le miente, el mundo está cambiando y él no está preparado para los nuevos tiempos, sus ideales pedagógicos ilustrados ya no sirven para nada, y todo va, lentamente al principio, con precipitación al final, hacia un inevitable desenlace trágico. El cielo mismo se romperá junto con el cráneo de Novák. Tal vez el lenguaje no sirva más que para aumentar la incomunicación de los seres humanos. Es una novela despiadada con el lector: por un lado, delicada, sensible, lírica, escrita por un poeta que ama las palabras, por otro, brutal, desproporcionada, monstruosa; por un lado, conoce el lector las más leves emociones que afectan la conciencia de sus protagonistas, por otro, desearía alejarse de ellos todo lo deprisa posible. Y entre ambos sentimientos opuestos una tensión, trágica por ser inevitable: el terrible final.

Pero si algo escribo de final terrible, entonces tengo que pasar a Anna Edes (Anna la dulce), sin duda una de las mejores novelas de la primera mitad del siglo XX. No voy a rebelar nada de su argumento, porque cualquier palabra que escriba sobre él, podría pervertirlo. Recomiendo a todos los que esto estén leyendo, que cuando se enfrenten a la novela lo hagan directamente, sin previo paso por ningún prólogo o introducción: el impacto que produce la novela es radical. Sólo voy a mencionar dónde se encuentra la terrible inversión en esta obra: al ser humano no se le puede degradar a animal o a cosa o a autómata impunemente. Y nada más.

Termino añadiendo algo acerca de la colección de cuentos Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Kornél Esti es su doppelgänger, su alter ego, en palabras de la propia esposa de Kosztolanyi. El aventurero, descarado y sensible Kornél Esti es todo lo que Kosztolányi era y no supo cómo serlo. Esta colección de relatos es muy desigual en cuanto a calidad, pero algunos de ellos son perfectos. Destaco los siguientes: “Donde realiza una excursión con un viejo amigo a la ‘ciudad honrada’” (capítulo 4 de la edición castellana), “Donde el pobre periodista Pali Mogyoróssy enloquece de súbito en una cafetería y es encerrado a continuación en un manicomio” (capítulo 8 de la edición castellana) y “Donde el héroe brinda una conmoverora descripción de un viaje en un tranvía corriente y se despide del lector” (capítulo 18 de la edición castellana).

La inversión del primero de los tres relatos consiste en la honradez de la ciudad que visita Kornél Esti. En ella nadie miente, nadie oculta nada. Es una ciudad o una sociedad cabeza abajo desde nuestro punto de vista moral, pero ¿no debería ser realmente la nuestra, la sociedad que debiera resultarnos extraña? ¿Cuándo se produjo en nuestra historia la inversión que dio lugar a la imposición de la mentira, de los enmascaramientos, de la cortesía falsa, de la hipocresía?

El segundo relato es más terrible: el periodista Pali Mogyoróssy enloquece una noche de juerga. Sus amigos observan el truncamiento de su cerebro y deciden conducirlo al manicomio. El mismo Pali acaba aceptando su nuevo aposento. Pero... y aquí está la terrible inversión: los locos son los amigos de Pali y no lo saben. El valor de la literatura de Kosztolányi es justamente este: Kafka nos reveló un mundo literario en el que el protagonista conservaba su sentido común en medio de un entorno enloquecido o absurdo, y el lector conoce el valor de este sentido lógico. Kosztolányi hace que no sólo el entorno, sino que el mismo protagonista sean ambos unos sinsentidos, con la dificultad trágica añadida de que nada ni nadie es consciente de dicho absurdo. Kosztolányi es una vuelta de tuerca añadida a Kafka y un exquisito preludio para el existencialismo. Este es el mérito del relato acerca de Pali Mogyoróssy o de Anna la dulce o de la Alondra o de Antal Novák.

Del último relato que he seleccionado de Kornél Esti no escribo nada. Al lector se lo dejo para que camine por sí mismo, junto con otras citas del propio Dezső kosztolányi de Nemeskosztolányi:

Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo (1933). Barcelona; Ediciones B, S.A., para el sello Bruguera; 2007. Traducción de Mária Szijj. Capítulo 18: Donde el héroe brinda una conmovedora descripción de un viaje en un tranvía corriente y se despide del lector (págs. 313-319):
“- El viento rugía -relató Kornél Esti-. La oscuri­dad, el frío y la noche me azotaban y arañaban la cara con sus heladas garras.
»Se me había puesto la nariz púrpura, las manos mo­radas, las uñas azuladas. Los ojos me lagrimeaban, como si llorara o como si se derritiera en mi interior la vida solidificada en un bloque de hielo. Negras callejuelas bostezaban en torno a mi.
»Yo aguardaba allí, de pie, golpeando con los pies el asfalto duro como la roca e intentando calentarme las uñas con el aliento. Al final metí los dedos entumecidos en los bolsillos del abrigo.
»Por fin, en la lejanía, atisbé a través de la niebla el brillo amarillento de los ojos del tranvía.
»El vehículo efectuó un giro pronunciado y se detuvo ante mí, chirriando sobre los raíles.
»Me disponía a subir, pero no bien extendí la mano hacia la barandilla, unas voces hostiles me gritaron: "Está lleno." De las escalerillas colgaban racimos de pasajeros. Dentro, en una lúgubre penumbra apenas iluminada por una única bombilla de filamento metálico que despe­día una luz rojiza, se hacinaban seres vivos, hombres, mu­jeres, algunas de ellas con niños en brazos.
»Vacilé por un instante. Luego, movido por una de­cisión repentina, subí de un salto. No era momento para andarse con remilgos. Estaba aterido y me castañeaban los dientes. Además, también me corría prisa, debía lle­gar puntual a mi destino y me esperaba un largo trayecto.
»En un primer momento mi situación era más que desesperada. Me agarré al racimo humano, convirtiéndo­me así en una más de sus bayas invisibles. Pasamos tra­queteando bajo puentes y atravesamos túneles a una velo­cidad tan salvaje que si me hubiese soltado, habría muerto en el acto. De vez en cuando mi espalda rozaba un muro, una valía de tablas de madera, el tronco de un árbol. Es­taba jugándome la vida.
»Más que el peligro, me angustiaba saber que me odiaba cada uno de los restantes pasajeros. Arriba, los que estaban en la plataforma, se reían de mi; abajo, los de la escalerilla, las personas a las que me había unido el des­tino, sin duda habrían suspirado aliviados silos hubie­se librado de mi excéntrica presencia cayéndome y rom­piéndome la crisma.
»Tardé mucho en llegar hasta la plataforma. Conse­guí abrirme paso hasta el borde. Al menos ya pisaba suelo firme. Con las dos manos me así con fuerza al bastidor exterior del vagón. Ya no temía salir despedido.
»Cierto que la opinión general volvió a cebarse en mi, y de forma por demás virulenta. Abajo ya se habían acostumbrado más o menos a mí. Tras aceptar mi exis­tencia, como un triste hecho, se habían fundido conmigo y habían dejado de prestarme atención. Arriba, sin em­bargo, era el último de los invasores, el más reciente de los enemigos. Todos se aliaron contra mí y expresaron su animadversión común hacia mí, unos abierta y otros en­cubiertamente, unos en voz alta y otros en susurros, unos con blasfemias, otros con insultos graciosos o con comen­tarios soeces. No ocultaban en absoluto que preferirían que me encontrara a dos metros bajo tierra a que estuviese allí entre ellos.
»A pesar de todo, no abandoné la lucha. "Resiste -me animaba a mí mis mismo-. Resiste las adversidades sin claudicar."
»La perseverancia dio su fruto. Alcancé una de las correas que colgaban del techo y la agarré. Poco después, alguien me empujó. Me precipité hacia delante con tan buena fortuna que logré adentrarme en el vagón. Ya no estaba en las inmediaciones de la salida, sino que me había plantado firmemente en medio del grupo que ocupaba la plataforma. La gente me apretaba y me transmitía calor por todos los lados. Unas veces, la presión era tan fuer­te que se me cortaba la respiración. Otras, se me clava­ba en el vientre algún objeto, el mango de un paraguas o el canto de un maletín.
»Sin embargo, salvo por estas molestias pasajeras, no tenía motivos para lamentarme.
»Más adelante, mis perspectivas mejoraron aún más. »La gente iba y venía, subía y bajaba. Ahora que in­cluso gozaba de cierta libertad para moverme, me de­sabroché el abrigo con la mano izquierda, me saqué del bolsillo del pantalón el monedero y conseguí satisfacer la solicitud insistente pero hasta entonces infructuosa del cobrador de que le pagase el billete. Qué placentero re­sultó cumplir con mi deber.
»Luego ocurrió algo que produjo de nuevo cierto re­vuelo. Se encaramó al tranvía un revisor gordo y respe­table que con sus cien kilos casi ocasionó que el vagón rebosara, como una taza de café llena hasta el borde en la que tiran un voluminoso terrón de azúcar. El revisor me pidió el billete. Me vi obligado a desabrocharme el abrigo de nuevo, y con la mano derecha que me queda­ba libre rebuscar el monedero que hacía un rato había hundido en el bolsillo izquierdo del pantalón.
