sábado, 17 de diciembre de 2022

Patinaje, caos y pregunta:


Recuerdo ahora la primera vez que lo vi entrar silencioso en la pista de patinaje en que se convierte este lago en los meses más fríos del invierno, aunque no era nuevo en la región. Si le hubiera podido ver las manos aquella primera tarde o las otras que le sucedieron en los numerosos días en que acudió al lago, tal vez hubiera podido adivinar con ellas o a través de ellas o en ellas lo que iba a suceder y lo hubiera podido avisar tal vez antes de aquello, milenios antes de aquello. Pero siempre que venía lo hacía con sus manos enguantadas y con el niño detrás haciendo al principio como que patinaba, pero torciendo los pies hacia dentro como hacen los que aún no controlan ni la velocidad que alcanzan las cuchillas ni el difícil equilibrio sobre este bello lago durante los meses más fríos del invierno. En cambio él, el padre, creo, siempre tan erguido, tan firme y tan veloz, tan seguro, tan confiado, tan conocedor de sus límites y de los límites del lago, de sus senderos invisibles y de su fina capa de hielo cuando se aproxima la primavera... No obstante y para la seguridad de todos los usuarios del lago el muchacho del consistorio venía todas las mañanas y tardes a colocar las balizas que señalaban los márgenes de la pista: más allá de ellas todo se volvía incierto, quebradizo, inseguro, caótico y mortal.

No diría del hombre que patinase, más bien volaba sobre la superficie parduzca y helada del lago. A veces agarraba de la mano al niño y lo lanzaba dibujando una violenta curva y el chico se deslizaba veloz y sonriente sobre la superficie infinita, o casi, de hielo. Ahora recuerdo también las carcajadas infantiles resonando en la oquedad del valle. A veces tengo la extraña sensación de que hace años que no dejo un instante de recordarlas. Y entonces recuerdo que las recuerdo, y me atraganto y me acaloro con tantas imágenes hasta que rompo en un mar de lágrimas. Entonces logro olvidar los recuerdos por unos instantes. No todos. No puedo dejar de recordar el color verde oscuro de los ojos del hombre, como el verde oscuro del bosque del otro lado de la orilla del lago que tal vez el hombre llegara a divisar tras la niebla. Y en sus ojos la mirada orgullosa de quien se sabe poseedor de una fuerza poderosa capaz de lograr transformaciones y dichas propias o ajenas. Pero esto solo lo supe más tarde, cuando logré ver su mirada terrible.

Si le hubiese podido ver los ojos aquella primera tarde o en los días sucesivos tal vez hubiera podido adivinar o intuir en ellos o al trasluz de ellos o con ellos cómo se iba a quebrar el espacio y el tiempo de ese individuo esbelto y confiado, seguro, que verdaderamente volaba sobre la superficie del mundo con la tranquilidad y la confianza de quien se sabe capacitado para todo, conforme con todo, conocedor de todos los enigmas y los caminos en cualesquiera que fuesen las posibles encrucijadas. Pero recuerdo que entonces no pude ver sus ojos, porque siempre los traía encerrados detrás de unas oscuras gafas de esquiador. Seguros en su vitrina, sus ojos en libertad no me hubieran podido ocultar la verdad que escondían o que encerraban: la libertad eterna y sin límites, el monstruo sabio y atroz que siempre duerme dejado de la cama (sabemos todos que ahí yace, aunque nunca lo queramos admitir), la desesperación y el horror que ocultan y guardan todos los sueños, el inframundo de todos los mitos en el que nos encontramos cuando no sabemos dónde estamos o hacia dónde nos dirigimos, todo lo que no comprendemos, todo lo que no conocemos; ese lugar donde guardamos todos nuestros miedos.

