jueves, 20 de junio de 2019

Mosquitos:

Recuerdo la tarde lejana en que caminaba junto a Maribel por el paseo del río. Tenía el pelo recién lavado con un champú de camomila. Éste debió de atraer a una multitud de mosquitos. Una enorme y densa nube de mosquitos rodeaba mi cabeza. Nube visible a decenas de metros y señalada con el dedo por el resto de paseantes.
Aquel día comprendí que un halo de convicciones o de mosquitos rodea siempre nuestras cabezas: si estúpido es vivir con ellos, porque ordenan y deciden por su cuenta, clasifican y controlan nuestras actitudes o decisiones, imposible es sin ellos vivir.

jueves, 16 de mayo de 2019

Sinusiaterio. Sinusiatérico, -a:


Sinusiaterio: (Nombre masculino) (Del griego συνουσία, unión, relación social, convivencia, y de θηρίον, animal salvaje, bestia) Dícese de la figura compuesta a partir de la reunión o convivencia de diferentes partes de animales, entre los que uno de ellos puede ser el ser humano. Debe distinguirse del resto de figuras teriantrópicas, en las que el ser humano ocupa la parte fundamental o más destacada de la unión final.

Sinusiatérico, -a: (De Sinusiaterio) (Adjetivo) Dícese de aquello que presenta formas propias de un sinusiaterio.

domingo, 28 de abril de 2019

“E” de “eternidad” (Deterioros):



No hay comportamientos sin marco de interpretación,
y lo que hay es la posibilidad de interpretaciones alternativas,
pero vinculadas con el núcleo de modo sinecoide.”1

Tras leer muy despacio este párrafo, el viejo susurró: “Se me han muerto ya tantos que no distingo vivos de muertos”. Después permaneció en silencio, contemplando el texto y más después volvió a susurrar: “veinticinco palabras en total; ciento treinta y ocho letras; letras más repetidas, la “e” y la “o”, quince veces cada una”; pocas veces la “e” vence a la “a”, solo trece “aes” -pensó-; “consonante más repetida, la “t”, ocho veces, pero distribuida solo en cuatro palabras. No sé si esto es belleza o, tal vez, heroicidad”. En casi todas las batallas -pensó- la “t” resulta la letra más heroica. “Palabra más repetida, “de”; más corta, “y”; más larga, “interpretaciones”. “Interpretaciones...”, volvió a murmurar. “Siempre y todo son 'interpretaciones'”. “La “t” está presente en los grandes héroes, en “Hamlet”, por ejemplo, o en “Quijote”. En cambio no aparece en “Aquiles”, pero sí en “Héctor”. La conducta de Héctor, aceptando un combate a muerte que sabía perdido, fue más heroica que la de Aquiles, que la de Aquiles y que la Agamenón, que la de Menelao y que la de Paris”.

El viejo consumía su tiempo devanándose los sesos con estos y otros juegos cabalísticos, contando y midiendo palabras y números, escrutando sus relaciones sobre páginas blancas. De repente se percató de que la “i” central, de las trece “íes” presentes, la tercera de “posibilidad”, terrible palabra, por su indefinición permanente, por su falta de límites, heroica en sí misma, era una “i” distinta, más grande y roja que el resto de letras. Esa “i” abrió sus alas y comenzó a volar. Una “i” volando como una mariposa con alas de ribetes carmesíes. El viejo agarró su bastón, su deforme y ajada “t” nudosa y se lanzó a la calle por primera vez después de más de tres meses de encierro en pos de esa extraña y prometedora “i” voladora.
Afortunadamente para el viejo el mágico lepidóptero no tenía prisas por llegar adonde quiera que quisiese, lo que daba tiempo a este sorprendido héroe para proseguir con la falsa caza, parar a coger aire y continuar tras su quimera. Ambos fueron atravesando calles y descampados, siete solares, tres callejones solitarios y finalmente pararon frente al portalón deteriorado de un vencido almacén de alguna abandonada fábrica de cristales rotos. La delicada mariposa de alas carmesíes posóse sobre un casi borrado cartel semidescolgado que en otro tiempo debió anunciar “Entrada”. Esto no podía ser otra cosa que una indicación. El viejo quizá entendiese que la “i” alada le decía “entra de una vez”.
El edípico viejo de tres piernas abrió el portalón del almacén y se adentró en un oscuro, polvoriento y húmedo espacio de más de cien metros de largo y de al menos cincuenta de ancho y veinticinco de alto. El suelo era de tierra y en el perímetro interior filas de estanterías repletas de cajitas enumeradas que, pudo observar, contenían objetos deteriorados de todas clases y tamaños: arandelas oxidadas, tuercas pasadas, tornillos, clavos y tachuelas doblados, agujas de todos los tamaños y formas con las puntas rotas, anzuelos quebrados, arpones corroídos por la humedad, correajes y cuerdas deshilachadas, ruedas de engranajes melladas,... El viejo fue recorriendo lentamente las estanterías y los códigos anotados en cada caja. No lograba encontrar ninguna lógica o coherencia a tales signos: los sumaba, los dividía, los multiplicaba,... nada. Cada código parecía independiente del resto y del contenido de la caja a la que pertenecía. Desesperado y cansado se sentó en un viejo sillón inglés de madera que se encontraba en el centro del almacén. Con las piernas temblorosas, con los ojos enrojecidos, con la boca seca y con la mano izquierda sobre la “t” rota del bastón permaneció en silencio contemplando desde su centro a la “i” voladora girando en círculos concéntricos en torno a su cabeza. Un rayo de sol se colaba por una de las ventanas superiores y permitía ver al viejo el vuelo tembloroso y previsible del lepidóptero carmesí. La derrota inflamaba y desesperaba la voluntad del ajado soñador.

Aunque el viejo siempre había dispuesto de una gran memoria, el hecho insospechado fue que nunca pudo recordar el camino de vuelta a su casa y a su habitación abarrotada de libros descosidos y medio rotos desparramados por la mesa, por la cama y por el suelo. Pero lo cierto fue que a la mañana siguiente, cuando el sol ya comenzaba a destacarse sobre el horizonte, el viejo estaba de nuevo decidido a emprender la vuelta al almacén para descifrar aquellos códigos secretos, que, sin duda ninguna, debían esconder una verdad oculta y fundamental, ya fuese por primitiva o simple, ya fuese por lejana, compleja o difícil.

Tanto andar y tanto pensar... para nada. Derrota tras derrota. Siete veces, siete días, siete volvió el viejo al almacén acompañado de su inseparable mariposa carmesí. Y siete fueron sus decepciones, siete empresas truncadas, siete caídas desesperadas.

En la última de estas visitas y estando apunto de abandonar el almacén el viejo pudo observar en un rincón, el que daba al oeste, una pequeña portezuela de hierro y sobre ella un extraño aparato de unos veinte centímetros de largo, diez de ancho y cinco de alto. Con mucha dificultad logró retirar algunas estanterías que le impedían llegar hasta el picaporte de la puerta. En el momento en que intentó inútilmente abrirla, el aparato rectangular comenzó a emitir un leve zumbido. Tal vez alguna corriente eléctrica se había conectado cuando intentara girar el picaporte. El paralelepípedo se encendió iluminando un abecedario acompañado de diez números y una pregunta: “¿Qué es necesario para ganar una última batalla?” El viejo se apresuró a escribir una respuesta rápida: “una espada”. Nada ocurría: desaparecía la respuesta escrita y permanecía iluminado el abecedario. “Un cañón”, “una bala”, “una ametralladora”, escribía. Nada, nada, nada. Recurrió después a sus extraordinarias cábalas: una “t”, “dos tes”, “cinco jotas”, “veinte aes”, “una 'i' voladora”, “una posibilidad”, “una tortura”, “siete interpretaciones”. Nada, nada, nada. Finalmente escribió con dedos doblados y temblorosos: “Darla”. Para ganar cualquier batalla lo primero que hay que hacer es darla, aunque sea la última. El paralelepípedo se apagó, un engranaje tras la férrea puerta comenzó a moverse hasta oírse claramente un “clic” en el interior. El viejo, con miedo, giró el picaporte y el pestillo interior cedió vigorosamente. Entonces pudo abrir la portezuela y pasar al otro lado, al lado de más allá.

Cuando el viejo traspasó el umbral de la puerta penetró en un lugar imposible, en un no lugar o en un no tiempo. La habitación tenía las mismas dimensiones que el almacén del otro lado: más de cien metros de largo y al menos cincuenta de ancho y veinticinco de alto. Realmente -¡qué paradoja!- era el mismo almacén anterior, pero como si estuviera reflejándose en un espejo, solo que ahora no había estanterías colgadas de las paredes, sino pinturas, cuadros, cada uno de ellos enumerado, clasificado, seguramente eran fechas los códigos anteriormente no identificados, fechas pasadas, remotas, y fechas futuras, cuadros aún inexistentes, aún no pintados, que colgaban en las paredes de esa imposible habitación. “Tal vez 'imposibilidad' sea aun más terrible que 'posibilidad'”, pensó el viejo. La habitación no tenía sentido, no podía existir. Desde fuera el almacén ocupaba una isla en medio de un solar, no tenía más almacenes anexos. ¿Cómo era posible, entonces, su existencia? Pero dentro del mismo todo cobraba una coherencia preclara y evidente.

Pudo ver su cuerpo reflejado en un espejo rectangular en un rincón de la habitación mágica. El reflejo le mostraba su rostro, eso era indudable, pero su rostro de más de cincuenta años atrás, su rostro juvenil, su cuerpo recto, elegante, con traje gris y corbata, sin su bastón, innecesario ya. Estuvo minutos contemplándose frente al espejo en silencio. Probablemente entonces su mente no lograra articular ningún pensamiento, era una mera receptora de impresiones. Notó que el dolor de las rodillas y de los dedos habían desaparecido. Se miró las manos. Eran sus manos, pero las que fueran cincuenta años atrás. Eran manos juveniles. Después ya no pudo recordar más. Nunca pudo recordar el camino de vuelta a su casa y a su habitación. Solo días después pudo reconocer que había dormido profundamente.

