sábado, 4 de marzo de 2023

La promesa:

 

A lo lejos podíamos ver los cerros que iban lentamente cubriéndose de tonos rosados. Por encima de ellos y de nosotros las nubes comenzaban a blanquear y a romper el día. Cuando amanecía ocurría entonces una alegría surgida de no se sabe dónde que nos iba invadiendo a ti y a mí, sin remedio, como sin remedio era aquel beso con el que en ese mágico momento me cubrías la frente. Ya sabíamos los dos que con el día amanecían también nuestras aventuras y ocupaciones: yo me preparaba para ir al colegio mientras tú ibas calentando la leche y untando lentamente el pan con mantequilla. El frío aún permanecía fuera, detrás de las ventanas.

Desde muy pronto me enseñaste la diferencia entre la vida y la muerte. Juntos habíamos jugado desde siempre con estas dos únicas cartas que, como dos tarjetas de visita, solíamos mostrarnos cuando tú y yo nos mirábamos sin mirarnos: la vida y la muerte.

Tú te fuiste antes de que yo pudiera entregarte mi carta de vida, aquélla que tú misma me habías entregado una mañana en la que el cielo estaba más rosa que nunca y en la que el aire limpio había adquirido unos inverosímiles tonos anaranjados. Siempre me lo contaste con estas mismas palabras, ¿verdad, madre? Ahora, cincuenta años después, no quiero dejar de recordar tus palabras, tus manos, tus ojos, tus pechos, tu cabello,... que no necesito describirme porque están tan presentes en mi memoria y en mi único sueño como si no supieran o pudieran desprenderse de mí.

Pero no. Tal vez nada ocurriera así. Tal vez te fuiste y me dejaste sin tu presencia, abandonado en tu ausencia, con la mitad de mi ser amputada, perdida y muerta. Después sólo quise buscarte en los rincones de mi memoria, entre las mantas del arcón, bajo los platos de la cocina y bajo el hule de la mesa, sobre los muebles del dormitorio y en lo más profundo y oculto de mis sueños. Te habías ido para siempre y te llevaste las nubes blancas, los cerros rosados y el aire limpio del amanecer. Y tal vez fuese por ello que yo me quedase solo con el naipe negro de la muerte que ahora no se despega de mis manos ni de mi piel: levantaba las sábanas, miraba debajo de la cama, abría cada libro de la estantería, cada cajón de la cómoda,... buscando, cada vez con menos vigor y esperanza, el naipe de la vida que no debí entregarte, que tal vez no debiste llevarte, que tal vez te llevaras.

Desde entonces, sobre todo al amanecer, un vago deseo de venganza y de muerte me asalta, me invade o me envuelve, y solo matar o morir me sirve de consuelo, creo. Por insoportable envidia, el asesinato puede justificarse, y prometerse ¿verdad, madre? Solo tú sabes que no puedo mentirte, que con tus manos sobre mis manos siempre supe comprender el mundo y las cosas, que tu voz siempre aclaraba todos los conceptos y me explicaba todas las sorpresas, todos los miedos. Te lo prometí, madre. Te prometí entregarte el naipe de la vida, esa que tú no te llevaste, creo, y que siempre me recuerda la muerte que te debo para que tu sigas viva en mi memoria y en mis sueños.

  • Ahora, ritual y secretamente, te entrego esta vida para que tu sigas viviendo -dijo mientra hundía el puñal en el corazón del niño que a duras penas seguía gimoteando y aún respiraba bajo su enorme cuerpo de sebo.

Después una mueca estúpida, que pretendía sin conseguirlo imitar una sonrisa apenas dulce, iluminó la cara del asesino.

  • Me enferma esta ciudad en que todos viven como si fueran eternos y en que están todos orgullosos de su infinita mediocridad -sentenció-.

    Lo supe, una vez más, en mi único sueño de hace más de veinte días -pensó-. Y ya era la cuarta vez.

  • Cuatro muertos tal vez no sean suficientes, ¿verdad, madre? -susurró-. Pero concédeme unos días descanso, madre, y permite que, de nuevo, pueda disfrutar de un cielo rosado al amanecer y de esos tonos anaranjados de tu mañana de vida, ya que no puedo sentir el beso de tus labios sobre mi frente ni la piel de tus manos sobre las mías. Concédeme otra vez un nuevo amanecer.



Otra madre en la ciudad untaba con mantequilla otra rebanada de pan a otro niño mientras escuchaba las noticias en un aparato de radio. “El psicópata asesino ha vuelto a actuar. Esta vez ha sido un niño de ocho años el que ha aparecido cadáver en la calle Parra del barrio de la Macarena. Según fuentes familiares próximas al niño, éste había sido visto por última vez por sus amigos cuando salía de la escuela de kárate del mismo barrio. ¿Te acompaño a casa? -le había preguntado el padre de uno de sus compañeros de la escuela-. No es necesario. Vivo cerca -había respondido Javier, que así se llamaba el chico, mientras salía corriendo. A unos metros de la salida de la escuela, se produjo el terrible asesinato.”

Esta mujer apagó el aparato de radio y abrazó a su hijo.

  • Manuel, no quiero que vayas solo por la calle. Cuando salgas, no te muevas de la puerta del colegio hasta que llegue tu padre, ¿de acuerdo?

  • Sí, mamá. Esperaré hasta que llegue papá. Pero... ¿y si tarda mucho?

  • Si tarda, lo sigues esperando junto a tus amigos. Sabes que él siempre se retrasa un poco, pero no más de diez minutos. Depende del tráfico que haya hoy.



Madre, no han pasado dos semanas y ya vuelves de nuevo a mi memoria -susurró-. Sabes que no puedo correr y que lo paso mal cuando me gritas y me dices lo que tengo que hacer.

Madre, déjame en paz por unos días, que el fruto aún no está lo suficientemente maduro para morderlo.



A la salida, el padre de Manuel estaba frente a la puerta grande del colegio. ¡Qué sonrisa le dedicó el hombre a su hijo! Aquél lo cogió de la mano y ambos fueron caminando hasta su piso en la calle Mar de Alborán, en el barrio de Pino Montano. Aunque iban hablando, jugando y riendo, el aire de la tarde era frío ese día de enero.

  • Parece que va a llover -dijo el padre-.



Esa noche fue muy agitada. En sus sueños se cruzaban las manos finas y suaves de su madre, sus labios, los labios de los niños muertos, sus ojos, las palabras de su madre pronunciadas con las voces de los niños, a veces también con la suya misma, como si en un ritual extraño su voz se intercambiara misteriosamente con las de los asesinados. También veía un cielo anaranjado y nubes blancas flotando en una mañana limpia y pura donde unos niños y él mismo de niño saltaban para intentar alcanzarlas. Escuchaba incesante la voz de la madre muerta cincuenta años atrás decir: “Es el momento, hijo. Entrégame el naipe de la vida que me prometiste. Es el momento”.



En la puerta de la calle Mar de Alborán una madre abrochaba la cremallera de un niño. Le colocaba bien la bufanda y el gorro, los guantes, mientras decía: “Es el momento, Manuel. Ahora al cole. Y pórtate bien. Que nadie me venga diciendo que te portas mal.” Después siguió diciendo: “Cuando salgas, no te muevas de la puerta del colegio hasta que llegue tu padre, ¿de acuerdo?”



Le dio la impresión de que había demasiados coches de la Policía Nacional patrullando aquel día el barrio. Pero a esto no le dio ninguna importancia. Tal vez empezarían ya las obras municipales del barrio o tal vez demasiados robos y atracos, o tal vez los muchos trapicheos en las plazas y esquinas. El gordo nunca pensaba en sí mismo, como decían sus compañeros de la sucursal bancaria en la que trabajaba. Siempre estaba pendiente de los demás, dispuesto a hacer cuantos favores estuviesen en su mano sin diferenciar a quién se los hacía. Todos lo elegían siempre como “el compañero del año”. Él se mostraba orgulloso de ello, aunque modestamente siempre decía que no se merecía tanto. “Juan, tengo que salir un momento a la relojería. ¿Me cubres si preguntan por mí?”. “Claro, Miguel. No te preocupes, pero no te entretengas demasiado.” “Juan, esta tarde tengo que recoger a mis suegros del aeropuerto. ¿Te importa hacerme la tarde? Yo te la devuelvo la semana que viene, ¿vale?”. “Sí, sin problemas, no te preocupes. Esta tarde solo pensaba ir al cine. Ya iré mañana.”



Ya sabía que el niño Manuel salía del colegio a las dos y sabía también que su padre solía llegar a las dos y diez. Aunque desde hacía tres semanas, el padre ya estaba como un clavo antes de las dos en la puerta del colegio.

A las dos en punto estaba también el gordo Juan todos los días desde hacía tres semanas frente a la puerta del mismo colegio tomando el sol. Haciendo como si él también esperase a alguien. Pero ¿a quién iba a esperar el solitario y gordo Juan?

Cuando los niños empezaron a salir por la puerta grande sus madres, padres o abuelas los iban rescatando y se los iban llevando con alborozo y velocidad.

