viernes, 16 de enero de 2026

El sueño:

 

Unas noches antes había creído soñar con el patio de la casa de sus abuelos.


De niño solía pasar unos días del verano en el pueblo de sus abuelos maternos. La casa familiar era grande, aunque no amplia. Quiero decir que las habitaciones no eran amplias, aunque la casa tenía más dependencias que el piso de Sevilla donde vivíamos mis padres y mis hermanos. Recuerdo que eran cuatro habitaciones, cinco si cuento el desván, un baño, una cocina, esta sí, amplia, un salón, una salita pequeña y, en la parte de atrás, un patio. Al fondo del patio, a la izquierda de donde empezaba el huerto, una cancela de hierro daba a la calle de atrás.

Creo que esta casa tenía orientación este, porque recuerdo que el sol durante el verano daba en el patio desde el amanecer hasta el medio día.

Yo solía pasar los días de aquellos veranos jugando solo, porque mis hermanos más pequeños solían permanecer en Sevilla, o leyendo en este patio buscando la sombra de la única higuera que dominaba el huerto desde un rincón del muro de piedra. Era agradable este patio, y así lo sentía en el sueño, y con lugares diversos para esconderse, correr o subirse a la higuera. También había un limonero joven y el pequeño huerto. Pero éste, el huerto, era lugar prohibido. El abuelo lo cuidaba con dedicación y esmero, y a él solo podía accederse para sembrar, limpiar o recolectar. Ahora, en el sueño, creo que era el recinto más sagrado de la casa.

Yo jugaba en el patio a los soldados, a las bolas, al trompo, a las carreras de chapas,... A veces, la abuela me dejaba regar el huerto, pocas, porque creo que ella también lo creía entonces un recinto sagrado o, tal vez, sea que le gustase, como a mí, regarlo.

Por las tardes era aún mejor que por las mañanas, porque, cuando la sombra lo cubría todo, el abuelo sacaba de la cocina una mesa pequeña, unas sillas y se ponía a hacer solitarios con las cartas. La abuela se ponía a coser o a remendar o a lo que fuera y yo solía ponerme a leer. En ese patio he leído mis novelas favoritas, páginas memorables de El Conde de Montecristo, de Guerra y Paz, de Trafalgar, de El jorobado de Notre Dame, de La dama del perrito,...

Una de las ventanas de la cocina y la ventana del baño daban al patio. A veces entraba en la casa y me asomaba a la ventana de la cocina y les ofrecía a mis abuelos, que se encontraban fuera, lo que en ese momento hubiera a mano, como si fuera un vendedor recién llegado al pueblo. “Señora, Señor, ¿quiere usted una manzana? ¡Mire qué manzanas tengo! ¡Y estas nectarinas! ¡O estos melocotones! ¿No los quiere usted Señor, Señora? Se los dejo baratitos” —les decía desde el interior, asomando medio cuerpo al patio—. Ellos solían responder con una sonrisa y poco más.


De aquellos días recordados, o soñados, en la casa del pueblo han pasado no menos de sesenta años. Ya no existen ni los abuelos, ni la casa, ni la cocina, ni la cancela, ni la calle de atrás,...


Mientras le contaba estos recuerdos, mi hijo Eduardo se hallaba acostado en la habitación de un hospital. El ingresado era él. Pero no era nada grave, al parecer. Había sufrido un ataque de apendicitis, había llegado a tiempo al hospital para ser operado y la cirugía había ido bien. Eduardo, desde niño, había sido siempre un chiquillo y un muchacho generoso, muy alegre, dispuesto a correr todas las aventuras propuestas, a veces demasiadas y no exentas de peligro, y ahora, creía, estaba atravesando una etapa, según decía y reflejaba, espléndida en su vida: hacía tres años había conocido a Luisa, su novia, ahora esposa, y estaban esperando un hijo para dentro de cinco meses.