También puedo recordar sus gestos, pero éstos no lograron anunciarme tampoco ningún avanzado desenlace, ningún mal augurio, salvo quizá la libertad y la seguridad de sus movimientos que no podían eludir pensar en la soberbia divina que desplegaban a su alrededor: era bello verlo deslizarse veloz por la delgada superficie del lago. A veces creo recordar que una vez casi le llegué a anunciar que la libertad es la forma en que nos seduce el caos, que no puede haber verdadera libertad sin caos, sin sorpresas, sin ausencia absoluta de preconcepciones o de impulsos necesarios, inevitables. Aquellas libertad y seguridad de movimientos anunciaban, recuerdo ahora, que aquel individuo delgado conocía perfectamente el terreno que estaba pisando o sobre el que estaba patinando. El lago debía ser un territorio conocido y mil veces explorado. Tal vez él errase y creyese que para el niño también lo era, o que agarrado de su mano, a través de su mano él podía comunicarle su conocimiento, su saber o que el niño pudiese verse recogido por el mismo magma que emanaba de su ser, con su experiencia, con su saber impregnado a pesar de sus movimientos lentos y dubitativos, a pesar de sus cuchillas en ángulo agudo sobre la línea que marcaba la superficie de hielo o de sus rodillas pegadas entre sí mientras balanceaba sus brazos adelante y atrás. Debe ser algo así como la estructura o el fundamento de la moral, la seguridad que dan el conocimiento del lugar y la jerarquía de la autoridad o del poder, el reconocimiento de todo ello por los demás, quién sabe. Cientos de millones de años no transcurren en balde. El pasado se prolonga en el presente y se extiende hacia el futuro como se extendía la delgada superficie helada, lisa y rayada del lago hacia la zona de las balizas, perfectamente marcada y delimitada, visible a más de cincuenta metros, presente en las cabezas de todos los patinadores y del hombre también, pero tal vez ausente en la del niño que, de repente, se desprendió de la mano del hombre justo en el momento en que empezó a adquirir velocidad y justo también, terrible coincidencia, en que el hombre sintió cómo su tobillo se torcía sobre la superficie del agua helada y todo su cuerpo era lanzado hacia el hielo. El plan imprevisto comenzaba a imponerse soberbio, poderoso, seguro y libre, necesario, caótico, desventurado y mortal. Recuerdo el rostro del hombre pegado a la superficie helada del lago, sus gafas de esquiador rotas sobre el frío suelo y su mirada asustada ahora, incrédula, alarmada, que se deslizaba sobre la pista de patinaje, como si esta fuera un espejo maldito, buscando la figura del niño que se deslizaba también ahora velozmente hacia la zona de balizas; recuerdo también ahora sus ojos verde oscuros como verde oscuro era el bosque a la otra orilla del lago, como verde oscuros eran los abetos espigados, como lanzas verticales prestas a entrar en combate.

Después el desenlace fue el esperado. De nuevo el orden, la seguridad de lo que debe ser y ocurrir, que se impone inexorable. El niño que se desliza hacia la zona prohibida, el niño que gira su cabeza buscando la figura y la mirada del hombre, dibujando en su rostro una sonrisa inocente, tal vez para anunciarle al hombre, con orgullo de niño, lo veloz que sabía patinar, lo bien que aplicaba las enseñanzas del hombre o del padre... Sus miradas seguían conectadas como apenas unos instantes antes estaban conectadas sus manos. Después de esa sonrisa... nada más, lo esperado, lo prometido, lo que debe ser, lo que es, lo que existe, lo que hay,... La figura del niño que desaparece engullida bajo la superficie de hielo. La primavera a veces se adelanta por estas regiones heladas. El padre que se levanta, que vuela hacia las balizas, que grita, que llora. Su cuerpo débil ahora, impotente, minúsculo, empequeñecido, sus manos torpes ahora, su silencio inexistente ahora, su mirada de hombre solo, impotente e indefenso, inútil, hueco. ¿Para qué querría manos quien no puede agarrar con ellas?

Patinaje


Había sido la última persona en entrar en la consulta del médico. Es probable que éste hubiera decidido dejarla a ella para el final, como si la demora en la visita alejara el problema de tener que contar aquello que nadie está dispuesto a decir. Pero ella había decidido no hacerle el asunto más difícil de lo que ya era. Al fin y al cabo ya sabía lo que el médico tenía que decirle: que había llegado el final, que su cuerpo se estaba corrompiendo desde dentro, que no había ninguna esperanza,...

Siempre el cuerpo, con su gravidez y con su terrible debilidad.

