Miguel Espinosa Lugones
tiene exactamente 45 años y quince días. Los cumplió el pasado mes
de enero y lo celebró con su novia Juana Contreras Vilagrán cenando
en un velador de la Plaza del Museo. Él tiene una piel tan blanca
que parece transparente. Sus venas se muestran al exterior como si
fueran las cañerías de un solar en construcción. En cambio, la
piel de ella es oscura, como sus ojos.
Hace siete días Miguel
decidió regalarle a su novia Juana un sencillo reloj de pulsera para
recordarle su amor la semana próxima, en el día de los enamorados.
No tardó mucho en seleccionarlo en la relojería. Nada más entrar
en ella, se dirigió atraído, seducido, imantado a un estante, y
rápidamente se dijo “Éste es el que quiero para mi Juanita”.
Era un reloj no muy pequeño, casi más adecuado para un hombre, con
tres agujas (una para marcar las horas, otra para los minutos y otra
para los segundos), números romanos y un pequeño cuadradito, en el
lugar donde debían ir los tres palotes, en el que se mostraba el día
del mes en color rojo. La dependiente alabó su elección: era muy
buen reloj, además de bonito y no demasiado caro. Cuando fue a
envolverlo y mientras decía que a su prometida le encantaría el
regalo, Miguel le dijo:
Sacando una cuartilla del
bolsillo interno de su chaqueta y un pequeñito lápiz, Miguel se
apoyó en el mostrador para escribir: “Este reloj no mide nada,
porque el tiempo, amor mío, no existe más que cuando estamos
separados”. Justo en el momento en que iba a escribir la frase,
Miguel sintió un pequeño mareo, un vahído, un repentino vértigo.
Cuando dobló el papel que contenía la nota, ni Miguel pudo recordar
lo que había escrito en él.
La dependiente lo
introdujo en la cajita del reloj, lo envolvió con mucho cuidado y
fue a despedir a Miguel, cuando éste le dijo:
Disculpe, pero la
semana próxima no estaré en Sevilla. ¿Podrían enviarlo ustedes a
la dirección que les dé?
Claro —respondió
la dependiente—. No hay ningún problema. Dígame el nombre y la
dirección de la destinataria.
Miguel se los dio
muy despacio para que ésta no se confundiese: el regalo va dirigido
a Doña Juana Contreras Vilagrán, que reside en la calle
Lentejuelas, número 25, del barrio de tal y tal, con código postal
4-1-0-... Asimismo, también muy despacio, Miguel le dijo a la
dependiente su propio nombre y apellidos. En esta ocasión sin la
dirección.
Ya los tengo
anotados Don Miguel. La semana que viene, el día 14 de febrero la
señora Contreras recibirá en su domicilio este precioso regalo.
Vaya usted con Dios.
Miguel salió de la
relojería ufano y predispuesto a enfrentarse a todo lo que viniera
de lo contento que estaba por haber dado con el regalo perfecto para
sellar su amor con su amada Juanita.
Pero nada más poner un
pie en la acera comenzaron las adversidades para Miguel. Primero fue
un gato que gruñó largamente a sus pies saltando entre sus piernas.
Después, unos metros más allá, se le cruzó un obrero de
telefónica que portaba una larga escalera sobre su hombro derecho y,
girando sobre sí mismo, golpeó con la misma en las narices de
Miguel. Y, finalmente, se encontró con una bella mujer que se le
quedó mirando fijamente como si creyera reconocerlo.
Miguel —gritó—.
Pero qué es de tu vida, muchacho —dijo mientras abrazaba con sus
delicadas manos enguantadas el cuello larguirucho de Miguel—.
Cuéntame. Dónde has estado estos años. ¿Acaso ya no vives en
Sevilla?
Perdone, señorita.
Creo que usted ha debido confundirse. Me llamo Miguel, pero yo a
usted no creo conocerla —aclaró apartando los brazos de la bella
joven de su cuello—.
Pero Miguel, ¿de
verdad no te acuerdas de mí? Soy Lucía, tu amiga Lucía, la de los
ojos de gata, como tú decías.
¿Lucía? No conozco
ni he conocido a ninguna Lucía. Discúlpeme señorita, pero tengo
mucha prisa y debo marcharme —respondió Miguel tratando de cortar
con estas palabras esta escena más cómica que trágica.
Lucía, ángel o demonio,
lejos de apartarse, abrazóse de nuevo a Miguel atrayéndolo hacia sí
mientras le tarareaba una canción que —decía— ambos habían
compartido en otros días.
En ese justo instante
aparecía por la calle la silenciosa Juanita y así pudo contemplar
cómo una bella y atrevida mujer abrazaba a su novio Miguelito
mientras le cantaba una tonadilla y cómo el bueno de Miguelito, tan
bueno como pazguato, ni se lo impedía ni nada le reprochaba.
