viernes, 6 de julio de 2018

Una máquina de coser:


Otra máquina de coser.

Cuando dejó el coche en la carretera aún tuvo que andar durante más de quince minutos por senderos casi borrados debido a la imparable expansión de la yerba que en esta época del año, marzo, invadía de vida toda la zona húmeda del valle. No obstante conocía tan bien los senderos que podría haberlos recorrido a ciegas a pesar de los más de veinte años que hacía que no visitaba la región. Llegó a la última curva de la vereda, una curva a la izquierda que después de otros quince minutos más te devolvía de nuevo a la carretera unos kilómetros más arriba. En esa curva cerrada, oculta por la maleza y el tiempo, se escondía una fuente de agua fría y clara, un manantial que solo visitaban algunos animales del bosque cuando querían refrescar sus gargantas, como ahora le ocurría a Inés. Pero Inés no había acudido veinte años después a la fuente para calmar su sed, que agua fresca puede encontrarse en más lugares maravillosos para suerte de los caminantes. A unos metros detrás de la fuente comenzaba un muro de piedras que perimetraba una finca. Detrás del muro una casa semiderruída, abandonada: la casa de sus abuelos maternos. Por ello conocía Inés tan bien el lugar, porque en aquellos parajes había pasado muchos veranos con sus padres, abuelos y hermanos. Allí había corrido, saltado, gritado, jugado, allí había conocido también el amor por las plantas, los árboles, los animales, las rocas que lentamente fue configurando su vida. Aunque la casa había sido invadida por las yerbas, ella podía distinguir perfectamente las distintas dependencias que la formaban: la amplia cocina con una chimenea gigantesca, con capacidad para asar un cochino entero, el salón, las habitaciones, las cuadras,...
¿Qué la había empujado a volver a esta finca familiar abandonada? Verdaderamente Inés no lo sabía. Se engañaba pensando que había vuelto para ver si aún se conservaba en el desván la vieja máquina de coser de su abuela que tanto podía gustarle a su amiga Amalia quien estaba intentando abrirse paso en el mundo de la moda y había puesto una boutique en el centro de Sevilla. Esta máquina no sería solo un detalle estético para la tienda, sino que sería su símbolo y emblema, lo que marcaría su diferencia: calidad, paciencia, artesanía manufacturada, mezcla de novedad y tradición. Pero realmente sabía que la razón de su vuelta al origen era otra. Días antes había descubierto que su marido Antón la engañaba con una de sus colegas de trabajo. Pero no estaba disgustada por ello. Realmente llevaban ya varios meses casi separados: dormían en habitaciones distintas y había días en que sólo se cruzaban en el pasillo o en la cocina, para comunicarse un leve “Hola. ¿Sigues aquí?”. Estaba sorprendida porque había descubierto que su marido Antón no se había enamorado repentinamente de una joven guapa y risueña, sino que llevaba más de veinte años ocultándole sus verdaderos sentimientos hacia la mujer a la que amaba y ella no se había percatado de nada, ni siquiera una ligera sospecha. Por mucho que Antón y ella ya no se quisieran, veinte años son muchos años, y años atrás ella sí que había estado enamorada de Antón. ¿Acaso esto carecía de importancia? Inés sentía que necesitaba meditar y algo la había impulsado a esta vieja y abandonada finca de sus abuelos.
Aún faltaban algunas horas para que el sol se pusiese y se hiciese de noche. Tiempo más que suficiente para meditar y recoger la máquina de coser. Sacó de su bolso una llave grande, y entró en la casa. Subió con dificultad al desván donde sabía que no se encontraba la máquina porque era muy pesada y hubiera costado mucho subirla, pero donde sabía que encontraría cientos de cachivaches viejos. Dentro del cajón de una cómoda de nogal apareció una caja de latón. Allí estaba lo que realmente buscaba: una vieja fotografía de su primo Isidro de quien de joven estuviese enamorada. Con los años se fueron distanciando sus encuentros y finalmente se acabaron separando. Después llegó Antón, el matrimonio, los niños. Isidro la había buscado en la ciudad, pero claro, ella era una señora casada, con familia, en fín, imposible dejarse llevar por la resbaladiza ladera de los sentimientos. Mejor olvidarlos, borrarlos. Ahora, la traición de su marido, aunque ya no lo quisiera, había despertado su amor por su primo y había vuelto su vida una aventura inútil. No sentía la traición por el romance de su marido, sino por lo duradero del mismo, porque mientras él la engañaba, ella había permanecido siéndole fiel a pesar de sus sentimientos hacia su primo. Esto era absolutamente inaceptable. Se sentía vacía, tonta, ridícula. No quería vengarse de su marido, quería vengarse de ella misma, de su torpeza, de su tozudez. Él la había traicionado a ella, pero no a sí mismo; ella, en cambio, se había traicionado a sí misma y esto era lo que no podía perdonarle a él, aunque sabía que la única culpable verdaderamente era ella. Era ella la que debía pagar por su traición.
Bajó al salón a recoger la máquina de coser, la metió en una carretilla vieja y comenzó el camino de vuelta al coche. Quince minutos de ida se convirtieron en una hora de vuelta. Cuando llegó a la carretera, estaba agotada no solo físicamente; durante esa hora de camino no paró de darle vueltas a su culpabilidad, a su traición consigo misma. Metió la máquina en el asiento trasero del coche y se sentó al volante. Arrancó, comenzó a conducir y al mirar por el espejo retrovisor vió la vieja máquina de coser de su abuela que la miraba con sus filos metálicos brillantes. Parecía que la máquina le sonriese. Eso hizo que se despistara y que no viera un piedra grande en el camino, una curva a la izquierda y el árbol en el que se empotró terminando en él sus días y sus pensamientos. Tal vez solo una muerte inútil y absurda podría corresponder a una traición igualmente absurda e inútil y tal vez Inés no mereciera este relato que le escribo.
Firmado: Isidro.

sábado, 9 de junio de 2018

Esperanzas:


(Relato, en forma de parábola, narrado por quien no conoce lo que narra).

La habitación está en penumbra. La débil luz del atardecer penetra por la única ventana iluminando tres rostros de mujer. El primero es el de una mujer joven, sentada, con las manos anudadas entre las piernas, mirando al horizonte que se muestra tras la ventana entreabierta. Su rostro no parece decir nada, solo mira con ojos oscuros y vacíos. El segundo es el rostro de una mujer de mediana edad, está sentada a unos metros de la primera, más lejos de la ventana, por ello su rostro apenas si está iluminado; ésta mujer no mira hacia el horizonte exterior, sino hacia los ojos de la mujer joven, éste es su horizonte. Su rostro tampoco parece decir nada y sus manos también se encuentran anudadas entre sus rodillas; es como una réplica desvaída y envejecida de la anterior mujer. Al fondo de la habitación todavía puede apenas percibirse el rostro de una tercera mujer, ésta es la más anciana, la más oscurecida, la más desvaída, una sombra entre las sombras. Parece mirar indistintamente a las dos mujeres anteriores: ahora a la más joven, tal vez su nieta, que mira al horizonte a lo lejos, el que se muestra detrás de la ventana entreabierta, en el exterior; ahora a la menos joven, pero fuerte aún, que mira a la soñadora, a su hija tal vez, al horizonte interior. Esta mujer, la más anciana de las tres, parece pensar y mientras piensa, habla y dice: “¿Qué será de mí?”. La más joven de las tres ahora también piensa y repite: “¿Qué será de mí?”. La tercera, en cambio, piensa y calla para sí preguntándose: “¿Qué será de nosotras?”.

Hace muchos años, más de dos mil años, llegó a la aldea un hombre de pelo hirsuto y negro, se aproximó a una de las casas del borde del poblado, se asomó a una ventana que estaba entrecerrada y tocando con los dedos el quicio de madera, dijo en voz muy baja, pero firme: “Mujer, déjame entrar que tengo hambre y sed”. La mujer sola que habitaba la casa lo dejó pasar. Después él dijo: “Mujer déjame yacer contigo que vengo de muy lejos y estoy cansado de vagabundear por los desiertos y los valles”. Esta vez la mujer meditó, mas, finalmente, aproximándolo al lecho le permitió yacer junto a ella. Dos semanas después el hombre, de ojos claros y profundos como un lago, se marchó dando las gracias y la mujer se quedó esperando inútilmente su regreso durante semanas y meses, hasta que una noche le nació un hijo de pelo negro y ojos claros, profundos. Fueron pasando los años, y con ellos, como la alegría, el hijo se le fue alejando hasta que una noche se encontró sola, triste y vieja. Lloraba la ausencia de su hijo, lloraba por su vida perdida, lloraba por el cansancio de su malgastado cuerpo. Su casa seguía aún situada al borde de la aldea. Después de su casa, de su habitación más bien, que solo era un cuartucho oscuro y pequeño el lugar que habitaba, solo el desierto. A veces en los desiertos imágenes lejanas se muestran cerca: espejismos se llaman. Debe ser que las imágenes fuertes y vivas en un tiempo rebotan en el espejo de la arena y vuelven a rebotar en el espejo del cielo y otra vez hacia la arena y acaban reflejándose a decenas de kilómetros. Pero esta vez fue distinto. No fueron las imágenes las que se repetían indefinidamente por los campos y las villas, sino el llanto silencioso de esta mujer sola. Su llanto lastimero, que nació al borde de su casa y al borde de su vida, que fue redoblándose por la arena, por los valles y por las montañas como un eco infinito y que lleva ya veinte siglos resonando en las calles, en los talleres y en las fábricas de grandes ciudades, de viejos burdeles, de esperanzadoras casas de acogida,... No son muchas las que pueden oír estos lloros, pero son siempre mujeres y son siempre mujeres al borde de un precipicio las que perciben estos ecos de llantos lejanos.