Había dedicado su vida al deporte y al arte sobre hielo. En el rincón más recóndito de su alma siempre había sentido que su cuerpo era el lastre que tenía que soportar y que le impedía elevarse y elevarse hacia los cielos, como su alma, como ella misma, que no era su cuerpo, hubiera querido.

Dedicaba horas y hora a patinar y a saltar y a detenerse, ella y el tiempo, en el aire, en el salto. Siempre le costó aprender a predisponer sus tobillos para recibir el golpe de la caída del peso de su cuerpo sobre ellos y sobre el hielo y sobre el suelo, como si no tuvieran necesidad de ello porque el salto era verdaderamente eterno. Ella hubiera querido detenerse en el aire y seguir subiendo, ascendiendo hacia arriba, hacia los cielos, sin mirar abajo.

El cuerpo siempre había sido el obstáculo. Y ahora, vencedor inoportuno, era el obstáculo definitivo, el que no puede rodearse ni saltarse, el que te impide seguir ascendiendo, el que te dice continua y repetidamente que no eres aire, que no eres humo, que no eres más que un amasigo de carne, de sangre, de tendones y de músculos, que no eres otra cosa diferente y etérea de esa masa que lentamente te va doblegando, deteniendo, destruyendo.

véante mis ojos, muérame yo luego.

Véante mis ojos,

muérame yo luego”.

(Teresa de Jesús)


Al alba, cuando aún los rayos del sol no habían alcanzado a sobrepasar la línea que dibuja el horizonte, el hombre de rala barba gris y blanca, de nariz puntiaguda, y de ojos oscuros y atentos, más tembloroso de lo que su edad podría hacer presuponer a cualquiera que lo mirase con la mirada escrutadora de un relatista joven, pero menos paciente de lo que su edad pronosticara a cualquiera que, inteligentemente, lo observase, tomó una decisión definitiva, como toda decisión requiere para ser tal, con arrogancia.

La tarde anterior, cuando visitara la ciudad junto a su hijo mayor para visitar a su viejo amigo el doctor Fernández, aún no tenía ni idea de lo que decidiría a la mañana siguiente. El doctor, directo, apático, insensible, experimentado, le anunció:


  • Luis, tienes un cáncer de médula. No es operable. Se ha extendido por todo el cuerpo. Por el cerebro también. Eso explica tus continuos dolores de cabeza.

  • ¿No hay nada que hacer? -preguntó.

  • No. Solo aliviar los dolores. Iremos subiendo las dosis de calmantes hasta que llegues a perder la conciencia. Después todo acabará.

  • ¡Ah! -llegó a susurrar Luis-.

  • ¿Y de cuánto tiempo dispongo hasta que ello llegue? -insistió Luis.

  • Eso depende. Tal vez de un mes, tal vez de dos. Tal vez menos. Aquí tienes unas recetas. Dispón tú de las tomas según los dolores. Pero si llegas a necesitar más de tres pastillas al día, ponte en contacto conmigo, porque habrá que ingresarte. Ten cuidado que son muy fuertes. Cuando se te acaben, ven a por más.

  • Ya, Juan -dijo Luis-. Siempre has sido tan escueto... que asustas -sonrió-.


Cuando Luis salió de la consulta, su hijo lo estaba esperando en el coche aparcado en doble fila.

  • ¿Qué tal? ¿Qué te ha dicho Juan?

  • Nada -dijo el viejo-. Todo igual. Que tengo demasiados años. Y que vuelva cuando lo necesite.

  • ¿Y de los resultados de las pruebas? ¿No te ha dicho nada?

  • No, nada. Que todo está bien -mintió el viejo-.


Después de un prolongado silencio el hombre más joven preguntó:

  • ¿Quieres tomar una cerveza en lo del Servando?

  • No, déjalo. No tengo ganas -dijo Luis-. Mejor llévame a casa. Estoy cansado y tengo pendientes aún algunas faenas.

  • ¿Algunas faenas? ¿En qué estás ahora? ¿Alguna nueva novela?

  • Sí, eso es. Tengo en la cabeza un capítulo difícil y creo que ya sé cómo puedo empezar a resolverlo.

  • Bueno, está bien. Vamos a casa.