Pero Juan se percató de que el padre de Manuel no estaba, se estaba retrasando. Disponía, tal vez, de unos diez minutos para actuar. Escuchó con fuerza la voz de su madre muerta repitiendo: “Es el momento, hijo. Es el momento”.



Juan se acercó al niño canturreando una tonada que repetía una vez tras otra: “Es el momento, hijo. Es el momento”. Agarró a Manuel del brazo diciéndole “Es el momento, Manuel. Tu padre está tras aquella esquina. Vamos a buscarlo, que tiene muchas ganas de verte”. Y con decisión se llevó al niño, sin que éste pudiera expresar ninguna voz de alerta o de lamento. Nadie vio cómo Juan se llevaba a Manuel del brazo y lo condujo hacia el otro extremo de la calle, y hacia otras calles y lugares cada vez más solitarios a pesar de que el sol estaba en todo lo alto.

Desde el cielo claro y alto podría verse el recorrido del hombre gordo y enorme junto a un niño de seis años que lo miraba en silencio y extrañado sin saber qué hacía ni adónde iba. Cuando el hombre gordo lo introdujo en un portal el niño pudo gritar: “Papá”. Pero el gordo lo alzó y lo aplastó contra su pecho impidiéndole decir nada. Apenas si podía respirar. El hombre gordo seguía canturreando su tonada: “Es el momento, hijo. Es el momento”.



El gordo imaginaba ver a lo lejos unos cerros que lentamente iban cubriéndose de tonos rosados. Una alegría surgida de no sabía dónde lo iba invadiendo mientras se secaba la frente con el dorso de la mano. El cielo parecía contemplar una explosión rosa con inverosímiles tonos anaranjados. “¡Qué plena es la vida ahora junto a ti, madre! Solo tú sabes, madre, que a ti no puedo mentirte. Toma madre una vez más el naipe de la muerte, este que no quisiste llevarte” -dijo mientras sacaba de su bolsillo un puñal de acero.

  • Ahora, ritual y secretamente, te entrego... -comenzó a decir cuando a unos metros de esta escena irrumpió un hombre gritando “Asesino”. Le arrebató el puñal al gordo y blando loco que permanecía quieto y sin mirar a ningún sitio mientras el niño Manuel se agarraba con fuerzas al brazo de su padre.

    Mientras los agentes conducían e introducían al gordo en el coche patrulla y mientras los gritos de los vecinos lo asediaban y lo empujaban, el asesino susurraba y repetía incesantemente: “Concédeme otra vez un nuevo amanecer, madre”.

Nunca más:

Se acerco por detrás, despacio y dubitativo, antes de proponerle:

  • Te invito a una cerveza en el bar de abajo.

Ella se giró con brío. Sus cabellos sueltos liberaron un leve perfume a camelias. Después dijo:

  • Disculpa, Manuel. Pero hoy no es posible. Tengo mucha faena en casa para cuando salga de la oficina. Otro día, ¿vale?

  • Está bien. Otro día tendré más suerte.

Era la tercera vez que Manuel le proponía a su compañera Roberta tomar una cerveza a la salida de la oficina. Y era la tercera vez que Roberta lo había rechazado. Las tres veces con la misma excusa.

Sabía que ella era soltera y sin novio, imaginaba. Tampoco tenía hijos ni padres ancianos a los que cuidar. Pero la excusa era siempre la misma: “Tengo mucha faena en casa para cuando salga de la oficina”.

Estaba claro que Roberta no quería nada con él.

Es verdad que él no era ni muy guapo ni muy fuerte ni muy simpático ni muy inteligente, pero tampoco se podía decir que fuese feo, debilucho, antipático o imbécil. Verdaderamente no entendía la cerrazón de su compañera. Ella tampoco era muy guapa. Aunque tenía algo en la mirada que la hacía, a sus ojos, terriblemente atractiva. Tampoco era muy simpática. Más bien podría decir Manuel que era seca, muy seca. Solía hablar poco, pero casi siempre con contundencia, sentenciando. No se andaba con rodeos. Su otro compañero Gabriel, un sesentón con ganas de jubilarse, decía de ella que tenía menos guasa que un cable pelado. Pero chispazos... yo creo que sí que los tiene Roberta. Sobre todo cuando te mira directamente a los ojos. Me descompone, pensaba Manuel.

Después de la segunda vez que le propuse tomar una cerveza -seguía pensando Manuel- me prometí que ya nunca más caería en el error de volver a proponérselo. Pero... ¡He vuelto a caer! Una tercera vez. Después de un día largo de trabajo. Y de nuevo... que no. Que hoy tampoco.

Definitivamente es la última vez que se lo propongo. Jamás. ¿Te has enterado, Manuel? Roberta no quiere nada contigo -se decía apesadumbrado-.

Pasó una semana de trabajo duro en la oficina y Manuel se mantenía firme en su promesa.

Pasó una segunda semana de trabajo duro en la oficina y Manuel seguía manteniéndose firme en su promesa.

Deseaba tomar una cerveza con Roberta y contarle lo que solía hacer en sus ratos de ocio. Le contaría que le encantaba el aeromodelismo, que los sábados por la mañana se reunía con sus compañeros de hobbie a hacer volar los aviones que ellos mismos construían con mimo y delicadeza. Algunas piezas eran verdaderamente maravillosas, auténticas miniaturas de los aviones de verdad. Pero sobre todo lo que verdaderamente le gustaría es que ella le contase a él a qué dedicaba sus ratos de ocio o qué era lo que la tenía tan atrapada al salir de la oficina. Le encantaría que le contase sus aficiones, que le hablase de sus amigos, de su familia, de sus libros, de sus películas favoritas. Mas, verdaderamente, lo que a Manuel le gustaría sobre todo es que ella lo mirase directamente a los ojos. No podía prescindir del escalofrío que le entraba cada vez que ella lo miraba directamente a sus ojos. Aunque no le hablase, aunque no lo dijese nada. Solo su mirada era sobradamente poderosa como para hacer volar todos los aviones del mundo del aeromodelismo por los aires. Así se sentía Manuel.

A la tercera semana, casi sucumbe. Roberta estaba recogiendo sus cosas de su mesa de trabajo y justo cuando se iba a poner el abrigo sintió Manuel el impulso de acercarse a ella y volver a proponerle lo de tomar una cerveza en el bar de abajo. Pero Manuel, cumpliendo su promesa con firmeza, se quedó sentado en su silla, atado a su mesa de trabajo y esperó a que ella se marchase para recoger sus cosas, ponerse la chaqueta y salir de la oficina, solo, cansado y sin muchas ganas de volver a su apartamento.

Por el camino a su casa iba pensando en todo lo que le hubiera contado a Roberta si ella hubiera aceptado la invitación y en todo lo que ella hubiera podido contarle sobre sus lecturas y sus películas favoritas. Los sueños y las ilusiones de un triste paseante solitario ya no tan joven. Rondaba los 42 años. ¿Qué edad tendría ella? Lo mismo podían ser 35 que 45. A veces, las menos, parecía muy joven, 35 o menos, pero, a veces, se mostraba tan seria o tan seca, tan concentrada y retadora que no parecía tener menos de 45.

Cuando Manuel dobló la esquina que enfilaba la calle donde vivía alguien se le acercó por detrás. Un leve olor a camelias invadió su cerebro y una voz conocida le dijo:

  • ¿Te apetece una cerveza?

Manuel no supo qué decir ni qué hacer.

Ella insistió:

  • ¿Te apetece, Manuel? Llevo toda la semana esperando a que me lo propusieras, pero viendo que no te atrevías... Estaba convencida de que hoy me lo ibas a proponer. ¿Qué te lo ha impedido? ¿No te atreves a hacer lo que verdaderamente quieres? ¿Así eres, Manuel?

  • …

  • ¿Qué? -siguió diciendo ella-. ¿Tomamos esa cerveza? Pero tú pagas, cariño -dijo, sin ninguna sonrisa en su boca.

 

sábado, 17 de diciembre de 2022

Patinaje, caos y pregunta:


Recuerdo ahora la primera vez que lo vi entrar silencioso en la pista de patinaje en que se convierte este lago en los meses más fríos del invierno, aunque no era nuevo en la región. Si le hubiera podido ver las manos aquella primera tarde o las otras que le sucedieron en los numerosos días en que acudió al lago, tal vez hubiera podido adivinar con ellas o a través de ellas o en ellas lo que iba a suceder y lo hubiera podido avisar tal vez antes de aquello, milenios antes de aquello. Pero siempre que venía lo hacía con sus manos enguantadas y con el niño detrás haciendo al principio como que patinaba, pero torciendo los pies hacia dentro como hacen los que aún no controlan ni la velocidad que alcanzan las cuchillas ni el difícil equilibrio sobre este bello lago durante los meses más fríos del invierno. En cambio él, el padre, creo, siempre tan erguido, tan firme y tan veloz, tan seguro, tan confiado, tan conocedor de sus límites y de los límites del lago, de sus senderos invisibles y de su fina capa de hielo cuando se aproxima la primavera... No obstante y para la seguridad de todos los usuarios del lago el muchacho del consistorio venía todas las mañanas y tardes a colocar las balizas que señalaban los márgenes de la pista: más allá de ellas todo se volvía incierto, quebradizo, inseguro, caótico y mortal.