Un relámpago iluminó esa tarde el cielo detrás de las colinas y tras él, unos segundos después, un trueno. La mujer joven preguntó: “¿Habéis oído?”. La otra mujer sentenció: “Ha sido un trueno. Aunque no llueve”, y la mujer anciana balbuceó, como dudando: “Yo he escuchado un llanto”. “Eso es”, dijo la más joven, “ha sido un lamento, un lloro”. La otra mujer dijo: “No digáis boberías: todas sabemos que los cielos no lloran”. Otra vez se iluminó la habitación con un relámpago. “Escuchad ahora”, dijo la más joven. Y las tres atendieron al trueno, que finalmente no era un trueno, que era más bien un leve gimoteo que rompía en un claro llanto que se iba desvaneciendo como si se alejara por los campos, por los valles y por las colinas. Después la habitación quedó en silencio y a oscuras. Pasados unos segundos, las tres enmudecidas vieron cómo se acercaba una sombra de hombre hacia la ventana. Ya más cerca confirmaron que era un hombre de ojos claros y pelo negro quien miraba y tamborileaba en el quicio de la ventana. La mujer joven preguntó: “¿Quién será?”, la otra mujer preguntó: “¿Qué querrá?”, y la mujer más anciana preguntó: “¿Por quién vendrá?”.

domingo, 6 de mayo de 2018

La partida:


En la borda divisando el puerto.

Aún no comprendo por qué decidió partir de este puerto salobre y sucio, dejándome en tierra y con la boca llena de arena. Todavía hoy, quince años después, siempre que vengo a esta playa, donde las gaviotas espulgan con sus picos y sus lenguas entre los neumáticos gastados, donde hierros oxidados recuerdan tiempos mejores de prosperidad y de trabajo, siento la boca llena de arena salobre. Miguel decía que añoraba Europa, su pueblo y su casa, que la vida se le hacía imposible en este lugar desculturalizado, que los días se le hacían largos a pesar de que contemplaba cómo su vida se marchaba rápidamente hacia un horizonte nauseabundo. Mis manos, mis palabras y mis gestos no lograron infundir en su alma todo el amor que comprendía la mía. ¡Qué torpes son los gestos para quien no tiene ojos para mirarlos! Mi atención por su cuerpo no provocaba más que su indiferencia. Nunca comprendí que tal vez él ya estuviera lejos. Lo recuerdo acodado en la borda mirando hacia la playa. Quise observar una sonrisa cuando se asomaba para contemplar la costa y el bullicio. Después alzó un brazo y con su mano lánguida me hizo adioses. Entonces creí percibir un leve indicio de tristeza. Esa tristeza que salía de su mano y de sus ojos, que se elevaba por los aires, que corría hacia la costa, bajaba a tierra y se pegaba a mi piel hasta hoy. No he podido despegármela ni un solo instante. ¡Qué torpes fueron también mis palabras, que no supieron hacerle entender que mi vida sin él no tenía sentido, que si se marchaba yo moriría, que no volveríamos a vernos nunca más, que yo no podía volver a España, que la vida sin él me sobraba! Él no tenía oídos para escucharlas. Pero desde la costa a mí sí me pareció oír sus palabras: “te quiero”, “un día volverás”, “no te olvidaré”. Sobre todo, ¡qué torpes fueron mis manos y todo mi cuerpo! Mientras sentía el abrazo que me enviaba desde la distancia, notaba cómo mi cuerpo se deshacía en miles de lágrimas que se fundían con la arena y alimentaban al mar, donde continuaban por leve tiempo unidas entre sí, hasta que se abrazaban al casco de la nave y a él se pegaban como a mi piel se había pegado la tristeza de su marcha, de su huida, de su adiós.
Desde entonces, todas las semanas acudo a este puerto americano de Norfolk, me sitúo en el mismo punto donde lo vi partir y respiro profundamente en un intento desesperado de llegar a sentir, aunque fuera levemente, su presencia imposible o su olor desaparecido, o, tal vez, para abandonar definitivamente la pegajosa desgracia con que me embadurnó aquella tarde y que aún hoy no termina de secarse y caer.
Los vidrios rotos, los hierros oxidados, los neumáticos gastados, los gritos de las gaviotas no provocan más pena que la que yo sigo trayendo todas las tardes solitarias a esta desconocida fría playa a que acudo a verter mis lágrimas intentando responder a la única pregunta a la que me he tenido y tengo aún que enfrentar en mi vida: ¿por qué te fuiste?

Monólogo de don Miguel ante el horizonte que no espera -recuerdos de los primeros días de octubre de 1571-:


En la borda divisando el puerto.

«Años después de aquella soberbia tarde, cuando ya todo me parece carecer de importancia porque mis viejas falsas ilusiones han ido adormeciéndose paulatinamente con el transcurrir de los años y porque mis éxitos, más altos de lo que jamás soñara, han cubierto con creces mis juveniles expectativas, he de reconocer, ante el altar de esta cubierta y de mi propia conciencia, que tal vez fuese un error enrolarme en aquel ejército de zafios malandrines, fugitivos desvergonzados y malhadados rufianes de largos dedos y cortas vergüenzas, y que por más que siempre me hubiera afirmado en que no merecía mejor trato que mis compañeros del tercio de don Miguel de Moncada en que me encontraba por aquellas fechas, porque era tan malandrín, tan desvergonzado y tan rufián como ellos, en el fondo de mi alma siempre deseé ser contemplado como un espíritu refinado condenado por error a vivir en un cuerpo débil, en un tiempo sucio, en una edad detestable y en un imperio tanto más grande como despreocupado por sus almas más nobles, puras y bellas. Verdaderamente a mí nunca me habían traído sin cuidado los Estados Pontificios, las Repúblicas de Génova o de Venecia, la Orden de Malta, el Ducado de Saboya o los mismísimos Reinos de las Españas; tampoco me cubrían de indiferencias las invasiones otomanas, el turco o el moro, por lo que años después escribí -tanto para regocijo de mis amables lectores, como para la anuencia de don Juan de la Cuesta y de don Pedro Fernández de Castro- aquello de 'la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros'; no obstante estas cuitas, lo que a mí siempre más me inquietaron fueron mi nombre y mi pecunio, tan corta distancia entrambos como la que va de un dolor a un lamento, de un insulto a una estocada, de una broma a una riña entre aquella tribu de soñadores fraudulentos, de fabuladores sin cuento, de artistas del desvarío y de fanáticos de la mentira, en una palabra de la chusma que me rodeaba y a la que yo mismo daba cuerpo. ¡Y eso que aún no conocía de mi probable afán contranatura apenas atisbado en mis años juveniles, desinhibido y despreocupado -aunque jamás anunciado- en mis posteriores años de cautiverio en celda mora y finalmente silenciado durante mi cojo casorio!
He de recordar también el momento en que la galera Marquesa que me conducía por el espacioso piélago atracó, si algo así puede decirse porque se corresponda con los hechos, junto con otras más de doscientas naves, en el puerto de Corfú, gobernada por el capitán don Diego de Urbina a las órdenes de don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey don Felipe y hombre cabal. No se veían las aguas del salado mar por la cantidad de navíos prestos a la batalla que se disponían en el puerto y en sus inútiles e invisibles embarcaderos: nunca un ejército igual se dispuso en los lomos del mar. Divisando desde la borda el puerto y a lo lejos la ciudad, malo y con calentura, pero no poco ansioso por entrar en combate, pensé: “¡Dios, qué infectos demonios me trajeron aquí! Aún no estoy preparado para enfrentar la muerte. ¿Y si por huir de mis miserias menores he venido a acabar cayendo en las fauces de este gigantesco y hambriento león que oigo rugir entre mis sienes?”.
Después de más de quince años aún no sé bien qué me impidió saltar por la borda y, embozado o disfrazado de mujer o en traje de arnaúte, ocultarme por las calles de la ciudad extraña, simulando una humildad que me hiciera invisible o provocando la caridad de alguna comerciante vieja o gorda campesina. ¡Cielos, aún tendría hábil mi mano izquierda! 'No hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida'. “¡Diantres, 'con las armas se conservan los reinos y se aseguran los caminos, se guardan las ciudades y se despejan los mares de cosarios', pero, diablos, cuánto pesa el deshonor y cuán leve se muestra el espinazo que debe soportar el ser de la memoria y la memoria del ser!”.
¡Qué me tenía preparado el cielo que de sustento me servía aún no tenía conocimientos! Nada sabía aún de los ahorcamientos, de los empalamientos o de los desorejamientos de los que mis ojos tendrían meses después sobrado alimento en Argel; nada sabía todavía de mi amo griego renegado; pero no soy yo de los que hablan y se esconden detrás de lo que algunos llaman condición humana, porque siempre he perseguido, buscado y luchado por la libertad propia y la de otros, solo por ella vale la pena jugarse la vida, o algo así parecía afirmar mi viejo maestro, nutrido en la ácida savia erasmista, don Juan López de Hoyos cuando recordaba y repetía: 'solo el viejo se va al otro mundo sin sufrir el cansancio de la vida y sin sentir la llegada de la muerte'. De él y de mis memorias aprendí la lección -de la que tanto me beneficié- de tener paciencia en las adversidades. Mañana... Lepanto... presto a la batalla.» Vale.

domingo, 8 de abril de 2018

Sucede:



Una primera vez.

