domingo, 28 de abril de 2019

“E” de “eternidad” (Deterioros):



No hay comportamientos sin marco de interpretación,
y lo que hay es la posibilidad de interpretaciones alternativas,
pero vinculadas con el núcleo de modo sinecoide.”1

Tras leer muy despacio este párrafo, el viejo susurró: “Se me han muerto ya tantos que no distingo vivos de muertos”. Después permaneció en silencio, contemplando el texto y más después volvió a susurrar: “veinticinco palabras en total; ciento treinta y ocho letras; letras más repetidas, la “e” y la “o”, quince veces cada una”; pocas veces la “e” vence a la “a”, solo trece “aes” -pensó-; “consonante más repetida, la “t”, ocho veces, pero distribuida solo en cuatro palabras. No sé si esto es belleza o, tal vez, heroicidad”. En casi todas las batallas -pensó- la “t” resulta la letra más heroica. “Palabra más repetida, “de”; más corta, “y”; más larga, “interpretaciones”. “Interpretaciones...”, volvió a murmurar. “Siempre y todo son 'interpretaciones'”. “La “t” está presente en los grandes héroes, en “Hamlet”, por ejemplo, o en “Quijote”. En cambio no aparece en “Aquiles”, pero sí en “Héctor”. La conducta de Héctor, aceptando un combate a muerte que sabía perdido, fue más heroica que la de Aquiles, que la de Aquiles y que la Agamenón, que la de Menelao y que la de Paris”.

El viejo consumía su tiempo devanándose los sesos con estos y otros juegos cabalísticos, contando y midiendo palabras y números, escrutando sus relaciones sobre páginas blancas. De repente se percató de que la “i” central, de las trece “íes” presentes, la tercera de “posibilidad”, terrible palabra, por su indefinición permanente, por su falta de límites, heroica en sí misma, era una “i” distinta, más grande y roja que el resto de letras. Esa “i” abrió sus alas y comenzó a volar. Una “i” volando como una mariposa con alas de ribetes carmesíes. El viejo agarró su bastón, su deforme y ajada “t” nudosa y se lanzó a la calle por primera vez después de más de tres meses de encierro en pos de esa extraña y prometedora “i” voladora.
Afortunadamente para el viejo el mágico lepidóptero no tenía prisas por llegar adonde quiera que quisiese, lo que daba tiempo a este sorprendido héroe para proseguir con la falsa caza, parar a coger aire y continuar tras su quimera. Ambos fueron atravesando calles y descampados, siete solares, tres callejones solitarios y finalmente pararon frente al portalón deteriorado de un vencido almacén de alguna abandonada fábrica de cristales rotos. La delicada mariposa de alas carmesíes posóse sobre un casi borrado cartel semidescolgado que en otro tiempo debió anunciar “Entrada”. Esto no podía ser otra cosa que una indicación. El viejo quizá entendiese que la “i” alada le decía “entra de una vez”.
El edípico viejo de tres piernas abrió el portalón del almacén y se adentró en un oscuro, polvoriento y húmedo espacio de más de cien metros de largo y de al menos cincuenta de ancho y veinticinco de alto. El suelo era de tierra y en el perímetro interior filas de estanterías repletas de cajitas enumeradas que, pudo observar, contenían objetos deteriorados de todas clases y tamaños: arandelas oxidadas, tuercas pasadas, tornillos, clavos y tachuelas doblados, agujas de todos los tamaños y formas con las puntas rotas, anzuelos quebrados, arpones corroídos por la humedad, correajes y cuerdas deshilachadas, ruedas de engranajes melladas,... El viejo fue recorriendo lentamente las estanterías y los códigos anotados en cada caja. No lograba encontrar ninguna lógica o coherencia a tales signos: los sumaba, los dividía, los multiplicaba,... nada. Cada código parecía independiente del resto y del contenido de la caja a la que pertenecía. Desesperado y cansado se sentó en un viejo sillón inglés de madera que se encontraba en el centro del almacén. Con las piernas temblorosas, con los ojos enrojecidos, con la boca seca y con la mano izquierda sobre la “t” rota del bastón permaneció en silencio contemplando desde su centro a la “i” voladora girando en círculos concéntricos en torno a su cabeza. Un rayo de sol se colaba por una de las ventanas superiores y permitía ver al viejo el vuelo tembloroso y previsible del lepidóptero carmesí. La derrota inflamaba y desesperaba la voluntad del ajado soñador.