Cuando el viejo se despidió de su hijo, cuando logró encontrar la llave de la puerta de la casa, cuando hizo girar el pestillo, cuando entró en el interior del hogar vacío no pudo evitar que sus ojos brillaran por el absceso repentino de alguna lágrima. Verdaderamente la noticia no le había sorprendido, entraba dentro de lo previsible, es más, desde hacía algunos meses llevaba sospechando que algo no iba bien: los dolores en los brazos, en los hombros, en las piernas, los dolores de cabeza,... Pero Luis acababa de comprender algo definitivo y sorprendente, acabada de descubrir que no estaba preparado para morir, que no quería morir, que no entendía por qué habría de morirse ahora, que aún tenía ganas de vivir, que la vida le había parecido absurdamente corta. Nunca antes había pensado en la muerte. Nunca antes se había preocupado por ella. Había visto morir a sus padres hacía ya muchos años, había visto morir a su mujer incluso y a no pocos amigos y conocidos. Pero jamás se había preguntado por su propia muerte. Ahora comprendía que tal vez había estado evitándola desde siempre ya por miedo ya por inconsciencia ya por sabiduría, llegó a pensar, mintiéndose. Pero ahora la idea de su muerte se había hecho ominosa, enorme, absoluta, ocupando toda su atención, adquiriendo un peso enorme, como una losa imposible de soportar, de evitar o de apartar.

Había comenzado a sospechar de su presencia la mañana de hace aproximadamente un mes en que se despertó sobresaltado por un sueño. No le pareció una pesadilla, pero cuando se incorporó en la cama su corazón galopaba, y su frente y espalda sudaban a chorros. Las sábanas estaban empapadas. En el sueño se veía a sí mismo de joven, al alba, bajando del porche de su casa de las afueras de la ciudad y sintiendo el frío y la humedad de la yerba en las plantas de sus pies descalzos. Junto a la casa había aparecido una hermosa yegua negra, fuerte y alta, sudorosa. Debía haber galopado algunos kilómetros. Estaba sola. No parecía tener dueño. No estaba marcada. Relinchaba como si le llamara o como si le advirtiese de algo. Nunca había sabido interpretar sus sueños, pensó. Realmente no solía recordar sus sueños. En los setenta años de vida no recordaba haber soñado más de tres o tal vez cuatro sueños. Pero nunca, hasta hace un mes, había soñado con caballo alguno. Desde entonces este sueño se había hecho recurrente. La yegua negra sudorosa, caminando agitada alrededor de la casa, el frío del alba, la humedad de la yerba. Se acercaba al animal con la mano extendida para tocarlo. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, cuando estaba a punto de acariciar su brillante cuello y sus crines,... se despertaba agitado y sudoroso como si él mismo fuese el caballo, como si él mismo hubiese galopado kilómetros de distancia durante la noche.

Ahora parecía todo muy claro: estos sueños eran el anuncio de la muerte que venía galopando a gran velocidad a buscarle a su casa y que finalmente lo alcanzaba sin que él pudiera ocultarse o evitarla.


La muerta es injusta”, recordó sus pensamientos de anoche cuando volvió a su casa desde la consulta de su amigo el doctor. “La muerte es injusta, porque no tiene en cuenta la singularidad de nadie. Te alcanza cuando menos lo esperas y lo deseas, dejándolo todo por concluir”, pensó.


Ni siquiera él, quien siempre había presumido de no dejar nada para mañana, había podido cerrar todos los capítulos de su vida pasada. Había sido feliz, se decía. Se había casado con una bella mujer. Había tenido con ella tres hijos, que también se habían abierto paso en sus vidas. Seis nietos. Es cierto que su esposa había fallecido diez años atrás y es cierto también que había añorado su presencia y que la había llorado durante algunas noches en que la soledad se espesaba como si fuera una niebla o bruma de las que bajan en esta parte de la región en las mañanas de los primeros días del invierno. Pero también es cierto que ya hacía años que había dejado de amarla. O al menos que cuando murió no la amaba como en otros días lejanos, cuando ambos compartían una lozanía desaparecida hacía tiempo.


Desde muy joven era ya lo que habría de ser toda su vida”, pensó: una persona capaz y jovial, una persona con un gran sentido del deber que se aplicaba con decisión y fortaleza a hacer todo aquello que debía hacer con la diligencia y el bien hacer que la tarea requiriese, sin dejar nada para otro día si esto no era necesario.