Quien no andaba muy bien era yo, que llevaba soportando desde hacía semanas un fuerte dolor en los hombros y que me encontraba siempre muy cansado. Los años, me decía. No había llegado a ir al médico para que me prescribiera algunas pruebas, pero yo intuía que esto no debía ser nada leve. Siempre me ha costado enfrentarme cara a cara con los problemas, pensaba, y, con los años, esta manía o costumbre o, no sé como llamarla, se había ido mostrando con todo su rigor.

Tampoco les había dicho nada de ello ni a Eduardo ni a Luisa, aunque algo debían sospechar porque me habían oído quejarme alguna vez, cuando tenía que hacer un esfuerzo, por un pinchazo agudo en uno de los brazos y porque yo notaba cómo, especialmente Eduardo, intentaba que no hiciera grandes esfuerzos.


Quizá fuera todo este carrusel de emociones lo que se situaba en el fondo del sueño que quise contarle a Eduardo, no porque quisiera contárselo a él, sino porque quería contármelo a mí mismo, como una forma de recapitulación o de confesión, quizá.

Así fue cómo empecé a decirle a Eduardo que había soñado que volvía al pueblo de los abuelos, de sus bisabuelos, le aclaré mientras él dejaba el móvil sobre la cama y se disponía a escucharme.


No estoy seguro, Eduardo, de que fuera la calle de atrás de la casa del pueblo, pero tenía que serlo, porque lo que tengo muy claro en mi memoria era la cancela de la parte de atrás del huerto. Me iba acercando a ella. Estaba amaneciendo, creo. Llevaba las manos estiradas hacia adelante, como si fuese un ciego. La cancela parecía cerrada, pero nada más tocarla se abrió haciendo gritar las herrumbrosas bisagras. Pude acceder al patio. Sabía que era el patio de los abuelos, pero verdaderamente no lo parecía. Más bien era un selva. Las yerbas lo invadían todo. Habían desaparecido los senderos, el huerto,... Al fondo se veían las ventanas, la de la cocina a la izquierda y la del baño a la derecha. Pero la casa estaba en ruinas. Las paredes, que habían sido blancas, estaban desconchadas. Con dificultad fui recorriendo todo el amplio patio. Recuerdo que me arañaba las manos y los brazos con las ramas secas. Pisaba con cuidado, despacio. Una vez llegado al fondo, pude aproximarme a la ventana del baño. Estaba cerrada por dentro. Los marcos de las ventanas estaban podridos. Intenté forzarla, porque, en el sueño, deseaba entrar en la casa, en el recinto, ahora más sagrado que siempre lo fuera el huerto, ya desaparecido. No pude abrirla y esto me produjo, recuerdo, una enorme desazón y un gran pesar. Creo que me puse a llorar, como cuando de muchacho, lloraba en ese mismo patio leyendo La boticaria, de Chejov, recordé o soñé. Después me fui a la otra ventana, a la de la cocina. Como la anterior, estaba cerrada por dentro. Nuevamente mis ojos y mi garganta se anegaron de congoja, igual que cuando leí allí mismo la muerte de Andrei Bolkonski. Más angustiado y con prisas, que desesperado, me fui a la puerta del centro. Era de hierro. Estaba decidido a forzarla, pero no hizo falta. Igual que la cancela de la calle de atrás, la puerta se abrió en el sueño nada más aproximar mi mano al pomo de la misma. Otra vez gritaron las bisagras herrumbrosas, como arpías anunciando el sacrilegio, la invasión del recinto sagrado. Pero el sonido ahora era más lúgubre. Tal vez, creo que pensé, porque esta puerta me conducía al interior de la casa. Primero me dirigí al baño, pero no recuerdo nada de él. Después me fui a la cocina. La cruce con rapidez, incluso con una incipiente alegría, recuerdo. En ese momento, o tal vez antes lo tuviese ya previsto, decidí abrir la ventana para asomarme al patio cuando la luz ya estaba entrando en él. Entonces de vi a ti, pero de niño, o tal vez fuera yo mismo transfigurado en ti de niño o en el abuelo, no lo sé. Recuerdo que, de súbito, me invadió la alegría de verte y de poder ofrecerte lo que tuviera: «Señor, ¿quiere usted una manzana? Se la regalo —dije—».