Rápidamente giró sobre sí misma y volvió por donde había entrado
en la calle. Juanita no pudo ver cómo Miguel se desprendía
delicadamente del abrazo y con seriedad reprendía a la tal Lucía
marchándose rápidamente del lugar.
Más tarde, cuando el sol
comenzaba a ponerse, Miguel se dirigió a casa de su amada Juanita
para verla, besarla y despedirse de ella, pues al día siguiente se
marcharía a Barcelona por un par de semanas. En el portal de su casa
no se encontraba Juanita, sino una tata vieja que esta tenía alojada
en la casa de sus padres, quien se acercó a Miguel y sin mediar más
que una frase le entregó un sobre: “La señorita Juanita me ha
pedido que le entregue esta nota”. Marchóse la vieja sin más
explicaciones.
Miguel, sorprendido,
atolondrado siempre, abrió lo más rápido que pudo el sobre y en la
nota se contenían las siguientes palabras:
“Mis ojos han podido
comprobar que no es usted quien yo había creído e imaginado. Mi
familia, mi carácter y mi formación no pueden aprobar su actitud
mostrada esta tarde en plena calle y a ojos de todos con esa señorita
de lindos ropajes y de elocuentes gestos. Dé usted por terminada
nuestra relación. Espero que en el futuro resérvese usted sus ganas
de hablar conmigo, pues nada tiene usted que decirme o proponerme ni
yo que escucharle. Adiós”.
Miguel, sin comprender
nada, arrugó la nota y el sobre en su mano, y lo arrojó en una
papelera próxima. Esa noche no tenía nada más que hacer. Mañana
partía hacia Barcelona y no volvería a Sevilla hasta dentro de un
par de semanas. Esperaba poder hablar con Juanita, que le explicase o
que le explicase él, y que todo volviese a su ser de dónde no debía
haber salido nada.
Como estaba previsto, al
día siguiente Miguel salió rumbo a Barcelona en el tren que todos
en Sevilla conocían como El Catalán.
Nada más llegar a
Barcelona y después de acudir a la empresa con la que tenía que
resolver algunas cuestiones de negocios de compra-venta, preocupado
por lo que pudiera decirle a Juanita cuando la volviese a ver o por
lo que pudiera contarle ella, Miguel comprendió que dos semanas
serían pocas para sacar adelante el trabajo que tenía planificado.
Lo más probable es que su estancia en tan bella ciudad catalana se
prolongase a no menos de un mes. “Mucho tiempo, pensó Miguel, para
estar sin saber nada de Juanita ni que Juanita supiese nada de mí”,
y más con la despedida que no tuvieron entrambos.
Mientras tanto, Juanita
permaneció en Sevilla. Ajena a los asuntos laborales de su exnovio
creía que en diez días, tal vez doce, Miguel volvería a Sevilla a
arrojarse a sus brazos pidiendo clemencia y perdón. Pero tal vez la
inseguridad o los chismorreos compartidos con sus amigas o los celos
siempre acechantes y enojosos fuéronla calentando, enfadando,
incluso irritando y cegando. Sobre todo la primera semana, siguiente
a la tarde del gruñido del gato, que ella no pudo ver, a la escena
de la escalera con el técnico de la telefónica, que tampoco pudo
ver, y sobre todo a la de aquella señoritinga desprendida y atrevida
que se abrazó al pescuezo del donjuanesco de Miguel. ¡Quién lo
hubiera dicho! Tal era su irritación, su enfermedad, podríamos
escribir, en esos primeros días que Juanita estaba fuera de sí y
completamente decidida a cumplir con su decisión de no volver a
saber nada de Miguel. Más cuanto que este mismo día era ya 14 de
febrero y todas sus amigas tenían previsto compartir su tarde con
sus respectivos novios declarándose unos amores eternos que
probablemente, ellas sabían, serían más breves de lo que ellas
hubieran declarado incluso ante sí mismas. A media mañana, cuando,
malhumorada, rumiaba toda clase de ideas, a cual más insensata, para
acabar con la felicidad de su exnovio o para hacer que sufriera de
dolor como ella misma creía que estaba sufriendo a causa de él,
escuchó los golpes de la aldaba en la puerta de la casa. ¿Quién
será a estas horas? —se preguntó Juanita—.
Buenos días, ¿qué
desea usted? —preguntó la joven enfadada al muchacho que se
encontraba en la puerta de la calle—.
Buenos días,
señorita. ¿Está en la casa doña Juana Contreras Vilagrán? Le
traigo un paquete.
Sí, soy yo —dijo
Juanita, cambiando el rictus de su rostro que de pronto se volvió
alegre y risueño—. Yo soy Juana Contreras.
Le traigo, doña
Juana, un paquete de nuestra tienda de la calle Sierpes. Por favor,
fírmeme usted aquí —le propuso alargándole un lápiz de
carboncillo—.