Aunque el viejo siempre había dispuesto de una gran memoria, el hecho insospechado fue que nunca pudo recordar el camino de vuelta a su casa y a su habitación abarrotada de libros descosidos y medio rotos desparramados por la mesa, por la cama y por el suelo. Pero lo cierto fue que a la mañana siguiente, cuando el sol ya comenzaba a destacarse sobre el horizonte, el viejo estaba de nuevo decidido a emprender la vuelta al almacén para descifrar aquellos códigos secretos, que, sin duda ninguna, debían esconder una verdad oculta y fundamental, ya fuese por primitiva o simple, ya fuese por lejana, compleja o difícil.

Tanto andar y tanto pensar... para nada. Derrota tras derrota. Siete veces, siete días, siete volvió el viejo al almacén acompañado de su inseparable mariposa carmesí. Y siete fueron sus decepciones, siete empresas truncadas, siete caídas desesperadas.

En la última de estas visitas y estando apunto de abandonar el almacén el viejo pudo observar en un rincón, el que daba al oeste, una pequeña portezuela de hierro y sobre ella un extraño aparato de unos veinte centímetros de largo, diez de ancho y cinco de alto. Con mucha dificultad logró retirar algunas estanterías que le impedían llegar hasta el picaporte de la puerta. En el momento en que intentó inútilmente abrirla, el aparato rectangular comenzó a emitir un leve zumbido. Tal vez alguna corriente eléctrica se había conectado cuando intentara girar el picaporte. El paralelepípedo se encendió iluminando un abecedario acompañado de diez números y una pregunta: “¿Qué es necesario para ganar una última batalla?” El viejo se apresuró a escribir una respuesta rápida: “una espada”. Nada ocurría: desaparecía la respuesta escrita y permanecía iluminado el abecedario. “Un cañón”, “una bala”, “una ametralladora”, escribía. Nada, nada, nada. Recurrió después a sus extraordinarias cábalas: una “t”, “dos tes”, “cinco jotas”, “veinte aes”, “una 'i' voladora”, “una posibilidad”, “una tortura”, “siete interpretaciones”. Nada, nada, nada. Finalmente escribió con dedos doblados y temblorosos: “Darla”. Para ganar cualquier batalla lo primero que hay que hacer es darla, aunque sea la última. El paralelepípedo se apagó, un engranaje tras la férrea puerta comenzó a moverse hasta oírse claramente un “clic” en el interior. El viejo, con miedo, giró el picaporte y el pestillo interior cedió vigorosamente. Entonces pudo abrir la portezuela y pasar al otro lado, al lado de más allá.

Cuando el viejo traspasó el umbral de la puerta penetró en un lugar imposible, en un no lugar o en un no tiempo. La habitación tenía las mismas dimensiones que el almacén del otro lado: más de cien metros de largo y al menos cincuenta de ancho y veinticinco de alto. Realmente -¡qué paradoja!- era el mismo almacén anterior, pero como si estuviera reflejándose en un espejo, solo que ahora no había estanterías colgadas de las paredes, sino pinturas, cuadros, cada uno de ellos enumerado, clasificado, seguramente eran fechas los códigos anteriormente no identificados, fechas pasadas, remotas, y fechas futuras, cuadros aún inexistentes, aún no pintados, que colgaban en las paredes de esa imposible habitación. “Tal vez 'imposibilidad' sea aun más terrible que 'posibilidad'”, pensó el viejo. La habitación no tenía sentido, no podía existir. Desde fuera el almacén ocupaba una isla en medio de un solar, no tenía más almacenes anexos. ¿Cómo era posible, entonces, su existencia? Pero dentro del mismo todo cobraba una coherencia preclara y evidente.

Pudo ver su cuerpo reflejado en un espejo rectangular en un rincón de la habitación mágica. El reflejo le mostraba su rostro, eso era indudable, pero su rostro de más de cincuenta años atrás, su rostro juvenil, su cuerpo recto, elegante, con traje gris y corbata, sin su bastón, innecesario ya. Estuvo minutos contemplándose frente al espejo en silencio. Probablemente entonces su mente no lograra articular ningún pensamiento, era una mera receptora de impresiones. Notó que el dolor de las rodillas y de los dedos habían desaparecido. Se miró las manos. Eran sus manos, pero las que fueran cincuenta años atrás. Eran manos juveniles. Después ya no pudo recordar más. Nunca pudo recordar el camino de vuelta a su casa y a su habitación. Solo días después pudo reconocer que había dormido profundamente.

Antes de amanecer se despertó sobresaltado. No lograba discernir si lo que creía haber vivido en esa extraña habitación no habría sido sino un sueño, un sueño de anciano vencido, delicado y picajoso. Con mucha dificultad logró levantarse de la cama, lavarse la cara y mirarse al espejo. Este espejo de su habitación de ahora le devolvía una imagen conocida, un rostro arrugado, unos párpados caídos, unos labios menguados, unos ojos rojos y una barbilla temblorosa. Decidió volver al almacén con toda la celeridad que pudiese. Agarró su bastón y emprendió su marcha o su huida, tal vez. La mariposa carmesí comenzó a guiar su camino nada más logró salir a la calle.

