jueves, 25 de junio de 2009

Crucé
Giré
Alcé
Dispuse
Creí reir
Grité
Rodeé
Deliré
Acaricié
Creí besar
Amé
Lloré
Soñé
Añoré
Creí morir
Amenacé
Osé
Supuse
Acaricié
Creí mentir
Crucé
Grité
Besé
Soñé
Creí vivir
Para Maribel.

Sueño
Que sueño
Que viene el sueño
Que me recoge
En tus brazos.

¿?

¿Dónde espera lo que no fue?

Otro enigma:

¿Qué es primero, el grito o el eco, despertar o dormir, nacer o morir?

Eslogan:

Ni alma grande ni corazón pequeño.

Tras el estertor último de un orientador:

¿Dónde está la orilla?

Lo que un náufrago le dice a la noche:

Me averguenzo de ver las estrellas.

¿Un pleonasmo?

Susurraba: "El cielo muerde tu tierra dulce".

¿Un comienzo?

Vivo bajo los trajes con un pensamiento encadenado.

Libro de citas:

"Comprenderás que puede nevar en primavera..." (Pablo Neruda, Crepusculario; "Nuevo soneto a Helena").

Pedagogía: De lo que un padre nunca le dijo a su hijo:

La imagen que tienes de mi, está en función de lo que te hice, pero ¡ay! si estuviera en función de lo que me hicieron.

jueves, 11 de junio de 2009

Libro de citas: "Los detectives salvajes" de Roberto Bolaño:

"Por entonces yo ya estaba haciendo nuevos amigos en la universidad y cada vez veía menos a Arturo, a sus amigos, creo que a la única que llamaba por teléfono o con la que a veces salía era María, pero incluso mi amistad con María comenzó a enfriarse. De todas formas siempre estaba más o menos al tanto de lo que hacía Arturo, y yo pensaba: pero qué imbecilidades se le pasan por la cabeza a este tipo, cómo puede creerse estas tonterías, y de pronto, una noche en que no podía dormir, se me ocurrió que todo era un mensaje para mí. Era una manera de decirme no me dejes, mira lo que soy capaz de hacer, quédate conmigo. Y entonces comprendí que en el fondo de su ser ese tipo era un canalla. Porque una cosa es engañarse a sí mismo y otra muy distinta es engañar a los demás. Todo el realismo visceral era una carta de amor, el pavoneo demencial de un pájaro idiota a la luz de la luna, algo bastante vulgar y sin importancia.
"Pero lo que quería decir era otra cosa." (Roberto Bolaño, Los detectives salvajes. Editorial Anagrama, S.A., 1998. Pág. 156.)

lunes, 8 de junio de 2009

Aviso e indicio:

Cuídate de aquéllos que evitan su infelicidad provocándola en otros; esto les place.

Nuevas formas para un viejo dilema:

¿Determinadas combinaciones hormonales provocan la aparición del estado emocional que llamamos amor o el estado emocional al que llamamos amor provoca la aparición de determinadas combinaciones hormonales?

sábado, 6 de junio de 2009

Inés -relato andaluz y uruguayo-:


En una tarde gris en la que hablamos del perverso amable Onetti.
Para Fernando. A. P., i. m.


