Crear es rebelarse contra lo existente haciendo notar sus deficiencias o sus insuficiencias. Vivir, realmente, humanamente, es siempre vivir contra, sobrevivir: no vive quien no crea, quien no se rebela; vivir para un ser humano no significa sólo respirar, sobre todo es un luchar, una agonía. El nihilismo es un paso intermedio (y necesario), pero nunca un final. El nihilismo es la filosofía de los paralíticos cerebrales.
martes, 6 de abril de 2010
lunes, 5 de abril de 2010
¿Cuál es la función social de la hipocresía?
¿Acaso puede pensarse que no la tiene? Tal vez el lenguaje naciese para mentir antes que para comunicar, y esta invención es la que otorga cohesión a la unión de las personas. Tal vez la supervivencia del ser humano, como especie, requiriese, y requiera siempre, de este engrudo poderoso. Sin la mentira, la vida social sería insoportable.
También sirve el lenguaje para mentirse a uno mismo: cuando uno se ensimisma, piensa o se deja arrastrar de sus ensueños, se habla o cuando se cuenta a sí mismo, entonces se miente recreándose en sí. La autoconciencia es un mal necesario, sin embargo su vicio es el origen del arte y de la filosofía. Esto convertiría a todo filósofo y a todo artista en un sofisticado mentiroso, y a toda obra de arte o a toda gran metafísica en una voraz perversión maravillosa.
Reirse de uno mismo también forma parte de la mentira. Una vez vi a un accidentado con la nariz destrozada y con la boca chorreando sangre, esbozar una sonrisa, toda la sonrisa que le permitía dibujar su dolorida cara. También sé de un tipo que lloraba convulsamente por lo que no le había ocurrido.
sábado, 3 de abril de 2010
Libro de citas:
"- Los patronos perciben que yo rechazo sus valores -dio una vuelta en la cama y continuó-: Me tienen miedo. Sospecho que se dan cuenta de que me veo obligado a actuar en un siglo por el que siento aborrecimiento. Eso sucedió hasta cuando trabajé para la Biblioteca Pública de Nueva Orleans.
- Pero, Ignatius, ésa fue la única vez que trabajaste desde que saliste de la universidad, y fueron sólo dos semanas.
- Eso es precisamente lo que quiero decir -contestó Ignatius, lanzando una bola de papel a la araña de cristal opalino.
- Lo único que hacías era pegar aquellas tiritas en los libros.
- Sí, pero yo tenía una visión estética propia sobre el modo de pegar aquellas etiquetas. Algunos días sólo podía pegar tres o cuatro y me sentía satisfecho, al mismo tiempo, con la calidad de mi trabajo. las autoridades bibliotecarias no pudieron soportar mi integridad profesional. Ellos sólo querían un animal que embardurnara de cola sus libracos". (John Kennedy Toole, La conjura de los necios. RBA Editores, S. A., 1992. Traducción de J. M. Álvarez Flores y Ángela Pérez. Segunda parte, secuencia tercera, pág. 57)
¿Una incógnita?
¿Para cuándo el género literario Metafísica virtual?
Unas notas aproximativas: el ser humano tiene la facultad de hacer que sea lo que todavía no es. Lo real es lo que existe, lo que se impone o lo inevitable, lo virtual es lo que es. Esto es, la esencia se refiere siempre a lo que es; cuando esto que es, comienza a existir, pasa a la dimensión de lo real. Lo real se impone, pero permite siempre un resquicio en el que el ser humano puede imponer sus dimensiones virtuales; esto es, el ser humano consigue hacer que exista aquello que virtualmente consideraba (o creía que consideraba, o creía que contemplaba, o creía que deseaba,...). Lo esencial o virtual modela lo real. ¿Qué es pues más real: lo real a secas o lo virtual (que puede llegar a existir)? Creo que lo real es una consecuencia de lo virtual, de lo fundamental. No comprendo cómo aún no se ha creado el género filosófico o literario Metafísica virtual, dado que una metafísica de lo real es algo pobre, claro, tozudo, evidente. ¿Qué nos define más: lo que somos o lo que deseamos ser, lo que tenemos o lo que pretendemos tener, lo que vivimos o lo que queremos vivir? Parece claro: somos el conjunto de nuestras posibilidades.
domingo, 24 de enero de 2010
lunes, 26 de octubre de 2009
Acerca de un hermoso ídolo de dos cabezas:
La tolerancia es un ídolo de dos cabezas: la de la igualdad y la de libertad.
Para que todos permanezcamos distintos, singulares y únicos reconozcamos que todos somos iguales. La mirada a la que alcanza esta cabeza, llamada igualdad, no ha de tener límites: cualquier discriminación desigualitaria es condenable.
(Si los actuales estados democráticos no quieren matar o dejar morir a este bello monstruo de dos cabezas debe atender a este inmenso mar en toda su extensión.)
En cambio, la otra cabeza, la de la libertad, debe tener la mirada corta. ¿Cuáles son los límites de esta mirada?, esta es la pregunta que lleva respondiendo la filosofía política, al menos, desde el siglo XVIII.
(Si los actuales estados democráticos no quieren matar o dejar morir a este bello monstruo de dos cabezas debe atender a este triple límite que ha de limitar la abusiva (abrasiva) mirada del deseo de libertad:
- Ningún estado debe renunciar a su independencia en nombre del miedo o del deseo de protección.
- Ningún estado debe permitir que, dentro de ellos mismos, surjan intereses por parte de otros estados, representados ya por individuos, ya por asociaciones, ya por instituciones.
- Ningún estado debe permitir la desigualdad discriminatoria (negativa o positiva) de ninguno de sus miembros: la intolerancia es lo único intolerable.)
martes, 15 de septiembre de 2009
El rizo: un recurso literario:
La tercera acepción de la palabra “rizo” que aparece en el drae es la siguiente: “mechón de pelo que artificial o naturalmente tiene forma de sortija, bucle o tirabuzón”. Así, pues, un rizo es un bucle, una curvatura con forma helicoidal. Y esto es justamente lo que algunos escritores del siglo XX han ido poniendo de moda con maestría cinematográfica, con justificado interés y con elegancia depurada. Voy a poner tres ejemplos de este recurso cada vez más recurrente. Los dos primeros ejemplos los he tomado de dos novelas de José Saramago: Levantado del suelo y El año de la muerte de Ricardo Reis, y el último de Alondra, de Dezső Kosztolányi.
Levantado del suelo (1980) es una novela que recoge con indudable maestría la brutalidad a que a veces puede llevar la miseria humana: miseria económica y moral. En el pasaje citado más abajo observamos cómo el protagonista, arrastrándose con un carro donde cuelgan sus escasos enseres y su pobre familia, llega a un pueblo o aldea. Es de noche. Todo está cerrado, salvo una taberna. Allí penetra el buen hombre y allí mira: Saramago nos describe lo que éste ve, y entre ello observa a los clientes que a su vez miran al recién llegado y lo observan. El protagonista se ve a sí mismo a través de los ojos de quienes lo están mirando. Es un rizo perfecto: una cámara fantasma ha girado por la estancia, aparentemente para mostrar lo que allí ocurre, pero realmente para que el protagonista se vea a sí mismo y para que el lector vea lo que de sí mismo puede llegar a ver el protagonista recién llegado. Efecto magistral produce este bucle horizontal como sólo puede lograr un maestro de la pluma.
