sábado, 19 de septiembre de 2026

Ensoñaciones:

 

Luisa llegó al borde de sus cincuenta años sin conocer el sentido del amor. No es que no hubiera tenido amantes o amados, los había tenido de sobra, pensó, y tal vez fuese por ello que no lograra entender a qué se refería cuando hablaba de amor: ¿acaso deseo desmesurado de sentir una presencia que sabía sin duda alguna que te pertenece? o ¿deseo inevitable, irracional e incomprensible por una presencia que sabía ya extinguida, imposible?, ¿tal vez deseo de pretender no aceptar ingenuamente una ausencia inevitable? ¿deseo impaciente a secas? ¿deseo que exige satisfacción inmediata quizá? ¿deseo mezclado con dolor por no regresar a donde siempre se perteneció o por regresar a donde ya no queda nada?

En este punto exacto de incertidumbre se encontraba Luisa a mitad de su vida prevista, con dos hijos ya demasiado crecidos, con un trabajo anodino y con un divorcio más que meritorio y anhelado desde hacía algunos años. Sentada en un velador de un bar junto a un parque público, tomando un café humeante en una tarde húmeda y fumando uno de sus cigarrillos más satisfactorios (sólo cinco al día y este era el penúltimo). Cada cual y solo cada cual sabe de sus placeres y sufrimientos, siempre únicos e intransferibles por más que todos creamos sentir lo mismo que otros en situaciones similares. Nunca nada es lo mismo (o no puede ser que lleguemos a saberlo) y nunca es la misma situación (por más que nos lo parezca).

Mirando ascender el humo azul se acordó de su madre. Se la imaginó con la misma edad que ella ahora: al borde de sus cincuenta años. Cosa esta imposible, puesto que su madre falleció cuando apenas había sobrepasado los cuarenta. Ella, Luisa, tenía ¿veinte años? Pero entonces los años transcurrían a otro ritmo, se dijo, más rápidos: «cuarenta de mi madre, deben corresponder a mis cincuenta», creyó.

Ella, su madre, también había tenido dos hijos: su hermano mayor, Vicente, un necio y bruto animal, y ella misma. Imaginó que «ella, su madre, hubiera sido más feliz si sólo hubiera parido a Vicente. Se hubiera volcado solo sobre él». «Yo también hubiera sido más feliz», siguió imaginando. Es verdad que su madre no había llegado a divorciarse. Entonces no era posible, pero realmente su padre y ella llevaban algún tiempo en que no se reconocían mutuamente. Después, … la enfermedad y la muerte. «Siempre he pensado que se rindió pronto o, tal vez, esto sea lo que siempre he ido creyendo porque así se me hizo más fácil vivir con su ausencia. Quizá sea esta mi forma de enfrentar esto de soportar una ausencia que se presenta como inevitable», se dijo.

Acompañaba sus reflexiones moviendo el café caliente con una cucharilla y saboreando lentamente el humo de su cigarrillo. Tenía la pierna derecha cruzada sobre la izquierda. Llevaba una blusa ligeramente escotada, lo que permitía que el aire húmedo y fresco de la tarde le penetrara hasta la espalda. El pelo le bailaba sobre los hombros. «Ya iba siendo hora de cortármelo», pensó. «Mañana mismo pido cita en la peluquería y me lo corto», siguió pensando. Pero rápidamente le asaltó la idea de lo que le gustaba que el viento le diera en la cara y que le moviera los cabellos. Los tenía finos y abundantes. El olor del champú permanecía en ellos durante horas. Cuando se movían desprendían su perfume a jazmines o a rosas, según la estación. Adoraba este olor y su permanencia. Siempre había tenido un olfato extraordinario. Disfrutaba identificando olores: no solo los que emanaban las flores o las plantas, todos, cualquiera que fuera su naturaleza o procedencia: sudores, especias, maderas y barnices, hormonas. Se había autoconvencido de no hablar de ello, porque había llegado a la conclusión de que esta era una habilidad propia y exclusiva que no podía compartir con nadie, porque nadie la entendía.

Puede que todas la luchas sean necesarias, pero de lo que Luisa estaba segura es de que todas las luchas terminan inevitablemente en derrota, incluso las victorias son solo aparentes. «Ya no lucharía más», decidió. Evitaría todas las batallas, aunque esto supusiera la mayor de sus derrotas, su desaparición preventiva. «Es lo más parecido a no haber nacido», concluyó. Solo se dedicaría a estar, a su bienestar, creyó. No al capricho espontáneo, sino a estar pendiente de sí misma, de su cuerpo y de todo aquello que le hiciera bien. «No, definitivamente mañana no pediré cita en la peluquería», dijo mientras se tomaba el último sorbo de café, inhalaba la última bocanada de humo de su cigarrillo, se rizaba un mechón con su dedo índice y dejaba que el viento se le colase por el escote hasta la espalda y desprendiese de sus cabellos su olor a jazmines.

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