El regalo:

 

Miguel Espinosa Lugones tiene exactamente 45 años y quince días. Los cumplió el pasado mes de enero y lo celebró con su novia Juana Contreras Vilagrán cenando en un velador de la Plaza del Museo. Él tiene una piel tan blanca que parece transparente. Sus venas se muestran al exterior como si fueran las cañerías de un solar en construcción. En cambio, la piel de ella es oscura, como sus ojos.

Hace siete días Miguel decidió regalarle a su novia Juana un sencillo reloj de pulsera para recordarle su amor la semana próxima, en el día de los enamorados. No tardó mucho en seleccionarlo en la relojería. Nada más entrar en ella, se dirigió atraído, seducido, imantado a un estante, y rápidamente se dijo “Éste es el que quiero para mi Juanita”. Era un reloj no muy pequeño, casi más adecuado para un hombre, con tres agujas (una para marcar las horas, otra para los minutos y otra para los segundos), números romanos y un pequeño cuadradito, en el lugar donde debían ir los tres palotes, en el que se mostraba el día del mes en color rojo. La dependiente alabó su elección: era muy buen reloj, además de bonito y no demasiado caro. Cuando fue a envolverlo y mientras decía que a su prometida le encantaría el regalo, Miguel le dijo:

  • Espere. Quiero que le introduzca en la cajita una nota.

Sacando una cuartilla del bolsillo interno de su chaqueta y un pequeñito lápiz, Miguel se apoyó en el mostrador para escribir: “Este reloj no mide nada, porque el tiempo, amor mío, no existe más que cuando estamos separados”. Justo en el momento en que iba a escribir la frase, Miguel sintió un pequeño mareo, un vahído, un repentino vértigo. Cuando dobló el papel que contenía la nota, ni Miguel pudo recordar lo que había escrito en él.

La dependiente lo introdujo en la cajita del reloj, lo envolvió con mucho cuidado y fue a despedir a Miguel, cuando éste le dijo:

  • Disculpe, pero la semana próxima no estaré en Sevilla. ¿Podrían enviarlo ustedes a la dirección que les dé?

  • Claro —respondió la dependiente—. No hay ningún problema. Dígame el nombre y la dirección de la destinataria.

  • Miguel se los dio muy despacio para que ésta no se confundiese: el regalo va dirigido a Doña Juana Contreras Vilagrán, que reside en la calle Lentejuelas, número 25, del barrio de tal y tal, con código postal 4-1-0-... Asimismo, también muy despacio, Miguel le dijo a la dependiente su propio nombre y apellidos. En esta ocasión sin la dirección.

  • Ya los tengo anotados Don Miguel. La semana que viene, el día 14 de febrero la señora Contreras recibirá en su domicilio este precioso regalo. Vaya usted con Dios.


Miguel salió de la relojería ufano y predispuesto a enfrentarse a todo lo que viniera de lo contento que estaba por haber dado con el regalo perfecto para sellar su amor con su amada Juanita.

Pero nada más poner un pie en la acera comenzaron las adversidades para Miguel. Primero fue un gato que gruñó largamente a sus pies saltando entre sus piernas. Después, unos metros más allá, se le cruzó un obrero de telefónica que portaba una larga escalera sobre su hombro derecho y, girando sobre sí mismo, golpeó con la misma en las narices de Miguel. Y, finalmente, se encontró con una bella mujer que se le quedó mirando fijamente como si creyera reconocerlo.