Antes de amanecer se despertó sobresaltado. No lograba discernir si lo que creía haber vivido en esa extraña habitación no habría sido sino un sueño, un sueño de anciano vencido, delicado y picajoso. Con mucha dificultad logró levantarse de la cama, lavarse la cara y mirarse al espejo. Este espejo de su habitación de ahora le devolvía una imagen conocida, un rostro arrugado, unos párpados caídos, unos labios menguados, unos ojos rojos y una barbilla temblorosa. Decidió volver al almacén con toda la celeridad que pudiese. Agarró su bastón y emprendió su marcha o su huida, tal vez. La mariposa carmesí comenzó a guiar su camino nada más logró salir a la calle.

Una vez frente a la portezuela volvió a encontrarse con el paralelepípedo apagado sobre la misma. Giró el picaporte y aquél se iluminó. El enigma ahora era otro: “¿Qué es la imagen móvil de la eternidad?” El viejo no tuvo que pensar mucho. Pulsando teclaa tecla sobre el abecedario escribió: “El tiempo”. Escuchó el mecanismo interior y el clic posterior. Giró de nuevo el picaporte y la portezuela se abrió. La habitación volvió a aparecer desde lo imposible. Las pinturas viejas, recientes y futuras, perfectamente codificadas aparecieron cubriendo todas las paredes. Después pudo observar que pasados unos minutos todas iban renovándose, unas sustituían a otras. El espejo seguía allí reflejando su cuerpo joven. Estuvo horas o segundos o semanas, nunca se supo, observando el movimiento de las pinturas. Algunas, las menos, eran pinturas, las más, eran fotografías y películas, que mostraban hechos ocurridos en diferentes momentos de la historia pasada y futura. Al viejo le interesaba poco el futuro, prefería concentrarse, regodearse en el pasado, siempre había sido un nostálgico y melancólico sentimental. Más tarde o más temprano, dado que el tiempo no existía en el interior de aquel imposible almacén, observó un tabernáculo en el centro geométrico de aquel paralelepípedo mágico. Estaba bordeado por cuatro columnas y en el interior de estas columnas una máquina de hierro, una maquinaria más bien, parecida a las que pudieran haberse construido a finales del siglo XIX, con muchas piezas de hierro engranadas, con tuercas, con tornillos, con arandelas, con palancas, todas herrumbrosas. Dos placas de cristal destacaban en el frontal de la maquinaria. El viejo ahora joven se colocó frente a ellas, avanzó sus manos y colocó las palmas en el centro de sendos cristales.
La máquina comenzó a funcionar: un zumbido in crescendo delataba alguna corriente eléctrica que se conectaba a un rotor. Varios pistones silbaron liberando gases y humos, muchas ruedas comenzaron a girar ganando más y más velocidad, el almacén entero pareció comenzar a girar y a flotar en el espacio. El zumbido, después de alcanzar una altura insoportable para los oídos, cesó de golpe; el almacén pareció seguir flotando pero ya no giraba o eso debió creer el viejo ahora joven. Los códigos de las paredes se transformaron en fechas y los cuadros junto a ellas comenzaron a mostrar imágenes correspondientes a esas fechas. Pudo verse a sí mismo en el momento de su boda, pudo ver y oír a su joven esposa que lo miraba a los ojos y le decía: “Te quiero, cariño”. Pudo ver a su padre llegando a la casa familiar después del trabajo cargado con una bolsa de papel en la que portaba unos lápices y unos cuadernos nuevos. Recordaba esos cuadernos y lápices desde hacía tantos años... y ahora estaban ahí, podía verlos y tocarlos, no solo eran imágenes. Pudo ver y oler a su madre que le calmaba unas fiebres con paños fríos en su frente. Pudo notar la humedad de los paños, pudo sentir la suavidad de la mano de su madre en su frente, pudo oír su voz una vez más preguntándole: “¿te encuentras mejor?”. Pudo abrazar a su madre joven cuando él tenía apenas siete años. Pudo ver también a su hijo enfermo tumbado en la cama y a su esposa agarrándole una mano. Pudo abrazar a ambos y sentir cómo ambos lo abrazaban a él. Pudo hacer el amor con su esposa una vez más y susurrarle quedamente que nunca tendrá la oportunidad de decirle todas las veces que lo hubiera sentido todo lo que la amaba.

Cuando diez días después de muerto encontraron el cadáver del viejo acostado en su lecho todos los que lo vieron reconocieron que en su rostro había quedado grabada una leve sonrisa. Cuando levantaron el cuerpo para depositarlo en una camilla de la mano del viejo cayó un lapicillo y un papel enrollado con unas letras escritas. Cuando alguien cogió el papel entre sus dedos pudo leer: “'El tiempo no existe'. Cuatro palabras, siete sílabas, dieciséis letras, ocho vocales y ocho consonantes. Vocal más repetida la “e”, cuatro veces. Victoria absoluta sobre la “a”, cero veces. Consonante más repetida la “t”, dos veces”.


1Gustavo Bueno: El mito de la cultura.

sábado, 30 de marzo de 2019

Los derrotados. Cuento triste:



Érase una vez que se era...

Una habitación muy calentita en que se podía escuchar la siguiente conversación:
  • Mira, Luisito. Mañana vamos a ir a la ciudad.
  • ¿Qué es la ciudad, mami?
  • La ciudad es un sitio muy grande donde hay muchas casas y mucha gente.
  • ¡Ah, mami! Como el pueblo de abajo.
  • No, Luisito. La ciudad es mucho más grande que el pueblo de abajo, con mucha más gente y con muchos coches que corren mucho.

Luisito imaginó que la ciudad debía ser como muchos pueblos de abajo juntos y con mucha más gente y desconocida.

  • ¿Para qué tenemos que ir a la ciudad, mami?
  • Vamos a comprar paños y ovillos de lana.
  • ¿No hay paños en el pueblo de abajo?
  • Como los que estoy buscando, no, Luisito. Vamos a hacerle un gabán a tu padre y tiene que ser de paño bueno. Tú quieres que papasito esté bien abrigadito allá en las rocas, ¿verdad Luisito?
  • Sí, mami. ¿Y hace mucho frío en la ciudad, mami?
  • ¡Qué cosas dices, Luisito! En la ciudad hace menos frío que aquí. Nosotros vivimos en la montaña y la ciudad está en el valle.
  • ¿En el valle, mami?
  • Sí, claro, Luisito, en el valle. Y el valle es más cálido que acá arriba.
  • Entonces, mami. ¿Para qué quieren paños tan calentitos en la ciudad?
  • Vamos, Luisito. No hagas preguntas tontas. Venga,... termina de tomarte el vaso de leche y vamos a dormir que mañana tendremos que madrugar.
  • Vale, mami. Pero... como tú vas a comprar paños y ovillos, y yo voy a estar solito... ¿nos podemos llevar con nosotros a Barrigoncito?
  • Vale, cariño. Puedes decirle a Barrigoncito que mañana se viene con nosotros.

Barrigoncito era el juguete favorito de Luisito: un botijo de goma azul decorado con puntos blancos y con una cabeza de dinosaurio en el lugar del pitorro. La boca de Barrigoncito no expulsaba fuego, no era un dragón, sino agua. A Luisito le gustaba beber el agua que brotaba del gaznate de Barrigoncito.
La madre vio que el niño no estaba muy tranquilo con eso de ir a la ciudad y por ello le dijo:
  • Luisito, no tengas miedo, aunque la ciudad sea grande y esté lejos. Tú tienes que agarrar a Barrigoncito con una mano y con la otra me agarras a mí. No me sueltes y, como siempre te digo -y este es nuestro secreto-, no te salgas del camino que te vaya trazando. Así no te equivocarás. Y si no te equivocas, nada puede salir mal.

Así fue cómo Luisito quedose tranquilo y durmiose junto a su amiguito de plástico.

A la mañana siguiente, la madre vio a Luisito que le decía al dinosaurio azul: “No te sueltes de mi mano y no te salgas del camino. Ya te lo he dicho otras veces. ¿Me comprendes Barrigoncito? Si haces lo que debes, no te equivocarás.” Después de soltarle el cuello que tenía agarrado con fuerzas, Barrigoncito respondió como desinflándose:
  • Psssssssííííííííííííí...

Primero subieron a la carreta del vecino de una huerta cercana que tenía una enorme barriga y que los llevó con un viejo burdégano hasta el pueblo de abajo. Allí tomaron un autobús azul y verde que los llevó después de mucho, pero mucho rato, hasta la ciudad. Cuando llegaron Luisito tenía cara de cansado. El viaje se le había hecho largo, largo. Y después de las compras aún le esperaba el trayecto de vuelta.

  • Estás muy callado -dijo la madre.
  • Está muy lejos la ciudad, mami. Y es muy grande. ¿Verdad Barrigoncito?
  • Psssssssííííííííííííí... -dijo el muñeco.
  • Ahora, Luisito. No te sueltes de mi mano. Aún falta mucho para llegar al almacén. ¿Vale?
  • Sí, mami. Que no te suelte de la mano y que no me salga del camino. Ya lo sé, mami. ¿Y tú te has enterado?
  • Psssssssííííííííííííí... -respondió Barrigoncito.

Después de recorrer calles y calles, chocar con las piernas de centenas de personas que vestían de formas extrañísimas, sobre todo las mujeres, con unas faldas, unos sombreros y unos zapatos rarísimos, incomodísimos, pensaba Luisito; después de no ver más que adoquines y adoquines en el suelo llegaron los tres, una madre resuelta y capaz, pero impotente por saberse ignorada en ese espacio ajeno, un niño asombrado y cansado, pero confiado ciegamente en el poder de su mami, y un botijo de plástico sin voluntad, anuente con cualquiera que le preguntase lo que quisiese; después de más de dos horas de caminata y caminata,... llegaron a una tienda a la que la madre había llamado El almacén.