El sobre cerrado encima de la mesa obliga a mirar los últimos años con ojos cansados. El café caliente y el paquete de tabaco abandonados advierten de su ensimismamiento. Ella contempla no se sabe qué, pero contempla. La ventana de la cafetería da al Arco de la Rosa en su confluencia con el Plaza del Padre Alvarado. Inés, que así se llama, no vive lejos de allí: la calle Virgen de las Lágrimas dista a algo menos de diez minutos. Todas las tardes, desde hace más de tres años, sale a tomar café a lo del Recadero, que es como todos en este pueblo llaman a la cafetería de la calle Conejero. Sale a la Avenida Maestro Santos Ruano y continúa por el Paseo del Príncipe, ella que es una princesa. Ahí se demora respirando el aire limpio, parándose unos instantes junto a cada uno de los árboles del parque y vigilando el paso del tiempo en cada una de las flores que llaman su atención. No se demora ni en la Plaza de la Constitución ni en la del Padre Alvarado y entra en la cafetería por la puerta grande que da a esta plaza. Pide un café con una gota de leche y sacarina, y se sienta junto a la ventana que da al Arco de la Rosa. Allí pasa unos veinte minutos fumando y mirando no se sabe qué. Después rehace el camino y vuelve a su piso de la calle Virgen de las Lágrimas. Pero hoy, esta tarde, no ha ocurrido así: para llegar a la cafetería del Recadero ha salido por la calle de la Esperanza, marchando muy deprisa ha continuado por la calle Mesones, pero a mitad de la misma, por sorpresa, ha girado bruscamente por la Viga que da a la calle Cintera, tal vez huía, tal vez no sabía adónde ir, tal vez no quería ir a lo del Recadero, tal vez odiaba la Plaza del Padre Alvarado, tal vez no quería soportar el Arco de la Rosa, pero cómo evitar las confluencias –perversas-, ha girado a la izquierda por la calle Conejero y ha entrado en la cafetería por la puerta pequeña que hay en ella. El Recadero no le ha preguntado qué quería tomar como hace todos los días. Algo debió sorprenderle: era más temprano de lo habitual –veinte minutos al menos-, había entrado por la puerta de servicio de la calle Conejero y no por la principal de la Plaza, no había mirado ni saludado a nadie. No obstante, le puso el mismo café con leche de siempre porque ella se había sentado en la misma mesa de siempre, frente al Arco de la Rosa. Ahora mira, está mirando al exterior a través del grueso cristal de la ventana –es por los ladrones, le había dicho el Recadero- y mientras mira, llora.

“Gracias, porque conseguiste que amara como nadie nunca logró amar. Esta fue tu mejor lección”.

En el rincón final de la calle Cristo de San Pedro juega una niña de unos nueve años. Bota una pelota de plástico en la pared y canta. A veces la bota en el suelo. A veces salta por encima de ella, sin dificultad, levemente. Su pelo castaño y fino, suave tal vez, salta con ella; su falda de flores, salta con ella también; sus tirantitas caen y se posan en su brazo, sobre todo la derecha, que es la que tiene que soportar el movimiento incesante del brazo y de la mano botando la pelota. No es una niña lánguida, es esbelta y flexible, laxa. De su rostro sobresale su nariz puntiaguda y algo corva. Sus ojos no miran, indagan. Es muy bella y muy tierna. El doctor Carlos Toneti, al otro lado de la calle, la mira.

“Gracias, porque al permitir que te amara, lograste reconciliarme con el mundo”.

Algunos hombres son como flores carnívoras, había dicho una vez su madre. Tienen olores perfumados y son vistosos desde lejos, atraen y atrapan y ya no sueltan hasta que consiguen lo que creen que quieren, porque nunca saben lo que quieren. No sabemos si el doctor Toneti era una flor carnívora, pero aquella tarde, en torno a las cinco, atrajo la pelota de plástico con que jugaba la niña, y la pelota atrajo a la niña junto al doctor Toneti, pero no la atrapó, salvo que esta historia revele lo contrario.

“Gracias por los besos que me diste, sin vergüenza, sin pudor, con tu boca grande y abierta”.

- Perdone, doctor.
- ¿Que te perdone?
- Por la pelota, doctor. Le he dado.
- ¿Me has dado? ¿Dónde?
- En el pie, doctor. ¿No lo ha visto?
- ¿No te he visto? Sí, te he visto, claro que te he visto.
- ...
- ¿No sigues jugando? ¡Anda, sigue jugando, que me gusta tu canción! Me gusta mirar cómo la cantas y cómo botas tu pelota. Juega Inés, que en invierno la tarde es corta y cuando se haga de noche te tendré que llevar adentro.

“Gracias por tus caricias, gracias por tus manos sabias, gracias por tus dedos cultos”.


El doctor Carlos Toneti había llegado enviudado al pueblo, procedente de Cádiz, hacia poco más de diez años. Montó una consulta en la calle Cristo de San Pedro, donde vivía. Allí conoció a su vecina Marta Ibáñez, mujer de Evaristo Cornejo, a quien Dios tenga en el más seco desierto de su infierno: violento y borracho murió una noche acuchillado por la espalda en el burdel del Lechuguino mientras fornicaba, encima de la pelirroja, la Berenjena, al final de Camallo Enrique, no sin antes haber dejado embarazada a Marta Ibáñez. El propio doctor Toneti confesó que sintió un placer único, una liberación, una levedad espiritual, una alegría y hasta un perfume deleitoso, edulcorado, amargo pero agradabilísimo, la noche en que ayudó a que Marta pariera a Inés, a Inés. Inés.