Él preparaba el desayuno cuando ella dijo: “No te preocupes”.
Después la miró a unos ojos que parecían añadir: “Estoy bien, quédate tranquilo”, mientras su boca repetía: “No te preocupes”.
Dos tostadas saltaron a la vez. Mientras él las untaba lentamente con mantequilla, ella llevaba con dificultad un vaso de leche a la mesa del comedor. La radio daba las noticias de la mañana.
Desayunaron en silencio.
Él no le quitaba los ojos de encima; ella, en cambio, parecía jugar con el servilletero metálico. Después él alzó una taleguita y en ella fue metiendo una botellita de agua, un zumo de piña y un par de galletas.
En silencio se pusieron los impermeables; él la ayudó a ella, y en silencio también cerraron la puerta del piso. Salieron a la calle.
La mañana estaba húmeda: el aire fresco de septiembre parecía querer rivalizar con el aire caliente de los pulmones.
Él fue todo el camino intentando recordar un poema hacía tiempo olvidado. Iban cogidos de la mano, pero era él quien llevaba cogida la mano de ella, era él quien no quería soltar la mano de ella, era él quien necesitaba sentir los dedos de ella entre sus dedos.
Doblando la última esquina logró recordar el verso que buscaba: “y que jamás me obliguen el camino a elegir”, dijo.
Ella lo miró sin comprender nada. Después repitió: “No te preocupes. Estaré bien.”
Una vez frente a la verja de entrada ella lo miró sonriendo. Él también dibujó una sonrisa en su boca, o eso quiso. Después separaron sus manos y él dijo: “Recuerda que siempre estaré contigo”. Ella sonriendo, mirándolo, volvió a decir: “No te preocupes, papá, que hoy voy a conocer a muchos amiguitos nuevos. Quédate tranquilo.”
Cuando separaron sus manos él vio cómo se alejaba y cómo era engullida por una boca grande en su primer día de colegio. A él le hubiera gustado sentir que la vida de ella se hacía más poderosa, y que crecía y crecía por encima de su cabeza, aunque se alejara de la de él. “Hasta luego, mi vida -dijo-.”

domingo, 4 de marzo de 2018

Letanía:



Había una vez.

Había una vez una bufanda oculta, pero no olvidada, que tenía la extraña virtud de provocar lágrimas irreprimibles.
Había una vez un muchacho que no comprendía por qué era invisible a los ojos de sus compañeras y no podía dejar de lamentarse por ello.
Había una vez un anciano octogenario que solo lograba recordar a dos muchachas felices y hermosas que alguna vez lo impresionaron hasta los huesos.
Había una vez una jovenzuela risueña que disponía como recursos más destacados y poderosos su inocencia y su timidez.
Había una vez un escritor que solo podía hacer el amor con el personaje que había ido trazando lentamente durante toda su vida y esto lo humillaba ante el altar de su propia conciencia.
Había una vez un joven obsesionado por la dulce y feroz sensación recién descubierta de acariciar por primera vez el vello púbico de su chica amada.
Había una vez un plateado pez apretado en un bolsillo por la mano inmaterial de un ángel que no era tan malvado como él mismo hubiera creído ser.
Había una vez una mujer madura que observaba cómo su amor zarpaba en un enorme barco y se alejaba irremediablemente de un muelle oxidado donde ella permanecía amarrada.
Había una vez un viejo que se disolvía en la nostalgia de una tarde de otoño caminando entre hojas secas y quebradizas.
Había una vez una madre que enloquecía de soledad.
Había una vez un pervertido que sentía cómo se excitaba progresivamente en un autobús repleto de muchachas jóvenes y se perdía en un laberinto de fantasías oscuras en que se desorientaba su voluntad.
Había una vez un joven viajero que se lamentaba acodado en la barra de un bar por haber hecho el amor mil veces con la misma mujer desconocida.
Había una vez una mujer que no sabía soportar ser feliz.
Había una vez un hombre vestido de uniforme incapaz de reconocer a la que fue el amor de su vida y una mujer absorta y sorprendida que huía de la realidad que observaba.
Había una vez un décimo de lotería que yacía en un ignoto lugar a la espera de ser descubierto.
Había una vez un anciano que recuperó la memoria y se puso a llorar.
Había una vez un niño que aprendió a convivir con la sombra monstruosa de sus impulsos que asomaba por detrás de sus hombros.
Había una vez un libro que dormía en un sótano.
Había una vez una pareja de novios que separaban sus manos, porque habían llegado a la triste conclusión racional de no seguir juntos. Ambos lloraban.
Había una vez una relación amorosa aburrida que continuaba por inercia, por razones físicas.
Había una vez una mujer que enfermaba repentinamente y que le tenía un miedo terrible y ancestral a la muerte. Había una vez también un hombre que no sabía consolarla y ésto lo destruía.
Había una vez un hombre que miraba sus manos ensangrentadas.
Había una vez una mujer hermosa, aunque no joven, que conservaba en su corazón lo mejor de un hombre que no podía recordar quién había sido y ésto la hacía feliz, porque siempre había querido susurrarle al oído de él todo lo bueno que llevaba dentro.
Había una vez un muchacho que escribía en las paredes “Soy lo que soy”.
Había una vez un atleta que corría en dirección contraria preguntándose: “¿Hacia dónde van todos?”
Había una vez una bella mujer que se maquillaba hábilmente y que se vestía con ropa muy ceñida antes de salir a pasear la noche.
Había una vez un niño con los ojos muy abiertos que agarraba con fuerzas la mano de su padre que lo llevaba al mejor espectáculo del mundo.
Había una vez un pobre imbécil que traicionaba a su mejor amigo y una mujer que le mentía diciéndole: “No te sientas culpable, amor”.
Había una vez un joven que escribía poemas de amor.
Había una vez una chica adolescente que se buscaba donde sabía que no podía encontrarse.
Había una vez un viejo reviejo que descubría en su corazón lo que nunca había sospechado hallar: odio, frustración y cobardía.
Había una vez un profesor que iba a clases nocturnas para aprender a no ser modelo para nadie.
Había una vez una mujer de ojos negros que se consolaba pensando en el paso del tiempo mientras contemplaba el Guadalquivir.
Había una vez una abuela que recordaba y lloraba por haber estado junto a su nieta donde no debió.
Había una vez una mujer que se había zambullido en piscinas de aguas sucias y gelatinosas.
Había una vez un joven que miraba cara a cara a su novia reciente.
Había una vez una jovencita de cabellos dorados que se sorprendía cada vez que pronunciaban su nombre.
Había una vez un agrimensor que pretendía comprender los tortuosos senderos de su cerebro.
Había una vez una mujer de rojo en un prado verde.
Había una vez una mujer negra que vagabundeaba por las calles mojadas y que contemplaba el cielo azul reflejado en los charcos irisados por el aceite que dejaban los coches viejos.
Había una vez un hombre que quiso vivir como los dioses y se arrepintió hasta el suicidio.
Había una vez un hombre y una mujer que olvidaron que habían recibido el mejor don de los cielos: el de existir, el de vivir en un mundo maravilloso y el de ser conscientes de ello.
Había una vez un hombre negro de cuarenta años y ningún amigo.
Había una vez un hada que delicadamente plegaba sus alas junto a un lecho caldeado por el débil sol de invierno que invadía su habitación.
Había una vez una mujer que era un tesoro, pero ella no sospechaba nada.
Había una vez una joven que era el centro del mundo y había una vez un mundo que existía solo para girar en torno a ella.
Había una vez un gitano que necesitaba cabalgar sobre un cohete dorado.
Había una vez un grupo de ocho individuos que se reunía una vez al mes para contarse historias.

viernes, 16 de febrero de 2018

Futuro próximo:

 Cuando, muy temprano, abrió los ojos su cerebro ya llevaba activo algunos minutos, horas -tal vez-. Ahora podía recordar las visiones que había tenido durante el sueño: recordaba una cabaña en la falda de alguna montaña con la cima nevada, recordaba también un lago cercano tras un pequeño bosque y una barcaza. Recordaba el frío húmedo de la mañana, recordaba sobre todo la voz cálida de una mujer, recordaba un desayuno lento, agradable. Recordaba el tacto de su piel. ¿Quién sería ella? ¿Dónde estaría esa cabaña y ese lago? ¿Por qué todo le resultaba ahora tan limpio y tan extraño, tan ajeno? La causa de esos sueños o alucinaciones quizá fuera un pequeño desajuste en la antena que sobresalía detrás de su oreja derecha. “Debería sacar tiempo hoy para pasar por el taller de reparación” -pensaba. Esto le disgustaba, le molestaba tal vez el olor aséptico de la sala del taller, o el amasijo de máquinas revueltas en la entrada, o incluso las voces extrañas de los mecánicos, tan simples, tan sin tonalidades, tan planas.
Después de ducharse y desayunar, se vistió y se dispuso a emprender su jornada laboral. Se dedicaba al adoctrinamiento de nuevas maquinarias, es decir, a cargar programas de última generación a los recién creados para la mejora de sus rendimientos futuros.
Cuatro horas en la oficina para finalmente dirigirse al Jefe de Servicio y solicitarle unas horas para acudir al taller. Sabía que por muy malhumorado que se mostrase, el Jefe acabaría por darle el tiempo necesario. Era un dogma social inviolable: ninguna máquina por debajo de su rendimiento prometido.
Cuando llegó al taller pudo observar que todo seguía igual que siempre: una puerta permanentemente abierta con unos contenedores gigantescos a la entrada repletos de viejos aparatos, inservibles, amontonados, herrumbrosos algunos, con vidrios rotos y cables por fuera de sus cuerpos. Una vez adentro del taller ese olor a limpio y a cosa nueva, indescriptible, no era a plástico ni a aceite ni a cable quemado. Ni una mota de polvo. ¿Serían así los talleres de antes de la renovación social? ¡Nos importaba ya tan poco la historia reciente!
Un ejército de mecánicos salió a su encuentro:
  • Siéntese ahí -dijo uno de ellos.
  • No se mueva -propuso otro.
  • No diga nada, caballero -un tercero.
    Un cuarto le sujetó la cabeza y un quinto le conectó unos tubos en los hombros. Rápidamente una pantalla de más de dos metros se iluminó mostrando sus datos personales: Fran54, once años y medio, convertido en Corea, puesto en servicio hacía tres años, adoctrinador: eficacia del 78% (no muy buena media, por desgracia), etc.
  • No diga nada, caballero -repitió el tercero.
  • Desajuste en la conexión de la antena exterior superior derecha. Procedo a su ajuste.
    Notaba algo moviéndose en su cerebro. Una sensación agradable, un cosquilleo casi deleitoso, carnal -tal vez-.

Cuando salió del taller se sentía mucho mejor, parecía que flotaba por la acera camino de casa. ¿Felicidad?

domingo, 4 de febrero de 2018

Noc-tur-no:


Otras tardes de fútbol.
Enero de 2018:

  • No fue en 1980, como afirmas. Fue en el verano de 1978, porque tú y yo acabábamos de cumplir once años.
  • Gracias. Siempre he sabido que tú andabas mejor de memoria que yo.
  • Tampoco has descrito el vestido que llevaba la Maluca el día en que apareció. Era rojo, por encima de la rodilla y sin mangas.
  • Es verdad. Se muestra tan vivo en mis recuerdos que lo había pasado por alto.
  • Lo demás está bien. Salvo que no has mencionado que tú y yo éramos muy amigos. Tú-y-yo-y-Luis hasta que llegó ella.
  • Claro, eso también es verdad.
Mientras mantengo esta conversación con Marcos en un cementerio de Berlín junto al nombre de Luis, muerto hace ya veinte y cinco años, siento que los recuerdos van activándose en proporción inversa a la temperatura que noto descender en mis pies helados. Creo que él, Luis, nunca hubiera aceptado que nadie contara esta historia de niños, porque nunca habíamos vuelto a hablar de la Maluca, ni de su vestido, ni de sus ojos. Él también se fue o desapareció con ella aquel verano, o casi, porque pronto le perdimos el rastro. Años después supimos que había tenido problemas con el alcohol o eso nos dijo su hermana. Cuando conocimos de su maltrecha vida, ya llevaba varios años muerto. Su hermana nos lo dijo: “Javier, Marcos, Luis ha muerto”. Desde entonces, hace más de veinte años que llevo queriendo contar y escribir esta historia.
Todo comenzó la primera tarde de las vacaciones del verano de 1978. Yo me acababa de poner las zapatillas de deporte y había bajado las escaleras de mi casa corriendo junto a Luis en dirección al campo que había junto a la iglesia del barrio. Lo llamábamos el campo de la iglesia. Disponíamos de un largo verano para jugar al fútbol a todas horas, para lanzar desafíos a los niños de los otros patios. Esa primera carrera del verano hacia el campo de la iglesia, calzado con unas zapatillas poderosas y veloces, es lo más cercano que nunca he conocido a algo así que pudiéramos identificar con lo que entonces los mayores llamaban libertad. La iglesia estaba como hundida detrás de un pequeño muro y el campo, no muy grande, como medio campo de fútbol de los de verdad, quedaba en alto respecto a ella. Cuando Luis y yo llegamos, ya estaban allí todos los demás jugando. Nunca nadie esperaba a nadie. Los niños no entienden de paciencias, y la madre de Luis era muy latosa y siempre conseguía que llegáramos los últimos.
Cuando estábamos jugando, de pronto, apareció por detrás de la iglesia, circulando despacio pero con firmeza, y gruñendo, una gigantesca máquina excavadora, como si fuera un extinto y torpe animal prehistórico. Justo cuando apareció la máquina subiendo la pendiente que daba al campo de fútbol lazó por el tubo de escape una enorme nube de humo negro. El aire de junio estaba inmóvil y la nube densa tardó en disiparse. Cuando lo hizo, sobre el muro, apareció la figura extraña de la niña Maluca: más o menos de nuestra edad, baja y delgada, levemente jorobada, con dientes de ardilla, de una piel tan blanquísima que contrastaba radicalmente con unos ojos negros y profundos, muy abiertos, muy atentos. Todos nos quedamos fijos en ella, pero sobre todo Luis que no pudo apartarle su mirada hasta pasados unos minutos. Ella saltó por detrás del muro, hacia la iglesia y todos volvimos en silencio a jugar al fútbol. Luis abandonó la portería, él era nuestro portero titular, y se fue pendiente abajo a buscar a la niña. Ya no los volvimos a ver hasta pasadas unas horas, al final de la tarde. Venían andado desde el estrecho callejón que corría paralelo a la tapia de una fábrica desmantelada que suponía, más allá de la iglesia, la frontera natural de nuestras aventuras.
A la Maluca le gustaba sentarse sobre el muro, con sus canijas piernas colgando, mostrando sus huesudas y oblongas rodillas desnudas, y con sus manos apoyadas junto a sus muslos para enaltecer su figura y mirar mejor nuestras carreras, nuestros pases, nuestras luchas. A ti, Marcos, te gustaba hacer las alineaciones, diseñar las estrategias y disparar desde lejos. A mí me gustaba que ella nos mirara jugar; pero eso sobre todo le gustaba a Luis. Si cuando llegábamos al campo ella no estaba allí, a él se le quitaban las ganas de jugar, se hacía el remolón, te decía, Marcos, que jugaras por él, aunque tú eras nuestro defensa central titular, también hacías de portero suplente. Pero cuando ella llegaba y clavaba sus profundos ojos negros en nuestro juego, Luis volvía a la portería y comenzaba a tirarse sin miedo hacia la pelota. No había forma de meterle un gol. Se convertía en un auténtico gato.
Así fue transcurriendo todo el verano: carreras y aventuras por las mañanas y por las tardes, a veces hasta nos adentrábamos en el mismísimo callejón prohibido, y siempre jugando en el campo de la iglesia, lanzando desafíos a todos los niños del barrio, con la Maluca junto a nosotros, mirándonos y dejándonos hacer, pero sin ser uno de los nuestros.
Una tarde Luis, mintiendo, dijo que se encontraba mal, que le dolía un brazo y que no podía jugar con nosotros. Se sentó en lo alto del muro junto a la Maluca y mientras nosotros jugábamos ellos miraban. Más tarde, Luis nos contó que la Maluca no entendía nada de fútbol, que ni siquiera le gustaba, y que lo que hacía era contar los botes del balón y observar sus recorridos. Dijo que el primer día que nos vio jugar, contempló una jugada extraordinaria. Contó que él mismo, Luis, había sacado el balón dándole un puntapié fuerte y alto hacia el centro del campo, que la pelota había botado en el suelo sobre una abultada piedra saliente y que antes de botar de nuevo, yo había lanzado un chupinazo hacia la portería rival marcando un gol hermoso, espectacular. Fue una jugada aparentemente simple, pero que, debido sin duda a algún ignoto misterio, no había vuelto a repetirse nunca, nunca más. En cosas como esa se fijaba la Maluca.
Un día le vimos a través de los botones descosidos de su vestido parte de su espalda. No era jorobada. Tenía unas cicatrices abultadas y bermejas. Luis, que decía haberlas visto de cerca, porque ella se las había dejado ver, decía que eran los muñones de unas antiguas alas. La Maluca parecía venir de un lejano lugar. No le conocíamos ni padre ni madre ni hermanos ni abuelos,... Siempre que el sol comenzaba a ponerse y todos nos volvíamos a nuestras casas, ella se dirigía al callejón y en su negrura, como en un túnel, se alejaba de nuestra vista perdiéndose, disolviéndose hasta el día siguiente.
Al final de aquel verano, cuando Luis ya no quería jugar con nosotros y prefería quedarse junto a la Maluca mirándonos jugar o paseando por el borde del callejón o adentrándose en él, apareció de nuevo el enorme animal prehistórico subiendo por la pendiente que da a la iglesia. Aquella tarde el juego quedó interrumpido como la primera vez. Cuando la máquina llegó arriba lanzó de nuevo una densa nube de humo negro. Tras ella se encontraban la Maluca y Luis. Cuando el aire húmedo de septiembre, que anunciaba el final del verano, logró disipar la nube, la Maluca había desaparecido. Luis permanecía de pie, solo, más alto junto al muro, mayor que a principios del verano.
Desde entonces Luis se volvió taciturno y solitario. Cuando le preguntábamos por la Maluca no respondía o sólo parecía balbucir algo así como “Se fue”. Entonces giraba sobre sí mismo y se marchaba.
Después... el paso del tiempo... él se marchó con un hermano mayor a Madrid... dejamos de vernos hasta que algunos años más tarde me topé con él a la puerta de su casa. Nos saludamos con un abrazo y unas palmadas en la espalda y comenzamos a hablar como si nos hubiéramos visto la tarde anterior. Se lo veía contento. Me habló de sus años en Madrid, de lo que había estudiado y de los trabajos que había realizado, me habló también de los proyectos que barruntaba, de sus viajes soñados, de que quería montar un taller de mecánica de motocicletas, me habló también de visitar la próxima semana Berlín.
  • ¿Berlín? -le pregunté.
  • Sí. Allí está la Maluca. ¿Te acuerdas de ella? Finalmente apareció. Vive allí. Se dedica a contar historias o a inventarlas.
  • ¿Pero tú seguiste sabiendo de ella?
  • No. Sólo hace unos días. Por eso he vuelto, para despedirme de mi madre y de mi hermana. Me envió una carta y me han entrado unas ganas irreprimibles de ir a verla. Sigo siendo un impaciente -dijo con una sonrisa-.


