Luisa
llegó al borde de sus cincuenta años sin conocer el sentido del amor. No es que
no hubiera tenido amantes o amados, los había tenido de sobra, pensó, y tal vez
fuese por ello que no lograra entender a qué se refería cuando hablaba de amor:
¿acaso deseo desmesurado de sentir una presencia que sabía sin duda alguna que
te pertenece? o ¿deseo inevitable, irracional e incomprensible por una
presencia que sabía ya extinguida, imposible?, ¿tal vez deseo de pretender no
aceptar ingenuamente una ausencia inevitable? ¿deseo impaciente a secas? ¿deseo
que exige satisfacción inmediata quizá? ¿deseo mezclado con dolor por no
regresar a donde siempre se perteneció o por regresar a donde ya no queda nada?
En
este punto exacto de incertidumbre se encontraba Luisa a mitad de su vida
prevista, con dos hijos ya demasiado crecidos, con un trabajo anodino y con un
divorcio más que meritorio y anhelado desde hacía algunos años. Sentada en un
velador de un bar junto a un parque público, tomando un café humeante en una
tarde húmeda y fumando uno de sus cigarrillos más satisfactorios (sólo cinco al
día y este era el penúltimo). Cada cual y solo cada cual sabe de sus placeres y
sufrimientos, siempre únicos e intransferibles por más que todos creamos sentir
lo mismo que otros en situaciones similares. Nunca nada es lo mismo (o no puede
ser que lleguemos a saberlo) y nunca es la misma situación (por más que nos lo
parezca).
Mirando
ascender el humo azul se acordó de su madre. Se la imaginó con la misma edad
que ella ahora: al borde de sus cincuenta años. Cosa esta imposible, puesto que
su madre falleció cuando apenas había sobrepasado los cuarenta. Ella, Luisa,
tenía ¿veinte años? Pero entonces los años transcurrían a otro ritmo, se dijo,
más rápidos: «cuarenta
de mi madre, deben corresponder a mis cincuenta», creyó.
Ella,
su madre, también había tenido dos hijos: su hermano mayor, Vicente, un necio y
bruto animal, y ella misma. Imaginó que «ella, su madre, hubiera sido más feliz
si sólo hubiera parido a Vicente. Se hubiera volcado solo sobre él». «Yo
también hubiera sido más feliz», siguió imaginando. Es verdad que su madre no
había llegado a divorciarse. Entonces no era posible, pero realmente su padre y
ella llevaban algún tiempo en que no se reconocían mutuamente. Después, … la
enfermedad y la muerte. «Siempre he pensado que se rindió pronto o, tal vez,
esto sea lo que siempre he ido creyendo porque así se me hizo más fácil vivir
con su ausencia. Quizá sea esta mi forma de enfrentar esto de soportar una
ausencia que se presenta como inevitable», se dijo.
Acompañaba
sus reflexiones moviendo el café caliente con una cucharilla y saboreando
lentamente el humo de su cigarrillo. Tenía la pierna derecha cruzada sobre la
izquierda. Llevaba una blusa ligeramente escotada, lo que permitía que el aire
húmedo y fresco de la tarde le penetrara hasta la espalda. El pelo le bailaba
sobre los hombros. «Ya iba siendo hora de cortármelo», pensó. «Mañana mismo pido
cita en la peluquería y me lo corto», siguió pensando. Pero rápidamente le
asaltó la idea de lo que le gustaba que el viento le diera en la cara y que le
moviera los cabellos. Los tenía finos y abundantes. El olor del champú
permanecía en ellos durante horas. Cuando se movían desprendían su perfume a
jazmines o a rosas, según la estación. Adoraba este olor y su permanencia.
Siempre había tenido un olfato extraordinario. Disfrutaba identificando olores:
no solo los que emanaban las flores o las plantas, todos, cualquiera que fuera
su naturaleza o procedencia: sudores, especias, maderas y barnices, hormonas.
Se había autoconvencido de no hablar de ello, porque había llegado a la
conclusión de que esta era una habilidad propia y exclusiva que no podía compartir
con nadie, porque nadie la entendía.
Puede
que todas la luchas sean necesarias, pero de lo que Luisa estaba segura es de
que todas las luchas terminan inevitablemente en derrota, incluso las victorias
son solo aparentes. «Ya no lucharía más», decidió. Evitaría todas las batallas,
aunque esto supusiera la mayor de sus derrotas, su desaparición preventiva. «Es
lo más parecido a no haber nacido», concluyó. Solo se dedicaría a estar, a su
bienestar, creyó. No al capricho espontáneo, sino a estar pendiente de sí
misma, de su cuerpo y de todo aquello que le hiciera bien. «No, definitivamente
mañana no pediré cita en la peluquería», dijo mientras se tomaba el último
sorbo de café, inhalaba la última bocanada de humo de su cigarrillo, se rizaba
un mechón con su dedo índice y dejaba que el viento se le colase por el escote
hasta la espalda y desprendiese de sus cabellos su olor a jazmines.

No hay comentarios:
Publicar un comentario