El año de la muerte de Ricardo Reis (1984) es una novela de sorpresas. Ahora el ejemplo es a cielo abierto, o casi. Nos encontramos en una habitación de hotel. En ella se encuentra Ricardo Reis y Lidia, una camarera. El protagonista se acerca a la ventana y observa el muelle de Sodré allá abajo y a lo lejos. El caudal viene muy crecido. Varias son las calles inundadas. Una anciana quiere cruzar una de ellas, pero parece evidente que no lo logrará sola. Necesita ayuda. Ésta viene dada por un individuo que decide alzarla en brazos y cruzarla. Después este San Cristóbal repetirá su acción con otro individuo acicalado. Ricardo Reis observa la escena (no olvidemos que tiene alma de escritor), pero mientras observa, ve que éste último individuo ha alzado la cabeza y lo mira a él fijamente. Pero no sólo lo mira a él, sino que también está viendo a Lidia que, tras el hombro de Ricardo Reis, está igualmente mirando la escena. El protagonista no puede ver lo que está viendo de sí el alzado a borriquillo, puesto que no tiene ojos en su espalda, pero el lector sabe de Ricardo Reis y de su entorno más que él mismo. Bucle magistral por ser ascendente: va a más.
El siguiente ejemplo de este recurso literario lo he rescatado por ser el más antiguo que yo he localizado. No digo que sea la primera vez que algún escritor lo haya utilizado de forma tan consciente y tan imbricada en el relato, sino que, hasta la fecha, es el primero de que yo tenga constancia. Pertenece a la novela Alondra (1924) del escritor húngaro Dezső Kosztolányi. Al final de la misma el padre de Alondra camina en dirección a su casa y observa desde la calle a través del cristal de una taberna a un joven poeta que está escribiendo y meditando sentado a una mesa. Entonces este individuo levanta la cabeza y mira a través de la ventana. Aquí tenemos el rizo. Mira y ve al padre de Alondra que viene caminando, pensando y mirando. Conocemos más del anciano tras la mirada del joven que si éste no hubiese levantado la cabeza para observarlo.
Texto número 1: Rizo horizontal:
“Había una plazuela, unos árboles con ramas que se agitaban, bruscos. El hombre paró el carro, le dijo a la mujer, Espera ahí, y atravesó bajo los árboles hacia una puerta iluminada. Era una taberna y dentro estaban tres hombres sentados en un banco, otro bebiendo arrimado al mostrador, sosteniendo el vaso entre el pulgar y el índice, como si estuviera posando para un retrato. Y tras el mostrador un viejo flaco, seco, dirigió los ojos hacia la puerta, era el hombre del carro que entraba y decía, Buenas noches a toda la compañía, éste es el saludo de quien llega y quiere la amistad de todos, por fraternidad o por interés de negocio, …” (José Saramago, Levantado del suelo. Suma de Letras, S. L.; Punto de lectura, Madrid, 2004. Traducción de Basilio Losada; pág. 24.)
Texto número 2: Rizo ascendente o en espiral:
“Entró al fin la camarera, Buenos días, señor doctor, y posó la bandeja, con oferta menos pródiga de lo que había imaginado, pero incluso así merece el Bragança mención honorífica, no es extraño que tenga huéspedes tan constantes, algunos no quieren otro hotel cuando vienen a Lisboa. Ricardo Reis responde al saludo, ahora dice, No, gracias, no quiero nada, es la respuesta a la pregunta que una buena camarera hará siempre, Desea algo más, y si le dicen que no, debe retirarse discretamente, a ser posible sin volver la espalda, hacerlo sería faltar al respeto a quien nos paga y hace vivir, pero Lidia, instruida para duplicar las atenciones, dice, No sé si el señor doctor se ha dado cuenta de que está inundado el muelle de Sodré, los hombres son así, tienen un diluvio a la puerta y ni se enteran, había dormido toda la noche de un tirón, despertó y oyó caer la lluvia, fue como quien sólo sueña que está lloviendo y en el mismo sueño duda de lo que sueña, cuando lo cierto es que llovió tanto que el muelle de Sodré está inundado, llega el agua por la rodilla a quien por necesidad lo atraviesa de un lado a otro, descalzo y remangado hasta las ingles, llevando a cuestas en el vado a una mujer de edad, mucho más liviana que el saco de judías entre el carro y el almacén. Aquí en el fondo de la Rua do Alecrim abre la vieja el bolso y saca la moneda con que paga a San Cristóbal, el cual, para que no estemos siempre escribiendo quién, volvió a meterse en el agua pues al otro lado hay ya quien le hace señales urgentes. Éste no es un anciano, edad y buena pierna tendría para atravesar por sus propios medios si quisiera, pero yendo tan puesto, de traje nuevo, no quiere mancharse los fondillos de barro, que más parece esto barro que agua, y no repara en lo ridículo que va, a borriquillo, con las ropas remangadas, las canillas asomándole por las perneras, las ligas verdes sobre los largos calzoncillos blancos, no falta quien se ría del espectáculo, hasta en el Hotel Bragança, en el segundo piso, un huésped de mediana edad sonríe, y tras él, si los ojos no engañan, hay una mujer que ríe también, mujer sin duda, pero no siempre los ojos ven lo que debieran, pues ésta parece una camarera y cuesta creer que lo sea, o están subvirtiéndose peligrosamente las relaciones y posiciones sociales, caso muy de temer, aunque hay ocasiones, y si es verdad que la ocasión, repetimos, hace al ladrón, también puede hacer la revolución, como ésta de haberse atrevido Lidia a asomarse a la ventana tras Ricardo Reis y reír con él igualitariamente ante el espectáculo que a ambos divertía. Son momentos fugaces de la edad de oro, que nacen súbitos, que mueren pronto, por eso la felicidad cansa en seguida. Se fue ésta ya, Ricardo Reis cerró la ventana, Lidia, sólo camarera, retrocedió hacia la puerta, todo se hace ahora con cierta prisa porque las tostadas se están enfriando y pierden gracia, La llamaré luego para que se lleve la bandeja, dice Ricardo Reis, y eso ocurrirá al cabo de media hora, Lidia entra discretamente y se retira sin ruido, más aliviada de carga, mientras Ricardo Reis se finge distraído, en el cuarto, hojeando, sin leer, The god of the labyrinth, obra ya citada.” (José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis. Suma de Letras, S. L.; Punto de lectura, Madrid, 2004. Traducción de Basilio Losada; págs. 77 y ss.)
Texto número 3: Rizo primitivo:
“ ... Su desengaño literario se transformó en una tristeza general, profunda, típicamente finisecular, y embargado por ese sentimiento miró hacia la calle, donde vio a los Vajkay caminar juntos detrás de un mozo de cuerda.” (Dezső Kosztolányi. Alondra. Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2006. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Péter Esterházy (1993). Traducción de la introducción de Marta Pino Moreno. Pág. 193)
El año de la muerte de Ricardo Reis (1984) es una novela de sorpresas. Ahora el ejemplo es a cielo abierto, o casi. Nos encontramos en una habitación de hotel. En ella se encuentra Ricardo Reis y Lidia, una camarera. El protagonista se acerca a la ventana y observa el muelle de Sodré allá abajo y a lo lejos. El caudal viene muy crecido. Varias son las calles inundadas. Una anciana quiere cruzar una de ellas, pero parece evidente que no lo logrará sola. Necesita ayuda. Ésta viene dada por un individuo que decide alzarla en brazos y cruzarla. Después este San Cristóbal repetirá su acción con otro individuo acicalado. Ricardo Reis observa la escena (no olvidemos que tiene alma de escritor), pero mientras observa, ve que éste último individuo ha alzado la cabeza y lo mira a él fijamente. Pero no sólo lo mira a él, sino que también está viendo a Lidia que, tras el hombro de Ricardo Reis, está igualmente mirando la escena. El protagonista no puede ver lo que está viendo de sí el alzado a borriquillo, puesto que no tiene ojos en su espalda, pero el lector sabe de Ricardo Reis y de su entorno más que él mismo. Bucle magistral por ser ascendente: va a más.