Esta mujer se agachó para situarse a la altura de Luisito y le dijo muy seria:
  • Mira, Luisito. Voy a entrar un momento en el almacén para recoger el paño. Quiero que te estés quietecito aquí en la puerta. No te muevas, que yo no tardaré en regresar. ¿De acuerdo, cariño?
  • Pero, mami... ¿Te vas a ir muy lejos?
  • Ya te he dicho que no, Luisito. Voy a entrar en el almacén y en un ratito estoy de vuelta. ¿Vale?
  • Vale, mami. Pero... ¿vas a tardar mucho, mami?
  • Ya te he dicho que no, Luisito. En un ratito estoy de vuelta, pero tú y Barrigoncito no os movaís de aquí. ¿Vale?
  • Vale, mami. ¿Vale, Barrigoncito?
  • Psssssssííííííííííííí...

La madre entró en la tienda y Luisito se quedó con su muñeco en la puerta esperando a su mami. Pasaron unos minutos y Luisito se aburría. Hablaba con Barrigoncito, pero, claro, Barrigoncito no era un compañero muy divertido. En la acera de enfrente había una tienda que tenía en el escaparate unos objetos rarísimos: plumas, bolígrafos, lápices de colores, sacapuntas, postales,... Luisito no quería desobedecer a su mami cruzando la calle y saliéndose del camino, pero... quizá fuese el aburrimiento o la curiosidad o la insensatez o que Barrigoncito respondiese “Psssssssííííííííííííí...” cuando él le preguntase “¿Vamos?”... Luisito y su dinosaurio cruzaron la calle y se pusieron a contemplar el escaparate. ¿Qué de cosas raras y qué bonitas? ¿Para qué servirían todos esos objetos? ¿Qué suerte tenían los niños de la ciudad?
Luisito no sabía cuánto tiempo estuvo contemplando el escaparate de enfrente, pero entonces recordó que su mami le había hecho prometer que no se saldría del camino, así que volvió rápido a la puerta del almacén, pero la puerta del almacén había desaparecido, ya no estaba allí. Luisito había recorrido el escaparate de la papelería de enfrente y este escaparate estaba en una esquina. La acera que ahora tenía enfrente Luisito no era la acera de antes, era otra y estaba más lejos, y por la calle pasaba mucha más gente. Luisito le preguntó a Barrigoncito:
  • ¿Cruzamos?
Barrigoncito respondió:
  • Psssssssííííííííííííí...

Y ambos cruzaron la calle. El almacén había desaparecido. La ciudad parecía otra ahora que se sentía solo. ¿Y su madre? ¿Cuánto tiempo se había llevado mirando el escaparate?
Pasados unos minutos la madre de Luisito salió del almacén y al no ver a su hijo en la puerta, alzó la mirada con inteligencia y para la suerte de su hijo. Rápidamente divisó al pequeño llorando en la acera de la otra calle junto a su bucarito de plástico azul. La madre no llegó a ver la cara de alegría de Luisito cuando su madre se dirigía hacia él diciéndole:
  • ¿No te tengo dicho que me hagas caso y que no te salgas del camino? Venga, deja de llorar y vamos que aún tenemos que volver a casa.

Luisito dirigió una mirada de cariño a su madre y otra de reprobación a su muñeco: ¿No te tengo dicho que hagas siempre lo que debes? Así no te equivocarás. Vamos Barrigoncito, que todavía nos queda mucho camino de vuelta.

jueves, 28 de febrero de 2019

El pacto:


Tal vez cuando ella dejara el coche en la carretera aún tuviera que andar durante más de quince minutos por senderos casi borrados debido a la imparable expansión de la yerba que, en esta época del año, marzo, invadía de vida a toda la zona húmeda del valle. No obstante ella conocía tan bien los senderos que podría haberlos recorrido a ciegas a pesar de los más de veinte años que debía hacer que no visitaba la región. Tal vez, así me gusta imaginarlo, llegara a la última curva de la vereda, una curva a la izquierda que después de otros quince minutos más la devolvería de nuevo a la carretera unos kilómetros más arriba. En esa curva cerrada, oculta por la maleza y el tiempo, se escondía una fuente de agua fría y clara, un manantial que solo visitaban algunos animales del bosque cuando querían refrescar sus gargantas, como entonces tal vez le ocurriese a Inés. Pero Inés no habría acudido veinte años después a la fuente para calmar su sed, que agua fresca puede encontrarse en más lugares maravillosos para suerte del caminante. A unos metros detrás de la fuente comenzaba un muro de piedras que perimetraba una finca. Detrás del muro una casa semiderruída, abandonada: la casa que fue de sus abuelos maternos. Por ello conocía Inés tan bien el lugar, porque en aquellos parajes había pasado muchos veranos con sus padres, abuelos y hermanos. Allí había corrido, saltado, gritado, jugado, allí había conocido también el amor por las plantas, los árboles, los animales, las rocas,... amor que lentamente fue configurando su vida. Aunque ahora la casa habría sido invadida por las yerbas, ella aún podría distinguir perfectamente las distintas dependencias que la formaban: la amplia cocina con una chimenea gigantesca, con capacidad para asar un cordero entero, el salón, las habitaciones, las cuadras,...
¿Qué te había empujado a volver a esta finca familiar abandonada, Inés? Verdaderamente nadie puede responder a esta pregunta y ya nadie lo podrá hacer nunca. Nunca y siempre confluyen en lo eterno. Como en ti ahora, Inés, confluyen el ayer que se aleja y el mañana que no llega, ambos ya imposibles. Tal vez ella se engañara pensando en la absurda idea de que había vuelto para ver si aún se conservaba en el desván la vieja mariposa de cristal irisado de su abuelo que tanto podría gustarle a su amiga Amalia quien estaba intentando abrirse paso en el mundo de la moda y había puesto una boutique en el centro de Sevilla. Esta mariposa de colores brillantes no sería solo un detalle estético para la tienda, sino que sería su símbolo y emblema, lo que marcaría su diferencia: calidad, paciencia, artesanía manufacturada, mezcla de novedad y tradición, propuesta de metamorfosis recomendadas. Pero realmente ella debía saber que la razón de su vuelta al origen era otra. Días antes, sabemos todos los que la queríamos, había descubierto que su marido Antón la engañaba con una de sus colegas de trabajo. No obstante ella no parecía disgustada por ello. Nunca culpó a nadie de lo que le ocurría a ella. Además siempre había defendido que los pactos están para incumplirlos, si no... por qué habrían de firmarse. Realmente llevaban ya varios meses separados: dormían en habitaciones distintas y había días en que sólo se cruzaban en el pasillo o en la cocina, para comunicarse, como ella decía, con un leve “Hola. ¿Sigues aquí?”. Durante esos días andaba aturdida y sorprendida porque había descubierto que su marido Antón no se había enamorado repentinamente de una joven guapa, risueña, pero de mirada triste, sino que llevaba más de veinte años ocultándole sus verdaderos sentimientos hacia la mujer a la que amaba, y ella, Inés, siempre tan observadora, tan astuta y, a veces, tan grácilmente retorcida, no se había percatado de nada, ni siquiera había imaginado una ligera sospecha. Por mucho que Antón y ella ya no se quisieran, veinte años de convivencia son muchos años, y tiempo atrás ella sí que estuvo enamorada de Antón, o, al menos, así lo creía. ¿Acaso esto carecía de importancia? Inés tal vez sentiría que necesitaba meditar y, por ello, algo o alguien la habría impulsado a esta vieja y abandonada finca de sus abuelos.
Aún faltarían algunas horas para que el sol se pusiese y se hiciese de noche. Tiempo más que suficiente para meditar y recoger la mariposa de cristal irisado. Probablemente sacara de su bolso una llave grande, y entrara en la casa, como si entrara en el recinto oculto de un templo abandonado, pero no olvidado, necesario. Quizá subiera con dificultad al desván donde sabría que no se encontraba el anhelado lepidóptero brillante porque ella, como todos, sabía que siempre estuvo en su maletín de nogal negro, encima de la gran chimenea del salón, pero donde sabría que encontraría cientos de otros cachivaches viejos. Tal vez dentro del cajón de una cómoda más vieja que ajada apareciera una caja de latón. Allí debía estar lo que verdaderamente buscara y la habría llevado hasta allí: una sepia fotografía de su primo Isidro de quien de joven, adolescentes ambos, entre aquellos cerros rebosantes de vidas, quizás estuviese enamorada. Tal vez recordara que con los años se fueron distanciando sus encuentros y que finalmente se acabaron separando sin despedirse. Tal vez se justificase pensando que después ya estaba Antón, el pacto matrimonial, los niños,... Quizá rehusase recordar que Isidro la había buscado en la ciudad, pero que -¡claro!- ella era una señora casada, con familia, en fín, imposible dejarse llevar por la resbaladiza ladera de los sentimientos cubiertos con el delicado velo de los deberes contraídos. Tal vez supusiese, como años atrás, que sería mejor olvidarlos, borrarlos, ignorarlos. Pero ahora, la traición de su marido, aunque ya no lo amase, habría despertado en ella sus amores dormidos y entre ellos el amor por su primo. Esto habría vuelto definitivamente su vida pasada una aventura inútil. Probablemente Inés no sintiera la traición por el romance de su marido, sino tal vez por lo duradero del mismo, porque mientras él la engañaba durante tantos años, ella había permanecido siéndole fiel a pesar de sus sentimientos silenciados hacia su primo. Esto debió parecerle absolutamente inaceptable. Tal vez se sentiría vacía o tonta o ridícula. Seguramente Inés no habría querido vengarse de su marido, habría querido vengarse de ella misma, por su torpeza, por su tozudez, por su ceguera. ¿Por qué había tenido que ser ella siempre tan exigente consigo misma? Él, Antón, pensaría ella, la había traicionado, pero no a sí mismo; ella, en cambio, pensaría, se había traicionado a sí misma, había faltado al pacto principal que uno sella con su vida en el instante mismo de su nacimiento y esto era lo que, tal vez, no podría perdonarle a él, aunque sabría en conciencia que la única culpable verdaderamente era ella. Era ella misma la que debería pagar por su traición, por su deslealtad consigo misma.
Quizá, después, bajara al salón a recoger la mariposa, la metiera en una bolsa de tela vieja y manchada, y comenzara el camino de vuelta al coche. Quince minutos de ida se habrían convertido en una hora de vuelta. Siempre fue una soñadora. Cuando llegara a la carretera, estaría agotada no solo físicamente; durante esa hora de camino no habría dejado de darle vueltas a su culpabilidad, a su traición a sí misma. La imagino colocando con sumo cuidado y cautela el estuche en el asiento trasero del coche y sentándose firme al volante. Tal vez cuando arrancara y comenzara a conducir, mirara por el espejo retrovisor y viese su vida pasada frente a la por venir o tal vez un rayo del último sol de la tarde incidiese sobre la irisada superficie de cristal del lepidóptero. Ello debió hacer que se despistara y que no viera un piedra enorme en mitad de la carretera, una curva a la izquierda y el árbol en el que acabó hundiéndose terminando en él sus días y sus pensamientos. Tal vez solo una muerte inútil y absurda podría corresponder a una traición igualmente absurda e inútil y tal vez Inés no mereciera este relato que le escribo.
Firmado: Isidro.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Terapia:



Tarde de miedos.

El médico dijo con una voz exageradamente aguda:

  • Ahora, señor Fernández, cuénteme todo otra vez desde el principio. Señor Fernández, ¿ha entendido? Señor Fernández, desde el principio otra vez, ¿me comprende?

Entonces el enfermo levantó la cabeza y dirigió una mirada perdida, con las pupilas enormemente dilatadas, hacia el doctor, hacia nosotros, hacia su alrededor. Estaba asustado, volvía a bajar la cabeza, se sujetaba y se frotaba las manos, balbuceaba, la saliva chorreaba por su barbilla. Comenzó a hablar. Su voz era grave, hablaba despacio:

  • ¿El principio? ¿El principio, dice? Creo que todo comenzó unas semanas atrás, o unos meses tal vez. Yo estaba en la habitación de una pensión. Era por la tarde, sí, después de comer, ahora lo veo, creo... Empecé a oír un ruido lejano, apenas un susurro, como el que hace una pelotita de goma que rueda sobre un cristal con arena. Entonces, creo, no me preocupé y seguí trabajando, estaba escribiendo la historia de una mujer joven que temblaba en un rincón, que lloraba en la oscuridad de un rincón, en un rellano, quizá. Estaba describiendo su respiración entrecortada, forzada, imposible, agónica, irreal, cuando el ruido se hizo más evidente. Tal vez subiera de tono o tal vez la pelotita de goma se estuviera acercando, o creciendo, creo.

    Tuve que parar de escribir, sí. Y comencé a buscar el origen del ruido. Desbaraté toda la habitación sin encontrar su causa. El ruido empezó a hacérseme desagradable. Tenía que encontrar su origen. Tenía que pararlo. Creo que fue entonces cuando empecé a obsesionarme con él. No logré descubrirlo, ni pararlo, ni olvidarlo.

    Esa noche, creo, que acabé por reconocer mi impotencia. Después salí a la calle. Había otros ruidos que me impedían oír el mío. Más tarde, tal vez de tanto deambular, lo olvidé o eso creía yo.

    Pero no era así, unos días después el ruido me seguía acompañando. Ya no como el de una pelotita de goma rodando. Ahora había crecido y parecía como el que hace una rata cuando roe una nuez. ¿Me comprende, doctor? ¿Me comprende? ¿Me comprende usted?

  • Sí, señor Fernández, siga, siga. No se detenga. ¿Qué ocurrió cuando usted creyó oír de nuevo ese ruido?

  • No lo creí oír, doctor. Lo estaba oyendo. Yo me había puesto a escribir la historia de esa maldita mujer joven que lloraba en un rincón del rellano, a oscuras. Tenía el pelo largo, recogido en una cola y con un lazo... creo. No podía verle los ojos, porque tenía la cara entre sus brazos. Tal vez estuviese agachada. Entonces, cuando ella iba a girarse para mirarme, el ruido comenzó a crecer. ¿Me comprende, doctor? A crecer, a crecer porque el ruido no había dejado de sonar desde el principio. Aunque otros ruidos lo ocultasen, él seguía allí; había seguido allí desde el primer momento. Solo que ahora era mucho más fuerte, más evidente. Recuerdo que salí al pasillo de mi habitación para buscar a alguien, para que alguien pudiera decirme qué era o de dónde provenía ese maldito ruido. Pero nadie; el pasillo estaba vacío, nadie podía oír lo que yo no soportaba seguir escuchando. ¿Sabe usted, doctor? ¿Sabe usted lo que es oír de día y de noche ese maldito ruido, como el de una rata escarbando en alguna de las paredes de la habitación de esa maldita fonda? ¿Sabe?

  • No, señor Fernández. Lo sé ahora, ahora que usted me lo cuenta. Ahora...

  • ¡Cállese, doctor! ¿Quiere que le siga contando?

    El señor Fernández estaba aterrorizado, muy inestable, lo mismo hablaba pausadamente que comenzaba a elevar la voz y a mover las enormes pupilas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. El doctor obedeció y calló. El señor Fernández continuó.

  • Así he estado días,... semanas. Obsesionado con este maldito ruido de día y de noche, de noche y de día. A veces tenía que ponerme los auriculares y estuchar música a todo volumen. Esto me calmaba, la música de una gran orquesta a toda pastilla.

    La otra tarde me puse de nuevo a escribir. La mujer joven seguía llorando en su rincón con su largo pelo recogido, con su cara escondida entre sus brazos. Tal vez fuese una niña, una colegiala, porque creía ver entre las sombras unas piernas delgadas y unos calcetines largos. Estaba llorando, quise acercarme... pero de nuevo el ruido. No era un roedor. Entonces fue cuando lo percibí más claro y más fuerte, incluso sobresaliendo por encima de la música que sonaba estruendosamente en mis oídos. Parecía un sollozo, alguien sollozaba. Tal vez fuese en alguna de las habitaciones laterales. Alguien sollozaba en alguna habitación vecina. Salí al pasillo; todas las puertas estaban cerradas, las aporreé, intenté abrirlas,... nada. El sollozo era clarísimo tras la primera puerta a la izquierda de mi habitación. Empujé la puerta con el hombro y cedió sin dificultades. Nada. Dentro la habitación estaba vacía y ordenada. Nadie parecía haberla ocupado en meses. Después forcé la puerta de la derecha. Nada. Tampoco parecía haber estado ocupada desde meses.

    Estuve días sin salir a la calle. Solo escuchaba música a toda pastilla. Recuerdo que me dolía la cabeza, doctor. Me dolía la nuca, doctor. Insoportable. Como ahora, doctor. Pero no podía dejar de escuchar la música. ¿Quieren ustedes callarse? Este sollozo me está destruyendo, doctor. No puedo más, doctor. Deme algo, doctor. Deme algo o máteme, doctor, por favor.

  • No, señor Fernández. Tranquilícese. Tiene usted que volver a su habitación. Vamos, vuelva, tiene que ser ahora, señor Fernández. Entre de nuevo. ¿Ha entrado ya? Dígame.

  • Sí, doctor. He vuelto a entrar. Todo está alborotado. Es una verdadera pocilga, doctor.

  • Déjese ahora de ello, señor Fernández. Vuelva a su escritorio, siéntese y vuelva a escribir. Describa de nuevo a esa muchacha.

  • Ya le he dicho que no es una muchacha, es una niña o un niño, doctor. Está llorando al final del pasillo, en un rincón. Esconde su cara. Creo que tiene miedo. Doctor, está llorando otra vez y esconde su rostro, doctor. Solloza, doctor.

  • Ahora, señor Fernández. Muy despacio, vaya acercándose a ella. Muy despacio, que no se sobresalte y salga corriendo, señor Fernández.

  • Sí, doctor. Estoy de pie a su lado. Es muy pequeña. No deja de llorar. Tiembla. Creo que me tiene miedo a mí, doctor. Me teme a mí. No deja que la toque. No deja que le toque el pelo, doctor.

  • Ahora, señor Fernández, ahora tiene que hacer que le mire. Intente, con suavidad que le mire a usted. Vamos tóquele el pelo, la barbilla. Que gire la cabeza y que pueda usted mirarla a los ojos. Inténtelo, señor Fernández.

  • No quiere, doctor. No quiere. Ahora, ahora. Pero... pero... pero... qué me pasa, doctor; soy yo, doctor. Soy yo quien llora, doctor. No es una niña, doctor. Esto no puede ser, doctor.

  • Ahora, señor Fernández, ahora. Cójala del cuello. Apriete. Mátela. Ahora, señor Fernández. Hunda sus pulgares en su cuello. Vamos. Con fuerza. Apriete.


El Señor Fernández se hundió en un sueño profundo. Estaba como inconsciente tumbado en el diván. El doctor dijo:

  • Por fin, creo que este pobre diablo ha acabado con su monstruo. Vamos, enfermeros. Dejémoslo descansar. Salgamos de la habitación.


José Manuel Martínez Arias.

domingo, 18 de noviembre de 2018

La "seductriz":


De colores.

Por la mañana es Iván. Pantalón chino gris, negro o, excepcionalmente, azul marino. Camisa de algodón fino blanca, gris, negra,... Americana oscura, corte slim o similar, lisa o a rayas...
Por la tarde es Inés. Pantalones de piel ajustados y de colores brillantes. Blusa o top de llamativas flores, de topos variados -que asaltan-. Chaqueta o blazer informal, cuello beige de piel sintética con cálida pelambre. Colores, muchos colores en el rostro en los labios en los ojos en la frente en los pómulos en las mejillas en el cuello...