No diría del hombre que patinase, más bien volaba sobre la superficie parduzca y helada del lago. A veces agarraba de la mano al niño y lo lanzaba dibujando una violenta curva y el chico se deslizaba veloz y sonriente sobre la superficie infinita, o casi, de hielo. Ahora recuerdo también las carcajadas infantiles resonando en la oquedad del valle. A veces tengo la extraña sensación de que hace años que no dejo un instante de recordarlas. Y entonces recuerdo que las recuerdo, y me atraganto y me acaloro con tantas imágenes hasta que rompo en un mar de lágrimas. Entonces logro olvidar los recuerdos por unos instantes. No todos. No puedo dejar de recordar el color verde oscuro de los ojos del hombre, como el verde oscuro del bosque del otro lado de la orilla del lago que tal vez el hombre llegara a divisar tras la niebla. Y en sus ojos la mirada orgullosa de quien se sabe poseedor de una fuerza poderosa capaz de lograr transformaciones y dichas propias o ajenas. Pero esto solo lo supe más tarde, cuando logré ver su mirada terrible.

Si le hubiese podido ver los ojos aquella primera tarde o en los días sucesivos tal vez hubiera podido adivinar o intuir en ellos o al trasluz de ellos o con ellos cómo se iba a quebrar el espacio y el tiempo de ese individuo esbelto y confiado, seguro, que verdaderamente volaba sobre la superficie del mundo con la tranquilidad y la confianza de quien se sabe capacitado para todo, conforme con todo, conocedor de todos los enigmas y los caminos en cualesquiera que fuesen las posibles encrucijadas. Pero recuerdo que entonces no pude ver sus ojos, porque siempre los traía encerrados detrás de unas oscuras gafas de esquiador. Seguros en su vitrina, sus ojos en libertad no me hubieran podido ocultar la verdad que escondían o que encerraban: la libertad eterna y sin límites, el monstruo sabio y atroz que siempre duerme dejado de la cama (sabemos todos que ahí yace, aunque nunca lo queramos admitir), la desesperación y el horror que ocultan y guardan todos los sueños, el inframundo de todos los mitos en el que nos encontramos cuando no sabemos dónde estamos o hacia dónde nos dirigimos, todo lo que no comprendemos, todo lo que no conocemos; ese lugar donde guardamos todos nuestros miedos.

También puedo recordar sus gestos, pero éstos no lograron anunciarme tampoco ningún avanzado desenlace, ningún mal augurio, salvo quizá la libertad y la seguridad de sus movimientos que no podían eludir pensar en la soberbia divina que desplegaban a su alrededor: era bello verlo deslizarse veloz por la delgada superficie del lago. A veces creo recordar que una vez casi le llegué a anunciar que la libertad es la forma en que nos seduce el caos, que no puede haber verdadera libertad sin caos, sin sorpresas, sin ausencia absoluta de preconcepciones o de impulsos necesarios, inevitables. Aquellas libertad y seguridad de movimientos anunciaban, recuerdo ahora, que aquel individuo delgado conocía perfectamente el terreno que estaba pisando o sobre el que estaba patinando. El lago debía ser un territorio conocido y mil veces explorado. Tal vez él errase y creyese que para el niño también lo era, o que agarrado de su mano, a través de su mano él podía comunicarle su conocimiento, su saber o que el niño pudiese verse recogido por el mismo magma que emanaba de su ser, con su experiencia, con su saber impregnado a pesar de sus movimientos lentos y dubitativos, a pesar de sus cuchillas en ángulo agudo sobre la línea que marcaba la superficie de hielo o de sus rodillas pegadas entre sí mientras balanceaba sus brazos adelante y atrás. Debe ser algo así como la estructura o el fundamento de la moral, la seguridad que dan el conocimiento del lugar y la jerarquía de la autoridad o del poder, el reconocimiento de todo ello por los demás, quién sabe. Cientos de millones de años no transcurren en balde. El pasado se prolonga en el presente y se extiende hacia el futuro como se extendía la delgada superficie helada, lisa y rayada del lago hacia la zona de las balizas, perfectamente marcada y delimitada, visible a más de cincuenta metros, presente en las cabezas de todos los patinadores y del hombre también, pero tal vez ausente en la del niño que, de repente, se desprendió de la mano del hombre justo en el momento en que empezó a adquirir velocidad y justo también, terrible coincidencia, en que el hombre sintió cómo su tobillo se torcía sobre la superficie del agua helada y todo su cuerpo era lanzado hacia el hielo. El plan imprevisto comenzaba a imponerse soberbio, poderoso, seguro y libre, necesario, caótico, desventurado y mortal. Recuerdo el rostro del hombre pegado a la superficie helada del lago, sus gafas de esquiador rotas sobre el frío suelo y su mirada asustada ahora, incrédula, alarmada, que se deslizaba sobre la pista de patinaje, como si esta fuera un espejo maldito, buscando la figura del niño que se deslizaba también ahora velozmente hacia la zona de balizas; recuerdo también ahora sus ojos verde oscuros como verde oscuro era el bosque a la otra orilla del lago, como verde oscuros eran los abetos espigados, como lanzas verticales prestas a entrar en combate.

Después el desenlace fue el esperado. De nuevo el orden, la seguridad de lo que debe ser y ocurrir, que se impone inexorable. El niño que se desliza hacia la zona prohibida, el niño que gira su cabeza buscando la figura y la mirada del hombre, dibujando en su rostro una sonrisa inocente, tal vez para anunciarle al hombre, con orgullo de niño, lo veloz que sabía patinar, lo bien que aplicaba las enseñanzas del hombre o del padre... Sus miradas seguían conectadas como apenas unos instantes antes estaban conectadas sus manos. Después de esa sonrisa... nada más, lo esperado, lo prometido, lo que debe ser, lo que es, lo que existe, lo que hay,... La figura del niño que desaparece engullida bajo la superficie de hielo. La primavera a veces se adelanta por estas regiones heladas. El padre que se levanta, que vuela hacia las balizas, que grita, que llora. Su cuerpo débil ahora, impotente, minúsculo, empequeñecido, sus manos torpes ahora, su silencio inexistente ahora, su mirada de hombre solo, impotente e indefenso, inútil, hueco. ¿Para qué querría manos quien no puede agarrar con ellas?

Patinaje


Había sido la última persona en entrar en la consulta del médico. Es probable que éste hubiera decidido dejarla a ella para el final, como si la demora en la visita alejara el problema de tener que contar aquello que nadie está dispuesto a decir. Pero ella había decidido no hacerle el asunto más difícil de lo que ya era. Al fin y al cabo ya sabía lo que el médico tenía que decirle: que había llegado el final, que su cuerpo se estaba corrompiendo desde dentro, que no había ninguna esperanza,...

Siempre el cuerpo, con su gravidez y con su terrible debilidad.

Había dedicado su vida al deporte y al arte sobre hielo. En el rincón más recóndito de su alma siempre había sentido que su cuerpo era el lastre que tenía que soportar y que le impedía elevarse y elevarse hacia los cielos, como su alma, como ella misma, que no era su cuerpo, hubiera querido.

Dedicaba horas y hora a patinar y a saltar y a detenerse, ella y el tiempo, en el aire, en el salto. Siempre le costó aprender a predisponer sus tobillos para recibir el golpe de la caída del peso de su cuerpo sobre ellos y sobre el hielo y sobre el suelo, como si no tuvieran necesidad de ello porque el salto era verdaderamente eterno. Ella hubiera querido detenerse en el aire y seguir subiendo, ascendiendo hacia arriba, hacia los cielos, sin mirar abajo.

El cuerpo siempre había sido el obstáculo. Y ahora, vencedor inoportuno, era el obstáculo definitivo, el que no puede rodearse ni saltarse, el que te impide seguir ascendiendo, el que te dice continua y repetidamente que no eres aire, que no eres humo, que no eres más que un amasigo de carne, de sangre, de tendones y de músculos, que no eres otra cosa diferente y etérea de esa masa que lentamente te va doblegando, deteniendo, destruyendo.

véante mis ojos, muérame yo luego.

“Véante mis ojos,

muérame yo luego”.

(Teresa de Jesús)


Al alba, cuando aún los rayos del sol no habían alcanzado a sobrepasar la línea que dibuja el horizonte, el hombre de rala barba gris y blanca, de nariz puntiaguda, y de ojos oscuros y atentos, más tembloroso de lo que su edad podría hacer presuponer a cualquiera que lo mirase con la mirada escrutadora de un relatista joven, pero menos paciente de lo que su edad pronosticara a cualquiera que, inteligentemente, lo observase, tomó una decisión definitiva, como toda decisión requiere para ser tal, con arrogancia.