El siguiente ejemplo de este recurso literario lo he rescatado por ser el más antiguo que yo he localizado. No digo que sea la primera vez que algún escritor lo haya utilizado de forma tan consciente y tan imbricada en el relato, sino que, hasta la fecha, es el primero de que yo tenga constancia. Pertenece a la novela Alondra (1924) del escritor húngaro Dezső Kosztolányi. Al final de la misma el padre de Alondra camina en dirección a su casa y observa desde la calle a través del cristal de una taberna a un joven poeta que está escribiendo y meditando sentado a una mesa. Entonces este individuo levanta la cabeza y mira a través de la ventana. Aquí tenemos el rizo. Mira y ve al padre de Alondra que viene caminando, pensando y mirando. Conocemos más del anciano tras la mirada del joven que si éste no hubiese levantado la cabeza para observarlo.
Texto número 1: Rizo horizontal:
“Había una plazuela, unos árboles con ramas que se agitaban, bruscos. El hombre paró el carro, le dijo a la mujer, Espera ahí, y atravesó bajo los árboles hacia una puerta iluminada. Era una taberna y dentro estaban tres hombres sentados en un banco, otro bebiendo arrimado al mostrador, sosteniendo el vaso entre el pulgar y el índice, como si estuviera posando para un retrato. Y tras el mostrador un viejo flaco, seco, dirigió los ojos hacia la puerta, era el hombre del carro que entraba y decía, Buenas noches a toda la compañía, éste es el saludo de quien llega y quiere la amistad de todos, por fraternidad o por interés de negocio, …” (José Saramago, Levantado del suelo. Suma de Letras, S. L.; Punto de lectura, Madrid, 2004. Traducción de Basilio Losada; pág. 24.)
Texto número 2: Rizo ascendente o en espiral:
“Entró al fin la camarera, Buenos días, señor doctor, y posó la bandeja, con oferta menos pródiga de lo que había imaginado, pero incluso así merece el Bragança mención honorífica, no es extraño que tenga huéspedes tan constantes, algunos no quieren otro hotel cuando vienen a Lisboa. Ricardo Reis responde al saludo, ahora dice, No, gracias, no quiero nada, es la respuesta a la pregunta que una buena camarera hará siempre, Desea algo más, y si le dicen que no, debe retirarse discretamente, a ser posible sin volver la espalda, hacerlo sería faltar al respeto a quien nos paga y hace vivir, pero Lidia, instruida para duplicar las atenciones, dice, No sé si el señor doctor se ha dado cuenta de que está inundado el muelle de Sodré, los hombres son así, tienen un diluvio a la puerta y ni se enteran, había dormido toda la noche de un tirón, despertó y oyó caer la lluvia, fue como quien sólo sueña que está lloviendo y en el mismo sueño duda de lo que sueña, cuando lo cierto es que llovió tanto que el muelle de Sodré está inundado, llega el agua por la rodilla a quien por necesidad lo atraviesa de un lado a otro, descalzo y remangado hasta las ingles, llevando a cuestas en el vado a una mujer de edad, mucho más liviana que el saco de judías entre el carro y el almacén. Aquí en el fondo de la Rua do Alecrim abre la vieja el bolso y saca la moneda con que paga a San Cristóbal, el cual, para que no estemos siempre escribiendo quién, volvió a meterse en el agua pues al otro lado hay ya quien le hace señales urgentes. Éste no es un anciano, edad y buena pierna tendría para atravesar por sus propios medios si quisiera, pero yendo tan puesto, de traje nuevo, no quiere mancharse los fondillos de barro, que más parece esto barro que agua, y no repara en lo ridículo que va, a borriquillo, con las ropas remangadas, las canillas asomándole por las perneras, las ligas verdes sobre los largos calzoncillos blancos, no falta quien se ría del espectáculo, hasta en el Hotel Bragança, en el segundo piso, un huésped de mediana edad sonríe, y tras él, si los ojos no engañan, hay una mujer que ríe también, mujer sin duda, pero no siempre los ojos ven lo que debieran, pues ésta parece una camarera y cuesta creer que lo sea, o están subvirtiéndose peligrosamente las relaciones y posiciones sociales, caso muy de temer, aunque hay ocasiones, y si es verdad que la ocasión, repetimos, hace al ladrón, también puede hacer la revolución, como ésta de haberse atrevido Lidia a asomarse a la ventana tras Ricardo Reis y reír con él igualitariamente ante el espectáculo que a ambos divertía. Son momentos fugaces de la edad de oro, que nacen súbitos, que mueren pronto, por eso la felicidad cansa en seguida. Se fue ésta ya, Ricardo Reis cerró la ventana, Lidia, sólo camarera, retrocedió hacia la puerta, todo se hace ahora con cierta prisa porque las tostadas se están enfriando y pierden gracia, La llamaré luego para que se lleve la bandeja, dice Ricardo Reis, y eso ocurrirá al cabo de media hora, Lidia entra discretamente y se retira sin ruido, más aliviada de carga, mientras Ricardo Reis se finge distraído, en el cuarto, hojeando, sin leer, The god of the labyrinth, obra ya citada.” (José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis. Suma de Letras, S. L.; Punto de lectura, Madrid, 2004. Traducción de Basilio Losada; págs. 77 y ss.)
Texto número 3: Rizo primitivo:
“ ... Su desengaño literario se transformó en una tristeza general, profunda, típicamente finisecular, y embargado por ese sentimiento miró hacia la calle, donde vio a los Vajkay caminar juntos detrás de un mozo de cuerda.” (Dezső Kosztolányi. Alondra. Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2006. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Péter Esterházy (1993). Traducción de la introducción de Marta Pino Moreno. Pág. 193)
lunes, 14 de septiembre de 2009
jueves, 27 de agosto de 2009
Dezső Kosztolányi: la aurora de dedos rosados y uñas sucias:

El escritor húngaro Dezső Kosztolányi de Nemeskosztolányi nació el 29 de marzo de 1885 en la ciudad de Szabadka, al sur del impero autro-húngaro (hoy Subotica, en el norte de Serbia) y murió el 3 de noviembre de 1936 en Budapest a causa de un cáncer de laringe. Fue un escritor total, que entre ambas fechas pasó felizmente por todos los géneros literarios alcanzando siempre el difícil nivel de la exquisitez: poesía (Entre cuatro paredes, 1907; Lamento del niño pobre, 1910; Lamento del hombre triste, 1924; Poemas compilados, 1935; ...), novela (Nerón, el poeta sanguinario, 1922; Alondra, 1924; La cometa dorada, 1925, y Anna la dulce, 1926), cuentos (Noches hechiceras, 1908; Enajenados, 1911; Almas enfermas, 1912; Encantadores, 1916; Caín, 1918; Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo, 1933; Ojo de mar, 1935; ...), ensayos literarios, artículos varios y algunas traducciones (Poetas modernos, 1914; Alicia en el país de las maravillas, y, entre otros, algunos autores castellanos como Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, Antonio y Manuel Machado, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Luis Cernuda,...).
De los más de treinta volúmenes que componen su bibliografía, en castellano sólo disponemos de los siguientes:
- Alondra (1924). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2006. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Péter Esterházy (1993). Traducción de la introducción de Marta Pino Moreno.
- La cometa dorada (1925). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2007. Traducción de Marta Komlosy. Prólogo de Adan Kovacsics.
- Anna la dulce (1926). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2003. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Mihály Dés.
- Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo (1933). Barcelona; Ediciones B, S.A., para el sello Bruguera; 2007. Traducción de Mária Szijj.
- Cuentos psicoanalíticos. Ediciones del Lunar, 2003. Traducción de Ángel Cagigas Balcaza.
- La visita y otros cuentos. Grupo editorial Norma. Traducción de Irma Agüero. Selección de cuentos (de Kornél Esti y de Ojo de mar) de Vera Zcékács.