“Gracias por tus risas”.

Marta le hacía la comida y la casa mientras Inés se la llenaba de risas y de canciones. Él pagaba bien, siempre fue generoso. Ayudaba a Inés con los deberes del colegio: las primeras letras, los primeros números, las primeras sumas, los primeros exámenes. Recordaba todas sus muecas, todos sus gestos, todas sus manías, todos sus reproches. Por la tarde, sacaba su silla a la puerta y se dedicaba a mirar a Inés furtivamente al principio, audaz a veces, descaradamente al final. Pero siempre con alegría.

“Gracias por tu boca, por tus labios delgados pero tuyos, únicos, tuyos. Gracias por prestármelos, a veces. Regalados, nunca ganados, que contigo nunca jugué. No los añoro, porque jamás se pierde lo que bien se tuvo, amor.”

Y así siguieron algunos años, como una familia de casas separadas, pero las confluencias son perversas, siempre son perversas. Marta había ido a la Puebla a resolver unos asuntos familiares e Inés se había quedado a comer en casa de una amiga del colegio que vivía en la calle de San Juan. Marta telefoneó al doctor y le pidió el favor, ¡el favor! de que fuese a recoger a Inés a la calle de San Juan, número cinco, antes de que se hiciera de noche, que ella llegaría tarde, en el último autobús, a eso de las doce, que le diese algo de cenar y que la acostase y la acurrucase y la acompañase hasta que ella viniera, por favor.
A las cinco de la tarde fue el doctor Toneti a la calle de San Juan número cinco a recoger a Inés. Cuando salieron del portal, giraron a la izquierda y después a la derecha, y en el Arco de la Rosa Inés cogió de la mano al doctor Carlos Toneti, lo que provocó en éste un vertido de sudor y sangre en su cara, en su pecho, en su espalda, en sus testículos, que impregnó el barrio durante días. Entraron por Rojas Marcos y siguieron por San Sebastián, giraron a la izquierda y entraron en Licenciado Manuel Calderón y finalmente a la derecha por el callejón José María Rojas Lobo que desembocaba en las cerradas callejas Cristo de San Pedro y Cristo de la Vera Cruz.
El doctor Toneti dejó que Inés soltara sus carpetas en su casa y saliera a la calle, a su rincón, a botar la pelota de plástico mientras él la miraba desde su silla, la oía y se deleitaba con sus movimientos, con sus saltos y con sus risas y con sus canciones.

“Gracias otra vez por concederme tus manos sabias, tus dedos cultos. Gracias por permitir que los míos recorrieran torpemente tu cuerpo de punta a punta, tus pies tus pantorrillas tus muslos tus nalgas tu espalda tus pechos tu cara tu nuca tu cabello tu sonrisa tu boca tus dientes. Gracias por hacer de mis groserías gotas de licor. Gracias por permitirme beber de tu fuente secreta su licor sagrado.”

Marta no llegó a las doce, ni a la una, ni a las dos, y el doctor Toneti permaneció con Inés toda la noche, todo el tiempo de la noche, junto a ella, acurrucándola, besándola, acariciándola en sus partes más ocultas y oscuras y luminosas y besándola otra vez y más veces, y junto a ella, con ella entre las sábanas, enredados, jugando, luchando y, al fin, amaneciendo.
Esto mismo solía acontecer al menos una vez a la semana y así nació el rito: la liturgia de las tres caídas: la del Arco de la Rosa, la del rincón de Cristo de San Pedro y la de la noche.
Marta los sorprendió un amanecer y un velo negro cayó sobre los ojos del doctor Toneti.
Primero fueron los gritos y los llantos, luego los golpes. Más tarde el juicio y finalmente el presidio.

“Gracias porque me diste la vida, porque contigo viví, porque sin ti nunca hubiera nacido. Por ello no quiero morir, porque tú, de alguna manera, permaneces en mí como yo, de alguna manera, también permanezco en ti. Porque deseo lo que ocurrió, y volvería a procurar que ocurriese, como tú, tal vez, también lo deseas, como lo deseaste y, tal vez, lo volverías a desear.”

