jueves, 27 de agosto de 2009

Dezső Kosztolányi: la aurora de dedos rosados y uñas sucias:


El escritor húngaro Dezső Kosztolányi de Nemeskosztolányi nació el 29 de marzo de 1885 en la ciudad de Szabadka, al sur del impero autro-húngaro (hoy Subotica, en el norte de Serbia) y murió el 3 de noviembre de 1936 en Budapest a causa de un cáncer de laringe. Fue un escritor total, que entre ambas fechas pasó felizmente por todos los géneros literarios alcanzando siempre el difícil nivel de la exquisitez: poesía (Entre cuatro paredes, 1907; Lamento del niño pobre, 1910; Lamento del hombre triste, 1924; Poemas compilados, 1935; ...), novela (Nerón, el poeta sanguinario, 1922; Alondra, 1924; La cometa dorada, 1925, y Anna la dulce, 1926), cuentos (Noches hechiceras, 1908; Enajenados, 1911; Almas enfermas, 1912; Encantadores, 1916; Caín, 1918; Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo, 1933; Ojo de mar, 1935; ...), ensayos literarios, artículos varios y algunas traducciones (Poetas modernos, 1914; Alicia en el país de las maravillas, y, entre otros, algunos autores castellanos como Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, Antonio y Manuel Machado, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Luis Cernuda,...).

De los más de treinta volúmenes que componen su bibliografía, en castellano sólo disponemos de los siguientes:
- Alondra (1924). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2006. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Péter Esterházy (1993). Traducción de la introducción de Marta Pino Moreno.
- La cometa dorada (1925). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2007. Traducción de Marta Komlosy. Prólogo de Adan Kovacsics.
- Anna la dulce (1926). Barcelona; Ediciones B, S.A.; 2003. Traducción de Judith Xantús. Introducción de Mihály Dés.
- Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo (1933). Barcelona; Ediciones B, S.A., para el sello Bruguera; 2007. Traducción de Mária Szijj.
- Cuentos psicoanalíticos. Ediciones del Lunar, 2003. Traducción de Ángel Cagigas Balcaza.
- La visita y otros cuentos. Grupo editorial Norma. Traducción de Irma Agüero. Selección de cuentos (de Kornél Esti y de Ojo de mar) de Vera Zcékács.

Dezső kosztolányi estudió en la universidad de Budapest, donde conoció a los célebres poetas Mihály Babits y Gyula Juhász, con quienes estableció una amistosa y emocionante correspondencia, y más tarde en la universidad de Viena.

Fue periodista de profesión y en 1908 sustituyó al poeta Endre Ady en la recién fundada, y prestigiosa ya, revista literaria Niugat (Occidente), auténtica revitalizadora de la vida poética e intelectual húngara. Kosztolányi fue uno de los más destacados poetas de la primera generación de dicha intelectualidad. Junto a él, entre otros, el propio Endre Ady, Mihály Babits, Milán Füst, Zsigmond Móricz, Frigyes Karinthy o Gyula Krúdy. Esta revista proclamaba la soberanía y la autonomía del arte. El exigente director de la misma, Ernő Osvát, estableció e institucionalizó su lema: “¡Escribe lo que quieras, haz lo que te venga en gana, solamente importa el cómo lo haces!”

Los dos grandes temas recurrentes y obsesivos en la ingente obra de Kosztolányi son: la desbocada y desbordada imaginación que crea imparable a través del prisma de la niñez y de sus miedos, y la conciencia de la muerte propia como algo inevitable, junto a la angustia que genera todo lo que a ella recuerda, como pueden ser la vejez o la enfermedad. La voz de Kosztolányi, como la de los grandes escritores realistas rusos, es una voz trágica. A veces se le ha comparado con Antón Chejov por hacer literatura sublime a partir de lo trivial o irrelevante. La voz de Kosztolányi es la voz de la compasión y la conmiseración por los pobres, por los ofendidos, por los humillados.