»Debo admitir que la suerte me sonrió otra vez. Al excavar el revisor un túnel entre cuerpos vivos en su ca­mino hacia el interior del vagón, una oleada impetuosa de personas me empujó hacia dentro de modo que -al principio no daba crédito a mis ojos- ahora yo también estaba dentro, en el interior del vagón: lo había logrado.
»Mientras, alguien me asestó un golpe en la cabeza, saltaron unos cuantos botones de mi abrigo, pero no estaba yo para ocuparme de esas menudencias. Me enor­gullecía enormemente de haber llegado hasta allí. Natu­ralmente, sentarme era una utopía. Ni siquiera entreveía a la privilegiada comunidad de pasajeros que iban senta­dos. Los ocultaban a la vista aquellos que viajaban de pie, colgados de las correas, turnándose para posar los pies sobre los demás, así como el miasma impuro formado por la neblina invernal impregnada de alientos con olor a ajo y ácido gástrico y de los vapores viciados que ema­naban de la ropa.
»Al contemplar aquella horda de animales encajona­dos y malolientes, despojados de toda dignidad huma­na, me invadió tal repulsión que, ya tan cerca de mi meta y de la victoria, me tentó la idea de darme por vencido, de no continuar el viaje.
»En ese momento me fijé en una mujer. Estaba en un rincón sombrío, apoyada contra la pared; llevaba ropa gastada y un cuello de piel de conejo. Parecía extenuada, triste. Tenía facciones sencillas, una frente mansa y pura, ojos azules.
»Cuando no soportaba más aquella humillación, cuando me dolían las extremidades o se me revolvía el es­tómago, entonces entre los harapos, entre aquellas jetas propias de animales, en el aire nauseabundo, la buscaba a ella, jugando al escondite tras las cabezas y los sombreros. La mayor parte del tiempo, ella iba abstraída. No obstante, en una ocasión, nuestras miradas se cruzaron. Desde ese momento, ella no me evitó. Se me figuraba que ella tam­bién pensaba lo mismo que yo, como si me leyese la men­te y compartiese mi opinión sobre el tranvía y todo lo que nos rodeaba. Esto me consoló.
»Con su permiso tácito, yo la miraba a los ojos, como miran los enfermos la llamita eléctrica azul que de noche se enciende en las salas de hospital, para que los que su­fren no se sientan solos y abandonados del todo.
»Fue gracias a ella, sólo a ella, que no perdí definiti­vamente las ganas de luchar.
»Un cuarto de hora más tarde se desocupó a mi lado un hueco en el banco que unas barras de cobre dividían en cuatro asientos. En un primer momento sólo había espacio suficiente para apoyar un muslo y dejar las pier­nas flotando en el aire. Los que estaban sentados en torno a mi eran unos burgueses horribles, enfundados en sus gruesos abrigos de piel e instalados en sus privilegios conquistados, sin la menor intención de transigir un ápice. Yo me conformaba con lo poco que había conse­guido. No reivindicaba más. Fingía no reparar en su la­mentable soberbia. Me comportaba como un saco, pues sabía que la gente aborrece instintivamente a las perso­nas y que le cuesta menos perdonar a un saco que a una persona.
»Así fue. En cuanto advirtieron mi indiferencia y que era un don nadie que no contaba para nada, se apartaron ligeramente y me cedieron una pequeña porción del es­pacio que me correspondía. Más adelante ya habría asien­tos entre los que elegir.
»Unas paradas más adelante me procuré uno junto a la ventanilla. Me acomodé y eché una ojeada alrededor. Antes de nada, busqué a la mujer de ojos azules, pero ya no estaba allí. Seguramente se había bajado mientras yo estaba ocupado librando mi fiera batalla por la supervi­vencia. La había perdido para siempre.
»Suspiré. Me volví hacia la ventanilla cubierta de flo­res de escarcha, pero sólo veía las farolas, la nieve co­chambrosa, las puertas cerradas, oscuras e implacables.
»Exhalé otro suspiro, luego bostecé, para distraerme de mi abatimiento. Constaté que "había luchado y había triunfado". Había alcanzado todo lo alcanzable. En un tranvía, ¿qué más cabía desear que un cómodo asiento junto a la ventanilla? Cavilando, casi con satisfacción, repasé cada instante de la encarnizada lucha, el asalto inicial, en el que tomé posesión del tranvía, la tortura de la escalerilla, el combate cuerpo a cuerpo en la platafor­ma, la atmósfera y el ambiente irrespirables que reinaban en el interior del vagón. Me reproché mi pusilanimidad, que por poco me había llevado a desistir de mi empeño, a echarme atrás en el último instante. Contemplé los hilachos del abrigo, único vestigio de los botones perdi­dos, como un guerrero que estudia sus heridas. A todo el mundo le toca -sentenciaban, con la experiencia so­segada de un sabio-; sólo hay que esperar que a uno le llegue su turno. En la vida terrenal las recompensas no se reparten con facilidad, pero al final, a pesar de todo, recibimos nuestra parte.
»Entonces me invadió el deseo de celebrar mi victoria. Estaba a punto de estirar mis piernas dormidas, para por fin relajarme y descansar, libre y feliz, cuando el cobra­dor se acercó a la ventanilla, hizo girar el indicador de dirección y gritó: "Ultima parada."
»Sonreí. Me apeé sin prisas.”

