A todos los que lo fueron y a los que aún lo son.
‒ Yo soy el único testigo de lo que ocurrió en el puerto la noche del pasado jueves ‒dijo el hombre que acababa de entrar en el bar del Repostadero‒. A nadie más se lo veía por el muelle en ese momento ‒siguió diciendo mientras se descubría la cabeza y la garganta‒. Yo y nadie más la seguía a ella, a esa mujer extraña que llegó hace dos semanas a este lugar miserable que ni nombre tiene ‒quitándose el abrigo y colgándolo del perchero de la esquina de la casa‒.
‒ Y qué fue lo que viste. No nos vengas con mentiras, que te conocemos bien y sabemos de qué eres capaz, charlatán ‒dijo desde el otro extremo de la barra el viejo pescador al que todos llamaban Neo. No era este apelativo una ironía irrespetuosa. Su nombre verdadero, el que figuraba en su partida de nacimiento, era Neoptólemo, pero los años y los dijes, a fuerza de acortarlo, lo habían dejado en Neo, aunque no eran pocos lo que ya comenzaban a llamarlo “Ene”, en un intento macabro de acabar con él, de desaparecerlo, antes de que le llegase su hora, verdadera también.
‒ Que qué fue lo que viste ‒insistió Neo sin esperar a que el hombre terminase de colgar el abrigo‒.
‒ Yo estaba fumando en la plazoleta de la capilla cuando la vi llegar con la cabeza mirando al suelo y las manos en los bolsillos. Cruzó la plaza sin levantar la mirada, ni siquiera al pasar delante de la cruz, y se dirigió al puerto. “Adónde irá esta mujer ahora”, me pregunté. Y decidí seguirla a ver adónde iba. Caminaba rápido. Quiero decir que no iba paseando, que parecía que tenía una cita o una tarea. Esto me animó aún más a seguirla a una cierta distancia, como ocultándome, como no queriendo que ella se percatase de mi presencia, como queriendo observarla en secreto y sin ser notado.
Estas palabras “observarla en secreto” fueron amplificadas por el silencio del bar. Todos estaban expectantes de las palabras que yo estaba profiriendo y más aún por las que pretendía proferir.
‒ Cuando llegó al muelle se detuvo ante el largo espigón que se adentraba en el mar, ‒continué describiendo‒. Se encaramó a él y ahí permaneció unos instantes, quieta, arriba, como si fuera una estatua de piedra mirando a la oscura boca del mar. Entonces, en ese momento, fue cuando yo empecé a preocuparme por lo que esa mujer pretendiese hacer. ¿Qué hacía esta señora, sola y en la noche, con las manos en los bolsillos del abrigo, sobre el espigón y mirando al mar, como si le estuviese preguntando algo, como si indagase en él? ¿Qué querría? Salí a la luz de un farol para que me viese y que esto sirviera para disuadirla de lo que quiera que ella pretendiese. No recuerdo si llegué a gritarle, pero sí estoy seguro de que ella no me oyó. Tal vez las olas chocando contra las rocas del espigón o su concentración en lo que fuese, le impidieran oírme, si es el caso que yo llegase a gritarle. Ella comenzó a andar sobre el estrecho espigón en dirección a la punta. Yo quise seguirla, pero tropecé en la negrura de la noche y cuando pude incorporarme ya ella había avanzado hasta más allá de la mitad de su trayectoria hacia la nada, aunque pude observar también que no marchaba muy deprisa. Más bien, al contrario, caminaba con tranquilidad, dejando que el viento, húmedo y salado, le moviese los cabellos y las gotas salpicadas por las rocas le mojase el rostro y los ojos. Pude ver cómo se detenía cuando llegó a la punta del espigón levemente iluminada por la boya que anuncia a los marineros la entrada del puerto.
En ese momento se produjo lo imposible. Del mar, del viento, de las olas y de las rocas, del agua salada surgió una voz. Yo juro aquí y hoy por dios que el mar le preguntó por sus deseos: “¿Qué quieres, mujer, que vienes cada noche a este punto de la ancha tierra y nada pides?”
A lo que ella, puedo asegurarlo, lo juro, respondió: “Sola me dejaste. A todos te llevaste. No quiero que me devuelvas a amigos nuevos, como cada noche me dices, inmenso mar. Quiero que me los devuelvas tales como eran los viejos, a todos y con todos sus vicios, tales y como eran”, gritó.

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