El año 1914 trajo la Gran Guerra y con ella la ruptura y desaparición de la vida bohemia y la llegada del compromiso de los intelectuales. Kosztolányi siempre defendió la independencia del arte. Él decía ser un homo aestheticus y no un homo moralis. Como tal siempre defendió el arte por el arte. No obstante, los cuatro años de guerra, las dos revoluciones y la contrarrevolución blanca, la desaparición del imperio austro-húngaro y las descabelladas y desproporcionadas consecuencias del tratado de Versailles de 1920 (en el que Hungría perdió dos tercios de su territorio: la ciudad natal del autor, Szabadka, pasó a ser la serbia Subotica) hicieron que las exquisiteces rimadas y la literatura de orfebre desapareciesen a favor de la rigurosidad, de la justeza y de la claridad directa. Decepcionado ante el mundo y ante sí mismo, el patente fracaso de los movimientos progresistas ilustrados y decimonónicos lo conducen a la conciencia de la soledad, de la angustia y de la tragedia que supone el vivir. Y es que Kosztolányi anuncia el existencialismo. Se convierte en el poeta de la superficie, poeta desafiante que renuncia a profundizar, que no se esfuerza más que por recoger en palabras los destellos de la superficie del mar. La canción de Kornél Esti lo proclama claro y rotundo:
(...)
Has de ser la envoltura
del sabio placer, de la fruta,
la fascinante piel, el verdor
del árbol, de la mar el rumor:
la imagen de lo profundo.
(...)
Negocia con locos caprichos
charla con mortales peligros,
y ríete del que se esmera en buscar
lo profundo.

¿Qué te trae el buzo
que emerge de lo profundo?
En la mano, triste barro,
lo único que brinda aquel mundo.
Nada disfruta de la magia
de los destellos del agua,
abajo gime, trastabilla encadenado,
le pesan los guantes,
los grandes ojos de vidrio
contemplan serios y fríos.
(...)
Has de ser vacío y liviano,
liviano y siempre juguetón,
vidente, pero visible de lejos,
con la seda de un centenar de palabras
ardientes, como la bandera,
o la pompa de jabón, arriba
entre los vientos, en el cielo,
y vivir mientras lo haga el alma,
la belleza, o los caprichos,
porque yo también -lo juro por Dios-
sólo viviré hasta entonces.

Ve a flotar sobre lo profundo
envuelto en colores sutiles;
sé como la nada, tú
el todo.

Entre 1922 y 1926 Kosztolányi escribe y publica cuatro novelas[[1]]: Nerón, el poeta sanguinario; Alondra; La cometa dorada, y Anna la dulce. En la primera de ellas (no traducida al castellano) se adentra en la conciencia del poeta fracasado y descubre el estrecho margen que separa lo divino de lo demoníaco: el Nerón joven fue educado en el arte, en la poesía, en la música, para ser un gran emperador, pero su mediocridad (y su inevitable fracaso) siempre patente ante Británico y Séneca, lo llevan a convertirse en un cruel asesino y en un déspota irracional: no hay asesino más salvaje que un poeta consciente de su mediocridad; la belleza es la peor de las propiedades, porque no tolera su desposesión. Lo mejor de la novela es la paulatina y progresiva transformación del joven poeta Nerón en el vanidoso y asesino emperador. En esta novela encontramos ya el mayor aporte de Kosztolányi a la literatura y al pensamiento contemporáneos: la inversión absurda, la denuncia de la terrible confusión que suele darse entre lo primero y lo último, entre la causa y el efecto, entre el ser y el deber ser: el imbécil y mutilado Nerón proclamando en su trono “Nada me es prohibido”[[2]].

Su segunda novela fue la magistral y chejoviana Alondra. Kosztolányi ya sabía que los rostros no existían bajo las máscaras, por ello, este autor desenmascarado pretende penetrar la esencia de la máscara auténtica. Y esto es justamente lo que hace en Alondra. “Alondra” es el único nombre que conocemos de la protagonista de la novela, una no joven hija soltera de un matrimonio anciano. Ella va a marcharse de viaje durante una semana a la finca de unos parientes y los padres quedarán solos en su casa de Sárszeg (“barrizal arrinconado”, la ciudad imaginada de Kosztolányi que tanto recuerda a Szabadka). Y ahora llega la terrible inversión: los padres descubren durante esa semana el odio que sienten por su hija, que debió morir antes de nacer. Pero... ella volverá, y lo hará con una jaula en la mano, jaula que contiene una paloma (¿por qué no una alondra?).