Aquí y ahora, sentados sobre una abultada piedra saliente frente a una lápida sucia y un sol vencido pero aun hermoso, espectacular, veinticinco años después de aquel último encuentro con Luis, estábamos Marcos y yo, en un cementerio de Berlín, en estos días de finales de septiembre en que el viento frío y húmedo de la tarde, cargado de recuerdos, nos susurra al oído que nunca más somos quienes fuimos, haciéndonos añorar aquellas lejanas tardes de fútbol, las únicas tardes verdaderamente libres de nuestras vidas.

martes, 16 de enero de 2018

Libro de citas: Mircea Cărtărescu: Por qué nos gustan las mujeres. Ed. Funambulista, 2006. Traducción de Manuel Lobo.

Por qué nos gustan las mujeres:
"Porque tienen pechos redondos, con pezones que se yerguen por debajo de la blusa cuando tienen frío, porque tienen un trasero grande y rollizo, porque tienen caras de rasgos dulces como las de los niños, porque tienen labios decorosos y lenguas que no te repugnan. Porque no huelen a transpiración o a tabaco barato y no les suda el labio superior. Porque les sonríen a todos los niños pequeños que pasan a su lado. Porque caminan por la calle derechas, con la cabeza alta, con los hombros echados hacia atrás y no responden a tus miradas cuando te fijas en ellas con ojos de maníaco. Porque pasan con un valor inesperado por encima de todas las servidumbres que les imponen sus anatomías delicadas. Porque en la cama son audaces e inventivas, no por perversidad, sino para mostrarte que te quieren. Porque realizan todo tipo de faenas domésticas menudas y molestas sin darse bombo y sin pretender ningún reconocimiento. Porque no leen revistas porno y no navegan por sitios porno. Porque llevan todo tipo de zarandajas que combinan con sus ropas según reglas complicadas e ininteligibles. Porque se dibujan y se pintan la cara con la atención concentrada de un artista inspirado. Porque tienen la obsesión de la delgadez de Giacometti. Porque descienden de las niñas. Porque se pintan las uñas de los pies. Porque juegan al ajedrez, al whist o al ping-pong sin que les interese quién es el ganador. Porque conducen con prudencia en coches pulidos como bomboneras, esperando que las admires cuando se paran en un semáforo y tú pasas por un paso cebra delante de ellas. Porque tienen una manera de resolver los problemas que no eres capaz de comprender. Porque tienen una manera de pensar que te saca de quicio. Porque te dicen «te quiero» justo cuando menos te quieren, como una especie de compensación. Porque no se masturban. Porque tienen de cuando en cuando pequeñas dolencias: un dolor reumático, un estreñimiento, un callo, y entonces te das cuenta de repente de que las mujeres son personas, personas como tú mismo. Porque escriben, ya sea con una extrema delicadeza, coleccionando pequeñas observaciones y bosquejando sutiles matices psicológicos, ya sea de manera brutal y escatológica, no fuera a ser que sospecharan que escriben literatura femenina. Porque son extraordinarias lectoras para las que se escribe tres cuartas partes de la poesía y de la prosa del mundo. Porque las enloquece Angie de los Rolling. Porque las enloquece Cohén. Porque sostienen una guerra total e inexplicable contra las cucarachas. Porque incluso la más dura business woman lleva bragas de florecillas y encajes enternecedores. Porque resulta tan raro tender a secar en el balcón las bragas de tu mujer, unas cositas húmedas, negras, rojas y blancas, en parte satinadas, en parte ásperas, y te asombra la diminuta superficie que tienen que cubrir. Porque en las películas nunca se duchan antes de hacer el amor, pero únicamente en las películas. Porque nunca consigues ponerte de acuerdo con ellas en lo tocante a la belleza de otra mujer o de otro hombre. Porque se toman la vida en serio, porque parece que crean verdaderamente en la realidad. Porque les interesa verdaderamente quién sale con quién entre las estrellas de la televisión. Porque se acuerdan de los nombres de las actrices y de los actores de las películas, incluso los de los más oscuros. Porque un embrión, si no se le expone a ninguna acción hormonal, se desarrolla siempre hasta convertirse en una mujer. Porque no piensan en cómo ligarse al tipo simpático que ven en el trolebús. Porque beben porquerías como Martini Orange, Gin Tonic o Vanilla Coke. Porque no te ponen la mano en el trasero excepto en los anuncios. Porque no les excita la idea de la violación salvo en la mente de los hombres. Porque son rubias, morenas, pelirrojas, dulces, calientes, cálidas, graciosas, porque tienen cada vez un orgasmo. Porque cuando no tienen un orgasmo no lo fingen. Porque el momento más bonito del día es el café de por la mañana, una hora entera royendo galletas y poniendo verde a todo el mundo. Porque son mujeres, porque no son hombres, ni otra cosa. Porque hemos salido de ellas y a ellas volvemos, y nuestra mente órbita como una estrella pesada y embarazada, una vez y otra vez, a su alrededor."

viernes, 8 de diciembre de 2017

Presente eterno:

Otra Navidad con ángel.

Perdonadle, porque no sabe lo que hizo”.
José Saramago, El Evangelio según Jesucristo.


Sevilla, año 2067. Tres años después del apocalipsis. Un hombre de mediana edad camina por las desoladas calles de una ciudad fantasma...