Iván conoció a Pedro hacía tres meses, pero a Pedro quien verdaderamente lo enamoró fue Inés. Una noche hecha de humos... Pedro le acercó una copa de vino tinto a Inés. Ella lo miró, le guiñó un ojo, esbozó una sonrisa con sus labios carmesíes levemente ladeada hacia su maquillada mejilla derecha, dobló casi imperceptiblemente la cabeza hacia su izquierda y aceptó la copa levantando su blanca muñeca por encima de su mano lánguida y caída, con los dedos rosas muy finos y largos. Pedro no pudo sino sucumbir al poderoso encanto que, en forma de nimbo luminoso, emanaba de Inés, encanto ingenuo, infantil. Cayó postrado a sus pies, dominado por su nueva angélica ama de ojos verdes, voz grave y secretos misteriosos en demanda de ser revelados.

Van tres meses de convivencia e Iván o Inés y Pedro no pueden imaginarse sus vidas separadas. Su conexión es absoluta, como el verde del cielo al atardecer y el gris del mar, -creen-: sienten que realmente siempre estuvieron juntos, aunque no fueran capaces de conocerse o de dirigirse el uno al otro, pero siempre siempre, aunque en su ignorancia, habían estado el uno al lado del otro, como el azul y el amarillo convergiendo en el verde de sus miradas. Tal vez espalda contra espalda habían sido condenados a no verse nunca. Pero un golpe del destino, un azar en aquella noche secreta, un nudo en el hilo de sus vida, un salto cuántico en una dimensión desconocida había logrado girarlos y colocarlos frente a frente, cara a cara, verde contra verde y ya nunca nada podría hacer que se separasen, nunca nada podría interponerse entrambos, disolverlos, separarlos. Salvo, claro está, la familia de Pedro.

Su madre era una piadosa mujer, conservadora y paciente. Su amarilla piel envejecida conservaba en sus pliegues no solo el tiempo transcurrido, sino también la memoria pasada. En sus surcos podían leerse todas sus experiencias vividas sentidas imaginadas. El padre de Pedro era además un conservador militante verde caqui, porque militar era, coronel del ejército de tierra. Hombre adusto, malencarado, serio, de poblado y rizado bigote. Pedro adoraba a sus padres y quería, necesitaba que conocieran a Inés o a Iván.
Para Iván era un problema, para Inés también. Según él, Pedro debía hablar antes con sus padres, tenerlos informados: tal vez ellos no supieran o sospecharan que su hijo Pedro el albo pudiera enamorarse de un muchacho como él. Según ella, era un mal comienzo no informar desde el principio a los padres de Pedro que por las mañanas se llamaba Iván.
Pedro no quería preámbulos y concertó una cena en casa de sus padres para, según les dijo, presentarles a su pareja, a la persona que más feliz lo hacía, a la persona con la que quería compartir cada minuto cada segundo cada instante de su vida.

Iván o Inés estaban echos un lío. Iván creía que debía ir a la cena como Inés, pero Inés opinaba que tal vez fuese más correcto ir como Iván. Finalmente decidieron ir ambos: vestido como Iván (pantalón chino gris. Camisa de algodón fino blanca. Americana gris, corte delicado, lisa, de hilo de lana muy finamente trenzado), pero maquillado como Inés (colores, muchos colores en el rostro en los labios en los ojos en la frente en los pómulos en las mejillas en el cuello...). Los ojos y los labios de Inés eran verdaderamente más grandes, atractivos y sensuales que los de Iván. De esto no cabía duda alguna.
Pedro estaba encantado esta tarde. Por fin sus padres conocerían a Iván el gris, sobre todo su padre, por fin conocería a la multicolor Inés.

Fue la madre de Pedro quien abrió la puerta, detrás su marido el militar con su vistoso bigote. Pedro hizo las presentaciones: “madre, padre,... ésta es Inés aunque algunos por las mañanas la llaman Iván. Es encantadora y desde hace tres meses no entiendo mi vida sin ella. Espero que os guste”. Los cuatro pasaron al salón, la mesa ya estaba preparada. La ocre madre de Pedro quería sonreír, pero tal vez se le escapase una lagrimita y tal vez por ello marchó a la cocina. Pedro el albo la siguió. Iván o Inés y Pedro-padre-caqui se quedaron solos en el salón, de pie junto a la lujosa mesa preparada para acoger los más deliciosos sabores. Pedro-padre parecía nervioso enfadado sorprendido. Iván o Inés estaba nervioso sorprendido temeroso. De repente Pedro-padre llenó una copa de vino tinto y la alargó hacia Iván o Inés. Ella o él lo miró, le guiñó un ojo verde, esbozó una sonrisa roja con sus labios carmesíes levemente ladeada hacia su mejilla derecha maquillada, dobló casi imperceptiblemente la cabeza hacia su izquierda y aceptó la copa levantando su muñeca por encima de su mano lánguida y caída, con los dedos muy finos, largos y rosas. Pedro-padre no pudo dejar de sucumbir al poderoso encanto que emanaba de Inés o Iván, encanto multicolor con no pequeñas dosis de celeste ingenuidad pero con algunas gotas de misterioso malva. Cayó postrado a sus pies, dominado por su nueva ama de ojos verdes, voz grave y secretos en demanda de ser revelados.


José Manuel Martínez Arias.

viernes, 12 de octubre de 2018

Llamador y silencio:



Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar,
de nuevo volveré y os tomaré conmigo,
para que donde yo estoy estéis también vosotros”.
(Juan, Evangelio. 14, 3)

Una multitud apasionada se agolpa en la calle que lleva el nombre de su rey y en la plaza donde confluye la misma. La noche, joven aún, está siendo vencida lentamente por los débiles cirios encendidos. Los nazarenos y los penitentes avanzan inexorablemente hacia la catedral. El paso ya recorre los últimos tramos de su calle. A su altura se hace el silencio más absoluto. Miles de personas enfervorecidas permanecen calladas cuando el paso desciende hasta el suelo a la voz del capataz. Unos minutos de espera y descanso para los costaleros que portan la imagen. Un leve murmullo mientras las patas de la parihuela reposan en firme. Después, silencio. La voz queda del capataz: “Vamos”. La cuadrilla en posición. Suena el golpe sordo del llamador, un solo golpe. El paso se levanta a pulso, lentamente, y un silencio escalofriante cubre como un manto a todos los presentes.
De repente, los ojos de todos se abren redondos como pistas de circo, las bocas redondas como plazas de toros. Jesús del Gran Poder se está moviendo, no es el paso el que se mueve, es él mismo quien suelta la cruz que lleva sobre su hombro en el montículo del paso, se quita la corona de espinas y con una grácil genuflexión la deposita sobre el manto de flores, de un salto se lanza a la calle, sus potencias se refugian en el interior de sus ojos y, con las manos unidas, comienza a caminar.
Nadie sale de su asombro. Todos gritan. Unos lloran, unos claman, unos ríen. Una extraña locura parece haberlos poseído a todos. El hombre de túnica morada, porque hombre parece y la túnica es la misma que llevaba cuando su alma era de madera, camina silenciosamente recorriendo el itinerario previsto hacia la catedral. Todos van apartándose a su paso, manteniendo unos metros de distancia a su alrededor, pero todos quieren seguirlo. Algunos osados o necesitados o esperanzados intentan, sin lograrlo, tocarle los vestidos. Sus ojos de fuego miran a un punto lejano, más allá del final de la calle, del final de la plaza, más allá de todo horizonte. Su paso lento es firme. Cuando enfila la calle sierpes se detiene un instante, respira profundamente como si llevara siglos sin hacerlo, disfruta del aire frío de la madrugada y continúa andando. Su tez morena se oculta en las sombras; sus ojos, ya más apagados, aún conservan una llama en su interior. Cuando se encuentra al final de la calle, justo cuando va a adentrarse en la plaza de san francisco, se detiene de nuevo y respira. Una mujer joven rompe el círculo de respeto que todos le han dejado, se le acerca y pregunta. “¿Eres tú, Señor, que has vuelto?” El gran poder, refugio de inocentes, mira a la mujer que se retira en silencio con su respuesta. Otros también le increpan, pero él ya ha emprendido de nuevo su marcha lenta hacia la catedral. Un agente de la policía urbana se le acerca por su costado, su mano toca el paño que lo cubre, pero no puede detener la marcha del señor. El agente retrocede con la imprudente mano adormecida. Al final de la avenida de la constitución, el señor se detiene bajo el pórtico de la catedral, se gira, bendice a la multitud, se adentra en el templo. Las autoridades eclesiásticas expulsan del mismo a todos los nazarenos, penitentes, costaleros y demás protagonistas de la fiesta y cierran todas las puertas de la iglesia. El señor, con las piernas cruzadas en el suelo del coro, permanece quieto y en silencio. Ninguna autoridad osa perturbar sus oraciones.

Toda la noche ha permanecido el señor en el suelo de la basílica, toda la noche en silencio y la quietud más absoluta: más que hombre parece talla, a no ser por las llamas que encienden sus ojos, por el sudor que mana de su frente y por la sangre que como un fino hilo ha comenzado a brotar de sus muñecas y de sus empeines.