Su tercera novela fue La cometa dorada, más cuidada y lírica que la anterior. Paso obligado para todo docente y para todo padre de hijo adolescente. Su protagonista, Antal Novák, apodado Kobak (“cabezón”) es un profesor de Bachillerato en la ciudad provinciana que ya conocemos, Sárszeg. Tiene una hija adolescente y se encarga de tutorar, enseñar y educar, a un grupo de alumnos también adolescentes. Seguro de sí mismo, gran pedagogo, riguroso, todo le marcha bien hasta que llega nuevamente la inversión terrible: su hija le miente, el mundo está cambiando y él no está preparado para los nuevos tiempos, sus ideales pedagógicos ilustrados ya no sirven para nada, y todo va, lentamente al principio, con precipitación al final, hacia un inevitable desenlace trágico. El cielo mismo se romperá junto con el cráneo de Novák. Tal vez el lenguaje no sirva más que para aumentar la incomunicación de los seres humanos. Es una novela despiadada con el lector: por un lado, delicada, sensible, lírica, escrita por un poeta que ama las palabras, por otro, brutal, desproporcionada, monstruosa; por un lado, conoce el lector las más leves emociones que afectan la conciencia de sus protagonistas, por otro, desearía alejarse de ellos todo lo deprisa posible. Y entre ambos sentimientos opuestos una tensión, trágica por ser inevitable: el terrible final.

Pero si algo escribo de final terrible, entonces tengo que pasar a Anna Edes (Anna la dulce), sin duda una de las mejores novelas de la primera mitad del siglo XX. No voy a rebelar nada de su argumento, porque cualquier palabra que escriba sobre él, podría pervertirlo. Recomiendo a todos los que esto estén leyendo, que cuando se enfrenten a la novela lo hagan directamente, sin previo paso por ningún prólogo o introducción: el impacto que produce la novela es radical. Sólo voy a mencionar dónde se encuentra la terrible inversión en esta obra: al ser humano no se le puede degradar a animal o a cosa o a autómata impunemente. Y nada más.

Termino añadiendo algo acerca de la colección de cuentos Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Kornél Esti es su doppelgänger, su alter ego, en palabras de la propia esposa de Kosztolanyi. El aventurero, descarado y sensible Kornél Esti es todo lo que Kosztolányi era y no supo cómo serlo. Esta colección de relatos es muy desigual en cuanto a calidad, pero algunos de ellos son perfectos. Destaco los siguientes: “Donde realiza una excursión con un viejo amigo a la ‘ciudad honrada’” (capítulo 4 de la edición castellana), “Donde el pobre periodista Pali Mogyoróssy enloquece de súbito en una cafetería y es encerrado a continuación en un manicomio” (capítulo 8 de la edición castellana) y “Donde el héroe brinda una conmoverora descripción de un viaje en un tranvía corriente y se despide del lector” (capítulo 18 de la edición castellana).

La inversión del primero de los tres relatos consiste en la honradez de la ciudad que visita Kornél Esti. En ella nadie miente, nadie oculta nada. Es una ciudad o una sociedad cabeza abajo desde nuestro punto de vista moral, pero ¿no debería ser realmente la nuestra, la sociedad que debiera resultarnos extraña? ¿Cuándo se produjo en nuestra historia la inversión que dio lugar a la imposición de la mentira, de los enmascaramientos, de la cortesía falsa, de la hipocresía?