Dezső kosztolányi estudió en la universidad de Budapest, donde conoció a los célebres poetas Mihály Babits y Gyula Juhász, con quienes estableció una amistosa y emocionante correspondencia, y más tarde en la universidad de Viena.
Fue periodista de profesión y en 1908 sustituyó al poeta Endre Ady en la recién fundada, y prestigiosa ya, revista literaria Niugat (Occidente), auténtica revitalizadora de la vida poética e intelectual húngara. Kosztolányi fue uno de los más destacados poetas de la primera generación de dicha intelectualidad. Junto a él, entre otros, el propio Endre Ady, Mihály Babits, Milán Füst, Zsigmond Móricz, Frigyes Karinthy o Gyula Krúdy. Esta revista proclamaba la soberanía y la autonomía del arte. El exigente director de la misma, Ernő Osvát, estableció e institucionalizó su lema: “¡Escribe lo que quieras, haz lo que te venga en gana, solamente importa el cómo lo haces!”
Los dos grandes temas recurrentes y obsesivos en la ingente obra de Kosztolányi son: la desbocada y desbordada imaginación que crea imparable a través del prisma de la niñez y de sus miedos, y la conciencia de la muerte propia como algo inevitable, junto a la angustia que genera todo lo que a ella recuerda, como pueden ser la vejez o la enfermedad. La voz de Kosztolányi, como la de los grandes escritores realistas rusos, es una voz trágica. A veces se le ha comparado con Antón Chejov por hacer literatura sublime a partir de lo trivial o irrelevante. La voz de Kosztolányi es la voz de la compasión y la conmiseración por los pobres, por los ofendidos, por los humillados.
El año 1914 trajo la Gran Guerra y con ella la ruptura y desaparición de la vida bohemia y la llegada del compromiso de los intelectuales. Kosztolányi siempre defendió la independencia del arte. Él decía ser un homo aestheticus y no un homo moralis. Como tal siempre defendió el arte por el arte. No obstante, los cuatro años de guerra, las dos revoluciones y la contrarrevolución blanca, la desaparición del imperio austro-húngaro y las descabelladas y desproporcionadas consecuencias del tratado de Versailles de 1920 (en el que Hungría perdió dos tercios de su territorio: la ciudad natal del autor, Szabadka, pasó a ser la serbia Subotica) hicieron que las exquisiteces rimadas y la literatura de orfebre desapareciesen a favor de la rigurosidad, de la justeza y de la claridad directa. Decepcionado ante el mundo y ante sí mismo, el patente fracaso de los movimientos progresistas ilustrados y decimonónicos lo conducen a la conciencia de la soledad, de la angustia y de la tragedia que supone el vivir. Y es que Kosztolányi anuncia el existencialismo. Se convierte en el poeta de la superficie, poeta desafiante que renuncia a profundizar, que no se esfuerza más que por recoger en palabras los destellos de la superficie del mar. La canción de Kornél Esti lo proclama claro y rotundo:
(...)
Has de ser la envoltura
del sabio placer, de la fruta,
la fascinante piel, el verdor
del árbol, de la mar el rumor:
la imagen de lo profundo.
(...)
Negocia con locos caprichos
charla con mortales peligros,
y ríete del que se esmera en buscar
lo profundo.
¿Qué te trae el buzo
que emerge de lo profundo?
En la mano, triste barro,
lo único que brinda aquel mundo.
Nada disfruta de la magia
de los destellos del agua,
abajo gime, trastabilla encadenado,
le pesan los guantes,
los grandes ojos de vidrio
contemplan serios y fríos.
(...)
Has de ser vacío y liviano,
liviano y siempre juguetón,
vidente, pero visible de lejos,
con la seda de un centenar de palabras
ardientes, como la bandera,
o la pompa de jabón, arriba
entre los vientos, en el cielo,
y vivir mientras lo haga el alma,
la belleza, o los caprichos,
porque yo también -lo juro por Dios-
sólo viviré hasta entonces.
Ve a flotar sobre lo profundo
envuelto en colores sutiles;
sé como la nada, tú
el todo.
Entre 1922 y 1926 Kosztolányi escribe y publica cuatro novelas[[1]]: Nerón, el poeta sanguinario; Alondra; La cometa dorada, y Anna la dulce. En la primera de ellas (no traducida al castellano) se adentra en la conciencia del poeta fracasado y descubre el estrecho margen que separa lo divino de lo demoníaco: el Nerón joven fue educado en el arte, en la poesía, en la música, para ser un gran emperador, pero su mediocridad (y su inevitable fracaso) siempre patente ante Británico y Séneca, lo llevan a convertirse en un cruel asesino y en un déspota irracional: no hay asesino más salvaje que un poeta consciente de su mediocridad; la belleza es la peor de las propiedades, porque no tolera su desposesión. Lo mejor de la novela es la paulatina y progresiva transformación del joven poeta Nerón en el vanidoso y asesino emperador. En esta novela encontramos ya el mayor aporte de Kosztolányi a la literatura y al pensamiento contemporáneos: la inversión absurda, la denuncia de la terrible confusión que suele darse entre lo primero y lo último, entre la causa y el efecto, entre el ser y el deber ser: el imbécil y mutilado Nerón proclamando en su trono “Nada me es prohibido”[[2]].
De los más de treinta volúmenes que componen su bibliografía, en castellano sólo disponemos de los siguientes:
- Alondra (1924). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2006. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Péter Esterházy (1993). Traducción de la introducción de Marta Pino Moreno.
- La cometa dorada (1925). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2007. Traducción de Marta Komlosy. Prólogo de Adan Kovacsics.
- Anna la dulce (1926). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2003. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Mihály Dés.
- Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo (1933). Barcelona; Ediciones B, S.A., para el sello Bruguera; 2007. Traducción de Mária Szijj.
- Cuentos psicoanalíticos. Ediciones del Lunar, 2003. Traducción de Ángel Cagigas Balcaza.
- La visita y otros cuentos. Grupo editorial Norma. Traducción de Irma Agüero. Selección de cuentos (de Kornél Esti y de Ojo de mar) de Vera Zcékács.
Dezső kosztolányi estudió en la universidad de Budapest, donde conoció a los célebres poetas Mihály Babits y Gyula Juhász, con quienes estableció una amistosa y emocionante correspondencia, y más tarde en la universidad de Viena.
Fue periodista de profesión y en 1908 sustituyó al poeta Endre Ady en la recién fundada, y prestigiosa ya, revista literaria Niugat (Occidente), auténtica revitalizadora de la vida poética e intelectual húngara. Kosztolányi fue uno de los más destacados poetas de la primera generación de dicha intelectualidad. Junto a él, entre otros, el propio Endre Ady, Mihály Babits, Milán Füst, Zsigmond Móricz, Frigyes Karinthy o Gyula Krúdy. Esta revista proclamaba la soberanía y la autonomía del arte. El exigente director de la misma, Ernő Osvát, estableció e institucionalizó su lema: “¡Escribe lo que quieras, haz lo que te venga en gana, solamente importa el cómo lo haces!”
Los dos grandes temas recurrentes y obsesivos en la ingente obra de Kosztolányi son: la desbocada y desbordada imaginación que crea imparable a través del prisma de la niñez y de sus miedos, y la conciencia de la muerte propia como algo inevitable, junto a la angustia que genera todo lo que a ella recuerda, como pueden ser la vejez o la enfermedad. La voz de Kosztolányi, como la de los grandes escritores realistas rusos, es una voz trágica. A veces se le ha comparado con Antón Chejov por hacer literatura sublime a partir de lo trivial o irrelevante. La voz de Kosztolányi es la voz de la compasión y la conmiseración por los pobres, por los ofendidos, por los humillados.