La tarde anterior, cuando visitara la ciudad junto a su hijo mayor para visitar a su viejo amigo el doctor Fernández, aún no tenía ni idea de lo que decidiría a la mañana siguiente. El doctor, directo, apático, insensible, experimentado, le anunció:


  • Luis, tienes un cáncer de médula. No es operable. Se ha extendido por todo el cuerpo. Por el cerebro también. Eso explica tus continuos dolores de cabeza.

  • ¿No hay nada que hacer? -preguntó.

  • No. Solo aliviar los dolores. Iremos subiendo las dosis de calmantes hasta que llegues a perder la conciencia. Después todo acabará.

  • ¡Ah! -llegó a susurrar Luis-.

  • ¿Y de cuánto tiempo dispongo hasta que ello llegue? -insistió Luis.

  • Eso depende. Tal vez de un mes, tal vez de dos. Tal vez menos. Aquí tienes unas recetas. Dispón tú de las tomas según los dolores. Pero si llegas a necesitar más de tres pastillas al día, ponte en contacto conmigo, porque habrá que ingresarte. Ten cuidado que son muy fuertes. Cuando se te acaben, ven a por más.

  • Ya, Juan -dijo Luis-. Siempre has sido tan escueto... que asustas -sonrió-.


Cuando Luis salió de la consulta, su hijo lo estaba esperando en el coche aparcado en doble fila.

  • ¿Qué tal? ¿Qué te ha dicho Juan?

  • Nada -dijo el viejo-. Todo igual. Que tengo demasiados años. Y que vuelva cuando lo necesite.

  • ¿Y de los resultados de las pruebas? ¿No te ha dicho nada?

  • No, nada. Que todo está bien -mintió el viejo-.


Después de un prolongado silencio el hombre más joven preguntó:

  • ¿Quieres tomar una cerveza en lo del Servando?

  • No, déjalo. No tengo ganas -dijo Luis-. Mejor llévame a casa. Estoy cansado y tengo pendientes aún algunas faenas.

  • ¿Algunas faenas? ¿En qué estás ahora? ¿Alguna nueva novela?

  • Sí, eso es. Tengo en la cabeza un capítulo difícil y creo que ya sé cómo puedo empezar a resolverlo.

  • Bueno, está bien. Vamos a casa.


Cuando el viejo se despidió de su hijo, cuando logró encontrar la llave de la puerta de la casa, cuando hizo girar el pestillo, cuando entró en el interior del hogar vacío no pudo evitar que sus ojos brillaran por el absceso repentino de alguna lágrima. Verdaderamente la noticia no le había sorprendido, entraba dentro de lo previsible, es más, desde hacía algunos meses llevaba sospechando que algo no iba bien: los dolores en los brazos, en los hombros, en las piernas, los dolores de cabeza,... Pero Luis acababa de comprender algo definitivo y sorprendente, acabada de descubrir que no estaba preparado para morir, que no quería morir, que no entendía por qué habría de morirse ahora, que aún tenía ganas de vivir, que la vida le había parecido absurdamente corta. Nunca antes había pensado en la muerte. Nunca antes se había preocupado por ella. Había visto morir a sus padres hacía ya muchos años, había visto morir a su mujer incluso y a no pocos amigos y conocidos. Pero jamás se había preguntado por su propia muerte. Ahora comprendía que tal vez había estado evitándola desde siempre ya por miedo ya por inconsciencia ya por sabiduría, llegó a pensar, mintiéndose. Pero ahora la idea de su muerte se había hecho ominosa, enorme, absoluta, ocupando toda su atención, adquiriendo un peso enorme, como una losa imposible de soportar, de evitar o de apartar.

Había comenzado a sospechar de su presencia la mañana de hace aproximadamente un mes en que se despertó sobresaltado por un sueño. No le pareció una pesadilla, pero cuando se incorporó en la cama su corazón galopaba, y su frente y espalda sudaban a chorros. Las sábanas estaban empapadas. En el sueño se veía a sí mismo de joven, al alba, bajando del porche de su casa de las afueras de la ciudad y sintiendo el frío y la humedad de la yerba en las plantas de sus pies descalzos. Junto a la casa había aparecido una hermosa yegua negra, fuerte y alta, sudorosa. Debía haber galopado algunos kilómetros. Estaba sola. No parecía tener dueño. No estaba marcada. Relinchaba como si le llamara o como si le advirtiese de algo. Nunca había sabido interpretar sus sueños, pensó. Realmente no solía recordar sus sueños. En los setenta años de vida no recordaba haber soñado más de tres o tal vez cuatro sueños. Pero nunca, hasta hace un mes, había soñado con caballo alguno. Desde entonces este sueño se había hecho recurrente. La yegua negra sudorosa, caminando agitada alrededor de la casa, el frío del alba, la humedad de la yerba. Se acercaba al animal con la mano extendida para tocarlo. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, cuando estaba a punto de acariciar su brillante cuello y sus crines,... se despertaba agitado y sudoroso como si él mismo fuese el caballo, como si él mismo hubiese galopado kilómetros de distancia durante la noche.

Ahora parecía todo muy claro: estos sueños eran el anuncio de la muerte que venía galopando a gran velocidad a buscarle a su casa y que finalmente lo alcanzaba sin que él pudiera ocultarse o evitarla.


“La muerta es injusta”, recordó sus pensamientos de anoche cuando volvió a su casa desde la consulta de su amigo el doctor. “La muerte es injusta, porque no tiene en cuenta la singularidad de nadie. Te alcanza cuando menos lo esperas y lo deseas, dejándolo todo por concluir”, pensó.


Ni siquiera él, quien siempre había presumido de no dejar nada para mañana, había podido cerrar todos los capítulos de su vida pasada. Había sido feliz, se decía. Se había casado con una bella mujer. Había tenido con ella tres hijos, que también se habían abierto paso en sus vidas. Seis nietos. Es cierto que su esposa había fallecido diez años atrás y es cierto también que había añorado su presencia y que la había llorado durante algunas noches en que la soledad se espesaba como si fuera una niebla o bruma de las que bajan en esta parte de la región en las mañanas de los primeros días del invierno. Pero también es cierto que ya hacía años que había dejado de amarla. O al menos que cuando murió no la amaba como en otros días lejanos, cuando ambos compartían una lozanía desaparecida hacía tiempo.


“Desde muy joven era ya lo que habría de ser toda su vida”, pensó: una persona capaz y jovial, una persona con un gran sentido del deber que se aplicaba con decisión y fortaleza a hacer todo aquello que debía hacer con la diligencia y el bien hacer que la tarea requiriese, sin dejar nada para otro día si esto no era necesario.

Pero en esta noche pasada había sentido cómo todas las personas que había conocido, incluidos sus hijos y nietos, incluida su mujer y todos sus amigos, habían ido pasando por su vida sin dejar huella alguna. Se sentía desgraciado. Pero no más que otros, porque en el fondo consideraba que esto era un mal muy extendido, que la soberbia es el mal de nuestro tiempo.


Toda la noche la había dedicado a tomar una decisión y a recordar algunos momentos de su vida. Pero ni el día en que conoció a su futura mujer, ni el que nació ninguno de sus hijos o nietos, ni ningún otro pudo imponerse al día en que había llegado a su nuevo destino en una villa costera del sur cuando ejercía en el cuerpo de la Policía Nacional. Su ocupación durante un mes sería escoltar a una enigmática mujer joven cercana a la realeza. Recordaba ese mes como el más feliz de su vida. Si por él hubiera sido, no habría vuelto a su rutina marital y familiar. Pero no fue por él. Ella tampoco podía dejarse arrastrar por la resbaladiza pendiente del amor escondido. Finalmente se habían separado después un mes de apasionado y loco deseo amoroso.

Después había vuelto a su casa familiar y nunca más había vuelto a saber de aquella bella y aristocrática mujer de tez blanca y cabellos negros. Pensó que ella era, verdaderamente, la única tarea que le quedaba por cumplir. Por ello, tal vez, la muerte le pareciera injusta, porque no podría despedirse de ella como él hubiera querido desde el último día que la vio. Pasó toda la noche recordando cada día pasado junto a ella hacía más de treinta años.

Él sabía de la vida de ella, porque en ocasiones aparecía en la sección de sociedad de los periódicos nacionales alguna noticia que la mencionaba o, incluso, alguna fotografía en la que aparecía junto a su marido o hijos.

Pensó por primera vez en sus más de setenta años en que si verdaderamente su vida había valido la pena era justamente por ese mes pasado en la villa del sur escoltando y acompañando a aquella elegante y fascinante mujer. Ella era, probablemente sin saberlo, la que justificaba su presencia en la tierra. Y esto no podía quedar así. Esta tarea debía completarla. Por ello decidió escribirle una carta.

Toda la noche la había pasado intentando escribirle unas palabras. Conocía su dirección y enviársela no sería ningún problema, pero temía no estar a la altura. Es decir, qué escribirle, qué contarle o indicarle. Después de treinta años y sin apenas haberla conocido, cómo podría recibir lo que tuviera a bien decirle. Empezó y rompió varias cartas antes de que, al alba, escribiera la definitiva. Cogió un sobre vacío de su escritorio, escribió el nombre y la dirección de la mujer, escribió también su nombre en el remite (éste sin dirección) y antes de cerrar el sobre introdujo una cuartilla doblada por la mitad en la que finalmente había escrito: “Gracias, amor”.