El segundo relato es más terrible: el periodista Pali Mogyoróssy enloquece una noche de juerga. Sus amigos observan el truncamiento de su cerebro y deciden conducirlo al manicomio. El mismo Pali acaba aceptando su nuevo aposento. Pero... y aquí está la terrible inversión: los locos son los amigos de Pali y no lo saben. El valor de la literatura de Kosztolányi es justamente este: Kafka nos reveló un mundo literario en el que el protagonista conservaba su sentido común en medio de un entorno enloquecido o absurdo, y el lector conoce el valor de este sentido lógico. Kosztolányi hace que no sólo el entorno, sino que el mismo protagonista sean ambos unos sinsentidos, con la dificultad trágica añadida de que nada ni nadie es consciente de dicho absurdo. Kosztolányi es una vuelta de tuerca añadida a Kafka y un exquisito preludio para el existencialismo. Este es el mérito del relato acerca de Pali Mogyoróssy o de Anna la dulce o de la Alondra o de Antal Novák.

Del último relato que he seleccionado de Kornél Esti no escribo nada. Al lector se lo dejo para que camine por sí mismo, junto con otras citas del propio Dezső kosztolányi de Nemeskosztolányi:

Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo (1933). Barcelona; Ediciones B, S.A., para el sello Bruguera; 2007. Traducción de Mária Szijj. Capítulo 18: Donde el héroe brinda una conmovedora descripción de un viaje en un tranvía corriente y se despide del lector (págs. 313-319):
“- El viento rugía -relató Kornél Esti-. La oscuri­dad, el frío y la noche me azotaban y arañaban la cara con sus heladas garras.
»Se me había puesto la nariz púrpura, las manos mo­radas, las uñas azuladas. Los ojos me lagrimeaban, como si llorara o como si se derritiera en mi interior la vida solidificada en un bloque de hielo. Negras callejuelas bostezaban en torno a mi.
»Yo aguardaba allí, de pie, golpeando con los pies el asfalto duro como la roca e intentando calentarme las uñas con el aliento. Al final metí los dedos entumecidos en los bolsillos del abrigo.
»Por fin, en la lejanía, atisbé a través de la niebla el brillo amarillento de los ojos del tranvía.
»El vehículo efectuó un giro pronunciado y se detuvo ante mí, chirriando sobre los raíles.
»Me disponía a subir, pero no bien extendí la mano hacia la barandilla, unas voces hostiles me gritaron: "Está lleno." De las escalerillas colgaban racimos de pasajeros. Dentro, en una lúgubre penumbra apenas iluminada por una única bombilla de filamento metálico que despe­día una luz rojiza, se hacinaban seres vivos, hombres, mu­jeres, algunas de ellas con niños en brazos.
»Vacilé por un instante. Luego, movido por una de­cisión repentina, subí de un salto. No era momento para andarse con remilgos. Estaba aterido y me castañeaban los dientes. Además, también me corría prisa, debía lle­gar puntual a mi destino y me esperaba un largo trayecto.
»En un primer momento mi situación era más que desesperada. Me agarré al racimo humano, convirtiéndo­me así en una más de sus bayas invisibles. Pasamos tra­queteando bajo puentes y atravesamos túneles a una velo­cidad tan salvaje que si me hubiese soltado, habría muerto en el acto. De vez en cuando mi espalda rozaba un muro, una valía de tablas de madera, el tronco de un árbol. Es­taba jugándome la vida.
»Más que el peligro, me angustiaba saber que me odiaba cada uno de los restantes pasajeros. Arriba, los que estaban en la plataforma, se reían de mi; abajo, los de la escalerilla, las personas a las que me había unido el des­tino, sin duda habrían suspirado aliviados silos hubie­se librado de mi excéntrica presencia cayéndome y rom­piéndome la crisma.
»Tardé mucho en llegar hasta la plataforma. Conse­guí abrirme paso hasta el borde. Al menos ya pisaba suelo firme. Con las dos manos me así con fuerza al bastidor exterior del vagón. Ya no temía salir despedido.