Juana firmó, le dio unas
monedas al mozo y entró en el interior de su casa contenta y con el
paquete en sus manos. ¿Qué será? ¿Y de parte de quién?
En principio, Juanita no
sospechaba nada y por ello sonreía. Parecía incluso que se había
olvidado del seductor descarado de Miguelito. Pero no le duró mucho
su alegría, porque pronto giró el paquete y pudo leer el nombre de
Miguel Espinosa Lugones. ¿Qué se habría creído el miserable de
Miguel queriéndose hacerse perdonar con un regalito por el día de
los enamorados? Con descarado disgusto arrojó el paquete, sin
abrirlo siquiera, sin saber qué contenía, sobre uno de los
tresillos del salón de la casa. Y con este gesto se marchó a su
habitación a lamentarse de su mala suerte con los hombres y con la
vida en general.
Al día siguiente
Juanita, quien no quería nada saber de Miguelito, no se acordaba del
paquete arrojado en el tresillo y, por ello, no sabemos que volviese
a preguntar por él en ningún otro momento.
Lo que ocurrió fue que
la tata vieja lo encontró mientras arreglaba las telas que cubrían
los delicados cojines. Sin darle mucha importancia y como quien no
quiere la cosa, lo guardó en el bolsillo delantero de su bata, donde
pasó el paquete todo el resto del día, ignorado.
Mas por la noche, cuando
la tata iba a desprenderse de la bata para irse a dormir, se tocó el
bolsillo, notó el bulto y se acordó del mismo. Su primera intención
fue la de ir corriendo a llevárselo a la dueña de la casa, la madre
de Juanita, Juana también como su única hija, pero, después se lo
pensó y decidió esperar al día siguiente y ver si alguien en la
casa lo echaba de menos.
Como ella misma suponía,
nadie al día siguiente mostró ninguna preocupación por el paquete
olvidado sobre los cojines del tresillo y la vieja tata decidió que
si nadie se interesaba por él ni lo echaba de menos, entonces no
parecería mal a nadie, y menos que a nadie a ella misma, que se lo
quedara. Esto hizo: lo escondió en su habitación y esperó a que
poco a poco fuese llegando la noche.
Una vez en su habitación
y escondida por el silencio y la oscuridad del exterior, la viaja
tata, abrió la cómoda y sacó del cajón el paquete. Con mucho
cuidado, como si de una reliquia se tratara, desató los lazos y
abrió el papel que lo cubría. La cajita no mentía: "Relojería
vieja, Calle Sierpes". — ¡Oh! —se dijo la vieja—. Pero
esto qué será —se dijo abriendo la cajita azul—. ¡Un reloj!
¡Precioso! Pero ¡qué delicado es! Se lo voy a regalar a mi sobrino
Jaime. El pobre, está tan esclavo... Siempre trabajando y con tan
mala suerte. Le gustará que su tita le regale algo bonito. Creo que
a él le gustará mucho.
Al día siguiente la
vieja tata se dirigió muy de mañana a la panadería en la que
trabajaba su sobrino Jaime y encontrándolo ajetreado terminando de
colocar los panes en las entanterías de la panedería, le dijo:
Hola, Jaime.
Hola, tita. Pero
¿qué haces tú por aquí y a estas horas? ¿Adónde vas?
Venía a buscarte.
Mira, Jaimito. Como yo te quiero mucho y nunca tengo posibles para
ayudarte en nada, he querido regalarte algo —le dijo sacando el
paquete y entregándoselo a Jaime.
Pero tita. Tú no
tienes que regalarme nada, dijo cogiendo el paquete y guardándoselo
en el bolsillo externo de la chaqueta.
Luego lo abro, que
tengo las manos llenas de harina —siguió diciendo volviéndose a
las estanterías.
Es un reloj —le
dijo la tía—. Es muy fino y delicado. Estarás muy guapo con él.
Pero Jaime ya volvía a
su trabajo y no pudo oír las últimas palabras de su tía.
Jaime era un joven alto y
fuerte. De buena planta solía decir su tía. Pero también era
lanzado y nada tímido. Algunos hubieran dicho de él que era más
bien temerario, holgazán y tunante. Por la noche gustaba de ir a la
taberna a beberse unos vasos y a jugarse algunas monedas a las
cartas.
Esa misma noche estaba
Jaime jugando en la taberna y lanzando bravuconadas mientras perdía
a las cartas como solía ocurrir cada noche. Una mano prometedora le
susurró al oído que esa era su oportunidad de ganar la partida de
su vida, reunió todo su dinero en el centro de la mesa de juego
añadiendo el paquete que le había dado su tía por la mañana.
Jaime diría después que la reina de picas le guiñó un ojo justo
antes de elevar su apuesta, pero a esto nadie le hizo caso y todos
pensaron, tal vez, que lo habría leído no se sabe dónde o soñado
después de varias copas de manzanilla.