Una vez cerrado el sobre lo colocó sobre la mesa en un sitio bien visible para que quien entrase en la casa, probablemente uno de sus hijos, la pudiese ver y enviar a la destinataria. Después miró por la ventana hacia los primeros rayos del sol que comenzaban a dibujar el horizonte. Salió al porche a recibir el amanecer y lentamente fue tomándose, uno a uno, todos los calmantes que su amigo Juan le había dado la tarde anterior.

Justo antes de perder la conciencia fue invadido por una lástima enorme por todos aquellos a los que había conocido en su vida. Pensó: “Qué sencillo es morir”. Buscó el miedo a la muerte que apenas hacía unas horas ocupaba toda su atención. No lo sentía. Había desaparecido. Tal vez la muerte no era nada para quien hizo lo que debió. Sintió también alegría por el hecho de sentir lastima por todos, por su mujer y por sus hijos y nietos también, y por su amigo Juan. Por fin podría morir definitivamente en la alegría y en la lástima que se extendían más allá del horizonte de su mirada. Hizo una suave expiración, pareció roncar y no volvió a moverse. El sol comenzaba a iluminar su rostro.

Cuando su hijo llegó a la casa del padre vio cómo su cara era más hermosa que en días anteriores y tenía una expresión más feliz que cuando estaba vivo.


sábado, 28 de mayo de 2022

Viernes, 13 de mayo o Un asunto de tránsito:

 I

Mayo es un buen mes para que un internista te dé el alta médica y que puedas salir del hospital. Pero ni la curación de mis heridas ni esa sensación extraña como de ir flotando por la acera, a pesar del cansancio físico que siento, ni la temperatura verdaderamente agradable que hace en la mañana de hoy, pueden hacerme olvidar los últimos días compuestos a partir de la combinación inarmónica de dolores, de silencios, de miradas esquivas, de gestos y de lágrimas, sobre todo de lágrimas.
Recuerdo, en sueños y despierto, a Inés conduciendo camino de la costa -¿o era yo quien conducía?-, concentrada en la carretera mientras yo manipulo el GPS y le indico el camino más rápido para llegar a la playa. De repente ella comienza a reírse y decide seguir sus impulsos y adentrarse por una carretera secundaria que ella, dice, había conocido en otro tiempo. Una curva mal peraltada o un poco de gravilla en la calzada o una mancha de aceite o simplemente, simplemente, que no viese la curva cerrada que se extendía hacia la derecha. Después... las vueltas, todo girando, y el golpe seco y sordo contra un alcornoque. Maldito árbol, maldita carretera, maldita curva, maldita risa, maldito impulso, malditos todos. Ella murió en el acto, dijeron los médicos. Yo también, aunque nadie me dijo nada.
Recuerdo, entre alucinaciones, a mi suegro increparme y preguntarme insistentemente “¿Por qué?”. Recuerdo a mis padres a los pies de mi cama. Recuerdo a mi hermano, mayor que yo, agarrándome de la mano, con la mirada fija en el cristal de la ventana, incapaz de llorar. Pienso en su incapacidad de expresar ninguna emoción y en cómo esto le ha ayudado siempre. Creo que yo quisiera ser como él, que siempre quise ser como él.
Antes de salir del hospital un señor, que decía ser psicólogo, me ha dicho insistentemente que hoy iba comenzar una nueva vida. Iluso. ¿Y qué hacer con la vieja y con la memoria? ¿Acaso se puede apagar? ¿Desconectar? ¿Cómo olvidar su pelo negro tapándole su cara ensangrentada aplastada contra el volante del coche?
No obstante, esta mañana de mayo es verdaderamente espléndida. Le dije a mi hermano que no quería ver a nadie cuando saliera del hospital. Que yo podría dirigirme solo al apartamento que él me había alquilado y al que había llevado algunas de mis cosas, las imprescindibles, decía, porque yo le había dicho que no quería volver de momento a mi anterior piso, al que había compartido con “la mujer que se murió”, como desde muy pronto, desde después del accidente, comencé a decir para referirme a mi mujer... a Inés. “La mujer que se murió”. Observaba la sintaxis simple de este sintagma nominal que contenía solo un sujeto, con su artículo y con su sustantivo, y una oración adjetiva, con su pronombre de relativo y su verbo, frío, despatologizado, si se pudiera decir así,... “se murió”; ese pronombre “que” que sustituye a “la mujer”, distante. Tal vez, sin saberlo, quisiera alejarme de ella, olvidarla pronto, como si así pudiera evitar sentir su ausencia. Pero yo sabía que “la mujer” esa de la oración era Inés, era mi Inés. Y sobre todo sabía que no se murió, sino “que se me murió”. Este dativo ético, este complemento indirecto “me” que atravesaba directamente el centro de mi corazón y que yo me empeñaba en no construir cuando me refería a ella, estaba sin embargo presente en su ausencia, porque yo sabía que Inés era “la mujer que se me murió”, la mujer que no pude conservar, que no supe proteger, que no me podía dejar vivir mi nueva vida sin ella, como ese psicólogo pretendía.
Había oído a mi hermano decir a mis padres: “¿Qué cosa peor le puede pasar?” Y por ello todos asintieron. “Que vaya solo a su nuevo hogar”, dijo primero mi padre. Y después mi madre: “Sí, tal vez sea lo mejor. Siempre ha sabido lo que quería”.
“Mi nuevo hogar”, me digo, me vuelvo a decir, me repito una y más veces. Como si al pronunciar esas tres palabras cientos de veces, éstas pudieran hacer que la realidad se transformase o se crease a partir de ellas. Una vez había leído a un antropólogo, o a un teólogo quizá, que las palabras tenían ese poder mágico de hacer que, tras pronunciarlas, la realidad a la que pretendían referirse, se hacía, de alguna manera, real. No sé lo que estoy pensando, no entiendo nada de lo que ha pasado. “La mujer que se murió” no está, pero está; aunque no la nombre ni la oiga ni la toque ni la mire. Claro que está, pero claro, también, que no está... al menos no está... conmigo.
Mi hermano me ha dejado tres llaves: una de tamaño mediado, que debe ser la del portal, otra de tamaño más grande, que debe ser la de la puerta del apartamento, y una tercera más de tamaño menor, que no sé qué puerta abre, tal vez la de un maletín. El llavero de plástico azul lleva una etiqueta que dice: “2º B”.
Me acerco al portal del edificio e introduzco la llave mediana y, efectivamente, es la que abre el portal del bloque de apartamentos. Una vez dentro me dirijo al único ascensor, pulso el botón de llamada marcado con una “LL” y escucho cómo se libera un agarre y comienza a sonar un rotor que va haciendo que la plataforma se coloque tras la puerta a la que estoy mirando. Escucho cómo ésta se detiene y comienza a abrirse la puerta con un leve silbido o chirrido. Un roce metálico como de lanzas luchando por salvar o condenar almas, pienso sin sonreír. Nunca he conseguido dominar mi imaginación, pienso también. Cuando subo a la planta segunda observo que en el rellano hay tres puertas -2º A, 2º C y entre ambas, 2º B-. Introduzco la llave mayor en la puerta del centro y el pestillo cede. Antes de abrir la puerta me repito las palabras de mi hermano y del psicólogo: “Mi nuevo hogar”. Creo que, después de dos meses desde el instante en que se murió la mujer, es la primera vez que mis labios y mi cara esbozan una mueca extraña que bien pudiera parecer una sonrisa. Pero malditas ganas de abrir la puerta y descubrir “mi nuevo hogar”, “mi nuevo hogar”, pero es lo que tiene no haberse muerto, seguir viviendo, pienso: hay que buscar un lugar en el que dormir y en el que comer, un lugar en el que defecar. Maldita sea, es lo que tiene vivir, es lo que tiene ser un cuerpo. Es lo que tienen estar vivo, aunque uno no quiera vivir, y tener que seguir viviendo.
Tengo un nudo en la garganta cuando abro la puerta. No quiero volver a llorar, pero no puedo tragar la saliva y temo que pueda romperme en el umbral de “mi nuevo hogar” sin “la mujer que se murió”. Consigo calmarme antes de encender la luz y después observo. Es un pequeño apartamento de solo dos estancias: un saloncito muy blanco, con una cocina a la izquierda separada por una barra americana y un cuarto de baño al otro extremo. Al frente de la puerta de entrada un gran ventanal. Apenas si tiene muebles: una mesa de metal y cristal, tres sillas, un sofá cama, un mueble con dos puertas que soporta un televisor, un taburete alto junto a la barra americana, y poco más. También un estrecho armario con estantes en el rincón izquierdo, junto al cuarto de baño. ¡Qué lógica tan extraña la del dueño del apartamento! ¿Para qué habrá puesto tres sillas? Cada vez entiendo menos qué estoy haciendo en este lugar y sin “la mujer que se murió”.