  • Miguel —gritó—. Pero qué es de tu vida, muchacho —dijo mientras abrazaba con sus delicadas manos enguantadas el cuello larguirucho de Miguel—. Cuéntame. Dónde has estado estos años. ¿Acaso ya no vives en Sevilla?

  • Perdone, señorita. Creo que usted ha debido confundirse. Me llamo Miguel, pero yo a usted no creo conocerla —aclaró apartando los brazos de la bella joven de su cuello—.

  • Pero Miguel, ¿de verdad no te acuerdas de mí? Soy Lucía, tu amiga Lucía, la de los ojos de gata, como tú decías.

  • ¿Lucía? No conozco ni he conocido a ninguna Lucía. Discúlpeme señorita, pero tengo mucha prisa y debo marcharme —respondió Miguel tratando de cortar con estas palabras esta escena más cómica que trágica.

Lucía, ángel o demonio, lejos de apartarse, abrazóse de nuevo a Miguel atrayéndolo hacia sí mientras le tarareaba una canción que —decía— ambos habían compartido en otros días.

En ese justo instante aparecía por la calle la silenciosa Juanita y así pudo contemplar cómo una bella y atrevida mujer abrazaba a su novio Miguelito mientras le cantaba una tonadilla y cómo el bueno de Miguelito, tan bueno como pazguato, ni se lo impedía ni nada le reprochaba. Rápidamente giró sobre sí misma y volvió por donde había entrado en la calle. Juanita no pudo ver cómo Miguel se desprendía delicadamente del abrazo y con seriedad reprendía a la tal Lucía marchándose rápidamente del lugar.

Más tarde, cuando el sol comenzaba a ponerse, Miguel se dirigió a casa de su amada Juanita para verla, besarla y despedirse de ella, pues al día siguiente se marcharía a Barcelona por un par de semanas. En el portal de su casa no se encontraba Juanita, sino una tata vieja que esta tenía alojada en la casa de sus padres, quien se acercó a Miguel y sin mediar más que una frase le entregó un sobre: “La señorita Juanita me ha pedido que le entregue esta nota”. Marchóse la vieja sin más explicaciones.

Miguel, sorprendido, atolondrado siempre, abrió lo más rápido que pudo el sobre y en la nota se contenían las siguientes palabras:

“Mis ojos han podido comprobar que no es usted quien yo había creído e imaginado. Mi familia, mi carácter y mi formación no pueden aprobar su actitud mostrada esta tarde en plena calle y a ojos de todos con esa señorita de lindos ropajes y de elocuentes gestos. Dé usted por terminada nuestra relación. Espero que en el futuro resérvese usted sus ganas de hablar conmigo, pues nada tiene usted que decirme o proponerme ni yo que escucharle. Adiós”.

Miguel, sin comprender nada, arrugó la nota y el sobre en su mano, y lo arrojó en una papelera próxima. Esa noche no tenía nada más que hacer. Mañana partía hacia Barcelona y no volvería a Sevilla hasta dentro de un par de semanas. Esperaba poder hablar con Juanita, que le explicase o que le explicase él, y que todo volviese a su ser de dónde no debía haber salido nada.


Como estaba previsto, al día siguiente Miguel salió rumbo a Barcelona en el tren que todos en Sevilla conocían como El Catalán.

Nada más llegar a Barcelona y después de acudir a la empresa con la que tenía que resolver algunas cuestiones de negocios de compra-venta, preocupado por lo que pudiera decirle a Juanita cuando la volviese a ver o por lo que pudiera contarle ella, Miguel comprendió que dos semanas serían pocas para sacar adelante el trabajo que tenía planificado. Lo más probable es que su estancia en tan bella ciudad catalana se prolongase a no menos de un mes. “Mucho tiempo, pensó Miguel, para estar sin saber nada de Juanita ni que Juanita supiese nada de mí”, y más con la despedida que no tuvieron entrambos.