Ahora Inés mira y recuerda, respira. Han pasado diez años, ahora tiene veinte y recuerda y no sabe lo que debe recordar y callar y ocultar y decirse. Mira al Arco de la Rosa y respira y huele con ansias y vuelve a respirar el frío aire húmedo que penetra por la ventana y que le trae olores pasados.
Antes de morir en prisión dejó una carta que ahora está sobre la mesa de la cafetería del Recadero e Inés no sabe si abrirla, si leerla, si romperla, si ignorarla. Mientras se decide, fuma y mira nadie sabe qué y llora.

viernes, 5 de junio de 2009

Otra trinidad:

¿Cuál fue el primer sueño del primer ser humano? ¿Cuál es el primer sueño de un niño? ¿Cuál es el sueño más recurrente de nuestra especie? Creo que las tres preguntas pudieran tener la misma respuesta: la huida, la lucha por sobrevivir. Ya estamos en disposición, pues, de comprender la importancia capital del arte, de la religión, de la música y de la organización del poder.

jueves, 4 de junio de 2009

Año 109 d N:

Derribaba muros,
Explosionaba.
A veces, desde dentro
-Implotaba-.
Musitaba,
Sonreía.
No advertía,
Simplemente,
Destruía ídolos.
Como una dama,
Sin dolor,
Sin vergüenza,
Como un caballero,
Con pasión,
Con ciencia
(Consciencia,
Compasión),
Pensaba,
Relacionaba,
Unía,
Construía,
Hilaba.

miércoles, 3 de junio de 2009

Para qué leer filosofía:

1º: Para aprender a conocer lo que nos rodea.
2º: Para aprender a conocer a quienes nos rodean.
3º: Para aprender a conocernos a nosotros mismos.
4º: Para aprender a dudar de lo que nos rodea.
5º: Para aprender a dudar de quiénes nos rodean.
6º: Para aprender a dudar de nosotros mismos.
7º: Para aprender a responder a lo que nos rodea.
8º: Para aprender a responder a quienes nos rodean.
9º: Para aprender a respondernos a nosotros mismos.
10º: Para aprender a respetar o a maltratar nuestro entorno.
11º: Para aprender a amar u odiar a quienes nos rodean.
12º: Para aprender a alegrarnos o entristecernos.
13º: Para aprender a aprender.

domingo, 17 de mayo de 2009

¡El alma ha muerto!

Extracto razonable de la conferencia titulada “La tabla rasa, el buen salvaje y el fantasma en la máquina” que pronunciara Steven Pinker en la Universidad de Yale los días 20 y 21 de abril de 1.999; publicada en Barcelona por Ediciones Piados Ibérica, S.A., en 2005, y traducida por Ramón Vilà Vernis.

Para i. del c. p. s. y a. g. c.,
sabiables.

Steven Pinker es profesor en el Departamento de Ciencias Cognitivas y del Cerebro, y director del Centro de Neurociencia Cognitiva McConnell-Pew en el Instituto de Tecnología de Massachussets. Sus estudios más destacados se centran en la percepción y en el desarrollo del lenguaje en niños. Arguye que el lenguaje es un “instinto” o una adaptación biológica modelada por la selección natural. Ha publicado El instinto del lenguaje (1.994), Cómo funciona la mente (1.997), Palabras y reglas (1.999), y La tabla rasa (2.003).