Ya de amanecida se le acerca un hombre de alta sotana. Permanece en silencio unos minutos junto al señor. Finalmente pregunta: “¿Eres quien esperamos, que has vuelto como prometisteis?” No haya respuesta el arzobispo. Aún se mantiene junto al señor varias horas. Pero en la iglesia solo se escucha, ominoso, el silencio. Finalmente, tal vez cansado, o decepcionado, o desesperanzado, o aburrido, o desconfiado, o enfadado, o confundido, o perplejo, o angustiado, o dolido el arzobispo se levanta y se marcha.
Pasa otra jornada y concluye. A la mañana siguiente, sábado santo, otras autoridades deciden increpar al orante. Felipe VI de España, el presidente del Parlamento Europeo, el presidente de la Comisión Europea, el presidente de los Estados Unidos de América, el de la Federación Rusa, y otras más de quince autoridades se dirigen al señor y le preguntan: “¿Eres quien pareces ser?” El señor, refugio de culpables, los mira a todos con sus ojos encendidos, uno a uno, y permanece en silencio; después se refugia de nuevo en su interior, parece descansar.
Las autoridades se van marchando.

Las televisiones, las radios, los periódicos no dejan de publicar explosivos titulares: “el señor está con nosotros”, “el señor guarda silencio”, “¿qué calla el señor?”, “¿para qué ha vuelto el señor?”. Algunos medios concluyen: “Esto es el apocalipsis”. Otros: “Finalmente era el único dios verdadero”. La locura recorre las calles: quienes creen que llevaban una vida disoluta, o quienes creen que se regodeaban en la maldad, en el oportunismo o en la perversión corren despavoridos y claman perdón; quienes creen lo contrario sonríen a todas horas, se abrazan por las calles, y cantan y danzan cogidos de las manos. El señor, en silencio, parece llorar; de sus muñecas y de sus pies brota un río de sangre que sale ya por todas las puertas de la catedral, baja las escalinatas y se extiende por las calles de Sevilla en todas direcciones. El río está teñido de rojo como el cielo del atardecer.
Al amanecer siguiente, domingo de resurrección según quiere la tradición, acude a la iglesia el papa Benedicto XVI, quien sumisamente se acerca al señor, apoya sus manos en sus hombros y le dice: “Por favor, ayúdame”. El señor parece conmoverse, levanta la mirada y responde. “¿Qué necesitas?”. “Necesito perdón, dios”. El señor parece irritado: “Eras tú quien debías mostrar el camino”. “Lo sé, señor -responde el papa-, pero... ¡el camino está tan borroso y es tan incierto! ¡Ayúdame! ¡Ayúdanos!” “Vine a tomaros conmigo una vez preparado el lugar, pero... ¡habéis trabajado tanto para borrar el camino, que ya no sé hacia dónde conduciros! Tal vez sea tarde mi venida, tal vez subestimé vuestra inteligencia o vuestra capacidad de acción y dominio, tal vez la vida del hombre sea un error”. “Por favor, señor -respondió Benedicto-. No te vayas y nos dejes en soledad. Tú eres el gran poder. No todo debe estar perdido. Piensa que tal vez haya aún tiempo, que tal vez hayas vuelto demasiado pronto. Concédenos más tiempo para emprender nuevas tareas. Por favor”. El señor cerró los ojos, meditó y al caer la noche pronunció su sentencia: “Así sea concedido”. Después su cuerpo se inflamó. Quizá fuesen las llamas de sus ojos quienes iniciaron la combustión. Rápida combustión que sólo dejó a los pies del albo padre un leve montículo de cenizas que el viento no tardó en dispersar por la nave, por los aires, por los cielos, por las aguas del río, eliminando con ellas toda mancha de sangre que ya se iba expandiendo por todos los continentes de la tierra.
José Manuel Martínez Arias.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Renacimientos:



Otro amor de verano.

Se colocó frente a la taza del váter, se bajó los pantalones y los calzoncillos hasta abajo, y se dispuso a orinar. Con delicadeza se pellizcó el escroto y el glande, deseando que un grueso chorro de orina brotase con fuerza de su polla. Nada. Nada brotó, aunque sentía unas ganas enormes de orinar. Después de más de cinco minutos de espera, comenzó a expulsar un ligero hilo de orina y unas cuantas gotas que apenas amarillearon el depósito del váter. Aún con ganas de orinar, se agachó, se subió los calzoncillos y los pantalones, no se lavó las manos, y salió del cuarto de baño con la cabeza baja, la mirada perdida y los hombros caídos. Este era Andrés, profesor jubilado de literaturas comparadas, de sesenta y cinco años, soltero, putero y aficionado al tabaco de calidad y al güisqui caro.

De joven había querido ser escritor, pero pronto descubrió que carecía de sensibilidad y de imaginación: era incapaz de inventar ninguna historia nueva, ninguna anécdota que no hubiese vivido con anterioridad, pero sobre todo era incapaz de imaginar lo que hubieran sentido los protagonistas de sus historias. Hecho este extraordinario dado que cuando leía historias escritas por otros, entonces se introducía con pasión en los relatos y ya se imaginaba ser John Silver, ya el Conde de Montecristo o ya Margarita Gautier. Una vez que comprendió que no estaba destinado para la literatura creativa, se dedicó al disfrute de la lectura y, con ello, acabó ejerciendo de profesor en una facultad de filología de Madrid. De hecho este momento fue el de la primera muerte de Andrés. Él sintió cómo su vida, de no estar dedicada a la creación, carecía de sentido, para nada la quería. Ahí comenzó su afición al güisqui y a las putas, al fin y al cabo, pensaba, una esposa no era más que una puta aburrida y cara.
No obstante esta primera muerte, también tuvo Andrés un primer renacimiento. Fue a comienzos del año escolar 83-84. Aquel año impartía un curso sobre novela decimonónica europea y a sus clases se habían apuntado un grupo insoportable de señoritas demi-vierges que suspiraban cuando apenas había terminado de leer algún texto. Aunque sus ojos lo miraban a él y sus oídos parecían escuchar los textos leídos por él, realmente, ni los ojos ni los oídos de estas señoritas eran capaces de mirar o de oír nada que ocurriera fuera de sus propias cabezas: jóvenes onanistas que confundían sus vulgares deseos con sus amores soeces. Pero, en cambio, una jovencita morena de pobladas cejas y de ojos negros destacaba en ese grupo de aspirantes a capadoras de jóvenes incautos y de locas ansiosas de rellenar sus huecos internos y vidas vacías con sonrosaditas carnes, mocosas narices y desentonados gritos. Esa morena delgada, de pechos generosos y ropa ceñida, miraba de forma diferente, lo miraba a él, atendía a la lectura de los textos, disfrutaba con ellos, y, especialmente, miraba sus labios cuando leían, y sus ojos cuando la miraban a ella, únicamente a ella. El curso se hubiese convertido en un prometedor diálogo entre dos solitarios aislados, si no hubiera sido por esas espectadoras parásitas, maledicentes cotillas y mujerucas de banales aspiraciones que en un mundo menos hipócrita solo hubieran servido para ser esclavizadas, sodomizadas y vejadas por pestilentes viejos babosos que satisficieran sus desequilibrados deseos con el color de sus billetes. Ella destacaba por encima de esas calamidades. Tal vez fuese por la falta de imaginación y de sensibilidad de él, o por la patológica timidez de todo profesor, o, tal vez, por la excesiva prudencia que de ella emanaba, pero los hechos fueron que transcurrió el curso, que él nunca le dirigió ni una sola palabra que no tuviera que ver con Flaubert, con Stendhal, con Dostoievski o con Tolstói, y que la joven morena despareció contoneándose del campus con una matrícula de honor en el certificado de sus calificaciones. El último día de clases, la joven se había pasado por el despacho de Andrés. Quería consultarle algo, que la aconsejase sobre algo. Había llamado a la puerta cerrada con tres toques de nudillos. Él había abierto sorprendido y cuando la vio frente a sí apenas pudo subirse las gafas, ajustarse los lazos de la pajarita y articular unas leves palabras. “¿Se-se-señorita? ¿Qué-qué desea?”. “Querría saber si podría usted aconsejarme”, dijo ella. “¿Aco-consejarla? ¿Sobre qué-qué?”, había preguntado él impostando la entrecortada voz. “Sobre literatura, profesor. Querría que me indicase algunos conocimientos que debería alcanzar durante este verano. ¿Sería usted tan amable?”. “¿Tan amable? Cla-claro hija, pase y sién-én-tese”. Su primer renacimiento consistió en recuperar la confianza en su capacidad de sentir: la voz de la muchacha era grave y sensual como un murmullo que llegase de muy lejos, de una caverna subterránea; sus labios, enormes y rojos, debían ser la entrada a esa caverna misteriosa, poblada de ángeles benéficos que debían de transportarle con sus alas a algún paraíso solo por ella conocido; sus ojos, negros y profundos, predisponían a la desorientación absoluta en que se encontraba Andrés. Un enorme vigor se había apoderado de él cuando se produjo el roce de una de sus rodillas con la propia. Una corriente eléctrica se había descargado en esa rodilla, había corrido por sus nervios hasta su columna y se había estrellado en forma de sensación placentera en la base de su cráneo. Este choque violentísimo le hizo levantar la pierna y darle un puntapié a la papelera colocada junto a su escritorio, que se volcó desparramando por el suelo su última colección de fotografías de jóvenes semidesnudas llamada “¡Cuba Libre!”. “Señorita”, había dicho, “no se equivoque usted conmigo. No soy co-co-comunista”. Ella se limitó a sonreír. Apenas cinco minutos después esa luz del universo había salido del despacho con una lista de obras y de autores imprescindibles y él se había quedado solo, despatarrado sobre el sillón, derrotado como héroe tras cruenta batalla y con la amarga sensación de ser el más imbécil de los mortales: había sido invitado por los dioses a visitar el paraíso y había renunciado a la invitación por absurda incomparecencia.
No obstante, la intensa emoción que vivió durante ese curso y, sobre todo aquellos apenas cinco minutos, le devolvieron toda la pasión perdida años atrás emprendiendo así un verano creador repleto de mala literatura, de vomitivos relatos para viejas ñoñas y de un inexistente presupuesto para gastos sexuales. Ese verano, puro sexualmente, estuvo repleto de amor soñado, de amor recuperado, de amor idealizado, de amor pleno, bello e inocente. Fue su verano de amor.