»Cierto que la opinión general volvió a cebarse en mi, y de forma por demás virulenta. Abajo ya se habían acostumbrado más o menos a mí. Tras aceptar mi exis­tencia, como un triste hecho, se habían fundido conmigo y habían dejado de prestarme atención. Arriba, sin em­bargo, era el último de los invasores, el más reciente de los enemigos. Todos se aliaron contra mí y expresaron su animadversión común hacia mí, unos abierta y otros en­cubiertamente, unos en voz alta y otros en susurros, unos con blasfemias, otros con insultos graciosos o con comen­tarios soeces. No ocultaban en absoluto que preferirían que me encontrara a dos metros bajo tierra a que estuviese allí entre ellos.
»A pesar de todo, no abandoné la lucha. "Resiste -me animaba a mí mis mismo-. Resiste las adversidades sin claudicar."
»La perseverancia dio su fruto. Alcancé una de las correas que colgaban del techo y la agarré. Poco después, alguien me empujó. Me precipité hacia delante con tan buena fortuna que logré adentrarme en el vagón. Ya no estaba en las inmediaciones de la salida, sino que me había plantado firmemente en medio del grupo que ocupaba la plataforma. La gente me apretaba y me transmitía calor por todos los lados. Unas veces, la presión era tan fuer­te que se me cortaba la respiración. Otras, se me clava­ba en el vientre algún objeto, el mango de un paraguas o el canto de un maletín.
»Sin embargo, salvo por estas molestias pasajeras, no tenía motivos para lamentarme.
»Más adelante, mis perspectivas mejoraron aún más. »La gente iba y venía, subía y bajaba. Ahora que in­cluso gozaba de cierta libertad para moverme, me de­sabroché el abrigo con la mano izquierda, me saqué del bolsillo del pantalón el monedero y conseguí satisfacer la solicitud insistente pero hasta entonces infructuosa del cobrador de que le pagase el billete. Qué placentero re­sultó cumplir con mi deber.
»Luego ocurrió algo que produjo de nuevo cierto re­vuelo. Se encaramó al tranvía un revisor gordo y respe­table que con sus cien kilos casi ocasionó que el vagón rebosara, como una taza de café llena hasta el borde en la que tiran un voluminoso terrón de azúcar. El revisor me pidió el billete. Me vi obligado a desabrocharme el abrigo de nuevo, y con la mano derecha que me queda­ba libre rebuscar el monedero que hacía un rato había hundido en el bolsillo izquierdo del pantalón.
»Debo admitir que la suerte me sonrió otra vez. Al excavar el revisor un túnel entre cuerpos vivos en su ca­mino hacia el interior del vagón, una oleada impetuosa de personas me empujó hacia dentro de modo que -al principio no daba crédito a mis ojos- ahora yo también estaba dentro, en el interior del vagón: lo había logrado.
»Mientras, alguien me asestó un golpe en la cabeza, saltaron unos cuantos botones de mi abrigo, pero no estaba yo para ocuparme de esas menudencias. Me enor­gullecía enormemente de haber llegado hasta allí. Natu­ralmente, sentarme era una utopía. Ni siquiera entreveía a la privilegiada comunidad de pasajeros que iban senta­dos. Los ocultaban a la vista aquellos que viajaban de pie, colgados de las correas, turnándose para posar los pies sobre los demás, así como el miasma impuro formado por la neblina invernal impregnada de alientos con olor a ajo y ácido gástrico y de los vapores viciados que ema­naban de la ropa.
»Al contemplar aquella horda de animales encajona­dos y malolientes, despojados de toda dignidad huma­na, me invadió tal repulsión que, ya tan cerca de mi meta y de la victoria, me tentó la idea de darme por vencido, de no continuar el viaje.
»En ese momento me fijé en una mujer. Estaba en un rincón sombrío, apoyada contra la pared; llevaba ropa gastada y un cuello de piel de conejo. Parecía extenuada, triste. Tenía facciones sencillas, una frente mansa y pura, ojos azules.