E. O. Wilson[1] llama “consilience” (“consiliencia”) al “proceso de creciente unificación y cohesión” de la ciencia (p. 7). Así, la historia de la ciencia ha ido viendo caer algunos muros en pos de su unificación: el muro que separaba y enfrentaba la esfera terrestre, o mundo sublunar aristotélico, versus la celestial, o mundo supralunar; el pasado creativo, glorioso, versus el presente estático y empobrecido, los antiguos frente a los modernos, el paraíso mítico situado en el pasado y el paraíso tecnológico situado en el futuro; la Tierra creada por Dios versus la Tierra conformada por la erosión, los movimientos de las placas, terremotos y volcanes; el angélico y divino cuerpo humano versus la máquina que funciona según principios hidráulicos y mecánicos; el origen mágico y la naturaleza sutil de la vida versus su origen y naturaleza químicos; el Creador y la Creación versus la evolución orgánica de las especies; el destino del hombre en manos de Dios versus las leyes de la genética,... Pero aún quedan fracturas cruciales, muros que hay que destruir, ídolos que hay que desenmascarar: biología versus cultura, naturaleza versus sociedad, materia versus mente, ciencia versus artes o humanidades.
Nos centramos, pues, en la díada enfrentada naturaleza-sociedad. Cuatro campos de investigación trabajan para tenderles un puente: la ciencia cognitiva, la neurociencia cognitiva, la genética del comportamiento y la psicología evolutiva.
En la década de los cincuenta la ciencia cognitiva “unificó la psicología, la lingüística, la informática y la filosofía de la mente alrededor de una nueva y poderosa idea: que la vida mental podía explicarse en términos físicos a partir de los conceptos de información, computación y retroalimentación. Dicho llanamente: las creencias y los recuerdos no son otra cosa que información, la cual reside en ciertas estructuras y patrones de actividad del cerebro” (p. 10-11). “Esta idea general que podríamos llamar teoría computacional de la mente, también explica cómo la inteligencia y la racionalidad pueden surgir de un mero proceso físico” (p. 11).
La neurociencia cognitiva está desarrollando a partir de Francis Crick y su “hipótesis asombrosa” la idea de que “todos los aspectos del pensamiento y el sentimiento humano son manifestaciones de la actividad fisiológica del cerebro. En otras palabras, la mente es lo que hace el cerebro, y en particular el procesamiento de la información que éste lleva a cabo” (p. 12).
La genética del comportamiento advierte de que “todo el potencial para el aprendizaje y la experiencia compleja que distingue a los humanos de otros animales reside en el material genético que contiene el óvulo fertilizado” (p. 14).
La psicología evolutiva aspira a comprender el diseño o el sentido de la mente, no en ningún sentido místico o teleológico, sino como la omnipresencia del diseño o de la ilusión de diseño en el mundo natural y que Darwin explicó con la teoría de la selección natural” (p. 16). “Algunos aspectos de la psique que antes parecían misteriosos, extraños e inexplicables, como por ejemplo ciertos miedos y fobias, el gusto por la belleza, la vida familiar o el amor romántico, o bien el deseo apasionado de venganza en defensa del honor, obedecen a una lógica evolutiva sistemática si se analizan en el mismo plano que los demás sistemas, órganos y tejidos biológicos” (p. 18).
Estas cuatro ciencias “aspiran nada menos que a aportar una explicación científica de la mente y de la naturaleza humana” (p. 18).
“¿Cómo conseguirán estas nuevas ciencias cerrar las fracturas en el conocimiento humano a las que aludía al comienzo y completar el proceso de consiliencia logrado en las ciencias físicas desde hace ya tanto tiempo? El cuadro que comienza a perfilarse es que nuestro programa genético hace posible el desarrollo de un cerebro dotado de unas emociones y de unas capacidades de aprendizaje que han sido premiadas por la selección natural. Las artes, las humanidades y las ciencias sociales, pues, pueden verse como el estudio de los productos de ciertas facultades del cerebro humano. Dichas facultades incluyen el lenguaje, los analizadores perceptivos y sus reacciones estéticas, el razonamiento, el sentido moral, el amor, la lealtad, la rivalidad, el estatus, los sentimientos hacia los parientes y los aliados, la obsesión por los temas de la vida y la muerte, y muchos otros. La puesta en común y la acumulación de los descubrimientos a lo largo del tiempo, y el establecimiento de convenciones y reglas para coordinar sus deseos muchas veces enfrentados, han hecho posible que surgiera entre los seres humanos el fenómeno que llamamos ‘cultura’” (p. 21-22).