II

Me paso las horas sentado en una de las sillas y mirando por el gran ventanal. Desde el segundo piso se ve la calle. Nunca está muy transitada, pero es lo único que me hace sentir que tal vez esté construyendo mi nuevo hogar, pienso. A veces también pienso que esto es imposible, que no voy a poder sobrevivir a la muerte de “la mujer que se murió”, creo. A veces también lloro, pero no por ella, sino por mí. Lloro porque ella se murió y yo no, creo. Maldita suerte la mía, porque ella ya no puede sentir. De pronto creo que me he convertido en alguien muy ruín o muy depravado, sin sentimientos, como siempre fue mi hermano mayor. Finalmente, creía, había conseguido ser como él. Deben ser los deseos, que siempre se acaban cumpliendo.
Los primeros días no me daba cuenta de lo silencioso que era el apartamento, pero al poco comencé a marearme por esta ausencia de ruido, pero por más que intentase oír algo, no conseguía escuchar nada procedende de los apartamentos contiguos. Ni desde el 2ºA ni desde el 2º C. Mas después de una semana en el edificio empecé a sospechar que ninguno de los apartamentos anexos estaba vacío, que alguien los habitaba, aunque quienes fuera que fuesen, tenían buen cuidado de no molestar, pensaba. Después de esos primeros días ya no sospechaba nada. Estaba seguro de que alguien los ocupaba, pero nunca veía a nadie. A veces creía oír a alguien en el descansillo, abría rápidamente mi puerta, pero no había nadie.
El pasado lunes me vestí muy temprano, porque quería bajar a comprar algo de comida. Hacía una semana que estaba en el apartamento y que no había salido para nada de él, ni siquiera para comprar algo de comida. Mi hermano me había dejado unas cajas de galletas, unos huevos y un poco de aceite. Había sido suficiente para ir tirando, pero ya debía bajar. Compraría algo de pan y más huevos.
Cuando fui a salir al rellano me encontré con un niño de unos seis años frente a la puerta de mi derecha, el 2º A. Era rubio y de ojos muy claros. Al verme sonrió y dijo: “Hola”. Después abrió la puerta de su apartamento y se introdujo en él. Pero no llegó a cerrar la puerta. La dejó entreabierta como si quisiera observarme bien sin que yo lo supiera.
Una hora después volví a mi apartamento con una pequeña bolsa en mis manos. Nada más subir a mi rellano y esperar a que se abrieran las puertas del ascensor, mi mirada se fue hacia la puerta del 2º A. Seguía entreabierta. Me dirigí a ella y acerqué la oreja a la puerta. En ese instante se abrió de par en par y frente a mí estaba otra vez el mismo niño rubio que, con una voz muy dulce, me preguntó: “¿No quieres pasar?”. Tenía una manera sabia de mirar. Yo me interesé: “¿Estás solo?” Él sonrió. Desde el descansillo pude ver su apartamento. Era igual que el mío, igual de blanco y con los mismos objetos y decoración, y en la misma disposición. Por el gran ventanal entraba una espléndida luz blanca. Me llamó la atención el orden y la ausencia total de juguetes en el salón. No era experto en niños pequeños, pero siempre me los había imaginado más desordenados y traviesos. Le dije: “Tal vez en otro momento. Cuando estén tus padres”. Le pregunté: “¿No están tus padres?” Él dijo: “¿Mis padres? No sé qué quieres decir.” Después ambos escuchamos el pestillo de la puerta del 2º C. Alguien debía estar escuchando nuestra conversación. Saqué mi llave del bolsillo y me dirigí a mi apartamento. Dentro volvía a reinar el silencio y, así sentí su enorme peso y densidad por primera vez desde el día en que “la mujer se murió”.
No obstante, algo me había inquietado, primero muy levemente, pero después, poco a poco, esta inquietud fue in crescendo: ¿quién era ese niño y por qué estaba solo? ¿Qué padres dejarían a un niño de seis años, o cinco, solo en un apartamento y sin juguetes? ¿Qué podría hacer un niño de esa edad tantas horas? Pero lo que más me inquietaba era el ruido del pestillo de la otra puerta, de la de mi izquierda. ¿Quién habitaría ese apartamento?
No pude desembarazarme de esta desazón en toda la tarde y no pude pegar ojo por la noche. De vez en cuando acercaba la oreja a la pared de la cocina para ver si podía oír al niño o a sus padres, pero nada oía; o a la pared del cuarto de baño para ver si podía oír a los otros vecinos, pero tampoco podía oír nada. Llegué a salir al rellano en mitad de la noche y a oscuras para acercarme a las puertas de mis vecinos. La noche era fría y nada pude llegar a escuchar.
Por la mañana volví a salir a comprar algo de comida. Parece que me estaban volviendo las ganas de vivir o, al menos, de comer. Es lo que tiene una noche en blanco, que te abre el apetito. Antes de llamar al ascensor, éste se puso en marcha. Ascendía. Se detuvo en mi planta y yo me aparté de la puerta para dejar paso. Cuando se abrió la puerta pude ver a tres individuos: un hombre con la tez muy blanca, grandes gafas negras tapándole los ojos y un pañuelo tapándole la garganta y la boca. Iba agarrado a dos jóvenes verdaderamente bellas: una rubia con unos labios rojos muy seductores y otra de cabellos negros y de ojos profundos, igualmente seductores y atractivos. Esta segunda joven me recordó ligeramente a “la mujer que se murió”, a mi Inés, pero era más joven que ella. Les dije: “buenos días” y ellas, a dos voces, respondieron: “buenos días”. Los tres se dirigieron a la puerta de su apartamento; la rubia sacó de un pequeñito bolso una llave y giró el cerrojo. Mientras entraban, la morena me miró, me guiñó un ojo y me dijo: “Hasta pronto”. Antes de entrar en el ascensor pude ver de nuevo cómo la puerta del 2º A estaba entreabierta y tuve de nuevo la sensación de que el niño, o tal vez fueran sus padres, estuvieran observándolo todo, escuchándolo todo.
Cuando volví de la compra en el rellano no se oía nada y nadie estaba. Me acerqué al 2º A y llamé con los nudillos dando tres golpes. No tuve que esperar nada porque la puerta se abrió al instante. Frente a mí estaba de nuevo el niño rubio de ojos claros. Me dijo: “Hola. ¿Por fin vienes? ¿Quieres pasar ya?” Observé desde el umbral el interior del apartamento y volví a percibir el orden blanco que lo dominaba todo, la soledad y la limpieza de la habitación. Pregunté: “¿Estás solo?” El niño volvió a decir: “¿Cómo solo? No te entiendo”. “¿Quiero decir que si no están tus padres contigo?” “¿Mis padres, dices? Yo no tengo padres” y torció el gesto de la cara formando con sus labios y sus ojos una sonrisa verdaderamente maravillosa. Finalmente, logré decir: “Mejor paso en otro momento, cuando estén ellos o alguien mayor, ¿ok?” El niño de ojos claros dijo: “Cuando estés dispuesto. Te estamos esperando”. Entonces le alargué un cochecito de plástico que había comprado para él. Él lo tomó con entusiasmo, pero sin aspavientos. “Gracias”, dijo. “Jugaré ahora con él en la barra de la cocina”, y se introdujo en el salón sin cerrar la puerta.
Después me dirigí a mi apartamento y ya no volví a salir de él hasta el miércoles. Tampoco volví a ver o a escuchar nada ni a nadie a través de las paredes o de las puertas del rellano. Pero el miércoles... por la tarde, me pareció oír que el niño de mi derecha lloraba. Cuando intentaba oír el llanto a través de la pared de la cocina o de la puerta en el descansillo, el llanto o el lamento dejaba de producirse y el silencio ominoso volvía a invadirlo todo. No podía dejarlo estar por más tiempo. Debía acudir a la policía y denunciar que un niño vivía solo, abandonado por sus padres o por quienquiera que tuviese su custodia. Después también me pareció oír otro lamento, pero este procedente del apartamento del otro lado. Mas igualmente el ruído dejaba de producirse cuando intentaba acercar mi oreja a la pared del cuarto de baño. ¿Qué estaba pasando en estos apartamentos aledaños? Parecía una forma extraña de lucha o de diálogo y yo me encontraba en el centro de la disputa, pero sin entender nada y sin poder hacer nada, pensaba o creía.
A la mañana siguiente, jueves, 12 de mayo, me dirigí muy temprano a la comisaría de policía más cercana.
- ¿Qué desea usted?
- Quiero poner una denuncia, señor agente.
- Entonces debe usted sentarse en la sala de espera y en un momento lo llamarán.
Nadie en la sala de espera. Después de una hora se acerca una agente y pregunta:
- ¿Es usted quien quiere poner una denuncia?
- Sí, soy yo.
- Acompáñeme, por favor.
Me dirijo tras la policía a otra estancia de la comisaría y una vez allí, frente a una pantalla de ordenador, la agente pregunta:
- ¿Qué desea usted denunciar?
- Que junto a mi apartamento vive un niño de unos seis años. Vive solo. Quiero decir, sin sus padres o abuelos o hermanos mayores.
- ¿Y cómo sabe usted que vive solo?
- Porque en su apartamento no hay nadie más que él.
- ¿Ha entrado usted en el apartamento para comprobarlo? -preguntó la policía.
- No, no he entrado.
- ¿Entonces? ¿Cómo sabe que está solo?
- Bueno, pensé que...
- Cuando usted lo vio, ¿estaba triste o llorando? ¿Tenía alguna herida? ¿Algún hematoma?
- No, la verdad. El niño parece bien, y está siempre muy sonriente.
- ¿Entonces? -volvió a preguntar la agente. ¿No serán figuraciones suyas?
- Bueno, tal vez tenga usted razón, pero ayer por la tarde me pareció escucharlo llorar.
- ¿Llorar? ¿Se sorprende usted de que un niño de unos seis años llore?
- Bueno, no es eso, pero... La verdad, no sé qué decirle.
- Venga, buen hombre. Vuelva usted a su casa y relájese. Con toda probabilidad el niño estará bien. Pero no se preocupe que ahora voy a enviar a una pareja de agentes para que le echen un vistazo al edificio. Martín, Espinosa, ¿por qué no os acercais al edificio de este señor a echar un ojo por allí?
- ¿Y dónde vive este señor? -preguntó el más alto.
- En la calle No me olvides, número 1. En la planta segunda.
- ¿En el número 1 de No me olvides? ¿No es ahí donde vives tú, Espinosa?
- Sí, yo vivo ahí, ¿por qué?
- ¿Sabes algo de los inquilinos de la segunda planta?
- ¿Estás de coña, Martín? Yo vivo en el tercero B y la segunda planta está vacía. Hace meses que ahí no vive nadie, afirmó el agente.
Cuando salí de la comisaría me encontraba perplejo. ¿Cómo que no vivía nadie en la sengunda planta? ¿Y el niño? ¿Y el extraño trío? ¿Y yo mismo? Ese agente debía haberse confundido de portal.
Esa misma noche intentaría verificar y demostrar que efectivamente un niño solo vivía en el 2º A y una pareja de jóvenes con un individuo extraño en el 2º C.