En septiembre comenzó un nuevo curso escolar y Andrés fue a su primera clase debidamente perfumado y trajeado para, desde la cima de su tarima, buscar con la mirada a su querida joven morena entre las huecas mujeres que lo miraban con supuesto e impostado embeleso. Pero ella no volvió a aparecer por la facultad ni ese día ni ningún otro y su ausencia mató de nuevo a Andrés. Esta, su segunda muerte, llegó con dilatadas zambullidas en el güisqui y recurrentes visitas a las casas de señoritas de las afueras de la ciudad: mujeres con ojos pintados de colores vistosos, bocas pestilentes rellenas de viejas almenas, y voces rotas y ajadas que apenas si podían prometer un soez placer animal.

Después de treinta y cinco años, Andrés, ya viejo y permanentemente malhumorado, solitario y poseído por una suerte de malaje que hacía que todos se alejaran de él, que su mera presencia fuera suficiente para expulsar a todos de su vera, ya no recuerda ni la voz, ni los labios, ni los ojos de aquella morena sensual de su segunda muerte; pero sí que recuerda aquel primer renacimiento. Guarda como un tesoro los ripiosos relatos de amor que escribiese aquel verano de amor soñado, de vez en cuando los relee, sobre todo en las noches frías de invierno que le impiden salir de casa; pero siempre recuerda que hubo al menos un día y un momento en que llegó a sentir una corriente eléctrica por todo su cuerpo y daría todo el resto de vida que le quedase por volver a sentir algo parecido.

La noche le empujó a salir; mayo llegaba a su final y empezaba a hacer calor, así que decidió conducir hasta la casa de citas habitual. Pero no tuvo más remedio que parar a mitad de camino, malestacionar el coche en una esquina y entrar en el primer bar que encontró abierto. Tenía unas enormes e irreprimibles ganas de orinar. Se bajó los pantalones y los calzoncillos hasta abajo, se pellizcó suavemente el escroto y el glande, y esperó. Como ya venía siendo habitual el caño deseado no apareció; las ganas de orinar eran enormes, pero nada brotaba de su polla. Después de varios minutos cayeron unas gotas que no calmaron sus necesidades. Con el rostro aburrido se subió los calzoncillos y los pantalones, se abotonó la bragueta, se abrochó el cinturón y salió del baño. Se dirigió a la barra y, con los hombros bajados y la cabeza agachada, pidió un güisqui doble. La camarera apenas lo miró, le sirvió el licor, puso un posavasos y depositó la copa en él. La mano de Andrés esperaba el contacto con el cristal frío cuando se topó con la mano de la camarera. Sus dedos se tocaron un instante y de pronto se produjo de nuevo el milagro: una corriente eléctrica partió desde el exterior del dedo meñique de su mano derecha, corrió a todo lo largo del antebrazo y del brazo, llegó a la columna y se estrelló con virulencia en la base de la nuca. Andrés sintió un vértigo olvidado, miró a la camarera vieja, de cejas pobladas, de pelo ajado teñido de rubio, de ojos negros y de labios deprimidos, y sintió un movimiento repentino en el interior de su bragueta. Este era el anuncio innegable de su segundo renacimiento, de un nuevo verano de amor que aún le reservaba la vida, de un nuevo paraíso al que no estaba dispuesto a renunciar.

José Manuel Martínez Arias

viernes, 6 de julio de 2018

Tienda de antigüedades:


Otra máquina de coser.

El escaparate era tan pequeño, tan mal iluminado, tan poco atractivo que bien podría decirse que la tienda carecía de él, y, en consecuencia, que la tienda no era tal. La puerta era igualmente pequeña, como una puerta cualquiera de un apartamento actual y, además, estaba embutida entre los muros de un anchísimo umbral al que se llegaba después de bajar cinco escalones. Más que tienda de antigüedades, parecía sótano. Pero una vez dentro, la tienda cobraba vida: una infinidad de objetos viejos parecían mirarte y decirte: “¿Qué haces ahí parado? ¿No ves que aún estamos activos? Venga. Utilízanos con respeto”. Entre las diferentes zonas umbrías podías encontrar lámparas de aceite, quinqués, cuadros, alguna escultura, imágenes de madera con motivos religiosos o mitológicos, muebles de más de cien años, objetos metálicos como astrolabios o telescopios simples, lupas, gafas, máquinas de escribir, un piano junto a un violoncelo, taburetes tallados con filigranas de diferentes maderas, tableros de ajedrez y piezas de marfil o de cristal, copas, cubiertos de plata, ajuares de cerámica pirograbada,... pero en el fondo de la última sala estaba la joya que llamaba toda mi atención: una máquina de coser que había pertenecido a mi bisabuelo materno y que después de peripecias varias había ido a parar a aquella tienda de antigüedades de Madrid. Era una máquina que había sido fabricada en Londres por el mismo Thomas Saint a finales del siglo XVIII. Estaba construída en madera de haya, amarilla, con cajones en la base para guardar los hilos y las agujas, uno de ellos -el de la izquierda- con una pequeña muesca en la parte trasera, pero con el corazón y la rueda de acero, y la manivela de baquelita negra. Parecía abandonada en el rincón de la sala, tal vez porque ella había conocido algunas historias que harían que cualquiera envejeciera cien años en minutos de haberlas podido conocer. Yo había sido testigo indirecto de algunas de ellas. Era una máquina maldita como el lector podrá comprender si continúa leyendo esta inesperada historia.
Mi bisabuelo había adquirido la máquina en uno de sus viajes a tierras británicas a mediados del siglo XIX. El vendedor se lo había advertido varias veces: “No le vendo la máquina, se la regalo, porque quiero deshacerme de ella. Esta máquina me ha traído mala suerte y de seguro que se la traerá a quien pase a ser su dueño”. Mi bisabuelo, que era un hombre de ciencias y que no creía ni en la mala ni en la buena suerte, decidió quedarse con la máquina, dado que seguro que le encantaría a su joven esposa. Incluso le dio algo de dinero al vendedor, más pendiente de deshacerse del aparato que del dinero que pudiera recibir por él. Perfectamente embalada en una caja de pino la transportó en una carreta hasta el puerto que debía traerlo de vuelta a España. Y digo que debía traerlo, porque no más partir del puerto, no más salir por la bocana, una roca imprevista, una ola más alta de lo normal o un viento repentinamente impetuoso abrieron una grieta en el casco de la nave que acabó hundiendo el barco a dos millas de la orilla. Cuando los tres pesqueros auxiliadores llegaron al lugar del naufragio ya habían perecido en las aguas del Canal de la Mancha más de dos tercios del pasaje. Mi bisabuelo logró salvar la vida gracias a que pudo subirse a uno de los escasos botes salvavidas. La caja de pino que contenía la máquina apareció en la superficie del mar apenas unos minutos después de la llegada de los salvadores y después de varias horas estaba de nuevo junto a su dueño, que comenzó a mirar a la caja y a la máquina que yacía en su interior con no pocas reticencias. Sus convicciones ilustradas eran demasiado fuertes como para que desapareciesen por un lamentable accidente. Así que decidió volver a embarcar días después junto a su máquina con destino a Santander y esta vez no ocurrieron ni accidentes ni ningún otro problema. No obstante, días después, cuando mi bisabuelo llegó a Madrid, decidió, sin dar explicaciones, ocultar la máquina en lo más profundo del sótano de su casa y jamás la sacó de allí ni se la mostró a nadie. Parece ser que nunca le habló a nadie de la máquina, y que nunca insinuó siquiera nada que pudiera hacerle pensar a nadie que la máquina estaba maldita, pero tampoco lo contrario. En el sótano de la casa de Madrid permaneció la máquina durante años, ignorada por todos, hasta que mis abuelos maternos decidieron reformar la casa.
Mi abuela era una mujer de mediana edad, felizmente casada con su marido y con cinco hijos. La más pequeña de todos sería, algunos años después, mi madre. Mi abuelo dirigía la agencia central del Banco de Inglaterra en Madrid, y como todas las familias felices de la época, su vida transcurría entre lo aburrido, lo cursi, lo tradicional y la perpetua falsa indignación que les provocaban los políticos y que animaba las conversaciones de salón de todos los burgueses castellanos del momento. Probablemente no tendría nada interesante que contar de ellos a no ser por la máquina de coser recién descubierta por mi abuela. Nada más verla en el sótano, la mandó limpiar y la colocó en la salita de estar para tenerla a su disposición cuando ella quisiera. Mandó llamar a un técnico que la regulase y que le enseñase su uso, y a una costurera que la iniciase en los primeros conocimientos sobre patrones y confecciones más o menos delicadas y difíciles. Semanas después decidió que ya era hora de comenzar a coser y por ello le pidió a la costurera que le enviase un patrón para hacerle unas faldas a su hermana Marisa, mi tía abuela. La tarde fue nefasta. Nada más salir de casa, una vez dejados en ella los patrones, la costurera fue atropellada por un carro. La rueda del dicho carro le aplastó una mano y quedó manca desde aquel día. Pero ella tuvo suerte, dado que el técnico que había enseñado el manejo de la máquina a mi abuela, apareció cadáver esa misma noche. Unos ladrones le habían asestado cinco puñaladas en el vientre que acabaron por desangrarlo en minutos, probablemente para robarle el dinero que esa misma mañana había cobrado de mi abuela. Pobre hombre, no tuvo tiempo de gastar lo que ya había trabajado. Claro que mi abuela no asoció entonces la mala suerte de ambos con la máquina de coser. Por ello inició la labor de las faldas de su hermana sin ningún temor.
Marisa debía estar contentísima aquella tarde en que iba a estrenar la falda de flores que le había hecho su hermana. Esa tarde habría baile en la Plaza Mayor y de seguro que la falda le traería suerte y animaría al mozo por el que ella suspiraba a que se le acercase y le pidiese bailar. Nada de lo cual ocurrió como ella esperaba: el mozo tenía las pretensiones que Marisa imaginaba, pero destinadas a otra moza, vecina y lo más estúpido que podía encontrarse en Madrid. Esto provocó lagrimas en los ojos de Marisa, pero las lágrimas se convirtieron en auténticos arroyos cuando comenzó a sentir una picazón en sus piernas. “Hermana, volvamos a casa que no aguanto más. Me pican las piernas y por más que me rasco no se me calman”. “Hermana, por favor, deja ya de hablar con todos y volvamos a casa”. Cuando llegaron a casa ya llevaba varias calles con las faldas levantadas, porque no aguantaba ni el más leve roce con la tela. Tenía las piernas ensangrentadas, absolutamente desolladas. De cintura para abajo en lugar de piernas tenía una par de masas amorfas cubiertas de pus y de sangre. Algo le comía las carnes y dejaba sus piernas en los huesos. Nunca más logró andar y, por supuesto, nunca nadie volvió a verle las piernas. Todos asociaron los picores a alguna reacción alérgica a la tela y asunto lamentablemente zanjado, pero a nadie se le ocurrió que el problema podría venir de otro lado.
Desde entonces mi abuela comenzó a coser como loca con la máquina. Como loca literalmente, porque loca se volvió: cosía y cosía y no hacía otra cosa que coser, pero no cosía nada, es decir, no utilizaba patrones ni medía las hechuras de nadie, simplemente cosía telas con telas, trapos con trapos, pantalones con pantalones como si confeccionara trajes para monstruos de diez piernas. “Sofía”, le decía mi abuelo, “¿pero qué haces todos los días en la salita cosiendo esas cosas tan raras”. “¿Tan raras?”, respondía ella. “No entiendes nada. Eres un burro. ¿No ves que si los uno no se separan?”. “¿Qué le ocurre a Sofía?”, se preguntaba mi abuelo. Una tarde mi abuela se llegó a coser los dedos de las manos y los labios de la boca. Mi abuelo, desesperado, la ingresó en un sanatorio, pero aunque la descosieron, nunca más volvió a abrir la boca para decir nada.
Podría contar algunas historias más que ocurrieron en mi familia hasta que todos se percataron del poder maléfico y trastornador de la máquina de coser inglesa. Mi abuelo intentó deshacerse de ella, regalarla, arrojarla al Manzanares, pero era imposible: siempre ocurría algo que hacía que la máquina volviera al sótano. No sé cómo finalmente mi padre logró legarla a un viajante de Toledo. Y ahora me la encuentro en esta tienda de antigüedades. Sé que es la misma porque tiene una muesca en la parte trasera del primer cajoncito de la izquierda, como ya refiriese. La miro fijamente y siento que ella también me está mirando. Empiezo a sentir un ligero temblor, noto que me falta el aire, que no puedo respirar. Me asfixio. Con dificultades agarro un perchero y, con fuerzas, la emprendo contra la máquina. “O la rompo a ella o ella me rompe a mí, o la rompo a ella o ella me rompe a mí”. El dueño de la tienda me sujeta por los brazos, me impide golpear la máquina, me saca de la sala y me aleja de ella. Empiezo a calmarme y observo de lejos a la máquina que parece sonreírme con espíritu burlón. “Caballero, si no le gusta la máquina, pues no la compre, pero no la rompa que ayer mismo la encontré junto a un canal de riego. Déjela que alguien la querrá”. Miro con desaprobación al tendero y pienso: “Alguien la querrá. ¿Quién será el desgraciado que se dejará seducir por ese corazón de acero?”