Mientras tanto, Juanita permaneció en Sevilla. Ajena a los asuntos laborales de su exnovio creía que en diez días, tal vez doce, Miguel volvería a Sevilla a arrojarse a sus brazos pidiendo clemencia y perdón. Pero tal vez la inseguridad o los chismorreos compartidos con sus amigas o los celos siempre acechantes y enojosos fuéronla calentando, enfadando, incluso irritando y cegando. Sobre todo la primera semana, siguiente a la tarde del gruñido del gato, que ella no pudo ver, a la escena de la escalera con el técnico de la telefónica, que tampoco pudo ver, y sobre todo a la de aquella señoritinga desprendida y atrevida que se abrazó al pescuezo del donjuanesco de Miguel. ¡Quién lo hubiera dicho! Tal era su irritación, su enfermedad, podríamos escribir, en esos primeros días que Juanita estaba fuera de sí y completamente decidida a cumplir con su decisión de no volver a saber nada de Miguel. Más cuanto que este mismo día era ya 14 de febrero y todas sus amigas tenían previsto compartir su tarde con sus respectivos novios declarándose unos amores eternos que probablemente, ellas sabían, serían más breves de lo que ellas hubieran declarado incluso ante sí mismas. A media mañana, cuando, malhumorada, rumiaba toda clase de ideas, a cual más insensata, para acabar con la felicidad de su exnovio o para hacer que sufriera de dolor como ella misma creía que estaba sufriendo a causa de él, escuchó los golpes de la aldaba en la puerta de la casa. ¿Quién será a estas horas? —se preguntó Juanita—.

  • Buenos días, ¿qué desea usted? —preguntó la joven enfadada al muchacho que se encontraba en la puerta de la calle—.

  • Buenos días, señorita. ¿Está en la casa doña Juana Contreras Vilagrán? Le traigo un paquete.

  • Sí, soy yo —dijo Juanita, cambiando el rictus de su rostro que de pronto se volvió alegre y risueño—. Yo soy Juana Contreras.

  • Le traigo, doña Juana, un paquete de nuestra tienda de la calle Sierpes. Por favor, fírmeme usted aquí —le propuso alargándole un lápiz de carboncillo—.

Juana firmó, le dio unas monedas al mozo y entró en el interior de su casa contenta y con el paquete en sus manos. ¿Qué será? ¿Y de parte de quién?

En principio, Juanita no sospechaba nada y por ello sonreía. Parecía incluso que se había olvidado del seductor descarado de Miguelito. Pero no le duró mucho su alegría, porque pronto giró el paquete y pudo leer el nombre de Miguel Espinosa Lugones. ¿Qué se habría creído el miserable de Miguel queriéndose hacerse perdonar con un regalito por el día de los enamorados? Con descarado disgusto arrojó el paquete, sin abrirlo siquiera, sin saber qué contenía, sobre uno de los tresillos del salón de la casa. Y con este gesto se marchó a su habitación a lamentarse de su mala suerte con los hombres y con la vida en general.


Al día siguiente Juanita, quien no quería nada saber de Miguelito, no se acordaba del paquete arrojado en el tresillo y, por ello, no sabemos que volviese a preguntar por él en ningún otro momento.

Lo que ocurrió fue que la tata vieja lo encontró mientras arreglaba las telas que cubrían los delicados cojines. Sin darle mucha importancia y como quien no quiere la cosa, lo guardó en el bolsillo delantero de su bata, donde pasó el paquete todo el resto del día, ignorado.

Mas por la noche, cuando la tata iba a desprenderse de la bata para irse a dormir, se tocó el bolsillo, notó el bulto y se acordó del mismo. Su primera intención fue la de ir corriendo a llevárselo a la dueña de la casa, la madre de Juanita, Juana también como su única hija, pero, después se lo pensó y decidió esperar al día siguiente y ver si alguien en la casa lo echaba de menos.