El año 1914 trajo la Gran Guerra y con ella la ruptura y desaparición de la vida bohemia y la llegada del compromiso de los intelectuales. Kosztolányi siempre defendió la independencia del arte. Él decía ser un homo aestheticus y no un homo moralis. Como tal siempre defendió el arte por el arte. No obstante, los cuatro años de guerra, las dos revoluciones y la contrarrevolución blanca, la desaparición del imperio austro-húngaro y las descabelladas y desproporcionadas consecuencias del tratado de Versailles de 1920 (en el que Hungría perdió dos tercios de su territorio: la ciudad natal del autor, Szabadka, pasó a ser la serbia Subotica) hicieron que las exquisiteces rimadas y la literatura de orfebre desapareciesen a favor de la rigurosidad, de la justeza y de la claridad directa. Decepcionado ante el mundo y ante sí mismo, el patente fracaso de los movimientos progresistas ilustrados y decimonónicos lo conducen a la conciencia de la soledad, de la angustia y de la tragedia que supone el vivir. Y es que Kosztolányi anuncia el existencialismo. Se convierte en el poeta de la superficie, poeta desafiante que renuncia a profundizar, que no se esfuerza más que por recoger en palabras los destellos de la superficie del mar. La canción de Kornél Esti lo proclama claro y rotundo:
(...)
Has de ser la envoltura
del sabio placer, de la fruta,
la fascinante piel, el verdor
del árbol, de la mar el rumor:
la imagen de lo profundo.
(...)
Negocia con locos caprichos
charla con mortales peligros,
y ríete del que se esmera en buscar
lo profundo.
¿Qué te trae el buzo
que emerge de lo profundo?
En la mano, triste barro,
lo único que brinda aquel mundo.
Nada disfruta de la magia
de los destellos del agua,
abajo gime, trastabilla encadenado,
le pesan los guantes,
los grandes ojos de vidrio
contemplan serios y fríos.
(...)
Has de ser vacío y liviano,
liviano y siempre juguetón,
vidente, pero visible de lejos,
con la seda de un centenar de palabras
ardientes, como la bandera,
o la pompa de jabón, arriba
entre los vientos, en el cielo,
y vivir mientras lo haga el alma,
la belleza, o los caprichos,
porque yo también -lo juro por Dios-
sólo viviré hasta entonces.
Ve a flotar sobre lo profundo
envuelto en colores sutiles;
sé como la nada, tú
el todo.
Entre 1922 y 1926 Kosztolányi escribe y publica cuatro novelas[[1]]: Nerón, el poeta sanguinario; Alondra; La cometa dorada, y Anna la dulce. En la primera de ellas (no traducida al castellano) se adentra en la conciencia del poeta fracasado y descubre el estrecho margen que separa lo divino de lo demoníaco: el Nerón joven fue educado en el arte, en la poesía, en la música, para ser un gran emperador, pero su mediocridad (y su inevitable fracaso) siempre patente ante Británico y Séneca, lo llevan a convertirse en un cruel asesino y en un déspota irracional: no hay asesino más salvaje que un poeta consciente de su mediocridad; la belleza es la peor de las propiedades, porque no tolera su desposesión. Lo mejor de la novela es la paulatina y progresiva transformación del joven poeta Nerón en el vanidoso y asesino emperador. En esta novela encontramos ya el mayor aporte de Kosztolányi a la literatura y al pensamiento contemporáneos: la inversión absurda, la denuncia de la terrible confusión que suele darse entre lo primero y lo último, entre la causa y el efecto, entre el ser y el deber ser: el imbécil y mutilado Nerón proclamando en su trono “Nada me es prohibido”[[2]].
Su segunda novela fue la magistral y chejoviana Alondra. Kosztolányi ya sabía que los rostros no existían bajo las máscaras, por ello, este autor desenmascarado pretende penetrar la esencia de la máscara auténtica. Y esto es justamente lo que hace en Alondra. “Alondra” es el único nombre que conocemos de la protagonista de la novela, una no joven hija soltera de un matrimonio anciano. Ella va a marcharse de viaje durante una semana a la finca de unos parientes y los padres quedarán solos en su casa de Sárszeg (“barrizal arrinconado”, la ciudad imaginada de Kosztolányi que tanto recuerda a Szabadka). Y ahora llega la terrible inversión: los padres descubren durante esa semana el odio que sienten por su hija, que debió morir antes de nacer. Pero... ella volverá, y lo hará con una jaula en la mano, jaula que contiene una paloma (¿por qué no una alondra?).
Su tercera novela fue La cometa dorada, más cuidada y lírica que la anterior. Paso obligado para todo docente y para todo padre de hijo adolescente. Su protagonista, Antal Novák, apodado Kobak (“cabezón”) es un profesor de Bachillerato en la ciudad provinciana que ya conocemos, Sárszeg. Tiene una hija adolescente y se encarga de tutorar, enseñar y educar, a un grupo de alumnos también adolescentes. Seguro de sí mismo, gran pedagogo, riguroso, todo le marcha bien hasta que llega nuevamente la inversión terrible: su hija le miente, el mundo está cambiando y él no está preparado para los nuevos tiempos, sus ideales pedagógicos ilustrados ya no sirven para nada, y todo va, lentamente al principio, con precipitación al final, hacia un inevitable desenlace trágico. El cielo mismo se romperá junto con el cráneo de Novák. Tal vez el lenguaje no sirva más que para aumentar la incomunicación de los seres humanos. Es una novela despiadada con el lector: por un lado, delicada, sensible, lírica, escrita por un poeta que ama las palabras, por otro, brutal, desproporcionada, monstruosa; por un lado, conoce el lector las más leves emociones que afectan la conciencia de sus protagonistas, por otro, desearía alejarse de ellos todo lo deprisa posible. Y entre ambos sentimientos opuestos una tensión, trágica por ser inevitable: el terrible final.
Pero si algo escribo de final terrible, entonces tengo que pasar a Anna Edes (Anna la dulce), sin duda una de las mejores novelas de la primera mitad del siglo XX. No voy a rebelar nada de su argumento, porque cualquier palabra que escriba sobre él, podría pervertirlo. Recomiendo a todos los que esto estén leyendo, que cuando se enfrenten a la novela lo hagan directamente, sin previo paso por ningún prólogo o introducción: el impacto que produce la novela es radical. Sólo voy a mencionar dónde se encuentra la terrible inversión en esta obra: al ser humano no se le puede degradar a animal o a cosa o a autómata impunemente. Y nada más.
Termino añadiendo algo acerca de la colección de cuentos Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Kornél Esti es su doppelgänger, su alter ego, en palabras de la propia esposa de Kosztolanyi. El aventurero, descarado y sensible Kornél Esti es todo lo que Kosztolányi era y no supo cómo serlo. Esta colección de relatos es muy desigual en cuanto a calidad, pero algunos de ellos son perfectos. Destaco los siguientes: “Donde realiza una excursión con un viejo amigo a la ‘ciudad honrada’” (capítulo 4 de la edición castellana), “Donde el pobre periodista Pali Mogyoróssy enloquece de súbito en una cafetería y es encerrado a continuación en un manicomio” (capítulo 8 de la edición castellana) y “Donde el héroe brinda una conmoverora descripción de un viaje en un tranvía corriente y se despide del lector” (capítulo 18 de la edición castellana).La inversión del primero de los tres relatos consiste en la honradez de la ciudad que visita Kornél Esti. En ella nadie miente, nadie oculta nada. Es una ciudad o una sociedad cabeza abajo desde nuestro punto de vista moral, pero ¿no debería ser realmente la nuestra, la sociedad que debiera resultarnos extraña? ¿Cuándo se produjo en nuestra historia la inversión que dio lugar a la imposición de la mentira, de los enmascaramientos, de la cortesía falsa, de la hipocresía?