La eternidad es aburrida. O al menos eso es lo que debe pensar el viejo después de mirar al vacío durante miríadas de horas. Tal vez por ello es por lo que, lenvantándose, proclama: “Hágase la luz en aquel rincón de la galaxia”. Y la luz se hace. A mí siempre me falta tiempo para impedir semejante atrocidad. Ya conozco las demencias del viejo, sus vicios, sus inconsciencias. Y con la luz y en la luz, que precisamente yo tengo el deber de llevar a los hombres, se hacen también los valles y las montañas, y las aguas de los mares y las de los ríos, y las plantas y los animales, y el hombre y después la mujer para que le sirviera a éste de fiel compañera. Dios, con un soplo, les dice a ellos: “Henchid y dominad la tierra”. Entonces, a espaldas del viejo, decido hacerme con el control de esta región de la galaxia. Decido construir, para gozo del hombre y de la mujer, un jardín, un vergel, un edén y ellos retozan inconscientes, hasta que el viejo dirige su mirada hacia ellos y decide que son demasiado felices, que son casi como él de felices, que eso no es tolerable y los condena a la ignorancia eterna, al olvido de sí, colocando en el centro del paraíso un árbol frondoso y advirtiéndoles “comed cuanto queráis de este árbol de vida”. Y el hombre y la mujer fueron desdichadamente idiotizados para solaz del viejo. Sus carcajadas retumban en los cielos y la mujer dice al hombre: “son truenos” y el hombre dice a la mujer: “eso debe ser. Ven conmigo mujer, que no tengas frío”. Con mis brazos siembro un árbol nuevo en el vergel, el árbol del conocimiento del bien y del mal, me transfiguro en serpiente, llamo a la mujer y le digo: “Come del fruto de este árbol y serás feliz como Dios”. La mujer come y da de comer al hombre. El viejo, que ve alterados sus planes, surgiendo entre las nubes, grita: “Fuera del paraíso. Me habéis desobedecido. Avergonzaos de vuestro cuerpo, trabajad, sudad”. Fui yo quien les dio, primero a ella y después a él, unas hojas de parra para cubrir sus rubores. Desgraciados, qué pena me dan. Mirando desde su trono, el viejo no oculta una sonrisa.
La eternidad es aburrida. O al menos eso es lo que debe pensar el viejo después de mirar durante siglos aquella lejana región de la galaxia. Tal vez por ello, por aburrimiento, es por lo que decide destruir la vida que ha creado, animales y hombres principalmente. Levantándose proclama: que llueva y llueva hasta que toda la tierra sea cubierta por las aguas. A mí nunca me falta tiempo de acudir al hombre y decirle: “Construye un arca con tus hijos, reúnete después con ellos y con tu mujer, escoged una pareja de todas las especies que conozcáis y esperad a que pase la tormenta. El viejo, como el vicio, es inconstante. Creed en mí”. Trescientos días y trescientas noches de diluvio terrenal, trescientos días y trescientas noches hasta que el arca finalmente se posa en la cima de una montaña, trescientos días y trescientas noches hasta que los animales comienzan a repoblar la tierra y con ellos el hombre y la mujer, que -confiados- cruzan sus miradas y quédamente hablan de mí y conmigo: las primeras y leves oraciones. El viejo ve alterados sus planes y, surgiendo entre las nubes, grita: “Que la tierra sea un infierno para el hombre y para la mujer. Que entre los animales y plantas que se han salvado, algunos se conviertan en sus depredadores y otras en venenos jugosos y mortales para sus cuerpos”. Fui yo quien les dio al hombre y a la mujer, unas hojas para sanar sus enfermedades y un paño para enjugar sus lágrimas. Desgraciados, qué pena me dan. Mirando desde su trono, el viejo no oculta una sonrisa.
La eternidad es aburrida. O al menos eso es lo que debe pensar el viejo después de mirar durante siglos aquella lejana, pero maravillosa, región de la galaxia. Tal vez por ello es por lo que decide destruir la paz y la concordia entre los hombres todos y las mujeres todas, incitándolos a construir una torre elevadísima, que llegara a los cielos, empeño imposible, además de inútil, pero empeño que acabaría desgastando la voluntad de los hombres y de las mujeres, desgaste perverso que divertiría al viejo. Fui yo quien infundo a los hombres todos el deseo de elevar sus plegarias hacia mí, hacia los cielos, y con ellas crece la torre. Pero el viejo, observando el irrefrenable crecer de la torre y temiendo el asalto a su trono, proclama: “Que se confundan sus lenguas”. Y sus lenguas se confunden: los viejos no entienden a los jóvenes, ni los hombres a las mujeres, ni los padres a sus hijos. La torre cae en mil pedazos y muchos hombres y mujeres perecen entre los escombros de la incomprensión. Una ciega y cruenta guerra recorre la región. Llorando, decido bajar para infundirles a los hombres todos un don divino que el viejo nunca me hará perdonar: el sentido moral, que ya han olvidado desde la mordedura de la manzana prohibida, y el sentido de la justicia del que nunca han dispuesto. Esta vez voy depositando ambos sentidos delicadamente, uno a uno, en todos los hombres y en todas las mujeres de la tierra, porque solo así pueden sobrevivir a las demencias del viejo y a su propia naturaleza maldita. Muchos años duran aún las guerras, muchas catástrofes tienen que padecer, hasta que finalmente, dispuesto a morir por ellos decido bajar a la tierra y nacer en la tierra, como hombre vivir, y sufrir como hombre, morir como hombre a manos del hombre, intentar salvar al hombre de sí mismo y de su dios creador. En la tierra nazco en el día que los hombres y las mujeres llaman de la Natividad, en el exacto día en que comienza mi pasión. Esa noche el viejo no despega su mirada del corral en que el hombre coloca sobre una mesa maltrecha un paño, un trozo de pan y una jarra de vino. No despega su mirada del gesto del hombre que sirve de apoyo a la mujer cansada para que ésta se aproxime a la mesa. No despega su mirada tampoco del niño recién nacido que soy yo como hombre. Y el viejo siente celos del hombre que tiene una tarea, de la mujer que tiene otra tarea, de mí que soy como él mismo más joven, de mi tenacidad. Y el viejo siente odio hacia mí, hacia él mismo, hacia quien él mismo fue, es y será. Mas esta vez no proclama nada, en secreto dirige su acción. El hombre, paciente, sentado a la mesa mira el fondo de la jarra y las figuras que las migas de pan han dibujado sobre el paño. En ellas o con ellas o sobre ellas cree ver algo, una imagen, una intuición tal vez. Proclama a la mujer: “Levántate, coge a tu hijo y lo que puedas llevarte contigo mientras yo preparo el asno. Nos vamos de aquí”. Aquella noche el gobernador manda degollar a todos los niños recién nacidos en la ciudad. Esa visión del hombre me salva a mí todos los días desde entonces.
En su trono el viejo proclama: “Rafael, Gabriel, Miguel, Azrael, Uriel, venid a mí. Haced desaparecer la tierra. Destruid la tierra, esa inmunda tierra. Borrad al hombre, desagradecido, borrad a la mujer, traidora, de la faz de la tierra”. Blanca espuma mana de su boca: “Azrael, Uriel, Miguel,... venid a mí”. Gabriel dice: “El viejo está demente”. Rafael: “El viejo ha perdido el juicio”. Uriel: “El viejo delira”. Miguel: “Tal vez deberíamos llevarlo al tribunal de la Suprema Unidad. Él juzgará”. Azrael: “Él juzgará”. Rafael: “Él juzgará”. Uriel: “Él juzgará”. Yo, Lucifer, proclamo: “Hombres todos, perdonadlo, porque no sabe lo que hace”.


Sevilla, año 2067. Tres años después del apocalipsis y tres días después de la Navidad. Una densa lluvia de polvo dorado cae sobre toda la superficie de la tierra. El hombre de mediana edad camina por las desoladas calles de una ciudad fantasma. La mujer con un niño en brazos sigue los pasos del hombre. A veces se para a rebuscar entre los escombros, mientras no deja de susurrar una tonada: “duérmete niño, que en el edén todos somos hijos del amor”.

José Manuel Martínez Arias.

lunes, 6 de noviembre de 2017

¿Dónde espera lo que no fue? Disparate:


Lo otro que pudo haber sido y no fue.


Con mi portátil nuevo me han regalado un procesador de textos 5.0. Me dijo el dependiente que venía con un corrector ortográfico muy... prudente (perdón, yo quería escribir “potente”). ¡Qué ilusión y qué deloite físico escribir en este teclado! ¡Qué ganas de escribir! Escribir por ejemplo... De niña quise ser... teóloga (no, “teóloga” no, “teóloga”, pero con “ge”). Me encantaban las piedras... en el riñón, no, sin riñones, y los canes (no, espera, “vol”, “vol-canes”). Especialmente uno que hay en Hawai-Bombay, no, solo en la isla del Pacífico. Espera que quite la paloma, que este... prudente... corrector ortográfico también trae dibrujitos, no, “-bujitos”. Pero... un momento, que no sé cómo se pueden quitar los dos brujitos, parecen como la buena y la mala con-ciencia (saber riguroso, ha aflorado una nota de color amarillo). Debe ser una llamada de atención, palabra clave … de sol Rimski Korsakov fue el autor de Sherezade. No. Espera (¿blanco por dentro y verde por fuera?). Es otra nota amarilla, otra clave... de sol Johan Sebastian Bach no compuso ninguna Ópera, pero sí varias Con-tatas (niñeras, chicas de servicio). Así debió ser, tuvo dieciocho hijos. Pero yo no quiero escribir de música. Quería contar que de niña quise ser... teóloga (con “ge”). ¡Qué... prudente es! La lava naranja (de Valencia y de Murcia) sobre la roca negra (pequeña isla baja, situada a 18 kilómetros al sudeste de las Rocas Cormorán y aproximadamente a 194 kilómetros al oestenoroeste de la isla San Pedro) tenía un efecto... hipnopédico... encima... de mí. Bien, acepto la... injerencia. Después el terremotocicleta de Guate-mala o desleal me quitó las ganas... de vivir. Se abre una ventana con el mensaje: “Prohibido seguir en esta línea autodestructiva. Para continuar pulse Control-F12”. Decido seguir, pero el teclado parece inerte. Pulso Control-F12. La pantalla se vuelve oscura y una voz masculina y seductora me dice: “¿Está usted mejor? ¿Puede continuar?” Le respondo “Sí, por favor”. Estoy hablando con mi computadora. Y ésta me escucha y me atiende. Vuelve a aparecer sosegadamente el texto. Sigo: Entonces quise ser bombera (fabricante de bombas). Una estridente sirena comienza a salir del ordenador, que grita: “¡Atención! ¡Está usted acorralada! Acaba de ser enviada una alerta a la comisaría de policía más cercana a su dirección. No se mueva. Espere unos minutos hasta que el sistema operativo vuelva a ser actualizado. Ataque terrorista posible. Ataque terrorista aún no abortado. ¡Atención! ¡Peligro! Una vida humana aún no nacida debe ser liberada. No se mueva. No haga nada. Las autoridades están en camino. Ya debe usted estar rodeada. No capte rehenes, esto solo agravaría su situación”. Todo esto a un volumen ensordecedor. No me atrevo ni a pestañear. Poco a poco va volviendo la calma, finalmente el ordenador enmudece y vuelve a aparecer el texto. Otra vez la misma voz seductora: “¡Falsa alarma! ¡Continúe, por favor!” No sé si seguir o huir. Retomo el texto. Leo: De niña quise ser... teóloga. Me encantaban las piedras... en el riñón y los... canes. Especialmente uno que hay en Hawai-Bombay, después una paloma, después dos brujitos y después dos claves de sol. La lava naranja de Valencia y de Murcia sobre la pequeña isla baja, situada a 18 kilómetros al sudeste de las Rocas Cormorán y aproximadamente a 194 kilómetros al oestenoroeste de la isla San Pedro, tenía un efecto... hipnopédico... encima... de mí. Más tarde el terremotocicleta de Guate-mala o desleal me quitó las ganas de... durar con vida o tener vida. Entonces quise ser... una de esas personas que tienen por oficio... de tinieblas extinguir... dinosarios e incendios y prestar dinero (usurero: persona que presta con usura o interés excesivo) y ayuda en cualquier otro siniestro total (suena una canción: “y es que me pica un huevo / no sé qué voy a hacer / no sé qué puedo hacer”). Cuando termina la canción estoy más relajada. El ordenador me vuelve a hablar: “¿Quiere usted seguir?”. Le respondo: “Sí, por favor”. Años después fui a la Universidad para estudiar... Histeria Colectiva. Histeria en la que yo creo estar cayendo poco a poco. “Habla usted mucho de sí misma”, dice el ordenador. “Tal vez debería usted corregir su estilo. ¿Quiere que le ayude?” “¡NO!”, grito. “¡Cállese!”. “¡Déjeme en paz!”. La pantalla baja automática y rápidamente el contraste, se queda a media luz. Casi no distingo las letras negras sobre el fondo gris. Tengo que pegar mi nariz a la pantalla para poder ver lo que estoy... o estamos... escribiendo. En la Universidad... de París que está en Sevilla, Ispal, ciudad fundada por fenicios o tartesios antes de la llegada de los romanos en el 206 a. C., si quiere saber más pulse Control-+-F11, si no, continúe escribiendo... conocí acullá al singular conjunto musical natural de Colombia y autor de La camisa negra que ahora es mi esposo y padre de mis hijos. Lo cognocí una soirée de otoño en los fosos del castillo que fue fábrica de tabacos y donde las cigarreras de Merimée cantaban aires de París mientras embestían a los toros al grito de “Cabreador”. Con la nariz pegada a la pantalla, grito: “Me cago en la puta que te parió”. La pantalla se apaga totalmente y una voz, ahora estridente, fría, ajena, cibernética, dice: “Su ordenador ha sido bloqueado. Para volver a conectarlo debe usted esperar... quince minutos.” Repite: “Su ordenador ha sido bloqueado. Para volver a conectarlo debe usted esperar... catorce minutos... cincuenta segundos”. El mensaje, incansable, no deja de reproducirse. El ordenador portátil no está enchufado a la red. Estoy a punto de arrojarlo por la ventana, pero decidimos los dos que era mejor que yo me fuera de casa a caminar por donde las calles tuviesen a bien conducirme. 