Jaime perdió el paquete,
que fue a parar a un comerciante de jabones y perfumes catalán que
esos días marchaba por Sevilla para ver de colocar sus productos y
afeites.
Buena noche que tuvo el
forastero quien marchose a la habitación del hostal que ocupaba
contento y con las manos fuera de los bolsillo a pesar del frío que
caía esa noche. Al día siguiente volvería a su tierra después de
unos días de buena venta, con dinero en la cartera y las manos
libres, y con un paquetito misterioso que podría regalarle a su hijo
mayor, el que debía heredar su puesto en la compañía jabonera.
Este hijo del comercial
no pasaba por buenos momentos en su vida. Adolescente tardío,
preocupado más por sus relaciones amistosas y amorosas que por las
académicas y familiares, desencantado ya tan joven, melancólico,
abúlico, displicente, desdeñoso, apático a ratos, entregado
apasionadamente alguna vez, no puso su atención en el paquete que le
dejó su padre en la estantería del salón de su casa. Y en ese
lugar se quedó durante varios días sin que nadie le prestara la más
mínima atención.
Mientras todo esto venía
ocurriendo, Miguel, Miguelito seguía muy ocupado trabajando en
Barcelona y sin saber nada de su amada Juanita. ¿Habría recibido el
regalo? ¿Le habría gustado? Y sobre todo, ¿lo habría perdonado?
Juanita lo había dejado claro: no quería saber nada de él. Él
estaba deseando poder bajar a Sevilla, volver a verla y poder
hablarle. Necesitaba ser perdonado, aunque no sabía de qué o por
qué.
Una tarde, mientras
paseaba por una de las veredas de los Jardines del Mirador le pareció
ver a un joven algo atolondrado que se acercaba, él diría más
tarde que mareado, a los bordes de un estanque.
El muchacho parecía algo
mareado y Miguel agarrándolo por la cintura logró acercarlo a un
banco próximo y entabló conversación con él. Ambos se
reconocieron de pronto como almas gemelas y hicieron una buena
amistad que más parecía de toda la vida y no de varias horas que
son las que llegaron a pasar aquella tarde.
Después de largo rato de
conversación variada y de penas compartidas ambos se separaron, uno
en una dirección opuesta a la del otro no sin antes citarse para el
día siguiente. El joven adolescente, Antonio se llamaba, le indicó
a Miguel su dirección en el barrio de Gràcia porque, decía, quería
que Miguel conociera a sus padres.
Al día siguiente llovía
con fuerzas cuando Miguel se presentó en la dirección indicada, fue
recibido por su nuevo amigo y sus padres, quienes estaban muy
agradecidos a Miguel por haber evitado su caída al estanque y por
haber causado tan buena impresión en su hijo, que se mostraba alegre
como hacía tiempo que no se lo veía. Pasaron los cuatro una tarde
muy amena y agradable en la que además de dar cuenta de varios
neules y un par de panellets charlaron, rieron, jugaron al cinquillo
y fueron a despedirse cuando Miguel se fijó en la estantería del
salón donde pudo observar el paquete que el padre de su nuevo amigo
había dejado a su vuelta de su viaje de negocios.
Pero... ¡Qué
casualidad! Hace unas tres semanas dejé en una relojería de
Sevilla un paquete similar a ese de ahí —dijo señalándolo—.
Quería que le llegase a mi novia Juanita en el día de los
enamorados. No puede ser el mismo.
¡Ábrelo! —dijo
el padre de su amigo. Y, cogiéndolo con dos dedos, se lo alargó
para que Miguel lo cogiera—.
No. No tiene sentido
—susurró Miguel—. No puede ser el mismo regado que le hice a mi
Juanita. Debe ser una coincidencia extraña.
¡Ábrelo, Miguel!
—repitió su nuevo amigo adolescente, ahora impetuoso—. O mejor
—siguió diciendo observando la cara apesadumbrada repentinamente
de su amigo— llévatelo a tu hotel como un relago nuestro y lo
abres a solas.
Y eso hizo Miguel. Cogió
el paquete y, guardándoselo en el bolsillo de su chaqueta, salió de
la casa y se dirigió de prisas a la habitación de su hotel.
Una vez en ella, con
parsimonia, curiosidad y algo de temor, sacó el paquete del
bolsillo, lo depositó en la mesa y lo fue abriendo muy despacio.
Efectivamente parecía la misma cajita azul que había visto envolver
en Sevilla, pero no podía ser. Cuando abrió la caja, antes incluso
de percatarse del reloj, vio saltar una nota en una cuartilla blanca.
Cuando la desdobló pudo leer lo que, con una letra idéntica a la
suya, alguien había escrito: “Dáselo, tú. El regalo dáselo tú
en mano”.