Como ella misma suponía, nadie al día siguiente mostró ninguna preocupación por el paquete olvidado sobre los cojines del tresillo y la vieja tata decidió que si nadie se interesaba por él ni lo echaba de menos, entonces no parecería mal a nadie, y menos que a nadie a ella misma, que se lo quedara. Esto hizo: lo escondió en su habitación y esperó a que poco a poco fuese llegando la noche.

Una vez en su habitación y escondida por el silencio y la oscuridad del exterior, la viaja tata, abrió la cómoda y sacó del cajón el paquete. Con mucho cuidado, como si de una reliquia se tratara, desató los lazos y abrió el papel que lo cubría. La cajita no mentía: "Relojería vieja, Calle Sierpes". — ¡Oh! —se dijo la vieja—. Pero esto qué será —se dijo abriendo la cajita azul—. ¡Un reloj! ¡Precioso! Pero ¡qué delicado es! Se lo voy a regalar a mi sobrino Jaime. El pobre, está tan esclavo... Siempre trabajando y con tan mala suerte. Le gustará que su tita le regale algo bonito. Creo que a él le gustará mucho.

Al día siguiente la vieja tata se dirigió muy de mañana a la panadería en la que trabajaba su sobrino Jaime y encontrándolo ajetreado terminando de colocar los panes en las entanterías de la panedería, le dijo:

  • Hola, Jaime.

  • Hola, tita. Pero ¿qué haces tú por aquí y a estas horas? ¿Adónde vas?

  • Venía a buscarte. Mira, Jaimito. Como yo te quiero mucho y nunca tengo posibles para ayudarte en nada, he querido regalarte algo —le dijo sacando el paquete y entregándoselo a Jaime.

  • Pero tita. Tú no tienes que regalarme nada, dijo cogiendo el paquete y guardándoselo en el bolsillo externo de la chaqueta.

  • Luego lo abro, que tengo las manos llenas de harina —siguió diciendo volviéndose a las estanterías.

  • Es un reloj —le dijo la tía—. Es muy fino y delicado. Estarás muy guapo con él.

Pero Jaime ya volvía a su trabajo y no pudo oír las últimas palabras de su tía.


Jaime era un joven alto y fuerte. De buena planta solía decir su tía. Pero también era lanzado y nada tímido. Algunos hubieran dicho de él que era más bien temerario, holgazán y tunante. Por la noche gustaba de ir a la taberna a beberse unos vasos y a jugarse algunas monedas a las cartas.

Esa misma noche estaba Jaime jugando en la taberna y lanzando bravuconadas mientras perdía a las cartas como solía ocurrir cada noche. Una mano prometedora le susurró al oído que esa era su oportunidad de ganar la partida de su vida, reunió todo su dinero en el centro de la mesa de juego añadiendo el paquete que le había dado su tía por la mañana. Jaime diría después que la reina de picas le guiñó un ojo justo antes de elevar su apuesta, pero a esto nadie le hizo caso y todos pensaron, tal vez, que lo habría leído no se sabe dónde o soñado después de varias copas de manzanilla.

Jaime perdió el paquete, que fue a parar a un comerciante de jabones y perfumes catalán que esos días marchaba por Sevilla para ver de colocar sus productos y afeites.

Buena noche que tuvo el forastero quien marchose a la habitación del hostal que ocupaba contento y con las manos fuera de los bolsillo a pesar del frío que caía esa noche. Al día siguiente volvería a su tierra después de unos días de buena venta, con dinero en la cartera y las manos libres, y con un paquetito misterioso que podría regalarle a su hijo mayor, el que debía heredar su puesto en la compañía jabonera.


Este hijo del comercial no pasaba por buenos momentos en su vida. Adolescente tardío, preocupado más por sus relaciones amistosas y amorosas que por las académicas y familiares, desencantado ya tan joven, melancólico, abúlico, displicente, desdeñoso, apático a ratos, entregado apasionadamente alguna vez, no puso su atención en el paquete que le dejó su padre en la estantería del salón de su casa. Y en ese lugar se quedó durante varios días sin que nadie le prestara la más mínima atención.