domingo, 8 de octubre de 2017

Silencios:

La otra historia de la calle Sierpes.

A Pepelu.

Esta espléndida mujer que charla y gesticula en la calle Sierpes es Doña Ernestina Queipo de Llano Martí. Tiene la elegancia que dan el poder, el dinero y sus 33 años. Acaba de salir de la sombrerería Maquedano y se está despidiendo de sus amigas doña Amalia y doña Josefina. Las tres hablan, sonríen y agitan sus brazos como si algo les impidiera percartarse del ambiente de angustia que asola la ciudad en estos días de julio de 1940.
Doña Ernestina luce un vaporoso vestido azul y, aunque es temprano y el sol no está aún en todo lo alto, su cabeza va elegantemente equipada con una pamela del mismo color, con tres flores rosas y una redecilla de hilo fino. Sus amigas parten hacia arriba, en dirección a la Plaza de San Francisco, mientras que ella marcha en sentido contrario hasta que decide sentarse en uno de los veladores de la plaza de la Campana. El atento camarero sabe lo que ella tiene decidido tomar: un corto de café con una nubecilla de leche. Un periódico extranjero ha sido olvidado en la pequeña mesa redonda. Ella apenas le dirige una leve mirada, pero le es suficiente para poder leer las grandes letras negras que dicen: “La Lozère, un vrai désastre!”.
El camarero deposita cuidadosamente la taza de café sobre la mesa y pregunta: “¿Algo más, doña Ernestina?”. “No, gracias, Mariano. Es suficiente.” El camarero gira sobre sí mismo y se adentra en la cafetería por la puerta que da a la misma plaza de la Campana. En ese instante una señora de unos cincuenta años aparece en la plaza. Viene de la misma calle Sierpes y se detiene de pie junto al velador, frente a la propia doña Ernestina. El contraste no puede ser mayor. Va vestida toda de negro: falda larga y blusa. Lleva, recogiéndole el pelo, un pañuelo también negro en la cabeza. Sus ojos son grises y sus manos arrugadas. Mira fijamente a doña Ernestina. Parece reconocerla. Parece también que está deseando hablar. No se decide. Se gira, camina dos pasos hacia la calle Velázquez, se para, se vuelve a girar y finalmente comienza a hablar desde algo más de dos metros de distancia.
“Yo la conozco, doña Ernestina. Por favor. Usted puede ayudarme. Por favor. No es por mí. Es por mi hijo, por favor. ¡Es tan joven! Él no ha hecho nada. Se tuvo que marchar, pero fue por error. Él quiere volver y usted tal vez pudiera hacer que lo haga. Por favor, doña Ernestina. Aún no tiene usted hijos, pero pronto los tendrá y sabrá lo que duele un hijo.
(Silencio)
Estoy preparada para visitar la tumba de mi hijo. Estoy preparada para yacer junto a él. Pero no sé cómo vivir con este silencio, con esta ausencia. No he vuelto a saber de él. Hace un año. Hágase cargo, por favor.
(Silencio)
¿Podría ahora reconocerlo, su rostro, su voz? ¿Cómo le habrá cambiado la guerra? ¿La soledad? ¿El hambre?
(Silencio)
En su última carta me decía que echaba de menos los paseos por el río, y los labios y los susurros de Azucena, su prometida.
(Silencio)
Hace dos semana tuve un sueño. Soñé que esperaba a mi hijo, que él tardaba, que no venía. Y entonces me lo traían en una camilla unos milicianos. Llevaba las manos delicadamente colocadas sobre su barriga. Lo depositaban en el suelo y de pronto el suelo era el de mi cocina y él incorporaba su cabeza, sonreía y decía: “Ya llegué, madre”.
Tal vez no fuera un sueño y fuera una broma.
(Silencio)
De pequeño decía que quería ser radiotelegrafista. El maestro indicaba en sus notas que era muy aplicado. Años más tarde intentaba entrar en la Escuela Superior de Ingenieros, pero la guerra lo truncó todo. Por favor, doña Ernestina, haga que todo vuelva a ser como antes. Usted podría hablar con su padre o, tal vez, con su suegro. Era tan feliz. Le iba todo tan bien. De niño, las noches le daban miedo. ¿Tendrá miedo ahora a las noches? Entonces me llamaba y me agarraba de la mano. Eso parecía tranquilizarlo. ¿Y ahora? Entonces se dormía con sus manitas entre las mías.
(Silencio)
A veces también sueño que alarga sus manos hacia mí y me dice que tiene hambre. En mis sueños suelo verlo pequeñito, hambriento, humillado.
Envidio a esas madres que han visto volver a sus hijos ofendidos o mutilados. O a aquellas que saben de ellos, aunque estén lejos o escondidos.
No odio. Por eso puedo perdonar. Tal vez usted también pudiera...
Envidio incluso a las madres que enterraron a sus hijos. Yo le llevaría flores a su tumba y me sentaría a su lado y le hablaría.
(Silencio)
Con sus hermanos era diferente, pero con este mi segundo hijo... de niño era tan obediente, tan dócil, me agarraba de la falda y se pegaba a mis piernas. Me necesitaba tanto.
Es un idealista que no entiende nada de la vida real. La culpa fue mía. Una tarde lluviosa me dijo: “Nada de lo que me has enseñado existe”. “Nada es real”. “¿Qué será de mí?” Pasamos toda la tarde sentados en silencio frente a la ventana de la cocina.
(Silencio)
Estaba enamorado de la Antigua Grecia y un día, cuando era un muchachito, vino a mi lado y me dijo que quería ser filósofo. Su padre le respondió: “Hoy día, en nuestro país, ser filósofo es difícil. Si dices la verdad acabarás en el manicomio... o en la cárcel”. Más tarde se enamoró de Italia. Después, años después, me dijo: “No me preguntes nada mamá, pero me he apuntado con los milicianos”. Hace más de un año que no sé nada de él. Marchó a Francia. Tal vez usted pueda hablar con el padre de usted y dejarlo volver. Es bueno. No ha matado a nadie. No hubiera podido. Es demasiado débil y bueno. O con su suegro, tal vez. Usted también tendrá hijos. Por favor. Dígame que sí. Que lo intentará al menos. Dígamelo.
(Silencio)
No puede durar tanto un exilio.
No puedo seguir viviendo sin saber de él.
No necesito vivir sin él.
(Silencio)
“Tú me has educado, madre. No me digas ahora que nada de lo que me enseñaste era verdad”. “Me educaste bien, sólo que no calculaste con acierto el número y el poder de los fanáticos. Ellos no podrán evitar que exista todo lo sublime que me enseñaste.”
¿Qué le podía decir yo entonces? ¿Que la patria no lo merecía? ¿Qué la mejor de las ideas no vale la sangre que se pierde? ¿Es digno que una patria condene a muerte a sus mejores hijos?
No sé qué me pasó entonces, pero no pude dejar de llorar. Hasta hoy no he podido dejar de llorar. Por favor, doña Ernestina. Usted puede ayudarme.
(Silencio)
Las vecinas murmuran. Ya ni se molestan en cerrar las ventanas para que yo no pueda oírlas. Yo les pregunto: ¿por qué vosotras sí tenéis a vuestros hijos a vuestro lado? ¿Por qué yo no sé nada del mío?
Sólo me interesan sus cosas, sus cartas, sus libros. Me encierro en su habitación y allí paso las horas. No puedo más. Estoy desgarrada. Mi hijo es mío y no vuestro. Hace un año que me muero. No estoy enferma, pero me muero. Si no me he quemado en la calle, si mi marido no ha salido aún a matar o a martarse, es porque ya estamos muertos. Solo que nadie se ha dado cuenta, ni nosotros mismos.
(Silencio)
Cuando nació era muy pequeñito. Menos de dos kilos y medio. Parecía una niñita y me daba miedo cogerlo en brazos. “Vida mía”, le decía estrechándolo en mi pecho. Después creció muy bien, delicado, pero bien. A los cinco años me dijo: “Mamá, una ola me dejó en la orilla”. Nunca entendí lo que le pasaba, lo que quería. ¡Pero es tan cariñoso! Una ventosa noche, agarrándome la mano, me preguntó: “¿quién llora ahí fuera?”. “Tengo miedo, mamá”, dijo.
(Silencio)
Volvió de su primera campaña muy cambiado. Sus ojos no eran los mismos. Ni su voz. Parecía más recio y firme. Distante. Sus hermanos también lo notaron. Cogió a su sobrino en brazos y se quedó quieto. Frío. Le sudaba el rostro. Tenía tanto miedo.
(Silencio)
Anoche volví a soñar con él. Había una enorme extensión de arena. Era de noche. A veces fogonazos blancos se extendían por el campo. Lo veo intentando esconderse, huyendo. Explosiones. Yo corro tras él. Intento alcanzarlo. Se me escapa. Estoy a punto de agarrarlo por la espalda, pero caigo y él se marcha: no se ha dado cuenta de que era yo quien le seguía. ¿Cómo ha podido no sentir mi presencia? ¿Habrá olvidado mi voz? ¿Por qué seré tan débil? Sus pasos son tan largos.
Hace tres meses una mujer me dijo: “Si no lo hubieses educado así, todavía seguiría contigo”. No puedo quitarme estas palabras de la cabeza. Yo soy la única culpable, señora. Por favor. Pero no puedo seguir sin saber de él. Por favor, permítanle volver.
(Silencio)
(Se tira al suelo)
(Llora)
Ahora rezo, dice. Rezo todos los días. Acudo a la iglesia y rezo. Tal vez Dios y usted pueden ayudarme. Sus padres, don Gonzalo y doña Genoveva son buenos cristianos. Ayúdenme por favor.
Busco amparo. ¿No quiere usted escucharme? ¿Por qué, señora, no me atiende? ¿Acaso ya estoy muerta y aún no me he enterado de ello? Por favor, doña Ernestina. Es usted una buena señora y cristiana. Apiádese de mí, por humanidad.
Él es bueno. Marchó a Francia. En su última carta me decía que estaba en La Lozère, con los guerrilleros. Liberando a Francia. ¿Quién lucharía para liberar a una patria que no es la suya? Es tan generoso. Si usted lo viese y le mirase a los ojos no dudaría de su bondad. Él no está hecho para la guerra. Cuando se fue me dijo que volvería. Por eso aún lo espero. Porque sé que está vivo y que volverá.
(Doña Ernestina ha estado escuchando todo el discurso de la señora de negro sin moverse. Mirándo al frente con la taza de café entre sus dedos. Ahora mueve su mano para tapar el titular del periódico: “La Lozère: un vrai désastre! Des centaines de soldats espagnols sont morts. Un champ du sang”).
(Silencio hecho de otro silencio. Finalmente la señora de negro vuelve a hablar.)
Sólo fue mío mientras era pequeño. Después me lo robasteis. Ahora sólo me habéis dejado el miedo al paso del tiempo, el miedo a olvidar sus ojos, su voz. No tenéis derecho a arrebatarme mis recuerdos.
(Aprovechando el silencio más largo, doña Ernestina deja unas monedas sobre la pequeña mesa redonda. Se levanta, recoge el periódico y los paquetes, y en silencio marcha en dirección a la calle Alfonso XII. Cuando pasa junto a la señora de negro no dice nada, no hace ningún gesto.)