El segundo relato es más terrible: el periodista Pali Mogyoróssy enloquece una noche de juerga. Sus amigos observan el truncamiento de su cerebro y deciden conducirlo al manicomio. El mismo Pali acaba aceptando su nuevo aposento. Pero... y aquí está la terrible inversión: los locos son los amigos de Pali y no lo saben. El valor de la literatura de Kosztolányi es justamente este: Kafka nos reveló un mundo literario en el que el protagonista conservaba su sentido común en medio de un entorno enloquecido o absurdo, y el lector conoce el valor de este sentido lógico. Kosztolányi hace que no sólo el entorno, sino que el mismo protagonista sean ambos unos sinsentidos, con la dificultad trágica añadida de que nada ni nadie es consciente de dicho absurdo. Kosztolányi es una vuelta de tuerca añadida a Kafka y un exquisito preludio para el existencialismo. Este es el mérito del relato acerca de Pali Mogyoróssy o de Anna la dulce o de la Alondra o de Antal Novák.
Del último relato que he seleccionado de Kornél Esti no escribo nada. Al lector se lo dejo para que camine por sí mismo, junto con otras citas del propio Dezső kosztolányi de Nemeskosztolányi:
Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo (1933). Barcelona; Ediciones B, S.A., para el sello Bruguera; 2007. Traducción de Mária Szijj. Capítulo 18: Donde el héroe brinda una conmovedora descripción de un viaje en un tranvía corriente y se despide del lector (págs. 313-319):
“- El viento rugía -relató Kornél Esti-. La oscuridad, el frío y la noche me azotaban y arañaban la cara con sus heladas garras.
»Se me había puesto la nariz púrpura, las manos moradas, las uñas azuladas. Los ojos me lagrimeaban, como si llorara o como si se derritiera en mi interior la vida solidificada en un bloque de hielo. Negras callejuelas bostezaban en torno a mi.
»Yo aguardaba allí, de pie, golpeando con los pies el asfalto duro como la roca e intentando calentarme las uñas con el aliento. Al final metí los dedos entumecidos en los bolsillos del abrigo.
»Por fin, en la lejanía, atisbé a través de la niebla el brillo amarillento de los ojos del tranvía.
»El vehículo efectuó un giro pronunciado y se detuvo ante mí, chirriando sobre los raíles.
»Me disponía a subir, pero no bien extendí la mano hacia la barandilla, unas voces hostiles me gritaron: "Está lleno." De las escalerillas colgaban racimos de pasajeros. Dentro, en una lúgubre penumbra apenas iluminada por una única bombilla de filamento metálico que despedía una luz rojiza, se hacinaban seres vivos, hombres, mujeres, algunas de ellas con niños en brazos.
»Vacilé por un instante. Luego, movido por una decisión repentina, subí de un salto. No era momento para andarse con remilgos. Estaba aterido y me castañeaban los dientes. Además, también me corría prisa, debía llegar puntual a mi destino y me esperaba un largo trayecto.
»En un primer momento mi situación era más que desesperada. Me agarré al racimo humano, convirtiéndome así en una más de sus bayas invisibles. Pasamos traqueteando bajo puentes y atravesamos túneles a una velocidad tan salvaje que si me hubiese soltado, habría muerto en el acto. De vez en cuando mi espalda rozaba un muro, una valía de tablas de madera, el tronco de un árbol. Estaba jugándome la vida.
»Más que el peligro, me angustiaba saber que me odiaba cada uno de los restantes pasajeros. Arriba, los que estaban en la plataforma, se reían de mi; abajo, los de la escalerilla, las personas a las que me había unido el destino, sin duda habrían suspirado aliviados silos hubiese librado de mi excéntrica presencia cayéndome y rompiéndome la crisma.
»Tardé mucho en llegar hasta la plataforma. Conseguí abrirme paso hasta el borde. Al menos ya pisaba suelo firme. Con las dos manos me así con fuerza al bastidor exterior del vagón. Ya no temía salir despedido.
»Cierto que la opinión general volvió a cebarse en mi, y de forma por demás virulenta. Abajo ya se habían acostumbrado más o menos a mí. Tras aceptar mi existencia, como un triste hecho, se habían fundido conmigo y habían dejado de prestarme atención. Arriba, sin embargo, era el último de los invasores, el más reciente de los enemigos. Todos se aliaron contra mí y expresaron su animadversión común hacia mí, unos abierta y otros encubiertamente, unos en voz alta y otros en susurros, unos con blasfemias, otros con insultos graciosos o con comentarios soeces. No ocultaban en absoluto que preferirían que me encontrara a dos metros bajo tierra a que estuviese allí entre ellos.
»A pesar de todo, no abandoné la lucha. "Resiste -me animaba a mí mis mismo-. Resiste las adversidades sin claudicar."
»La perseverancia dio su fruto. Alcancé una de las correas que colgaban del techo y la agarré. Poco después, alguien me empujó. Me precipité hacia delante con tan buena fortuna que logré adentrarme en el vagón. Ya no estaba en las inmediaciones de la salida, sino que me había plantado firmemente en medio del grupo que ocupaba la plataforma. La gente me apretaba y me transmitía calor por todos los lados. Unas veces, la presión era tan fuerte que se me cortaba la respiración. Otras, se me clavaba en el vientre algún objeto, el mango de un paraguas o el canto de un maletín.
»Sin embargo, salvo por estas molestias pasajeras, no tenía motivos para lamentarme.
»Más adelante, mis perspectivas mejoraron aún más. »La gente iba y venía, subía y bajaba. Ahora que incluso gozaba de cierta libertad para moverme, me desabroché el abrigo con la mano izquierda, me saqué del bolsillo del pantalón el monedero y conseguí satisfacer la solicitud insistente pero hasta entonces infructuosa del cobrador de que le pagase el billete. Qué placentero resultó cumplir con mi deber.
»Luego ocurrió algo que produjo de nuevo cierto revuelo. Se encaramó al tranvía un revisor gordo y respetable que con sus cien kilos casi ocasionó que el vagón rebosara, como una taza de café llena hasta el borde en la que tiran un voluminoso terrón de azúcar. El revisor me pidió el billete. Me vi obligado a desabrocharme el abrigo de nuevo, y con la mano derecha que me quedaba libre rebuscar el monedero que hacía un rato había hundido en el bolsillo izquierdo del pantalón.
»Debo admitir que la suerte me sonrió otra vez. Al excavar el revisor un túnel entre cuerpos vivos en su camino hacia el interior del vagón, una oleada impetuosa de personas me empujó hacia dentro de modo que -al principio no daba crédito a mis ojos- ahora yo también estaba dentro, en el interior del vagón: lo había logrado.
»Mientras, alguien me asestó un golpe en la cabeza, saltaron unos cuantos botones de mi abrigo, pero no estaba yo para ocuparme de esas menudencias. Me enorgullecía enormemente de haber llegado hasta allí. Naturalmente, sentarme era una utopía. Ni siquiera entreveía a la privilegiada comunidad de pasajeros que iban sentados. Los ocultaban a la vista aquellos que viajaban de pie, colgados de las correas, turnándose para posar los pies sobre los demás, así como el miasma impuro formado por la neblina invernal impregnada de alientos con olor a ajo y ácido gástrico y de los vapores viciados que emanaban de la ropa.
»Al contemplar aquella horda de animales encajonados y malolientes, despojados de toda dignidad humana, me invadió tal repulsión que, ya tan cerca de mi meta y de la victoria, me tentó la idea de darme por vencido, de no continuar el viaje.
»En ese momento me fijé en una mujer. Estaba en un rincón sombrío, apoyada contra la pared; llevaba ropa gastada y un cuello de piel de conejo. Parecía extenuada, triste. Tenía facciones sencillas, una frente mansa y pura, ojos azules.