Pero en esta noche pasada había sentido cómo todas las personas que había conocido, incluidos sus hijos y nietos, incluida su mujer y todos sus amigos, habían ido pasando por su vida sin dejar huella alguna. Se sentía desgraciado. Pero no más que otros, porque en el fondo consideraba que esto era un mal muy extendido, que la soberbia es el mal de nuestro tiempo.


Toda la noche la había dedicado a tomar una decisión y a recordar algunos momentos de su vida. Pero ni el día en que conoció a su futura mujer, ni el que nació ninguno de sus hijos o nietos, ni ningún otro pudo imponerse al día en que había llegado a su nuevo destino en una villa costera del sur cuando ejercía en el cuerpo de la Policía Nacional. Su ocupación durante un mes sería escoltar a una enigmática mujer joven cercana a la realeza. Recordaba ese mes como el más feliz de su vida. Si por él hubiera sido, no habría vuelto a su rutina marital y familiar. Pero no fue por él. Ella tampoco podía dejarse arrastrar por la resbaladiza pendiente del amor escondido. Finalmente se habían separado después un mes de apasionado y loco deseo amoroso.

Después había vuelto a su casa familiar y nunca más había vuelto a saber de aquella bella y aristocrática mujer de tez blanca y cabellos negros. Pensó que ella era, verdaderamente, la única tarea que le quedaba por cumplir. Por ello, tal vez, la muerte le pareciera injusta, porque no podría despedirse de ella como él hubiera querido desde el último día que la vio. Pasó toda la noche recordando cada día pasado junto a ella hacía más de treinta años.

Él sabía de la vida de ella, porque en ocasiones aparecía en la sección de sociedad de los periódicos nacionales alguna noticia que la mencionaba o, incluso, alguna fotografía en la que aparecía junto a su marido o hijos.

Pensó por primera vez en sus más de setenta años en que si verdaderamente su vida había valido la pena era justamente por ese mes pasado en la villa del sur escoltando y acompañando a aquella elegante y fascinante mujer. Ella era, probablemente sin saberlo, la que justificaba su presencia en la tierra. Y esto no podía quedar así. Esta tarea debía completarla. Por ello decidió escribirle una carta.

Toda la noche la había pasado intentando escribirle unas palabras. Conocía su dirección y enviársela no sería ningún problema, pero temía no estar a la altura. Es decir, qué escribirle, qué contarle o indicarle. Después de treinta años y sin apenas haberla conocido, cómo podría recibir lo que tuviera a bien decirle. Empezó y rompió varias cartas antes de que, al alba, escribiera la definitiva. Cogió un sobre vacío de su escritorio, escribió el nombre y la dirección de la mujer, escribió también su nombre en el remite (éste sin dirección) y antes de cerrar el sobre introdujo una cuartilla doblada por la mitad en la que finalmente había escrito: “Gracias, amor”.

Una vez cerrado el sobre lo colocó sobre la mesa en un sitio bien visible para que quien entrase en la casa, probablemente uno de sus hijos, la pudiese ver y enviar a la destinataria. Después miró por la ventana hacia los primeros rayos del sol que comenzaban a dibujar el horizonte. Salió al porche a recibir el amanecer y lentamente fue tomándose, uno a uno, todos los calmantes que su amigo Juan le había dado la tarde anterior.

Justo antes de perder la conciencia fue invadido por una lástima enorme por todos aquellos a los que había conocido en su vida. Pensó: “Qué sencillo es morir”. Buscó el miedo a la muerte que apenas hacía unas horas ocupaba toda su atención. No lo sentía. Había desaparecido. Tal vez la muerte no era nada para quien hizo lo que debió. Sintió también alegría por el hecho de sentir lastima por todos, por su mujer y por sus hijos y nietos también, y por su amigo Juan. Por fin podría morir definitivamente en la alegría y en la lástima que se extendían más allá del horizonte de su mirada. Hizo una suave expiración, pareció roncar y no volvió a moverse. El sol comenzaba a iluminar su rostro.

Cuando su hijo llegó a la casa del padre vio cómo su cara era más hermosa que en días anteriores y tenía una expresión más feliz que cuando estaba vivo.