»Cuando no soportaba más aquella humillación, cuando me dolían las extremidades o se me revolvía el es­tómago, entonces entre los harapos, entre aquellas jetas propias de animales, en el aire nauseabundo, la buscaba a ella, jugando al escondite tras las cabezas y los sombreros. La mayor parte del tiempo, ella iba abstraída. No obstante, en una ocasión, nuestras miradas se cruzaron. Desde ese momento, ella no me evitó. Se me figuraba que ella tam­bién pensaba lo mismo que yo, como si me leyese la men­te y compartiese mi opinión sobre el tranvía y todo lo que nos rodeaba. Esto me consoló.
»Con su permiso tácito, yo la miraba a los ojos, como miran los enfermos la llamita eléctrica azul que de noche se enciende en las salas de hospital, para que los que su­fren no se sientan solos y abandonados del todo.
»Fue gracias a ella, sólo a ella, que no perdí definiti­vamente las ganas de luchar.
»Un cuarto de hora más tarde se desocupó a mi lado un hueco en el banco que unas barras de cobre dividían en cuatro asientos. En un primer momento sólo había espacio suficiente para apoyar un muslo y dejar las pier­nas flotando en el aire. Los que estaban sentados en torno a mi eran unos burgueses horribles, enfundados en sus gruesos abrigos de piel e instalados en sus privilegios conquistados, sin la menor intención de transigir un ápice. Yo me conformaba con lo poco que había conse­guido. No reivindicaba más. Fingía no reparar en su la­mentable soberbia. Me comportaba como un saco, pues sabía que la gente aborrece instintivamente a las perso­nas y que le cuesta menos perdonar a un saco que a una persona.
»Así fue. En cuanto advirtieron mi indiferencia y que era un don nadie que no contaba para nada, se apartaron ligeramente y me cedieron una pequeña porción del es­pacio que me correspondía. Más adelante ya habría asien­tos entre los que elegir.
»Unas paradas más adelante me procuré uno junto a la ventanilla. Me acomodé y eché una ojeada alrededor. Antes de nada, busqué a la mujer de ojos azules, pero ya no estaba allí. Seguramente se había bajado mientras yo estaba ocupado librando mi fiera batalla por la supervi­vencia. La había perdido para siempre.
»Suspiré. Me volví hacia la ventanilla cubierta de flo­res de escarcha, pero sólo veía las farolas, la nieve co­chambrosa, las puertas cerradas, oscuras e implacables.
»Exhalé otro suspiro, luego bostecé, para distraerme de mi abatimiento. Constaté que "había luchado y había triunfado". Había alcanzado todo lo alcanzable. En un tranvía, ¿qué más cabía desear que un cómodo asiento junto a la ventanilla? Cavilando, casi con satisfacción, repasé cada instante de la encarnizada lucha, el asalto inicial, en el que tomé posesión del tranvía, la tortura de la escalerilla, el combate cuerpo a cuerpo en la platafor­ma, la atmósfera y el ambiente irrespirables que reinaban en el interior del vagón. Me reproché mi pusilanimidad, que por poco me había llevado a desistir de mi empeño, a echarme atrás en el último instante. Contemplé los hilachos del abrigo, único vestigio de los botones perdi­dos, como un guerrero que estudia sus heridas. A todo el mundo le toca -sentenciaban, con la experiencia so­segada de un sabio-; sólo hay que esperar que a uno le llegue su turno. En la vida terrenal las recompensas no se reparten con facilidad, pero al final, a pesar de todo, recibimos nuestra parte.
»Entonces me invadió el deseo de celebrar mi victoria. Estaba a punto de estirar mis piernas dormidas, para por fin relajarme y descansar, libre y feliz, cuando el cobra­dor se acercó a la ventanilla, hizo girar el indicador de dirección y gritó: "Ultima parada."
»Sonreí. Me apeé sin prisas.”