»Cuando no soportaba más aquella humillación, cuando me dolían las extremidades o se me revolvía el estómago, entonces entre los harapos, entre aquellas jetas propias de animales, en el aire nauseabundo, la buscaba a ella, jugando al escondite tras las cabezas y los sombreros. La mayor parte del tiempo, ella iba abstraída. No obstante, en una ocasión, nuestras miradas se cruzaron. Desde ese momento, ella no me evitó. Se me figuraba que ella también pensaba lo mismo que yo, como si me leyese la mente y compartiese mi opinión sobre el tranvía y todo lo que nos rodeaba. Esto me consoló.
»Con su permiso tácito, yo la miraba a los ojos, como miran los enfermos la llamita eléctrica azul que de noche se enciende en las salas de hospital, para que los que sufren no se sientan solos y abandonados del todo.
»Fue gracias a ella, sólo a ella, que no perdí definitivamente las ganas de luchar.
»Un cuarto de hora más tarde se desocupó a mi lado un hueco en el banco que unas barras de cobre dividían en cuatro asientos. En un primer momento sólo había espacio suficiente para apoyar un muslo y dejar las piernas flotando en el aire. Los que estaban sentados en torno a mi eran unos burgueses horribles, enfundados en sus gruesos abrigos de piel e instalados en sus privilegios conquistados, sin la menor intención de transigir un ápice. Yo me conformaba con lo poco que había conseguido. No reivindicaba más. Fingía no reparar en su lamentable soberbia. Me comportaba como un saco, pues sabía que la gente aborrece instintivamente a las personas y que le cuesta menos perdonar a un saco que a una persona.
»Así fue. En cuanto advirtieron mi indiferencia y que era un don nadie que no contaba para nada, se apartaron ligeramente y me cedieron una pequeña porción del espacio que me correspondía. Más adelante ya habría asientos entre los que elegir.
»Unas paradas más adelante me procuré uno junto a la ventanilla. Me acomodé y eché una ojeada alrededor. Antes de nada, busqué a la mujer de ojos azules, pero ya no estaba allí. Seguramente se había bajado mientras yo estaba ocupado librando mi fiera batalla por la supervivencia. La había perdido para siempre.
»Suspiré. Me volví hacia la ventanilla cubierta de flores de escarcha, pero sólo veía las farolas, la nieve cochambrosa, las puertas cerradas, oscuras e implacables.
»Exhalé otro suspiro, luego bostecé, para distraerme de mi abatimiento. Constaté que "había luchado y había triunfado". Había alcanzado todo lo alcanzable. En un tranvía, ¿qué más cabía desear que un cómodo asiento junto a la ventanilla? Cavilando, casi con satisfacción, repasé cada instante de la encarnizada lucha, el asalto inicial, en el que tomé posesión del tranvía, la tortura de la escalerilla, el combate cuerpo a cuerpo en la plataforma, la atmósfera y el ambiente irrespirables que reinaban en el interior del vagón. Me reproché mi pusilanimidad, que por poco me había llevado a desistir de mi empeño, a echarme atrás en el último instante. Contemplé los hilachos del abrigo, único vestigio de los botones perdidos, como un guerrero que estudia sus heridas. A todo el mundo le toca -sentenciaban, con la experiencia sosegada de un sabio-; sólo hay que esperar que a uno le llegue su turno. En la vida terrenal las recompensas no se reparten con facilidad, pero al final, a pesar de todo, recibimos nuestra parte.
»Entonces me invadió el deseo de celebrar mi victoria. Estaba a punto de estirar mis piernas dormidas, para por fin relajarme y descansar, libre y feliz, cuando el cobrador se acercó a la ventanilla, hizo girar el indicador de dirección y gritó: "Ultima parada."
»Sonreí. Me apeé sin prisas.”
Otras citas de Dezső kosztolányi:
“Siempre me ha interesado una sola cosa: la muerte. Nada más. Me convertí en un ser humano el día en que, a la edad de diez años, vi muerto a mi abuelo, que era el ser a quien más quería por aquel entonces. Sólo desde ese momento he sido poeta, artista, pensador. El silencio de la muerte –la gran diferencia que opone la vida a la muerte- me hizo comprender que debía hacer algo. Empecé a escribir poesía. [...] En lo que a mí respecta, lo único que tengo que decir, por muy pequeño sea el objeto que puedo alcanzar, es que estoy muriendo. No siento sino desdén hacia esos escritores que tienen algo más que decir, que tratan sobre los problemas sociales, las relaciones entre hombres y mujeres, la lucha entre razas, etc., etc. Me pone enfermo esa estrechez de miras: qué trabajo más superficial hacen y qué orgullosos se sienten de él.” (De su diario. Texto citado por Péter Esterházy en la introducción de Alondra.)
“Pero hay versos que jamás pueden ser completamente leídos. Sobre todo los versos verdaderos. En ésos nos adentramos mucho más en su lectura. Mientras mejor los conocemos, más misteriosos serán. Ya hasta nos los sabemos de memoria, pero cada vez se nos aparecen, brillan con luz nueva. ¿Cuál pudiera ser la razón de ello? Pues obviamente el hecho de que el contenido no se encuentra en el texto, sino detrás de el. Por eso es que "nunca se agotan". El chapucero expresa todo lo que siente y piensa, y nos arroja todas sus palabras. El artista deja entender, y de la riqueza de su vocabulario sólo hace figurar algo, simbólicamente. De ahí se desprende que el lector se convierta en su colaborador activo-creador.” (Texto citado por Pál Réz en la introducción a La visita y otros cuentos).
“Mis años de estudiante en Viena, mis viajes a París, mis aventuras por Italia, no dejaron una huella tan profunda en mí como cuando una noche mi padre me mandó al cuarto de piano a oscuras por un puro.” (Texto citado por Pál Réz en la introducción a La visita y otros cuentos).
“Eran tan inabordables como si vivieran en una isla, lejos de la gente y al margen de las leyes humanas. ¡Si hubiese un camino para llegar a ellos! A la isla, a la seguridad, al maquillaje. Pero no lo había. No era posible transformar la vida en una comedia, no era posible vestirla. Existen personas que sólo poseen el dolor, un dolor cruel e informe que no sirve para nada, que no puede utilizarse para nada, sólo para el dolor mismo, para que duela, y entonces se encierran en ese dolor, profundamente, en una tristeza que no es más que suya, en un hueco sin fondo, en una mina que acabará derrumbándose sobre sus cabezas, y entonces se quedarán allí, y nadie podrá salvarlos.” (Alondra, págs. 108-109)
“Cuando estamos excitados, todo adquiere un significado, incluso aquello en que ni siquiera repararíamos en otras circunstancias. Cuando eso ocurre, hasta los objetos –una farola, un sendero cubierto de gravilla o un arbusto- poseen su vida propia, ancestral, hermética, enemistada con los seres humanos, y muestran hacia nosotros una indiferencia que nos duele en el corazón y nos causa estupor. Por su parte, los seres humanos –todos ellos egoístas que corren sin el menor sentimiento de hermandad hacia sus metas- nos hacen recordar con una sola palabra, con un solo gesto, lo irrevocable de nuestra soledad, y esa única palabra, ese único gesto se congelan en nuestra alma, sin razón alguna y para siempre, como un símbolo de la sinrazón de la vida.” (Alondra, pág. 178).
“El peso de la felicidad le doblaba la espalda.” (La cometa dorada, pág. 75.)
“Las palabras son vacuas, no expresan nada. A veces son capaces de desvirtuar hasta las mejores intenciones, transmitiendo malicia o ironía sin que nos demos cuenta. ‘Buenas noches... ¡Vaya nochecita que hemos tenido este pobre muchacho y yo!’.” (La cometa dorada, pág. 125.)
