miércoles, 6 de octubre de 2010
¿Ficciones?
domingo, 9 de mayo de 2010
¿Ficciones?
lunes, 3 de mayo de 2010
Edmund Husserl, breve continuo para introducirse en su filosofía:
Libro de citas: José Ortega y Gasset, “Ensayo de estética a manera de prólogo”, incluido en "La deshumanización del arte y otros ensayos de estética":
Texto número uno:
“Este buen siglo XX, que nos lleva en sus brazos fuertes, de músculos tensos, parece destinado a romper con algunas hipocresías, insistiendo en las diferencias que separan a las cosas.” (Pág. 155)
Texto número dos:
“Adviértase que “significación” no quiere decir sino “referencia a un objeto”; por tanto, “significación idéntica” será “referencia a un mismo objeto o realidad, a un mismo cariz de un objeto o realidad”.” (Pág. 157)
Texto número tres:
“Yo significa, pues, no este hombre a diferencia del otro ni mucho menos el hombre a diferencia de las cosas, sino todo –hombre, cosas, situaciones-, en cuanto verificándose, siendo, ejecutándose. Cada uno de nosotros es yo, según esto, no por pertenecer a una especie zoológica privilegiada, que tiene un aparato de proyecciones llamado conciencia, sino más simplemente porque es algo. Esta caja de piel roja que tengo delante de mí no es yo porque es sólo una imagen mía, y ser imagen equivale justamente a no ser lo imaginado. Imagen, concepto, etc., son siempre imagen, concepto de... y eso de quien son imagen constituye el verdadero ser. La misma diferencia que hay entre un dolor de que se me habla y un dolor que yo siento hay entre el rojo visto por mí y el estar siendo roja esta piel de la caja. Para ella el ser roja es como para mí el dolerme. Como hay un yo Fulano de Tal, hay un yo-rojo, un yo-agua y un yo-estrella.
”Todo, mirado desde dentro de sí mismo, es yo.
”Ahora vemos por qué no podemos situarnos en postura utilitaria ante el “yo”: simplemente porque no podemos situarnos ante él, porque es indisoluble el estado de perfecta compenetración con algo, porque es todo en cuanto intimidad.” (Págs. 158-159)
Texto número cuatro:
“Todo, mirado desde dentro de sí mismo, es yo.
”Esta frase sólo puede servir de puente a la estricta comprensión de lo que buscamos. En rigor es inexacta.
”Cuando yo siento un dolor, cuando amo u odio yo no veo mi dolor ni me veo amando u odiando. Para que yo vea mi dolor es menester que interrumpa mi situación de doliente y me convierta en un yo vidente. Este yo que ve al otro doliente es ahora el yo verdadero, el ejecutivo, el presente. El yo doliente, hablando con precisión, fue, y ahora es sólo una imagen, una cosa u objeto que tengo delante.
”De este modo llegamos al último escalón del análisis: “yo” no es el hombre en oposición a las cosas, “yo” no es este sujeto en oposición al sujeto “tú” o “él”, “yo”, en fin, no es ese “mí mismo”, me ipsum que creo conocer cuando practico el apotegma délfico: “Conócete a ti mismo.” Esto que veo levantarse sobre el horizonte y vacilar sobre las alongadas nubes de alborada como un ánfora de oro, no es el sol, sino una imagen del sol: del mismo modo el “yo” que me parece tener tan inmediato a mí es sólo la imagen de mi “yo”.
”No es este el lugar adecuado para mover guerra al pecado original de la época moderna que, como todos los pecados originales, a decir verdad, fue condición necesaria de no pocas virtudes y triunfos. Me refiero al subjetivismo, la enfermedad mental de la Edad que empieza con el Renacimiento y consiste en la suposición de que lo más cercano a mí soy yo –es decir, lo más cercano a mí en cuanto conocimiento es mi realidad o yo en cuanto realidad. Fichte, que fue antes que nada y sobre todo un hombre excesivo, lo excesivo elevado a la categoría de genio, señala el grado máximo de esta fiebre subjetiva, y bajo su influjo transcurrió una época en que, a cierta hora de la mañana, dentro de las aulas germánicas se sacaba el mundo del yo como se saca uno el pañuelo del bolsillo. Después de que Fichte iniciase el descenso del subjetivismo, y acaso en estos momentos, se anuncia como el vago perfil de una costa, la nueva manera de pensar exenta de aquella preocupación.