Mientras todo esto venía ocurriendo, Miguel, Miguelito seguía muy ocupado trabajando en Barcelona y sin saber nada de su amada Juanita. ¿Habría recibido el regalo? ¿Le habría gustado? Y sobre todo, ¿lo habría perdonado? Juanita lo había dejado claro: no quería saber nada de él. Él estaba deseando poder bajar a Sevilla, volver a verla y poder hablarle. Necesitaba ser perdonado, aunque no sabía de qué o por qué.

Una tarde, mientras paseaba por una de las veredas de los Jardines del Mirador le pareció ver a un joven algo atolondrado que se acercaba, él diría más tarde que mareado, a los bordes de un estanque.


  • Pero, oiga. ¿Adónde va usted? No se acerque al borde. Que se va a caer —gritó Miguel. Y salió corriendo a sujetar al joven.

El muchacho parecía algo mareado y Miguel agarrándolo por la cintura logró acercarlo a un banco próximo y entabló conversación con él. Ambos se reconocieron de pronto como almas gemelas y hicieron una buena amistad que más parecía de toda la vida y no de varias horas que son las que llegaron a pasar aquella tarde.

Después de largo rato de conversación variada y de penas compartidas ambos se separaron, uno en una dirección opuesta a la del otro no sin antes citarse para el día siguiente. El joven adolescente, Antonio se llamaba, le indicó a Miguel su dirección en el barrio de Gràcia porque, decía, quería que Miguel conociera a sus padres.


Al día siguiente llovía con fuerzas cuando Miguel se presentó en la dirección indicada, fue recibido por su nuevo amigo y sus padres, quienes estaban muy agradecidos a Miguel por haber evitado su caída al estanque y por haber causado tan buena impresión en su hijo, que se mostraba alegre como hacía tiempo que no se lo veía. Pasaron los cuatro una tarde muy amena y agradable en la que además de dar cuenta de varios neules y un par de panellets charlaron, rieron, jugaron al cinquillo y fueron a despedirse cuando Miguel se fijó en la estantería del salón donde pudo observar el paquete que el padre de su nuevo amigo había dejado a su vuelta de su viaje de negocios.

  • Pero... ¡Qué casualidad! Hace unas tres semanas dejé en una relojería de Sevilla un paquete similar a ese de ahí —dijo señalándolo—. Quería que le llegase a mi novia Juanita en el día de los enamorados. No puede ser el mismo.

  • ¡Ábrelo! —dijo el padre de su amigo. Y, cogiéndolo con dos dedos, se lo alargó para que Miguel lo cogiera—.

  • No. No tiene sentido —susurró Miguel—. No puede ser el mismo regado que le hice a mi Juanita. Debe ser una coincidencia extraña.

  • ¡Ábrelo, Miguel! —repitió su nuevo amigo adolescente, ahora impetuoso—. O mejor —siguió diciendo observando la cara apesadumbrada repentinamente de su amigo— llévatelo a tu hotel como un relago nuestro y lo abres a solas.

Y eso hizo Miguel. Cogió el paquete y, guardándoselo en el bolsillo de su chaqueta, salió de la casa y se dirigió de prisas a la habitación de su hotel.

Una vez en ella, con parsimonia, curiosidad y algo de temor, sacó el paquete del bolsillo, lo depositó en la mesa y lo fue abriendo muy despacio. Efectivamente parecía la misma cajita azul que había visto envolver en Sevilla, pero no podía ser. Cuando abrió la caja, antes incluso de percatarse del reloj, vio saltar una nota en una cuartilla blanca. Cuando la desdobló pudo leer lo que, con una letra idéntica a la suya, alguien había escrito: “Dáselo, tú. El regalo dáselo tú en mano”.