Otras citas de Dezső kosztolányi:
“Siempre me ha interesado una sola cosa: la muerte. Nada más. Me convertí en un ser humano el día en que, a la edad de diez años, vi muerto a mi abuelo, que era el ser a quien más quería por aquel entonces. Sólo desde ese momento he sido poeta, artista, pensador. El silencio de la muerte –la gran diferencia que opone la vida a la muerte- me hizo comprender que debía hacer algo. Empecé a escribir poesía. [...] En lo que a mí respecta, lo único que tengo que decir, por muy pequeño sea el objeto que puedo alcanzar, es que estoy muriendo. No siento sino desdén hacia esos escritores que tienen algo más que decir, que tratan sobre los problemas sociales, las relaciones entre hombres y mujeres, la lucha entre razas, etc., etc. Me pone enfermo esa estrechez de miras: qué trabajo más superficial hacen y qué orgullosos se sienten de él.” (De su diario. Texto citado por Péter Esterházy en la introducción de Alondra.)

“Pero hay versos que jamás pueden ser completamente leídos. Sobre todo los versos verdaderos. En ésos nos adentramos mucho más en su lectura. Mientras mejor los conocemos, más misteriosos serán. Ya hasta nos los sabemos de memoria, pero cada vez se nos aparecen, brillan con luz nueva. ¿Cuál pudiera ser la razón de ello? Pues obviamente el hecho de que el contenido no se encuentra en el texto, sino detrás de el. Por eso es que "nunca se agotan". El chapucero expresa todo lo que siente y piensa, y nos arroja todas sus palabras. El artista deja entender, y de la riqueza de su vocabulario sólo hace figurar algo, simbólicamente. De ahí se desprende que el lector se convierta en su colaborador activo-creador.” (Texto citado por Pál Réz en la introducción a La visita y otros cuentos).

“Mis años de estudiante en Viena, mis viajes a París, mis aventuras por Italia, no dejaron una huella tan profunda en mí como cuando una noche mi padre me mandó al cuarto de piano a oscuras por un puro.” (Texto citado por Pál Réz en la introducción a La visita y otros cuentos).

“Eran tan inabordables como si vivieran en una isla, lejos de la gente y al margen de las leyes humanas. ¡Si hubiese un camino para llegar a ellos! A la isla, a la seguridad, al maquillaje. Pero no lo había. No era posible transformar la vida en una comedia, no era posible vestirla. Existen personas que sólo poseen el dolor, un dolor cruel e informe que no sirve para nada, que no puede utilizarse para nada, sólo para el dolor mismo, para que duela, y entonces se encierran en ese dolor, profundamente, en una tristeza que no es más que suya, en un hueco sin fondo, en una mina que acabará derrumbándose sobre sus cabezas, y entonces se quedarán allí, y nadie podrá salvarlos.” (Alondra, págs. 108-109)

Cuando estamos excitados, todo adquiere un significado, incluso aquello en que ni siquiera repararíamos en otras circunstancias. Cuando eso ocurre, hasta los objetos –una farola, un sendero cubierto de gravilla o un arbusto- poseen su vida propia, ancestral, hermética, enemistada con los seres humanos, y muestran hacia nosotros una indiferencia que nos duele en el corazón y nos causa estupor. Por su parte, los seres humanos –todos ellos egoístas que corren sin el menor sentimiento de hermandad hacia sus metas- nos hacen recordar con una sola palabra, con un solo gesto, lo irrevocable de nuestra soledad, y esa única palabra, ese único gesto se congelan en nuestra alma, sin razón alguna y para siempre, como un símbolo de la sinrazón de la vida.” (Alondra, pág. 178).

“El peso de la felicidad le doblaba la espalda.” (La cometa dorada, pág. 75.)

“Las palabras son vacuas, no expresan nada. A veces son capaces de desvirtuar hasta las mejores intenciones, transmitiendo malicia o ironía sin que nos demos cuenta. ‘Buenas noches... ¡Vaya nochecita que hemos tenido este pobre muchacho y yo!’.” (La cometa dorada, pág. 125.)

“La moral del hombre común y la del aristócrata coinciden en más puntos que cualquiera de ellas con la moral burguesa: los extremos se tocan.” (La cometa dorada, pág. 219.)

“Tenía un alma sensible, pero esos pequeños pinchazos ya no le dolían. Conocía la estupidez humana. Más que desprecio, sentía lástima; la incultura lleva en sí misma su propio castigo.” (La cometa dorada, pág 221.)