”Ese yo, a quien mis conciudadanos llaman Fulano de Tal, y que soy yo mismo, tiene para mí, en definitiva, los mismos secretos que para ellos. Y viceversa: de los demás hombres y de las cosas no tengo noticias menos directas que de mí mismo. Como la luna me muestra sólo su pálido hombro estelar, mi “yo” es un transeúnte embozado, que pasa ante mi conocimiento, dejándome ver sólo su espalda envuelta en el paño de una capa.
”Del dicho al hecho hay un gran trecho –exclama el vulgo. Y Nietzsche: “Es muy fácil pensar las cosas; pero es muy difícil serlas.” Esa distancia que va del dicho al hecho, de pensar algo a ser algo es la misma exactamente que media entre cosa y yo.” (Págs. 159-160)
Texto número cinco:
“De suerte que llegamos al siguiente rígido dilema: no podemos hacer objeto de nuestra comprensión, no puede existir para nosotros nada si no se convierte en imagen, en concepto, en idea –es decir, si no deja de ser lo que es, para transformarse en sombra o esquema de sí mismo. Sólo con una cosa tenemos una relación íntima: esta cosa es nuestro individuo, nuestra vida, pero esta intimidad nuestra al convertirse en imagen deja de ser intimidad. Cuando decía que en el “yo ando” nos referíamos a un andar que fuera visto por un interior, aludía a una relativa interioridad: con respecto a la imagen del moverse un cuerpo en el espacio es la imagen del movimiento de mis sensaciones y sentimientos como una interioridad. Pero la verdadera intimidad que es algo en cuanto ejecutándose está a igual distancia de la imagen de lo externo como de lo interno.
”La intimidad no puede ser objeto nuestro ni en la ciencia, ni en el pensar práctico, ni en el representar imaginativo. Y, sin embargo, es el verdadero ser de cada cosa, lo único suficiente y de quien la contemplación nos satisfaría con plenitud.” (Págs. 160-161)
martes, 6 de abril de 2010
Encefalogramas planos:
lunes, 5 de abril de 2010
¿Cuál es la función social de la hipocresía?
sábado, 3 de abril de 2010
Libro de citas:
¿Una incógnita?
¿Para cuándo el género literario Metafísica virtual?
domingo, 24 de enero de 2010
lunes, 26 de octubre de 2009
Acerca de un hermoso ídolo de dos cabezas:
martes, 15 de septiembre de 2009
El rizo: un recurso literario:
El año de la muerte de Ricardo Reis (1984) es una novela de sorpresas. Ahora el ejemplo es a cielo abierto, o casi. Nos encontramos en una habitación de hotel. En ella se encuentra Ricardo Reis y Lidia, una camarera. El protagonista se acerca a la ventana y observa el muelle de Sodré allá abajo y a lo lejos. El caudal viene muy crecido. Varias son las calles inundadas. Una anciana quiere cruzar una de ellas, pero parece evidente que no lo logrará sola. Necesita ayuda. Ésta viene dada por un individuo que decide alzarla en brazos y cruzarla. Después este San Cristóbal repetirá su acción con otro individuo acicalado. Ricardo Reis observa la escena (no olvidemos que tiene alma de escritor), pero mientras observa, ve que éste último individuo ha alzado la cabeza y lo mira a él fijamente. Pero no sólo lo mira a él, sino que también está viendo a Lidia que, tras el hombro de Ricardo Reis, está igualmente mirando la escena. El protagonista no puede ver lo que está viendo de sí el alzado a borriquillo, puesto que no tiene ojos en su espalda, pero el lector sabe de Ricardo Reis y de su entorno más que él mismo. Bucle magistral por ser ascendente: va a más.
El siguiente ejemplo de este recurso literario lo he rescatado por ser el más antiguo que yo he localizado. No digo que sea la primera vez que algún escritor lo haya utilizado de forma tan consciente y tan imbricada en el relato, sino que, hasta la fecha, es el primero de que yo tenga constancia. Pertenece a la novela Alondra (1924) del escritor húngaro Dezső Kosztolányi. Al final de la misma el padre de Alondra camina en dirección a su casa y observa desde la calle a través del cristal de una taberna a un joven poeta que está escribiendo y meditando sentado a una mesa. Entonces este individuo levanta la cabeza y mira a través de la ventana. Aquí tenemos el rizo. Mira y ve al padre de Alondra que viene caminando, pensando y mirando. Conocemos más del anciano tras la mirada del joven que si éste no hubiese levantado la cabeza para observarlo.
