Unas noches antes había creído soñar con el patio de la casa de sus abuelos.
De niño solía pasar unos días del verano en el pueblo de sus abuelos maternos. La casa familiar era grande, aunque no amplia. Quiero decir que las habitaciones no eran amplias, aunque la casa tenía más dependencias que el piso de Sevilla donde vivíamos mis padres y mis hermanos. Recuerdo que eran cuatro habitaciones, cinco si cuento el desván, un baño, una cocina, esta sí, amplia, un salón, una salita pequeña y, en la parte de atrás, un patio. Al fondo del patio, a la izquierda de donde empezaba el huerto, una cancela de hierro daba a la calle de atrás.
Creo que esta casa tenía orientación este, porque recuerdo que el sol durante el verano daba en el patio desde el amanecer hasta el medio día.
Yo solía pasar los días de aquellos veranos jugando solo, porque mis hermanos más pequeños solían permanecer en Sevilla, o leyendo en este patio buscando la sombra de la única higuera que dominaba el huerto desde un rincón del muro de piedra. Era agradable este patio, y así lo sentía en el sueño, y con lugares diversos para esconderse, correr o subirse a la higuera. También había un limonero joven y el pequeño huerto. Pero éste, el huerto, era lugar prohibido. El abuelo lo cuidaba con dedicación y esmero, y a él solo podía accederse para sembrar, limpiar o recolectar. Ahora, en el sueño, creo que era el recinto más sagrado de la casa.
Yo jugaba en el patio a los soldados, a las bolas, al trompo, a las carreras de chapas,... A veces, la abuela me dejaba regar el huerto, pocas, porque creo que ella también lo creía entonces un recinto sagrado o, tal vez, sea que le gustase, como a mí, regarlo.
Por las tardes era aún mejor que por las mañanas, porque, cuando la sombra lo cubría todo, el abuelo sacaba de la cocina una mesa pequeña, unas sillas y se ponía a hacer solitarios con las cartas. La abuela se ponía a coser o a remendar o a lo que fuera y yo solía ponerme a leer. En ese patio he leído mis novelas favoritas, páginas memorables de El Conde de Montecristo, de Guerra y Paz, de Trafalgar, de El jorobado de Notre Dame, de La dama del perrito,...
Una de las ventanas de la cocina y la ventana del baño daban al patio. A veces entraba en la casa y me asomaba a la ventana de la cocina y les ofrecía a mis abuelos, que se encontraban fuera, lo que en ese momento hubiera a mano, como si fuera un vendedor recién llegado al pueblo. “Señora, Señor, ¿quiere usted una manzana? ¡Mire qué manzanas tengo! ¡Y estas nectarinas! ¡O estos melocotones! ¿No los quiere usted Señor, Señora? Se los dejo baratitos” —les decía desde el interior, asomando medio cuerpo al patio—. Ellos solían responder con una sonrisa y poco más.
De aquellos días recordados, o soñados, en la casa del pueblo han pasado no menos de sesenta años. Ya no existen ni los abuelos, ni la casa, ni la cocina, ni la cancela, ni la calle de atrás,...
Mientras le contaba estos recuerdos, mi hijo Eduardo se hallaba acostado en la habitación de un hospital. El ingresado era él. Pero no era nada grave, al parecer. Había sufrido un ataque de apendicitis, había llegado a tiempo al hospital para ser operado y la cirugía había ido bien. Eduardo, desde niño, había sido siempre un chiquillo y un muchacho generoso, muy alegre, dispuesto a correr todas las aventuras propuestas, a veces demasiadas y no exentas de peligro, y ahora, creía, estaba atravesando una etapa, según decía y reflejaba, espléndida en su vida: hacía tres años había conocido a Luisa, su novia, ahora esposa, y estaban esperando un hijo para dentro de cinco meses.