La sonrisa del camello:


Otra máquina de coser.

Creo que todo debió de comenzar la tarde en que padre llegó a casa sonriendo y con una mujer sujeta a su mano. A mí y a mi hermana Inés nos dijo: “ahora ésta es vuestra mama”. Después me dio a mí una caja pequeña y a mi hermana una grande. Mi caja contenía un coche de juguete; la de mi hermana no la abrimos hasta el día siguiente. Inés ni siquiera miró a la caja; la miró a ella, a la mujer, rubia de cejas negras, alta, canija, olía a tabaco, sonreía sin enseñar los dientes; después a mi padre, viejo, gordo, bizco, calvo, apestaba a sudor. Inés se encerró en su cuarto y no quiso hablar con nadie. “Ya se le pasará”, le dijo mi padre a mi nueva mama. A la mañana siguiente le llevé la caja a Inés y le dije desde detrás de la puerta de su habitación: “Ábreme, Inés”. “¿Duermes?”. Ella no respondió, pero yo sabía que estaba despierta, que no había dormido en toda la noche porque toda la noche la había estado escuchando pasearse por su habitación, gimotear, hablar, canturrear. Finalmente ella abrió la puerta y me dejó entrar. Yo le llevaba la caja en las manos. Ella no quería abrirla, pero lo hizo por mí. Era una granja de animales. Sí, ahí debió de comenzar todo, cuando empezó a jugar con los animales. Les hablaba y ellos parecía que también le hablaban a ella: las vacas, los caballos, los cerdos, las gallinas, los patos.
Nuestra madre verdadera había muerto cuando nací yo. Inés había nacido unos minutos antes, pero mi padre siempre la culpó a ella de su muerte. Él decía de Inés que se parecía a su madre, a la verdadera, a la muerta. Ella, Inés, hablaba poco. Solo hablaba conmigo y con los animales de la granja. Quizá es que yo soy un poco animal, como dice padre. A los patos les decía: “¡A nadar, patosos!” y los metía en el fregadero. “No te quejes, patón”, “ni tú tampoco, patotito”. Ella era así; hablaba con los animales de plástico. Pero con ello no le hacía daño a nadie.
Un día, ya más mayor, llegó a casa corriendo y le pregunté: “¿De dónde vienes?”. “He ido al zoo”, me dijo. “¿Y qué has visto allí?”, insistí. He visto monos y a padre besándose con la mama detrás de un arbusto. “Asquerosos”, dijo. Ella iba mucho al zoo para hablar con los animales. Una vez estuvo bisbiseando con una serpiente durante más de dos horas. Eso le sentaba bien, porque después sonreía un buen rato sin decir nada, ni siquiera a mí.
Una vez le pregunté: “¿Inés, por qué a mí no me hablan los animales?”. Ella me dijo: “Sí que te hablan. Eres tú, que debes estar sordo”. “Pero Inés, a ti sí que te escucho”. Ella sonreía mientras callaba. Siempre sonreía, pero su sonrisa no era como la de la mama; a Inés no le importaba enseñar los dientes.
Después de aquel día en que volvió corriendo del zoo, empezó a hablar también con las cosas que parecían animales, aunque no fueran animales. Una cuerda en el suelo podía ser una serpiente, (“no la pises”, gritaba) o un bote de lejía sobre un mueble de la cocina, una lechuza dormida. Siempre encontraba motivos para hablar con ellos. Les daba órdenes y las recibía también. Nunca la vi jugar con insectos como escorpiones o cucarachas. Ni con peces, con ninguno. Hablaba sobre todo con animales amables y hablaba de cosas amables. Inés no sabía mentir.
Otro día empezó a decir que las cucharas eran libélulas y comenzó a arrojarlas por el aire. Padre se enfadó mucho con ella aquel día, le riñó chillándole y la castigó en su habitación, le quitó todos los animales de la granja y los tiró al cubo de la basura; la mama salió de casa sin decir nada y con el cubo en la mano. Más tarde volvió con padre, pero volvió llorando, con el cubo vacío en una mano.
Después todo siguió yendo cada vez peor. Gritos, reproches, llantos, castigos, golpes. Hasta que finalmente Inés mató a padre. Le clavó un cuchillo de cocina en el corazón.

Cuénteme. Qué ocurrió”.
Susurrando: “Qué ocurrió”.
Sí, eso, dígame, qué ocurrió en ese momento”.
Susurrando otra vez: “¿en ese momento?”. “Creo que tenía un pez en la mano”.
¿Un pez? ¿Cómo un pez?”.
Sí. Estaba frío y húmedo. Quería escurrírseme”.
¿Y qué más?”, preguntaba con firmeza el doctor.
¿Qué más? No lo sé... Un olor ácido emanaba de su boca. Muy cerca de la mía. Mi pecho aplastado contra su pecho”.
¿Entonces decidió matarlo?”
¿Entonces?... ¿Matarlo? No... Pero qué dice usted. Yo quiero a mi padre. Fue el pez que quiso escapar, pero lo agarré con fuerzas y lo sujeté contra su pecho... Entonces... dije: “No te escaparás”. Y lo apreté fuertemente contra su pecho. Me pareció que se hundía en él, en el pecho de padre, que quería escaparse a través de él”.
¿Le clavó el cuchillo? ¿Entonces le clavó el cuchillo?”
¿Cuchillo? ¿Qué cuchillo? Era un pez. Ya se lo he dicho: era un pez.”
¿Fue en ese momento cuando le preguntó si sentía el movimiento de la hoja en su corazón?”
No. Yo no pregunté nada”.
¿Entonces? ¿Quién preguntó? Su hermano dice que la escuchó decir eso. Usted quería matarlo. No quiera engañarme.”
Ya se lo dije. Fue el camello.”
¿El camello? ¿Qué camello?”
Había un camello en el salón. Con una enorme joroba y una gran rueda de carro en su lomo. Él me avisó que se me escapaba el pez, y él preguntó eso que usted ha dicho”.
Pero de qué camello habla usted”.
De ese camello. Está ahí”, dijo señalando con el dedo índice hacia la máquina de coser de su abuela que la miraba desde el rincón.
El doctor miró hacia el rincón y allí estaba la vieja máquina Singer brillando con la luz que penetraba por la ventana. Después el doctor suspiró y dijo: “He terminado. Esquizofrenia paranoide acompañada de alucinaciones auditivas y visuales”.
El doctor se giró sin ver la sonrisa que el camello le dirigía desde el rincón del salón a mi hermanita Inés.