Texto número 1: Rizo horizontal:
“Había una plazuela, unos árboles con ramas que se agitaban, bruscos. El hombre paró el carro, le dijo a la mujer, Espera ahí, y atravesó bajo los árboles hacia una puerta iluminada. Era una taberna y dentro estaban tres hombres sentados en un banco, otro bebiendo arrimado al mostrador, sosteniendo el vaso entre el pulgar y el índice, como si estuviera posando para un retrato. Y tras el mostrador un viejo flaco, seco, dirigió los ojos hacia la puerta, era el hombre del carro que entraba y decía, Buenas noches a toda la compañía, éste es el saludo de quien llega y quiere la amistad de todos, por fraternidad o por interés de negocio, …” (José Saramago, Levantado del suelo. Suma de Letras, S. L.; Punto de lectura, Madrid, 2004. Traducción de Basilio Losada; pág. 24.)
Texto número 2: Rizo ascendente o en espiral:
“Entró al fin la camarera, Buenos días, señor doctor, y posó la bandeja, con oferta menos pródiga de lo que había imaginado, pero incluso así merece el Bragança mención honorífica, no es extraño que tenga huéspedes tan constantes, algunos no quieren otro hotel cuando vienen a Lisboa. Ricardo Reis responde al saludo, ahora dice, No, gracias, no quiero nada, es la respuesta a la pregunta que una buena camarera hará siempre, Desea algo más, y si le dicen que no, debe retirarse discretamente, a ser posible sin volver la espalda, hacerlo sería faltar al respeto a quien nos paga y hace vivir, pero Lidia, instruida para duplicar las atenciones, dice, No sé si el señor doctor se ha dado cuenta de que está inundado el muelle de Sodré, los hombres son así, tienen un diluvio a la puerta y ni se enteran, había dormido toda la noche de un tirón, despertó y oyó caer la lluvia, fue como quien sólo sueña que está lloviendo y en el mismo sueño duda de lo que sueña, cuando lo cierto es que llovió tanto que el muelle de Sodré está inundado, llega el agua por la rodilla a quien por necesidad lo atraviesa de un lado a otro, descalzo y remangado hasta las ingles, llevando a cuestas en el vado a una mujer de edad, mucho más liviana que el saco de judías entre el carro y el almacén. Aquí en el fondo de la Rua do Alecrim abre la vieja el bolso y saca la moneda con que paga a San Cristóbal, el cual, para que no estemos siempre escribiendo quién, volvió a meterse en el agua pues al otro lado hay ya quien le hace señales urgentes. Éste no es un anciano, edad y buena pierna tendría para atravesar por sus propios medios si quisiera, pero yendo tan puesto, de traje nuevo, no quiere mancharse los fondillos de barro, que más parece esto barro que agua, y no repara en lo ridículo que va, a borriquillo, con las ropas remangadas, las canillas asomándole por las perneras, las ligas verdes sobre los largos calzoncillos blancos, no falta quien se ría del espectáculo, hasta en el Hotel Bragança, en el segundo piso, un huésped de mediana edad sonríe, y tras él, si los ojos no engañan, hay una mujer que ríe también, mujer sin duda, pero no siempre los ojos ven lo que debieran, pues ésta parece una camarera y cuesta creer que lo sea, o están subvirtiéndose peligrosamente las relaciones y posiciones sociales, caso muy de temer, aunque hay ocasiones, y si es verdad que la ocasión, repetimos, hace al ladrón, también puede hacer la revolución, como ésta de haberse atrevido Lidia a asomarse a la ventana tras Ricardo Reis y reír con él igualitariamente ante el espectáculo que a ambos divertía. Son momentos fugaces de la edad de oro, que nacen súbitos, que mueren pronto, por eso la felicidad cansa en seguida. Se fue ésta ya, Ricardo Reis cerró la ventana, Lidia, sólo camarera, retrocedió hacia la puerta, todo se hace ahora con cierta prisa porque las tostadas se están enfriando y pierden gracia, La llamaré luego para que se lleve la bandeja, dice Ricardo Reis, y eso ocurrirá al cabo de media hora, Lidia entra discretamente y se retira sin ruido, más aliviada de carga, mientras Ricardo Reis se finge distraído, en el cuarto, hojeando, sin leer, The god of the labyrinth, obra ya citada.” (José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis. Suma de Letras, S. L.; Punto de lectura, Madrid, 2004. Traducción de Basilio Losada; págs. 77 y ss.)
Texto número 3: Rizo primitivo:
“ ... Su desengaño literario se transformó en una tristeza general, profunda, típicamente finisecular, y embargado por ese sentimiento miró hacia la calle, donde vio a los Vajkay caminar juntos detrás de un mozo de cuerda.” (Dezső Kosztolányi. Alondra. Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2006. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Péter Esterházy (1993). Traducción de la introducción de Marta Pino Moreno. Pág. 193)