Quien no andaba muy bien era yo, que llevaba soportando desde hacía semanas un fuerte dolor en los hombros y que me encontraba siempre muy cansado. Los años, me decía. No había llegado a ir al médico para que me prescribiera algunas pruebas, pero yo intuía que esto no debía ser nada leve. Siempre me ha costado enfrentarme cara a cara con los problemas, pensaba, y, con los años, esta manía o costumbre o, no sé como llamarla, se había ido mostrando con todo su rigor.
Tampoco les había dicho nada de ello ni a Eduardo ni a Luisa, aunque algo debían sospechar porque me habían oído quejarme alguna vez, cuando tenía que hacer un esfuerzo, por un pinchazo agudo en uno de los brazos y porque yo notaba cómo, especialmente Eduardo, intentaba que no hiciera grandes esfuerzos.
Quizá fuera todo este carrusel de emociones lo que se situaba en el fondo del sueño que quise contarle a Eduardo, no porque quisiera contárselo a él, sino porque quería contármelo a mí mismo, como una forma de recapitulación o de confesión, quizá.
Así fue cómo empecé a decirle a Eduardo que había soñado que volvía al pueblo de los abuelos, de sus bisabuelos, le aclaré mientras él dejaba el móvil sobre la cama y se disponía a escucharme.
No estoy seguro, Eduardo, de que fuera la calle de atrás de la casa del pueblo, pero tenía que serlo, porque lo que tengo muy claro en mi memoria era la cancela de la parte de atrás del huerto. Me iba acercando a ella. Estaba amaneciendo, creo. Llevaba las manos estiradas hacia adelante, como si fuese un ciego. La cancela parecía cerrada, pero nada más tocarla se abrió haciendo gritar las herrumbrosas bisagras. Pude acceder al patio. Sabía que era el patio de los abuelos, pero verdaderamente no lo parecía. Más bien era un selva. Las yerbas lo invadían todo. Habían desaparecido los senderos, el huerto,... Al fondo se veían las ventanas, la de la cocina a la izquierda y la del baño a la derecha. Pero la casa estaba en ruinas. Las paredes, que habían sido blancas, estaban desconchadas. Con dificultad fui recorriendo todo el amplio patio. Recuerdo que me arañaba las manos y los brazos con las ramas secas. Pisaba con cuidado, despacio. Una vez llegado al fondo, pude aproximarme a la ventana del baño. Estaba cerrada por dentro. Los marcos de las ventanas estaban podridos. Intenté forzarla, porque, en el sueño, deseaba entrar en la casa, en el recinto, ahora más sagrado que siempre lo fuera el huerto, ya desaparecido. No pude abrirla y esto me produjo, recuerdo, una enorme desazón y un gran pesar. Creo que me puse a llorar, como cuando de muchacho, lloraba en ese mismo patio leyendo La boticaria, de Chejov, recordé o soñé. Después me fui a la otra ventana, a la de la cocina. Como la anterior, estaba cerrada por dentro. Nuevamente mis ojos y mi garganta se anegaron de congoja, igual que cuando leí allí mismo la muerte de Andrei Bolkonski. Más angustiado y con prisas, que desesperado, me fui a la puerta del centro. Era de hierro. Estaba decidido a forzarla, pero no hizo falta. Igual que la cancela de la calle de atrás, la puerta se abrió en el sueño nada más aproximar mi mano al pomo de la misma. Otra vez gritaron las bisagras herrumbrosas, como arpías anunciando el sacrilegio, la invasión del recinto sagrado. Pero el sonido ahora era más lúgubre. Tal vez, creo que pensé, porque esta puerta me conducía al interior de la casa. Primero me dirigí al baño, pero no recuerdo nada de él. Después me fui a la cocina. La cruce con rapidez, incluso con una incipiente alegría, recuerdo. En ese momento, o tal vez antes lo tuviese ya previsto, decidí abrir la ventana para asomarme al patio cuando la luz ya estaba entrando en él. Entonces de vi a ti, pero de niño, o tal vez fuera yo mismo transfigurado en ti de niño o en el abuelo, no lo sé. Recuerdo que, de súbito, me invadió la alegría de verte y de poder ofrecerte lo que tuviera: «Señor, ¿quiere usted una manzana? Se la regalo —dije—».

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