sábado, 2 de abril de 2022

Mosaico o la debilidad del ser humano:


Finalmente, descubrirá que en el mundo ocurre como en los dramas de Gozzi, en todos los cuales aparecen siempre los mismos personajes con igual propósito y destino: los motivos y acontecimientos son en cada obra distintos; pero el espíritu de los acontecimientos es el mismo”. (Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación. § 35).


En medio de una habitación de un viejo hotel de una ciudad del este se encontraba el hombre escéptico que no había llegado a creer más que en la impotencia de un cuerpo débil y de una leve voluntad con los que había llegado a identificarse. Para una joven que lo mirase desde el edificio de enfrente, este hombre escéptico no estaría tan envejecido como sus propios pensamientos pudieran hacer creer. Pensamientos éstos enredados en su limitada y torcida memoria. La joven que lo mirase no podría sospechar que todo aquél que estableciese contacto -por muy pasajero y superficial que éste fuese- con el muy perspicaz autor de recuerdos, amamantados por la ubre flácida y grasienta de su cerebro abotagado por una vieja pócima o ponzoña o mezcla de sus amores y de sus frustraciones, miraba -o escrutaba, más bien-, un pañuelo que aunque nunca le había pertenecido a él, aún conservaba el aroma de otros tiempos más felices, desgraciadamente también más fugaces e inevitablemente más presentes de lo que cualquiera hubiera sospechado nunca que pudiera durar nada de lo pasado, nada de lo huido o nada de lo muerto, de otros momentos menos desesperados, menos atormentados, incluso alegres -podría escribir a riesgo de parecer cursi-, en medio de aquella y de esta mugre o pátina mate de sudor que cubre y moja las manos, la cara, el sexo, el pecho y la espalda de tanto paseante como hoy bromea arrastrándose por las sucias calles de esta maloliente ciudad en la que no querría vivir ni el más carroñero de los buitres ni la más pestilente de las hienas ni el más traidor de los mortales.


La joven tímida del edificio de enfrente, risueña hasta el aburrimiento, que inocentemente protege su cuello con otro pañuelo -pero que es el mismo que el que manosea el hombre de antes- y que vive sus noches como si tuviera un futuro prometedor, como si tuviera un futuro a secas, fuese éste como fuese, como si tuviera algo, lo que fuera que fuese, aunque no fuera ni un triste mañana ni un inútil amanecer carmesí en una alborada de cuento de hadas creado para adormecer las desdichas de sus fracasadas ilusiones, de una mentirosa educación paternal basada en la ingesta desproporcionada de adormidera y de proyectos prestados, vividos por otros soñadores menos tímidos e inocentes, más propios de buitres, de hienas o de ángeles traidores y que se nutrieran de sangre negra, podrida y negra, como es la bilis y el humor de un hombre escéptico y de torcidos pensamientos que bien lloran -las menos veces- bien hacen llorar -casi a cada instante con él vivido-, esa joven tímida del edificio de enfrente -repito- permanece ignorada por el hombre escéptico mientras un joven parece pasear por la calzada que discurre entre los dos edificios de esta desolada y silenciosa ciudad del este.


Este joven paseante, caminante reflexivo que habla consigo mismo, que se confiesa ante sí, ante el altar de sus propias meditaciones, mientras pisa las hojas secas y quebradizas en este otoño triste en que la tarde disuelve su nostalgia liberando en ella el peso del aroma de su joven amada, lejana, ausente, y de su leve cuerpo y débil voluntad, que tal vez gozara entre los brazos canijos de alguna hiena hecha de ignorancia, de brutalidad y de una mirada regada por la desgracia y la imbecilidad como si fuera el sudor grasiento de una bestia en celo que careciera de ningún remordimiento por su impudicia exhibida sin recelo, sin recato, sin vergüenza en este maloliente barrio que localiza, fácilmente y sin proponérselo, cualquier viajera tímida o inocente en el este de todos los rincones mugrientos de todas las ciudades de todos los territorios de este planeta que gira inconsciente al margen de los ángeles y de los demonios que lo pueblan. El joven se distrae creyendo oír a través de una ventana a una mujer que parece llorar de forma desesperada.


Parece una mujer anciana la que llora en una mugrienta cocina y con un trapo entre sus manos -o quizá sea un pañuelo-, la ausencia de su marido muerto porque no logra entender la existencia de sus inútiles pechos, por tener quizá su cerebro abotagado por el dolor, por la impotencia y por la incomprensión, porque no logra entender tampoco por qué se abraza con brutalidad al rugoso trapo -o pañuelo- que le sirviera de gasa con la que enjugar su llanto y que conservara aún el aroma de su compañero ausente mezclado ahora con el olor y el sabor de sus propias lágrimas, que como ponzoña envenenada van lentamente borrando las huellas de aquel aroma primitivo y original, dejando en su lugar una grasa mugrienta, negra, podrida y negra de seca bilis nauseabunda que cuanto más se aleja del origen más repugna, más humilla, más intoxica, más enferma, más destroza y más mata. Nunca un hogar estuvo más lejos de su cocina.


El joven enloquecido por el dolor de la mujer vieja se lamenta y grita en mitad de la calle en mitad de una ciudad aburrida y nostálgica, proclamando desgarradoramente haber hecho el amor mil veces a una misma mujer de otro a quien nunca -creía antes- había amado ni querido ni deseado -amor inútil, amor humillado, amor enfermo, amor mortal, ponzoñoso y envenenado que los dioses no habrían podido tolerar o proteger o permitir, sino a cambio de su alma carroñera de buitre de afilado y corvo pico, de agudas garras, de enormes alas y de cuello convenientemente cubierto con un plumaje grasiento y manchado de sangre seca-. El hombre escéptico en medio de la habitación del sucio hotel no desea esconder sus hombros caídos ni enjugar su mirada amamantada con manidos recuerdos de otros amores más bellos y más buenos que ya no podían ser recordados fielmente por la alteración inevitable de una memoria abotagada e intoxicada por el alcohol, por el dolor, por la incomprensión y por la desdicha de haberse dejado arrastrar, tímida e inocentemente, por la impaciencia de todo joven educado entre las manos torpes de una madre incapaz de enseñarle a su hijo más que lo que consideraba sublime o bello o bueno o verdadero.


La guerra, el llanto, la impotencia y la ambición son partes de las innumerables teselas o palabras que forman la memoria del hombre...


del hombre escéptico, de la mujer joven tímida, del hombre joven, de la anciana desesperada, del joven enloquecido, de la joven desesperada, del hombre tímido, de la vieja enloquecida, de la mujer joven, del joven escéptico, de la anciana tímida, del hombre enloquecido, de la mujer escéptica e ingenua, del joven desesperado... que son todos el mismo individuo, que se muestra con diversos rostros, intentando recuperar desesperadamente su memoria hecha de retazos y de olvidos, sorprendido siempre de su impotencia mortal, no pudiendo dejar de admirarse ni dejar de huir de una realidad que lo envuelve todo como a todo ser viviente que lenta, inevitable e inocentemente se aleja de su origen.


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