«grande consuelo es tenerla taberna por vecina.Si es o no invención moderna,vive Dios, que no lo sé;pero delicada fuela invención de la taberna».(Baltasar de Alcázar, soldado y poeta antipetrarquista del Siglo de Oro,
nacido en Sevilla en 1530 y fallecido en Ronda en 1606).
Bella es, como una
diosa atrevida y dispuesta a ser cincelada por el mismísimo
Donatello. De piel blanca, como de nieve aún no hollada sobre los
prados más altos de la montaña virgen. De ojos de fuego que, como
tormentos, se clavaran hundiéndose en la piel hasta penetrar los
huesos, traspasándolos. De labios..., de labios tan carnosos, rojos
y brillantes que tentarían a los mismos ángeles si por un instante
pudiesen dejar de contemplar embelesados los cielos. Esa su boca
generosa que, incluso sin sonrisa alguna, llega casi al borde de los
lóbulos de sus delicadas orejas, formando con su aliento caliente
una paralela exacta con la línea que prolongan sus ojos hasta tocar
sus sienes. Nunca rostro tan bello fuere tallado por natura,
ignorante e inconsciente del mal que procura. Vive Dios, que sólo la
taberna lucha inútil y agónicamente por lograr el consuelo
necesario a tanta desdicha. Brindo, con el vino y por el vino, una
vez y otra más, incansable hasta el orgasmo mortal de la falta de
pensamiento, hasta el anodadamiento feliz de no sentir más que un
ahogo físico, que más parece un edén, comparado con este otro, tan
miserable como infernal, que me circunda, hasta la inconsciencia
original y primigenia de quien no sabe, no quiere, no entiende y no
es nada. Levanto mi vaso y solo, apoyado un puño en la barra de esta
taberna, alzo mi voz y, solemnemente, profiero las palabras más
tristes que pronunciar puedo: “por esa que, día a día, instante a
instante, va destrozando mi corazón, ya mortalmente carcomido”.
Nadie responde a mi voz. Nadie tampoco parece escuchar mi
desconsuelo. Nadie quiero verdaderamente que lo atienda, porque solo
en mi soledad me reconforto y me reconcomo llenando así, una vez
más, mi vaso de un mal vino en una sucia taberna. “¡Tabernero!
¡Llene usted de nuevo!”, ordeno con la poca fuerza que me procura
el mismo vino que ingiero, y que sigo ingiriendo con el único objeto
de ser capaz de ordenar de nuevo al tabernero que me sirva otra vez
de lo mismo, en un bucle tan absurdo como inevitable. “Es el último
vaso”, responde el tabernero con un adusto rictus de conmiseración,
de pena o de asco. “Por esa que devora mi corazón ajado”, grito.
Como toda belleza que en el mundo hubo, inconsciente ella es del mal
que provoca. “¡Maldita sea mi existencia!”, grito de nuevo.
“Maldita sea la suya”, balbuceo también una sola vez. Y este
último pensamiento, sea por mi mente dolorida o alterada por el
vino, sea por mi natura depravada desde su origen o aprendida
en las calles que recorriese mi espíritu, mi alma y mi cuerpo, se
queda, en otro bucle aún más persistente, contumaz y necesario que
el anterior, en una conciencia enferma y mortalmente herida como lo
es la mía. Con este pensamiento obtuso y miserable de perdedor
malnacido e idiotizado, deposito el vaso vacío sobre la barra de
madera, y trocándolo por premonitorio puñal, doy con él
fuertemente un golpe que todos pueden oír, pero callan, y salgo de
la taberna a la calle malhumorado, borracho y con la mente borrosa
por el vaho y el humo que en ella dejan el alcohol, la fatiga y el
fracaso. “Mis pasos únicamente habrán de conducirme a ese lugar
que tanto amo y detesto”, logro apenas susurrarme mientras comienzo
mi marcha.

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