Pero ocurre que estas nuevas ciencias se están encontrando con un problema no por fácilmente previsible y previsto, menos imponente: están siendo “vistas como algo amenazante, casi como una herejía religiosa” (p. 26).
Fundamentalmente son tres las creencias a las que se enfrentan estas nuevas ciencias de la mente: la doctrina de la tabla rasa (John Locke[2] afirmaba que “la mente humana es infinitamente plástica, y toda su estructura procede del refuerzo y la socialización” (p. 27)), la doctrina del buen salvaje (Jean-Jacques Rousseau[3] creía que “el mal no tiene un origen en la naturaleza humana, sino en nuestras instituciones sociales” (p. 28)) y la doctrina del fantasma en la máquina (Gilbert Ryle[4] afirma que “somos algo aparte de la biología, libres para escoger nuestras acciones y definir por nuestra cuenta significados, valores y objetivos” (p. 29)).
Mas lejos de ser amenazas, estas nuevas ciencias, superando la díada enfrentada, no comprometen nada a valor ético alguno. Lo que solemos encontrarnos bajo todas las amenazas que realmente influyen en nuestras decisiones es el miedo, y, en nuestro caso, cuatro miedos.
“El primer miedo se refiere a la posibilidad de que existan diferencias biológicas. Si la mente posee una estructura innata, se nos dice, diferentes personas (o diferentes clases, sexos y razas) podrían tener diferentes estructuras innatas, y eso justificaría la discriminación y la opresión. Pero si no hubiera ninguna estructura innata, tampoco podría haber, por definición, ninguna diferencia de estructura innata a nivel individual o grupal, y por lo tanto ninguna base para la discriminación” (p.32-33). Mas ocurre que cada día crecen los descubrimientos que indican hacia una naturaleza humana universal, lo que no implica que no hay diferencias innatas entre individuos, grupos o razas. “La recombinación sexual y la selección natural (...) son fuerzas que tienden a la homogeneización, y las causantes de que los miembros de una misma especie sean cualitativamente iguales” (p. 34).
“El segundo miedo se refiere a la posibilidad de encontrar instintos perversos. La idea implícita es que si comportamientos deplorables como la violencia, la guerra, la violación, el clasismo, la explotación, la xenofobia y la búsqueda de estatus y la riqueza fueran algo innato, eso los convertiría en “naturales” y por ello mismo buenos. E incluso si estuviéramos de acuerdo en que no son buenos, los tendríamos “en los genes” y, por lo tanto, no podríamos cambiarlos, de modo que los intentos de reforma social serían inútiles” (p. 38). Mas este miedo es un disparate, porque la guerra, la explotación, etc. no pueden ser justificadas y esto es así porque siempre son evitables o, cuando menos, podemos coincidir todos en que los esfuerzos por evitarlas nunca son inútiles. ¿No nos alecciona la historia sobre los argumentos que podemos emplear y actos que podemos ejecutar? ¿No es la condición humana perfectible? ¿No es precisamente la constatación de una naturaleza humana universal el mejor argumento contra toda forma de totalitarismo, de guerra o de explotación?
“El tercer miedo despertado por la ciencia de la naturaleza humana es la posible disolución de la libertad y la abdicación universal consiguiente de toda responsabilidad. Si el comportamiento es una consecuencia física de los choques de ciertas moléculas en el cerebro, modelados en parte por unos genes derivados dela selección natural, ¿dónde está la ‘persona’ a la que hacer responsable de sus acciones?” (p. 46). Mas la libertad no tiene nada que ver ni con los genes, ni con la neurobiología, ni con la evolución biológica del comportamiento; no hay nada en éstos que justifique el mal comportamiento. De otro lado, explicar no es lo mismo que exculpar, la causalidad no es lo mismo que la culpabilidad, un niño puede ser la causa de la muerte de otro, pero esto no lo convierte necesariamente en culpable de asesinato. Ya hemos dicho que la condición humana es perfectible; así si el mal comportamiento hundiera sus raíces en postulados innatos, también los hundiría el buen comportamiento.
“El último miedo es que una explicación científica de la mente traiga consigo una pérdida de sentido y motivación. La inquietud se basa en que si la evolución y el sentimiento no son sino eventos bioquímicos en nuestro cerebro, y si las emociones no son sino patrones de actividad en circuitos diseñados en último término por la selección natural con objeto de propagar nuestros genes, nuestros ideales más profundos serían una farsa” (p. 51). Mas los genes no son ni nuestra esencia más profunda ni nuestra identidad más oculta. Los genes no tienen motivos, las personas a veces.

