domingo, 14 de noviembre de 2021

Comprenderás que puede nevar en primavera:

 

El nuevo soneto a Helena:


Cuando estés vieja, niña (Ronsard ya te lo dijo),

te acordarás de aquellos versos que yo decía.

Tendrás los senos tristes de amamantar tus hijos,

los últimos retoños de tu vida vacía...


Yo estaré tan lejano que tus manos de cera

ararán el recuerdo de mis ruinas desnudas.

Comprenderás que puede nevar en primavera

y que en la primavera las nieves son más crudas.


Yo estaré tan lejano que el amor y la pena

que antes vacié en tu vida como un ánfora plena

estarán condenados a morir en mis manos...


Y será tarde porque se fue mi adolescencia,

tarde porque las flores una vez dan esencia

y porque aunque me llames yo estaré tan lejano...

(Pablo Neruda: Crepusculario).


Susurraba palabras sueltas, a veces apenas las balbucía: vieja, niña, te acordarás, aquellos versos, senos tristes, hijos, amamantar, vida vacía, tan lejano, manos de cera, recuerdo, ruinas desnudas, comprenderás que puede nevar en primavera, en la primavera las nieves son más crudas, el amor y la pena, ánfora, condenados, morir, tarde, adolescencia, flores, aunque me llames,...

Al borde de la pena y de la muerte un hombre mira al frente con la intención de ver su espalda y en este borde, no se cansa de balbucir, de barbotar, de farfullar lentamente palabras sueltas.

Su mujer de antes no lo mira ya, no lo escucha ya, porque no está, porque antes tampoco estuviera tal vez, porque nunca estuvo o fue. Nunca tan lejano, tan solo, tan dependiente de su recuerdo transformado. Flores esenciales que crecían de una tierra mineral y seca, flores sin aroma, hechas del peor de los plásticos, artificiales, nacidas muertas, condenadas a morir en manos de cera, en sus manos de cera de antes, clavadas en sus ojos que no miran, brotando de sus oídos que no oyen: mujer muerta, mujer sin deseos de aventura, de senos secos y tristes que amamantan a sus hijos muertos.

¿Por qué nunca estuviste? ¿Por qué no te atreviste a vivir ni a dejarte vivir? ¿Por qué no osaste pronunciar las palabras que siempre te pedí: amor mío, cariño, te amo? Porque no eras feliz tal vez, porque estabas atrapada en no sé qué recuerdo de ruinas rotas y desnudas, porque tu voz no podía salir de una garganta vacía, de una vida vacía, de un ánfora hueca, de una oquedad sorda y vacía. Yo, tan lejano ya, entonces tan lejano; mis senos tristes que nunca fueron míos, condenados; aunque me llamaras, aunque quisieras, entonces no fue posible. Hoy no es necesario. Hoy no creo en nada y hoy nada quiero, ni espero, ni deseo, porque ya me he olvidado de vivir.

Ahora creo saberlo. Lo que siempre supe: ahora y entonces. Que tú lamentarás saberme tan lejos. Que al deseo no puede borrarlo ni un recuerdo apócrifo o fiel, ni el tiempo, ni la distancia. Por eso sé que ahora hubieras querido amamantarme, joven mujer, con tus dedos de cera y con tus senos bañados en alcohol, que ahora hubieras querido perfumarme con las flores húmedas de tus axilas y de tus esencias de mujer joven y experta, que ahora sufres por la distancia que nos detiene en un territorio desértico, pedregoso y mineral, inerte. Dios, ¡qué solos se quedan los vivos cuando se quedan solos! Entonces comprenderás, sabrás inútilmente, que las nieves tardías son más frías y más crudas, que la primavera que florece en cuerpos y axilas y vaginas ajenas puede ser más fría que el invierno más joven.



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