“La moral del hombre común y la del aristócrata coinciden en más puntos que cualquiera de ellas con la moral burguesa: los extremos se tocan.” (La cometa dorada, pág. 219.)
“Tenía un alma sensible, pero esos pequeños pinchazos ya no le dolían. Conocía la estupidez humana. Más que desprecio, sentía lástima; la incultura lleva en sí misma su propio castigo.” (La cometa dorada, pág 221.)
“La verdad es la suma de todas esas opiniones.” (La cometa dorada, pág. 366.)
“Una expresión de miedo apareció en los grandes y lánguidos ojos de Anna.
”Eran azules, pero no de un azul brillante, sino más bien suave, pálido, como las aguas del lago Balaton en las brumosas madrugadas de verano.
”Anna observó por primera vez a la señora Vizy: tenía la piel blanca, era muy alta, y tan fría como el hielo; por algún motivo le recordaba un ave, un ave desconocida de plumas vistosas, multicolores y desordenadas.” (Anna la dulce, págs. 79-80.)
“De las ventanas colgaban trapos y camisas de colores con la sincera suciedad de la vida que allí no se escondía.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 77.)
“Naturalmente, los matrimonios contraídos por amor también presentan sus inconvenientes. El que se casa por amor no actúa con mucha más sabiduría que el que mete en su casa un leopardo bello y esbelto, para que vele por su tranquilidad. Es algo fuera de lugar.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 192.)
“Dime, por favor, ¿por qué extraña razón todos los tacaños son longevos? Hay quien afirma que la tacañería constituye una manifestación de las ganas inquebrantables de vivir y que, como toda pasión real, no sólo no resulta mortífera, sino que, por el contrario, tonifica. Unos afirman que esta avidez constante y con efectos a largo plazo no se instala en organismos débiles condenados a perecer antes de tiempo. Otros sostienen que la tensa animadversión que los tacaños concitan contra sí entre quienes los rodean los vivifica y refuerza su terquedad, y que el odio implacable de sus familiares los mantiene con vida, como a los hombres bondadosos las oraciones devotas de sus allegados. Hay, por último quienes aseguran que es la tierra la que los retiene en este mundo, no los suelta, los abraza contra su seno mugriento y barroso, como si de parientes suyos se tratara, porque los tacaños son tan mugrientos y barrosos como ella. No son más que teoría.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 197.)
“Hay hoteles de ambiente familiar, donde nos encontramos más a gusto que en nuestro hogar, con las ventajas añadidas de que gozamos de una mayor independencia, libres de las tensiones familiares. Hay hoteles apacibles, amables y cómodos. Hay hoteles tristes, sobre todo en provincias, que semejan pianos desafinados, que nos mueven a la melancolía con sus espejos ciegos y su ropa de cama húmeda. También hay, claro está, hoteles malditos, con olor a muerte, que nos sumen en la desesperación, muy apropiados para suicidarse una noche de noviembre. Hay hoteles joviales, en los que el agua ríe al salir borbollando de los grifos. Hay hoteles severos, solemnes, mudos, hoteles parlanchines, hoteles crápulas, hoteles señoriales, fiables, tranquilos, cubiertos de la noble pátina del pasado, hoteles livianos, hoteles pesados, hoteles sanos, en los que incluso los desagües irradian luminosidad, y hoteles enfermos donde cojea la mesa, renquea la silla, los armarios andan con muletas, los sofás padecen tisis, las almohadas yacen moribundas sobre la cama. En pocas palabras: hay hoteles de todas clases.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 199.)
“No se trataba de mala intención por su parte, pues la vida le había enseñado que aquellos tan necios como para apelar a la buena voluntad de otro siempre son personas perdidas, condenadas a muerte, a quienes no vale la pena ayudar, ya que se engañan a sí mismos, o de hecho son tan débiles que no son capaces ni de engañarse a sí mismos, por lo que se dirigen a otra persona para que sea ella quien los engañe.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 244.)
“La aurora, de dedos rosados y uñas sucias.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 251.)
“La ternura no es más que una forma de dureza encubierta, y viceversa.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 261.)
viernes, 31 de julio de 2009
Recomendación y cita:

¿Un neurólogo haciendo filosofía o un filósofo que, a fuerza de buscar, acaba penetrando en la naturaleza de las emociones y de los sentimientos? Tal vez estemos en los comienzos de la “neurofilosofía”:
“Llegados a este punto, debo añadir otra importante limitación a esta explicación. Cuando decimos que la mente está construida a base de ideas que son, de una manera u otra, representaciones cerebrales del cuerpo, es fácil concebir el cerebro como una pizarra en blanco que empieza el día limpia, dispuesta a que se le inscriban señales procedentes del cuerpo. Pero nada podría hallarse más alejado de la verdad. El cerebro no comienza su día como una tabula rasa. El cerebro está imbuido al principio de la vida y el conocimiento relacionado con la manera en que debe gestionarse el organismo, es decir, cómo tienen que funcionar los procesos vitales y cómo tienen que tratarse diversos acontecimientos del ambiente externo. Muchos lugares de cartografía y conexiones están presentes al nacer; por ejemplo, sabemos que los monos recién nacidos poseen neuronas en su corteza cerebral listas para detectar líneas en una determinada orientación. En resumen, el cerebro aporta conocimiento innato y experiencia automatizada, predeterminando así muchas ideas del cuerpo. La consecuencia de este conocimiento y esta experiencia es que muchas de las señales corporales destinadas a convertirse en ideas, de la manera que hemos comentado hasta aquí, resulta que han sido engendradas por el cerebro. Este ordena al cuerpo que asuma un determinado estado y que se comporte de una determinada manera, y las ideas se basan en esos estados y comportamientos corporales. El ejemplo más claro de esta disposición se refiere a los instintos y las emociones; tal como hemos visto, no hay nada libre ni aleatorio acerca de ambos. Son repertorios de comportamientos muy específicos y conservados a lo largo de la evolución a los que el cerebro, en determinadas circunstancias, llama fielmente para que actúen. Cuando las fuentes de energía en el cerebro se hallan bajas, éste detecta la reducción y desencadena un estado de hambre, el instinto que llevará a la corrección del desequilibrio. La idea del hambre surge de la representación de los cambios corporales inducidos por el despliegue de dicho instinto.
”Decir que muchas ideas del cuerpo son consecuencia de que el cerebro haya situado a éste en un determinado estado significa que algunas de las ideas del cuerpo que acaban constituyendo el fundamento de la mente se hallan muy limitadas por el diseño previo del cerebro y de las necesidades generales del organismo. Son ideas de acciones corporales, pero dichas acciones corporales fueron soñadas primero por un cerebro que les ordenó que tuvieran lugar en el cuerpo correspondiente.” (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurología de la emoción y los sentimientos. Editorial Crítica, Barcelona, 2005. Traducción de Joandomènec Ros. Cap. 5: “Cuerpo, cerebro y mente”, pp. 195-196)
”Decir que muchas ideas del cuerpo son consecuencia de que el cerebro haya situado a éste en un determinado estado significa que algunas de las ideas del cuerpo que acaban constituyendo el fundamento de la mente se hallan muy limitadas por el diseño previo del cerebro y de las necesidades generales del organismo. Son ideas de acciones corporales, pero dichas acciones corporales fueron soñadas primero por un cerebro que les ordenó que tuvieran lugar en el cuerpo correspondiente.” (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurología de la emoción y los sentimientos. Editorial Crítica, Barcelona, 2005. Traducción de Joandomènec Ros. Cap. 5: “Cuerpo, cerebro y mente”, pp. 195-196)
jueves, 25 de junio de 2009
Libro de citas:
"Comprenderás que puede nevar en primavera..." (Pablo Neruda, Crepusculario; "Nuevo soneto a Helena").
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