Conclusión:
“Tal como señalé al principio, vivimos tiempos extraordinarios para el estudio de la mente humana y para el conocimiento humano en general. Gracias a la ciencia cognitiva, la neurociencia, la genética del comportamiento y la psicología evolutiva, comenzamos a alcanzar una comprensión de la naturaleza humana capaz de cerrar las últimas fracturas en el conocimiento: las divisiones entre la materia y la mente, y entre la biología y la cultura. Este proceso promete llevar a una comprensión especialmente satisfactoria y profunda de lo que somos, cumpliendo con el antiguo mandato de conócete a ti mismo.
”Por otro lado, una mejor comprensión de la mente y del cerebro trae consigo la promesa de cruciales aplicaciones prácticas. Por poner tan sólo un ejemplo, el Alzheimer se convertirá probablemente en uno de los principales males del mundo industrializado a lo largo de las próximas décadas, a medida que alarguemos nuestras vidas y dejemos de morir por otras causas. Tratar la memoria y la personalidad como manifestaciones de un alma inmaterial o de algún agente irreductible y dignificado no ayudará a encontrar ningún tratamiento para el Alzheimer. Sólo lo obtendremos si tratamos la memoria y la personalidad como fenómenos bioquímicos y fisiológicos.
”Sin embargo, reconozco que el surgimiento de una ciencia de la mente consiliente con la biología no es un hecho inocuo. Pone en cuestión creencias profundamente inscritas en la vida intelectual moderna y cargadas de valor moral para muchas personas. Las más fundamentales de estas creencias son las doctrinas de la tabla rasa, el buen salvaje, y el fantasma en la máquina.
”Mi tesis ha sido que los nuevos avances de las ciencias de la mente no tienen por qué minar nuestros valores morales. Al contrario, constituyen una oportunidad para refinar nuestros razonamientos éticos y establecer nuestros valores morales y políticos sobre cimientos más firmes. En particular, no es una buena idea decir que la guerra, la violencia, la violación y la codicia son malas porque los seres humanos no tienen una inclinación natural hacia ellas. No es una buena idea decir que las personas son responsables de sus acciones porque las causas de tales acciones son misteriosas. Y no es una buena idea decir que nuestros motivos sólo tienen sentido a nivel personal si no tienen sentido a nivel biológico. Todo eso son malas ideas porque implican que o bien los científicos deben resignarse a falsear sus datos, o bien todos debemos resignarnos a abandonar nuestros valores.
”Por mi parte, sostengo que no tenemos por qué aceptar los términos de esta elección. Una distinción más nítida entre la ética y la ciencia nos permitiría conservar nuestros valores y saludar la nueva comprensión de la mente, el cerebro y la naturaleza humana no desde el miedo, sino con un sentimiento de excitación. En el siglo XVI la gente atribuía una gran relevancia moral a la cuestión de si la Tierra daba vueltas alrededor del Sol o si era al revés. Hoy en día resulta difícil comprender por qué la gente se empeñaba en basar sus creencias morales en una tesis tan claramente empírica, y sabemos que la moral y los valores sobrevivieron fácilmente al olvido de dicha tesis. Sugiero que lo mismo puede decirse de la gran relevancia moral que se da actualmente al rechazo de la explicación materialista de la mente y de la existencia de una naturaleza humana” (p. 57-60)
[1] Edward Osborne Wilson (10 de junio de 1.929, Birmingham) es un entomólogo y biólogo estadounidense conocido por sus trabajos en evolución y sociobiología.
[2] John Locke (nació el 29 de agosto de 1632 en Wrington, Somerset, Inglaterra y falleció el 28 de octubre de 1704 en Oates, Essex, Inglaterra). Pensador inglés considerado como uno de los padres del empirismo y del liberalismo modernos.
[3] Jean-Jacques Rousseau (Ginebra, Suiza, 28 de junio de 1712 – Ermenonville, Francia, 2 de julio de 1778) fue un escritor, filósofo y músico ilustrado.
[4] Gilbert Ryle (Brighton, 19 de agosto de 1900 – Oxford, 6 de octubre de 1976) fue un filósofo de la Escuela de Oxford. Ésta sostenía que la mente no puede solucionar ningún problema metafísico, dado que los problemas filosóficos no son más que problemas lógicos o problemas de lenguaje.

jueves, 2 de abril de 2009

Un enigma:

Giró sobre sus pies, alzó la mirada y observó la larga calle a su frente. Era la misma calle por donde acababa de marchar, pero en lugar de estar atrás, ahora estaba de nuevo delante. ¿De nuevo? No. De nuevo, no. Porque aun teniendo el mismo nombre, la calle ahora era distinta: no porque tuviera otra orientación, porque la luz le entrara de otro lado, los viandantes fuesen otros. Tal vez quien no fuera el mismo era él -pensó.