Una vez frente a la portezuela volvió a encontrarse con el paralelepípedo apagado sobre la misma. Giró el picaporte y aquél se iluminó. El enigma ahora era otro: “¿Qué es la imagen móvil de la eternidad?” El viejo no tuvo que pensar mucho. Pulsando teclaa tecla sobre el abecedario escribió: “El tiempo”. Escuchó el mecanismo interior y el clic posterior. Giró de nuevo el picaporte y la portezuela se abrió. La habitación volvió a aparecer desde lo imposible. Las pinturas viejas, recientes y futuras, perfectamente codificadas aparecieron cubriendo todas las paredes. Después pudo observar que pasados unos minutos todas iban renovándose, unas sustituían a otras. El espejo seguía allí reflejando su cuerpo joven. Estuvo horas o segundos o semanas, nunca se supo, observando el movimiento de las pinturas. Algunas, las menos, eran pinturas, las más, eran fotografías y películas, que mostraban hechos ocurridos en diferentes momentos de la historia pasada y futura. Al viejo le interesaba poco el futuro, prefería concentrarse, regodearse en el pasado, siempre había sido un nostálgico y melancólico sentimental. Más tarde o más temprano, dado que el tiempo no existía en el interior de aquel imposible almacén, observó un tabernáculo en el centro geométrico de aquel paralelepípedo mágico. Estaba bordeado por cuatro columnas y en el interior de estas columnas una máquina de hierro, una maquinaria más bien, parecida a las que pudieran haberse construido a finales del siglo XIX, con muchas piezas de hierro engranadas, con tuercas, con tornillos, con arandelas, con palancas, todas herrumbrosas. Dos placas de cristal destacaban en el frontal de la maquinaria. El viejo ahora joven se colocó frente a ellas, avanzó sus manos y colocó las palmas en el centro de sendos cristales.
La máquina comenzó a funcionar: un zumbido in crescendo delataba alguna corriente eléctrica que se conectaba a un rotor. Varios pistones silbaron liberando gases y humos, muchas ruedas comenzaron a girar ganando más y más velocidad, el almacén entero pareció comenzar a girar y a flotar en el espacio. El zumbido, después de alcanzar una altura insoportable para los oídos, cesó de golpe; el almacén pareció seguir flotando pero ya no giraba o eso debió creer el viejo ahora joven. Los códigos de las paredes se transformaron en fechas y los cuadros junto a ellas comenzaron a mostrar imágenes correspondientes a esas fechas. Pudo verse a sí mismo en el momento de su boda, pudo ver y oír a su joven esposa que lo miraba a los ojos y le decía: “Te quiero, cariño”. Pudo ver a su padre llegando a la casa familiar después del trabajo cargado con una bolsa de papel en la que portaba unos lápices y unos cuadernos nuevos. Recordaba esos cuadernos y lápices desde hacía tantos años... y ahora estaban ahí, podía verlos y tocarlos, no solo eran imágenes. Pudo ver y oler a su madre que le calmaba unas fiebres con paños fríos en su frente. Pudo notar la humedad de los paños, pudo sentir la suavidad de la mano de su madre en su frente, pudo oír su voz una vez más preguntándole: “¿te encuentras mejor?”. Pudo abrazar a su madre joven cuando él tenía apenas siete años. Pudo ver también a su hijo enfermo tumbado en la cama y a su esposa agarrándole una mano. Pudo abrazar a ambos y sentir cómo ambos lo abrazaban a él. Pudo hacer el amor con su esposa una vez más y susurrarle quedamente que nunca tendrá la oportunidad de decirle todas las veces que lo hubiera sentido todo lo que la amaba.

Cuando diez días después de muerto encontraron el cadáver del viejo acostado en su lecho todos los que lo vieron reconocieron que en su rostro había quedado grabada una leve sonrisa. Cuando levantaron el cuerpo para depositarlo en una camilla de la mano del viejo cayó un lapicillo y un papel enrollado con unas letras escritas. Cuando alguien cogió el papel entre sus dedos pudo leer: “'El tiempo no existe'. Cuatro palabras, siete sílabas, dieciséis letras, ocho vocales y ocho consonantes. Vocal más repetida la “e”, cuatro veces. Victoria absoluta sobre la “a”, cero veces. Consonante más repetida la “t”, dos veces”.


1Gustavo Bueno: El mito de la cultura.

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