“La verdad es la suma de todas esas opiniones.” (La cometa dorada, pág. 366.)

“Una expresión de miedo apareció en los grandes y lánguidos ojos de Anna.
”Eran azules, pero no de un azul brillante, sino más bien suave, pálido, como las aguas del lago Balaton en las brumosas madrugadas de verano.
”Anna observó por primera vez a la señora Vizy: tenía la piel blanca, era muy alta, y tan fría como el hielo; por algún motivo le recordaba un ave, un ave desconocida de plumas vistosas, multicolores y desordenadas.”
(Anna la dulce, págs. 79-80.)

De las ventanas colgaban trapos y camisas de colores con la sincera suciedad de la vida que allí no se escondía.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 77.)

“Naturalmente, los matrimonios contraídos por amor también presentan sus inconvenientes. El que se casa por amor no actúa con mucha más sabiduría que el que mete en su casa un leopardo bello y esbelto, para que vele por su tranquilidad. Es algo fuera de lugar.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 192.)

“Dime, por favor, ¿por qué extraña razón todos los tacaños son longevos? Hay quien afirma que la tacañería constituye una manifestación de las ganas inquebrantables de vivir y que, como toda pasión real, no sólo no resulta mortífera, sino que, por el contrario, tonifica. Unos afirman que esta avidez constante y con efectos a largo plazo no se instala en organismos débiles condenados a perecer antes de tiempo. Otros sostienen que la tensa animadversión que los tacaños concitan contra sí entre quienes los rodean los vivifica y refuerza su terquedad, y que el odio implacable de sus familiares los mantiene con vida, como a los hombres bondadosos las oraciones devotas de sus allegados. Hay, por último quienes aseguran que es la tierra la que los retiene en este mundo, no los suelta, los abraza contra su seno mugriento y barroso, como si de parientes suyos se tratara, porque los tacaños son tan mugrientos y barrosos como ella. No son más que teoría.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 197.)

“Hay hoteles de ambiente familiar, donde nos encontramos más a gusto que en nuestro hogar, con las ventajas añadidas de que gozamos de una mayor independencia, libres de las tensiones familiares. Hay hoteles apacibles, amables y cómodos. Hay hoteles tristes, sobre todo en provincias, que semejan pianos desafinados, que nos mueven a la melancolía con sus espejos ciegos y su ropa de cama húmeda. También hay, claro está, hoteles malditos, con olor a muerte, que nos sumen en la desesperación, muy apropiados para suicidarse una noche de noviembre. Hay hoteles joviales, en los que el agua ríe al salir borbollando de los grifos. Hay hoteles severos, solemnes, mudos, hoteles parlanchines, hoteles crápulas, hoteles señoriales, fiables, tranquilos, cubiertos de la noble pátina del pasado, hoteles livianos, hoteles pesados, hoteles sanos, en los que incluso los desagües irradian luminosidad, y hoteles enfermos donde cojea la mesa, renquea la silla, los armarios andan con muletas, los sofás padecen tisis, las almohadas yacen moribundas sobre la cama. En pocas palabras: hay hoteles de todas clases.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 199.)

“No se trataba de mala intención por su parte, pues la vida le había enseñado que aquellos tan necios como para apelar a la buena voluntad de otro siempre son personas perdidas, condenadas a muerte, a quienes no vale la pena ayudar, ya que se engañan a sí mismos, o de hecho son tan débiles que no son capaces ni de engañarse a sí mismos, por lo que se dirigen a otra persona para que sea ella quien los engañe.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 244.)

“La aurora, de dedos rosados y uñas sucias.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 251.)

La ternura no es más que una forma de dureza encubierta, y viceversa.” (Kornél Esti. Un héroe de nuestro tiempo. Pág. 261.)



[1] ¡Qué envidia siento por esta época en la que escribir un poema era todo un acontecimiento![2] Esperemos que alguna editorial se decida pronto a traducir y publicar esta obra que mereció los elogios de Thomas Mann.