Otras citas de Dezső kosztolányi:
“Siempre me ha interesado una sola cosa: la muerte. Nada más. Me convertí en un ser humano el día en que, a la edad de diez años, vi muerto a mi abuelo, que era el ser a quien más quería por aquel entonces. Sólo desde ese momento he sido poeta, artista, pensador. El silencio de la muerte –la gran diferencia que opone la vida a la muerte- me hizo comprender que debía hacer algo. Empecé a escribir poesía. [...] En lo que a mí respecta, lo único que tengo que decir, por muy pequeño sea el objeto que puedo alcanzar, es que estoy muriendo. No siento sino desdén hacia esos escritores que tienen algo más que decir, que tratan sobre los problemas sociales, las relaciones entre hombres y mujeres, la lucha entre razas, etc., etc. Me pone enfermo esa estrechez de miras: qué trabajo más superficial hacen y qué orgullosos se sienten de él.” (De su diario. Texto citado por Péter Esterházy en la introducción de Alondra.)

“Pero hay versos que jamás pueden ser completamente leídos. Sobre todo los versos verdaderos. En ésos nos adentramos mucho más en su lectura. Mientras mejor los conocemos, más misteriosos serán. Ya hasta nos los sabemos de memoria, pero cada vez se nos aparecen, brillan con luz nueva. ¿Cuál pudiera ser la razón de ello? Pues obviamente el hecho de que el contenido no se encuentra en el texto, sino detrás de el. Por eso es que "nunca se agotan". El chapucero expresa todo lo que siente y piensa, y nos arroja todas sus palabras. El artista deja entender, y de la riqueza de su vocabulario sólo hace figurar algo, simbólicamente. De ahí se desprende que el lector se convierta en su colaborador activo-creador.” (Texto citado por Pál Réz en la introducción a La visita y otros cuentos).

“Mis años de estudiante en Viena, mis viajes a París, mis aventuras por Italia, no dejaron una huella tan profunda en mí como cuando una noche mi padre me mandó al cuarto de piano a oscuras por un puro.” (Texto citado por Pál Réz en la introducción a La visita y otros cuentos).

“Eran tan inabordables como si vivieran en una isla, lejos de la gente y al margen de las leyes humanas. ¡Si hubiese un camino para llegar a ellos! A la isla, a la seguridad, al maquillaje. Pero no lo había. No era posible transformar la vida en una comedia, no era posible vestirla. Existen personas que sólo poseen el dolor, un dolor cruel e informe que no sirve para nada, que no puede utilizarse para nada, sólo para el dolor mismo, para que duela, y entonces se encierran en ese dolor, profundamente, en una tristeza que no es más que suya, en un hueco sin fondo, en una mina que acabará derrumbándose sobre sus cabezas, y entonces se quedarán allí, y nadie podrá salvarlos.” (Alondra, págs. 108-109)

Cuando estamos excitados, todo adquiere un significado, incluso aquello en que ni siquiera repararíamos en otras circunstancias. Cuando eso ocurre, hasta los objetos –una farola, un sendero cubierto de gravilla o un arbusto- poseen su vida propia, ancestral, hermética, enemistada con los seres humanos, y muestran hacia nosotros una indiferencia que nos duele en el corazón y nos causa estupor. Por su parte, los seres humanos –todos ellos egoístas que corren sin el menor sentimiento de hermandad hacia sus metas- nos hacen recordar con una sola palabra, con un solo gesto, lo irrevocable de nuestra soledad, y esa única palabra, ese único gesto se congelan en nuestra alma, sin razón alguna y para siempre, como un símbolo de la sinrazón de la vida.” (Alondra, pág. 178).

“El peso de la felicidad le doblaba la espalda.” (La cometa dorada, pág. 75.)