III

La tarde del jueves la pasé pegando la oreja a las paredes y a las puertas, pero no lograba oír nada. Por la noche volví a escuchar el llanto del niño y el lamento del otro lado. Salí al rellano. El niño tenía la puerta de su apartamento entreabierta, pero de nuevo no se escuchaba nada en su interior. En cambio la puerta del 2º C estaba cerrada, pero en su interior se escuchaba algo o alguien. Llamé a esta puerta y el ruído del interior cesó. Abrió la joven rubia. Me miró con sus ojos claros y me susurró con sus labios rojos: “¿Ya vienes?”
Pude ver el espaldar de una silla ocupada por alguien, tal vez el hombre de gafas negras y pañuelo en la garganta, que abría a los lados sus brazos. Su mano izquierda estaba sujeta por la joven de pelo negro. Esta me miró con sus hermosos ojos negros como diciendo: “Hola, querido. Ven aquí”. La mano derecha de este hombre estaba junto al niño rubio que sujetaba el coche de plástico que yo le había regalado en una mano y en la otra una larga espada. Con su voz meliflua se dirigió a mí: “Aun no es tu momento. Vuélvete a tu lugar.” La joven rubia cerró la puerta tras de mí y el ruido del interior cesó.
Hoy es viernes, 13 de mayo. No he salido en todo el día. No he visto ni oído a nadie: ni al niño ni a las jóvenes ni al hombre, ni ningún llanto o lamento. Pero la inquietud no me deja en paz, necesito saber. Salgo al rellano y me acerco a la puerta del 2º A. No consigo oír nada. Llamo con tres golpes de nudillos. Nada. Después me dirijo a la puerta del 2º C. Llamo también con tres golpes. Espero. Nada se oye en su interior. Decido sacar la llave de mi apartamento. La introduzco en la cerradura del 2º C. Giro la llave, el pestillo se desliza y se abre la puerta de par en par. El interior del apartamento es igual que el del niño que había visto desde el descansillo días antes e, igualmente, una réplica exacta del mío. Entro y cierro la puerta.
En la cocina no hay ni comida ni cacharros usados. El frigorífico está vacío. En el baño tampoco hay ningún cosmético ni jabones ni dentríficos ni esponjas o toallas.
Parece que el agente de policía tenía razón y que nadie habitara el apartamento. Pero yo estoy convencido de lo que he visto: de las dos bellísimas jóvenes que escoltaban al tipo de las gafas negras y del pañuelo en el boca.
Me dirijo al mueble del rincón del salón. Está cerrado con llave. Introduzco en él mi tercera llave, la más pequeña, y, sorpresa -¿cómo pudo haberlo previsto mi hermano?-: aquí sí que hay algunas cosas: antifaces de cuero negro, látigos, púas, pinchos, esposas, raspadores, puntas de flecha metálicas, cuchillas de acero de diversos tamaños, marcadores de hierro fundido,... Una panoplia de artículos de tortura y dolor.
Caí de espaldas en la silla -o tal vez era un potro-: tras la puerta del apartamento cerrada escucho algunas voces. Unas correas se deslizan sujetando mis muñecas y mis pies. Estaba atrapado en el apartamento de unas jóvenes sádicas que ahora sí que podían explicarme sin palabras el rostro demacrado y blanco del joven al que viera salir del ascensor acompañado o escoltado por sus dos ángeles o demonios.
Después pude oír en el rellano y con gran claridad las voces de tres individuos que estaban saliendo del ascensor. Oí también el giro de la cerradura y cómo entraban en el apartamento a mis espaldas.
La joven rúbia de ojos claros y labios rojos dijo: “¡Por fín has llegado!”. Después la morena de ojos profundos y que era como “la mujer que se murió” pero más joven, dirigiéndose al mueble de artículos y objetos diversos dijo: “sabía que no tardarías en rendirte a nuestros encantos”. “No te preocupes -dijo sonriendo-; no te dolerá”. El niño, en cambio, ahora con sus ojos tristes, con su coche de plástico en una mano y su espada flamígera en la otra, preguntó: “¿Por qué no te dejaste venir conmigo?”
La joven rubia, mientras me besa en los labios, pregunta: “¿De quién es la culpa cuando gobierna la desgracia?” La mujer de pelo negro, con la cara de Inés, afirma: “Ya era hora, cariño”, mientras comienza a dibujar con una cuchilla de acero líneas curvas en la piel de mi rostro y de mi cuello”. Contra mi pronóstico dejo de sentir miedo y dolor. Recuerdo una vez más la voz de mi hermano mayor hablando con mis padres muertos todos hace más de cinco años: “¿Qué cosa peor le puede pasar?”

Véante mis ojos, muérame yo luego:

 

“Véante mis ojos,
muérame yo luego”.
(Teresa de Jesús)

