miércoles, 27 de octubre de 2010

¿Ficciones?


FICCIÓN QUINTA:

Cartas X y XI:
La autora de las cartas siguientes es Marisa de la Fuente del Campo, quien había nacido en Villaverde de Medina, en 1892, y habría de morir en Medina del Campo, en la década de los cincuenta, viuda de Juan Juárez Medina. La primera carta está fechada en noviembre de 1947, cuando contaba con cincuenta y cinco años, dos años después de enviudar. Salvo algunas frases ilegibles, la carta está completa; parece que la destinataria la releía con frecuencia y la conservó con cariño.
Querida Enriqueta:
¿Te acuerdas de cuando veníais a mi pueblo a coger brevas? Siempre a principios del verano llegabais Juan y tú a la aldea a recogerlas del huerto de mis padres. ¡Qué bien lo pasábamos! Llegabais sin avisar, de pronto, muy de mañana, y toda la casa se llenaba de risas. Entonces yo hablaba mucho, no paraba, y Juan y tú me lo lanzabais a la cara: “esta Marisa me pone la cabeza llena de grillos”. Siempre estuve enamorada de Juan, lo sabes, pero ahora... ¡Cómo lo echo de menos, Dios! Me falta... todo, Enriqueta. No paro de llorar, no puedo, no puedo. (...) Si, al menos, hubiésemos tenido hijos (...) no me sentiría tan sola. Ahora ya no hablo casi nada. Ya no sé hablar de lo que no sé o de lo que no me importa. (...) fueron tantas las heridas. Parece como si en este mundo no pudiese encontrarse nada que no esté permanentemente confundido con la maldad, con la mentira, con la burla, con el hambre. Lo que hemos pasado, Enriqueta, y, ahora, cuando todo parecía enderezarse, va... y se me muere. ¿Por qué? ¿Tú lo entiendes? ¿Por qué? Con lo que habíamos pasado. (...) Si buscas la verdad de uno de tus vicios o de tus virtudes corres el riesgo de darte de lleno con el resto de tus virtudes o vicios. (...)
(...) Juan no necesitaba propinas, que bastante tenía consigo mismo (...). Cuando me situaba frente a él, hacía estremecerme desde los pies a la cabeza, sentirme sacudida en mis intimidades más secretas. (...) No sé si era su boca o eran sus ojos lo que lograban descomponerme en un brevísimo instante (...).
(...) Este huerto mío de ahora está tan abandonado.
(...) él sigue siendo la cantera de la que extraigo todos mis recuerdos. Pero sé que amados sólo pueden serlo los vivos, Enriqueta. (...) Yo sé cómo destaca un hombre ante el horizonte romo de este pueblo yermo (...).
¿Por qué nunca te casaste?
La soledad es un páramo inhabitable.
(...) pero ya no tengo nada que decir, Enriqueta, por ello callo.
(...)
Te quiere tu cuñada, Marisa.

De la carta siguiente sólo conservamos una línea incompleta. Está fechada a primeros de marzo de 1948.
(...) Parece como si la inmovilidad me sacara del tiempo (...).

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