“Las palabras son vacuas, no expresan nada. A veces son capaces de desvirtuar hasta las mejores intenciones, transmitiendo malicia o ironía sin que nos demos cuenta. ‘Buenas noches... ¡Vaya nochecita que hemos tenido este pobre muchacho y yo!’.” (La cometa dorada, pág. 125.)

“La moral del hombre común y la del aristócrata coinciden en más puntos que cualquiera de ellas con la moral burguesa: los extremos se tocan.” (La cometa dorada, pág. 219.)

“Tenía un alma sensible, pero esos pequeños pinchazos ya no le dolían. Conocía la estupidez humana. Más que desprecio, sentía lástima; la incultura lleva en sí misma su propio castigo.” (La cometa dorada, pág 221.)

“La verdad es la suma de todas esas opiniones.” (La cometa dorada, pág. 366.)

“Una expresión de miedo apareció en los grandes y lánguidos ojos de Anna.
”Eran azules, pero no de un azul brillante, sino más bien suave, pálido, como las aguas del lago Balaton en las brumosas madrugadas de verano.
”Anna observó por primera vez a la señora Vizy: tenía la piel blanca, era muy alta, y tan fría como el hielo; por algún motivo le recordaba un ave, un ave desconocida de plumas vistosas, multicolores y desordenadas.”
(Anna la dulce, págs. 79-80.)

De las ventanas colgaban trapos y camisas de colores con la sincera suciedad de la vida que allí no se escondía.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 77.)

“Naturalmente, los matrimonios contraídos por amor también presentan sus inconvenientes. El que se casa por amor no actúa con mucha más sabiduría que el que mete en su casa un leopardo bello y esbelto, para que vele por su tranquilidad. Es algo fuera de lugar.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 192.)

“Dime, por favor, ¿por qué extraña razón todos los tacaños son longevos? Hay quien afirma que la tacañería constituye una manifestación de las ganas inquebrantables de vivir y que, como toda pasión real, no sólo no resulta mortífera, sino que, por el contrario, tonifica. Unos afirman que esta avidez constante y con efectos a largo plazo no se instala en organismos débiles condenados a perecer antes de tiempo. Otros sostienen que la tensa animadversión que los tacaños concitan contra sí entre quienes los rodean los vivifica y refuerza su terquedad, y que el odio implacable de sus familiares los mantiene con vida, como a los hombres bondadosos las oraciones devotas de sus allegados. Hay, por último quienes aseguran que es la tierra la que los retiene en este mundo, no los suelta, los abraza contra su seno mugriento y barroso, como si de parientes suyos se tratara, porque los tacaños son tan mugrientos y barrosos como ella. No son más que teoría.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 197.)

“Hay hoteles de ambiente familiar, donde nos encontramos más a gusto que en nuestro hogar, con las ventajas añadidas de que gozamos de una mayor independencia, libres de las tensiones familiares. Hay hoteles apacibles, amables y cómodos. Hay hoteles tristes, sobre todo en provincias, que semejan pianos desafinados, que nos mueven a la melancolía con sus espejos ciegos y su ropa de cama húmeda. También hay, claro está, hoteles malditos, con olor a muerte, que nos sumen en la desesperación, muy apropiados para suicidarse una noche de noviembre. Hay hoteles joviales, en los que el agua ríe al salir borbollando de los grifos. Hay hoteles severos, solemnes, mudos, hoteles parlanchines, hoteles crápulas, hoteles señoriales, fiables, tranquilos, cubiertos de la noble pátina del pasado, hoteles livianos, hoteles pesados, hoteles sanos, en los que incluso los desagües irradian luminosidad, y hoteles enfermos donde cojea la mesa, renquea la silla, los armarios andan con muletas, los sofás padecen tisis, las almohadas yacen moribundas sobre la cama. En pocas palabras: hay hoteles de todas clases.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 199.)

“No se trataba de mala intención por su parte, pues la vida le había enseñado que aquellos tan necios como para apelar a la buena voluntad de otro siempre son personas perdidas, condenadas a muerte, a quienes no vale la pena ayudar, ya que se engañan a sí mismos, o de hecho son tan débiles que no son capaces ni de engañarse a sí mismos, por lo que se dirigen a otra persona para que sea ella quien los engañe.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 244.)

“La aurora, de dedos rosados y uñas sucias.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 251.)

La ternura no es más que una forma de dureza encubierta, y viceversa.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 261.)



[1] ¡Qué envidia siento por esta época en la que escribir un poema era todo un acontecimiento![2] Esperemos que alguna editorial se decida pronto a traducir y publicar esta obra que mereció los elogios de Thomas Mann.