Al alba, cuando aún los rayos del sol no habían alcanzado a sobrepasar la línea que dibuja el horizonte, el hombre de rala barba gris y blanca, de nariz puntiaguda, y de ojos oscuros y atentos, más tembloroso de lo que su edad podría hacer presuponer a cualquiera que lo mirase con la mirada escrutadora de un relatista joven, pero menos paciente de lo que su edad pronosticara a cualquiera que, inteligentemente, lo observase, tomó una decisión definitiva, como toda decisión requiere para ser tal, con arrogancia.
La tarde anterior, cuando visitara la ciudad junto a su hijo mayor para visitar a su viejo amigo el doctor Fernández, aún no tenía ni idea de lo que decidiría a la mañana siguiente. El doctor, directo, apático, insensible, experimentado, le anunció:
- Luis, tienes un cáncer de médula. No es operable. Se ha extendido por todo el cuerpo. Por el cerebro también. Eso explica tus continuos dolores de cabeza.
- ¿No hay nada que hacer? -preguntó.
- No. Solo aliviar los dolores. Iremos subiendo las dosis de calmantes hasta que llegues a perder la conciencia. Después todo acabará.
- ¡Ah! -llegó a susurrar Luis-.
- ¿Y de cuánto tiempo dispongo hasta que ello llegue? -insistió Luis.
- Eso depende. Tal vez de un mes, tal vez de dos. Tal vez menos. Aquí tienes unas recetas. - - Dispón tú de las tomas según los dolores. Pero si llegas a necesitar más de tres pastillas al día, ponte en contacto conmigo, porque habrá que ingresarte. Ten cuidado que son muy fuertes. Cuando se te acaben, ven a por más.
- Ya, Juan -dijo Luis-. Siempre has sido tan escueto... que asustas -sonrió-.
Cuando Luis salió de la consulta, su hijo lo estaba esperando en el coche aparcado en doble fila.
- ¿Qué tal? ¿Qué te ha dicho Juan?
- Nada -dijo el viejo-. Todo igual. Que tengo demasiados años. Y que vuelva cuando lo necesite.
- ¿Y de los resultados de las pruebas? ¿No te ha dicho nada?
- No, nada. Que todo está bien -mintió el viejo-.
Después de un prolongado silencio el hombre más joven preguntó:
- ¿Quieres tomar una cerveza en lo del Servando?
- No, déjalo. No tengo ganas -dijo Luis-. Mejor llévame a casa. Estoy cansado y tengo pendientes aún algunas faenas.
- ¿Algunas faenas? ¿En qué estás ahora? ¿Alguna nueva novela?
- Sí, eso es. Tengo en la cabeza un capítulo difícil y creo que ya sé cómo puedo empezar a resolverlo.
- Bueno, está bien. Vamos a casa.
Cuando el viejo se despidió de su hijo, cuando logró encontrar la llave de la puerta de la casa, cuando hizo girar el pestillo, cuando entró en el interior del hogar vacío no pudo evitar que sus ojos brillaran por el absceso repentino de alguna lágrima. Verdaderamente la noticia no le había sorprendido, entraba dentro de lo previsible, es más, desde hacía algunos meses llevaba sospechando que algo no iba bien: los dolores en los brazos, en los hombros, en las piernas, los dolores de cabeza,... Pero Luis acababa de comprender algo definitivo y sorprendente, acabada de descubrir que no estaba preparado para morir, que no quería morir, que no entendía por qué habría de morirse ahora, que aún tenía ganas de vivir, que la vida le había parecido absurdamente corta. Nunca antes había pensado en la muerte. Nunca antes se había preocupado por ella. Había visto morir a sus padres hacía ya muchos años, había visto morir a su mujer incluso y a no pocos amigos y conocidos. Pero jamás se había preguntado por su propia muerte. Ahora comprendía que tal vez había estado evitándola desde siempre ya por miedo ya por inconsciencia ya por sabiduría, llegó a pensar, mintiéndose. Pero ahora la idea de su muerte se había hecho ominosa, enorme, absoluta, ocupando toda su atención, adquiriendo un peso enorme, como una losa imposible de soportar, de evitar o de apartar.
Había comenzado a sospechar de su presencia la mañana de hace aproximadamente un mes en que se despertó sobresaltado por un sueño. No le pareció una pesadilla, pero cuando se incorporó en la cama su corazón galopaba, y su frente y espalda sudaban a chorros. Las sábanas estaban empapadas. En el sueño se veía a sí mismo de joven, al alba, bajando del porche de su casa de las afueras de la ciudad y sintiendo el frío y la humedad de la yerba en las plantas de sus pies descalzos. Junto a la casa había aparecido una hermosa yegua negra, fuerte y alta, sudorosa. Debía haber galopado algunos kilómetros. Estaba sola. No parecía tener dueño. No estaba marcada. Relinchaba como si le llamara o como si le advirtiese de algo. Nunca había sabido interpretar sus sueños, pensó. Realmente no solía recordar sus sueños. En los setenta años de vida no recordaba haber soñado más de tres o tal vez cuatro sueños. Pero nunca, hasta hace un mes, había soñado con caballo alguno. Desde entonces este sueño se había hecho recurrente. La yegua negra sudorosa, caminando agitada alrededor de la casa, el frío del alba, la humedad de la yerba. Se acercaba al animal con la mano extendida para tocarlo. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, cuando estaba a punto de acariciar su brillante cuello y sus crines,... se despertaba agitado y sudoroso como si él mismo fuese el caballo, como si él mismo hubiese galopado kilómetros de distancia durante la noche.
Ahora parecía todo muy claro: estos sueños eran el anuncio de la muerte que venía galopando a gran velocidad a buscarle a su casa y que finalmente lo alcanzaba sin que él pudiera ocultarse o evitarla.
“La muerta es injusta”, recordó sus pensamientos de anoche cuando volvió a su casa desde la consulta de su amigo el doctor. “La muerte es injusta, porque no tiene en cuenta la singularidad de nadie. Te alcanza cuando menos lo esperas y lo deseas, dejándolo todo por concluir”, pensó.
Ni siquiera él, quien siempre había presumido de no dejar nada para mañana, había podido cerrar todos los capítulos de su vida pasada. Había sido feliz, se decía. Se había casado con una bella mujer. Había tenido con ella tres hijos, que también se habían abierto paso en sus vidas. Seis nietos. Es cierto que su esposa había fallecido diez años atrás y es cierto también que había añorado su presencia y que la había llorado durante algunas noches en que la soledad se espesaba como si fuera una niebla o bruma de las que bajan en esta parte de la región en las mañanas de los primeros días del invierno. Pero también es cierto que ya hacía años que había dejado de amarla. O al menos que cuando murió no la amaba como en otros días lejanos, cuando ambos compartían una lozanía desaparecida hacía tiempo.
“Desde muy joven era ya lo que habría de ser toda su vida”, pensó: una persona capaz y jovial, una persona con un gran sentido del deber que se aplicaba con decisión y fortaleza a hacer todo aquello que debía hacer con la diligencia y el bien hacer que la tarea requiriese, sin dejar nada para otro día si esto no era necesario.
Pero en esta noche pasada había sentido cómo todas las personas que había conocido, incluidos sus hijos y nietos, incluida su mujer y todos sus amigos, habían ido pasando por su vida sin dejar huella alguna. Se sentía desgraciado. Pero no más que otros, porque en el fondo consideraba que esto era un mal muy extendido, que la soberbia es el mal de nuestro tiempo.
Toda la noche la había dedicado a tomar una decisión y a recordar algunos momentos de su vida. Pero ni el día en que conoció a su futura mujer, ni el que nació ninguno de sus hijos o nietos, ni ningún otro pudo imponerse al día en que había llegado a su nuevo destino en una villa costera del sur cuando ejercía en el cuerpo de la Policía Nacional. Su ocupación durante un mes sería escoltar a una enigmática mujer joven cercana a la realeza. Recordaba ese mes como el más feliz de su vida. Si por él hubiera sido, no habría vuelto a su rutina marital y familiar. Pero no fue por él. Ella tampoco podía dejarse arrastrar por la resbaladiza pendiente del amor escondido. Finalmente se habían separado después un mes de apasionado y loco deseo amoroso.
Después había vuelto a su casa familiar y nunca más había vuelto a saber de aquella bella y aristocrática mujer de tez blanca y cabellos negros. Pensó que ella era, verdaderamente, la única tarea que le quedaba por cumplir. Por ello, tal vez, la muerte le pareciera injusta, porque no podría despedirse de ella como él hubiera querido desde el último día que la vio. Pasó toda la noche recordando cada día pasado junto a ella hacía más de treinta años.
Él sabía de la vida de ella, porque en ocasiones aparecía en la sección de sociedad de los periódicos nacionales alguna noticia que la mencionaba o, incluso, alguna fotografía en la que aparecía junto a su marido o hijos.
Pensó por primera vez en sus más de setenta años en que si verdaderamente su vida había valido la pena era justamente por ese mes pasado en la villa del sur escoltando y acompañando a aquella elegante y fascinante mujer. Ella era, probablemente sin saberlo, la que justificaba su presencia en la tierra. Y esto no podía quedar así. Esta tarea debía completarla. Por ello decidió escribirle una carta.
Toda la noche la había pasado intentando escribirle unas palabras. Conocía su dirección y enviársela no sería ningún problema, pero temía no estar a la altura. Es decir, qué escribirle, qué contarle o indicarle. Después de treinta años y sin apenas haberla conocido, cómo podría recibir lo que tuviera a bien decirle. Empezó y rompió varias cartas antes de que, al alba, escribiera la definitiva. Cogió un sobre vacío de su escritorio, escribió el nombre y la dirección de la mujer, escribió también su nombre en el remite (éste sin dirección) y antes de cerrar el sobre introdujo una cuartilla doblada por la mitad en la que finalmente había escrito: “Gracias, amor”.
Una vez cerrado el sobre lo colocó sobre la mesa en un sitio bien visible para que quien entrase en la casa, probablemente uno de sus hijos, la pudiese ver y enviar a la destinataria. Después miró por la ventana hacia los primeros rayos del sol que comenzaban a dibujar el horizonte. Salió al porche a recibir el amanecer y lentamente fue tomándose, uno a uno, todos los calmantes que su amigo Juan le había dado la tarde anterior.
Justo antes de perder la conciencia fue invadido por una lástima enorme por todos aquellos a los que había conocido en su vida. Pensó: “Qué sencillo es morir”. Buscó el miedo a la muerte que apenas hacía unas horas ocupaba toda su atención. No lo sentía. Había desaparecido. Tal vez la muerte no era nada para quien hizo lo que debió. Sintió también alegría por el hecho de sentir lastima por todos, por su mujer y por sus hijos y nietos también, y por su amigo Juan. Por fin podría morir definitivamente en la alegría y en la lástima que se extendían más allá del horizonte de su mirada. Hizo una suave expiración, pareció roncar y no volvió a moverse. El sol comenzaba a iluminar su rostro.
Cuando su hijo llegó a la casa del padre vio cómo su cara era más hermosa que en días anteriores y tenía una expresión más feliz que cuando estaba vivo.