domingo, 4 de marzo de 2018

Letanía:



Había una vez.

Había una vez una bufanda oculta, pero no olvidada, que tenía la extraña virtud de provocar lágrimas irreprimibles.
Había una vez un muchacho que no comprendía por qué era invisible a los ojos de sus compañeras y no podía dejar de lamentarse por ello.
Había una vez un anciano octogenario que solo lograba recordar a dos muchachas felices y hermosas que alguna vez lo impresionaron hasta los huesos.
Había una vez una jovenzuela risueña que disponía como recursos más destacados y poderosos su inocencia y su timidez.
Había una vez un escritor que solo podía hacer el amor con el personaje que había ido trazando lentamente durante toda su vida y esto lo humillaba ante el altar de su propia conciencia.
Había una vez un joven obsesionado por la dulce y feroz sensación recién descubierta de acariciar por primera vez el vello púbico de su chica amada.
Había una vez un plateado pez apretado en un bolsillo por la mano inmaterial de un ángel que no era tan malvado como él mismo hubiera creído ser.
Había una vez una mujer madura que observaba cómo su amor zarpaba en un enorme barco y se alejaba irremediablemente de un muelle oxidado donde ella permanecía amarrada.
Había una vez un viejo que se disolvía en la nostalgia de una tarde de otoño caminando entre hojas secas y quebradizas.
Había una vez una madre que enloquecía de soledad.
Había una vez un pervertido que sentía cómo se excitaba progresivamente en un autobús repleto de muchachas jóvenes y se perdía en un laberinto de fantasías oscuras en que se desorientaba su voluntad.
Había una vez un joven viajero que se lamentaba acodado en la barra de un bar por haber hecho el amor mil veces con la misma mujer desconocida.
Había una vez una mujer que no sabía soportar ser feliz.
Había una vez un hombre vestido de uniforme incapaz de reconocer a la que fue el amor de su vida y una mujer absorta y sorprendida que huía de la realidad que observaba.
Había una vez un décimo de lotería que yacía en un ignoto lugar a la espera de ser descubierto.
Había una vez un anciano que recuperó la memoria y se puso a llorar.
Había una vez un niño que aprendió a convivir con la sombra monstruosa de sus impulsos que asomaba por detrás de sus hombros.
Había una vez un libro que dormía en un sótano.
Había una vez una pareja de novios que separaban sus manos, porque habían llegado a la triste conclusión racional de no seguir juntos. Ambos lloraban.
Había una vez una relación amorosa aburrida que continuaba por inercia, por razones físicas.
Había una vez una mujer que enfermaba repentinamente y que le tenía un miedo terrible y ancestral a la muerte. Había una vez también un hombre que no sabía consolarla y ésto lo destruía.
Había una vez un hombre que miraba sus manos ensangrentadas.
Había una vez una mujer hermosa, aunque no joven, que conservaba en su corazón lo mejor de un hombre que no podía recordar quién había sido y ésto la hacía feliz, porque siempre había querido susurrarle al oído de él todo lo bueno que llevaba dentro.
Había una vez un muchacho que escribía en las paredes “Soy lo que soy”.
Había una vez un atleta que corría en dirección contraria preguntándose: “¿Hacia dónde van todos?”
Había una vez una bella mujer que se maquillaba hábilmente y que se vestía con ropa muy ceñida antes de salir a pasear la noche.
Había una vez un niño con los ojos muy abiertos que agarraba con fuerzas la mano de su padre que lo llevaba al mejor espectáculo del mundo.
Había una vez un pobre imbécil que traicionaba a su mejor amigo y una mujer que le mentía diciéndole: “No te sientas culpable, amor”.
Había una vez un joven que escribía poemas de amor.
Había una vez una chica adolescente que se buscaba donde sabía que no podía encontrarse.
Había una vez un viejo reviejo que descubría en su corazón lo que nunca había sospechado hallar: odio, frustración y cobardía.
Había una vez un profesor que iba a clases nocturnas para aprender a no ser modelo para nadie.
Había una vez una mujer de ojos negros que se consolaba pensando en el paso del tiempo mientras contemplaba el Guadalquivir.
Había una vez una abuela que recordaba y lloraba por haber estado junto a su nieta donde no debió.
Había una vez una mujer que se había zambullido en piscinas de aguas sucias y gelatinosas.
Había una vez un joven que miraba cara a cara a su novia reciente.
Había una vez una jovencita de cabellos dorados que se sorprendía cada vez que pronunciaban su nombre.
Había una vez un agrimensor que pretendía comprender los tortuosos senderos de su cerebro.
Había una vez una mujer de rojo en un prado verde.
Había una vez una mujer negra que vagabundeaba por las calles mojadas y que contemplaba el cielo azul reflejado en los charcos irisados por el aceite que dejaban los coches viejos.
Había una vez un hombre que quiso vivir como los dioses y se arrepintió hasta el suicidio.
Había una vez un hombre y una mujer que olvidaron que habían recibido el mejor don de los cielos: el de existir, el de vivir en un mundo maravilloso y el de ser conscientes de ello.
Había una vez un hombre negro de cuarenta años y ningún amigo.
Había una vez un hada que delicadamente plegaba sus alas junto a un lecho caldeado por el débil sol de invierno que invadía su habitación.
Había una vez una mujer que era un tesoro, pero ella no sospechaba nada.
Había una vez una joven que era el centro del mundo y había una vez un mundo que existía solo para girar en torno a ella.
Había una vez un gitano que necesitaba cabalgar sobre un cohete dorado.
Había una vez un grupo de ocho individuos que se reunía una vez al mes para contarse historias.