jueves, 9 de junio de 2011

La ordinaria aventura del escalador derrotado. Una historia vulgar:

Mientras ascendía, sólo pensaba en llegar a la cima. Aunque las piernas le temblasen, el ascenso no se interrumpiría. Avanzaba lento, pero avanzaba. A veces caminaba horizontalmente, como si describiese curvas de nivel. Mas la cima ya estaba a su alcance. Ahora se acuerda de sus primeros pasos allá abajo, en la falda de este peñón gigantesco. Entonces eran pasos firmes y fuertes, poderosos, prometedores. En los primeros momentos de la subida sólo se había detenido unos instantes para contemplar una bandada de tordos. Más adelante creyó ver un corzo o un rebeco a lo lejos, cerca de la cima. A quien no perdía de vista era a su habitual acompañante: un cernícalo, volador solitario, acechante, a la caza de algún roedor despistado. Después ya no paró más. Ni para contemplar el paisaje, ni para gozar con la flora y sus perfumes, ni para oír, azorado, su maltrecho corazón. Después sólo imaginó el momento de coronar la cima, esa “V” gigante que se alzaba frente a sí: la gigantesca peña bicéfala. Su objetivo era ese espeso matorral alojado justo en el vértice interno de esa enorme “V”. Las piernas le temblaban y el corazón, trotando, no acababa de insuflar la sangre necesaria para mover sus piernas y hacerlo ascender. Por ello seguía confundiendo a la peña marchando horizontalmente, describiendo curvas de nivel. Apenas faltaban cincuenta metros sobre un piso rocoso y casi vertical. Clavando las puntas de las botas en los salientes de la piedra. Una zancada hacia arriba era seguida a veces de dos o tres hacia abajo. Por ello debía asegurar cada paso. No era menester malgastar fuerzas. Apenas veinte o veinticinco metros más. Ya casi tocaba el vértice de la enorme “V”. Pero su corazón no pudo más. Desquiciado relinchaba dentro de su tórax. Sus piernas no obedecían. Decidió parar, sentarse un momento. Entonces contempló el paisaje. Volvió a percatarse de la bandada de tordos allá abajo y del cernícalo sobre su cabeza. Recobró fuerzas para iniciar el descenso.

Soto voce

I
Anverso: origen de lo infeliz: saber que se ha actuado de forma distinta a como uno mismo supo que debió actuar.
Reverso: origen de lo feliz: saber que se actuó de la forma que uno mismo supo que debió actuar.
Presupuesto básico (o punto de partida): decide.

II
Toda vida es una ilusión. Aire son nuestras palabras, simples gestos nuestras acciones más heroicas, pero gestos y palabras no son más que ficciones que nos conforman y confirman. Nuestra naturaleza es la de un relato escrito con agua: desaparece apenas le da el sol. Todo cambio es para peor.

Epitafio

Apenas pronunció palabra. A veces asintió. Nunca negó. Tampoco obedeció. Todos recordamos su honestidad y su lealtad... consigo mismo. Sólo oyó su voz y la de sus intuiciones. Mas no fue ni soberbio ni envidioso ni arrogante. Nunca se dejó engañar. Nunca vociferó. Nunca agredió.