José Manuel Martínez Arias.


domingo, 3 de septiembre de 2017

Desasosiegos:

La otra Tercera historia.

Hoy vendrá. Lo sé.

No recuerdo desde cuándo tengo el don de atravesar con la mirada, pero sí la primera vez que de forma consciente lo había conseguido provocar. Tenía ocho años y estaba en el jardín de la casa de mis abuelos paternos, un jardín como este de ahora, junto a una higuera vieja.

Sola, alejada de los gritos de la familia que comenzaba a preparar la merienda, con tanta delicadeza como cuando cogía en brazos a mi nueva hermanita Inés, y sin que nadie me viera, cogí un higo entre mis manos, lo limpié un poco con los dedos, o tal vez lo frotase. Y de pronto, a través del higo comencé a ver a mi madre en la noche anterior. Estaba en el sillón del salón de la casa dándole de mamar a mi hermanita. Mi padre las miraba paciente. ¡De eso hace ya tantos años! ¿cincuenta?

Años después había empezado a comprender que no era yo la que tenía el poder de atravesar con la mirada, de ver más allá de las cosas, de recordar minuciosamente. Era al revés: las cosas evocaban en mí los recuerdos, algunos incluso nunca vividos, como cuando vi a mi hermanita en su primer día de colegio, sentada sola en una silla, esperando a que llegara la maestra, ¿o no era Inés? ¿Quién sería? Algunos objetos me provocaban visiones, recuerdos la mayoría de las veces, fantasías también, pero fantasías recordadas, sentidas como si las hubiera vivido.

Con los años también había desarrollado otro don: el de predecir por unos segundos lo que iba a ocurrir, a veces incluso por algunos minutos, antes de que realmente ocurriera. Como ahora, sentada en un banco del jardín de este balneario. Sonreía porque sabía que en unos instantes llegaría él, el más elegante de todos los hombres. Nunca vi a ningún otro al que le quedase tan bien la pajarita. Ahora estaría saliendo de su habitación o tal vez bajando ya las escaleras y pronto saldría desde detrás de la arquería que da al jardín. Me buscará con la mirada y vendrá a sentarse junto a mí. Sonriendo, sin decir nada. Así era Mario.

Ya lo veo tras las columnas de los arcos, ya lo veo cruzar hacia el jardín, ya lo veo buscarme. Ahí llega.
     - ¡Hola, Mario!
     - ...
     - ¿Qué tal te encuentras hoy?
     - …
     - ¿Mejor? Ayer parecías más apagado de lo normal.
     - ... 
     - Sí, hoy te veo mejor... y como siempre... tan elegante...

Mario llevaba un fino pañuelo de seda blanca en el bolsillo de su chaqueta. De pronto de este pañuelo empezaron a brotar imágenes. Con Mario no había ningún problema, porque él me conocía desde hacía años y sabía de mis poderes. Al principio no les hacía mucho caso y decía que eran ensoñaciones mías, o algo parecido, pero poco a poco fue comprendiendo que no le mentía, que las cosas se dejaban transparentar por mi mirada. El pañuelo me llevó al día en que Inés conoció a Mario. Inés había ido a una tienda del centro a comprar telas para confeccionar unas servilletas y al salir de la tienda estaba él, de pie, muy derecho, como siempre, muy elegante, sonriente, como siempre, y atento. Estaba mirándola y según supe más tarde, había quedado prendado de su belleza, de sus cabellos, de sus ojos, o, como él decía, de su mirada.

Esa misma noche, en la oscuridad de nuestra habitación, Inés me habló de él. Me dijo:

     - Hoy he conocido a un joven. Me miraba de una forma extraña y ha preguntado cómo me llamaba.
     - ¿Y tú qué le has dicho?
     - Inés. Que me llamaba Inés.
     - ¿Y qué más?
     - Nada más. Me vine para casa y ya está.
     - ¿Y ya está?
     - Bueno. Me siguió hasta la esquina y ahí se quedó. Antes de cenar aún seguía ahí, pero ya no está.
     - ¡Estás loca! ¿Cómo te dejaste seguir? ¿Por qué no me has dicho nada hasta ahora? ¿Y si es peligroso?
     - No parecía peligroso. Sonreía.

Mientras le hablaba a Mario recordándole sus recuerdos y los míos, mientras veía lo que había sucedido treinta años atrás Mario callaba y sonreía como debía sonreír aquella tarde y todas las tardes de su vida.
A veces recordar es como beberse un licor muy lentamente destilado.

Mario bajó la mirada y observó el clavel que llevaba en el ojal. Yo también miré su clavel blanco y nuestras miradas se encontraron, conectaron, a través de los pétalos. Entonces no le conté lo que recordé, pero sé que él sabía lo que yo estaba viendo y también sabía por qué no se lo contaba.
Era el día en que Mario llegó a casa con un hermoso ramo de flores. Inés estaba muy nerviosa, porque intuía que Mario tramaba algo. Así fue. Mario vino a pedir la mano de Inés. Inés lloró antes de dar su beneplácito. Mi madre lloró durante aquella merienda. Yo lloré aquella tarde y muchas tardes más. Por Inés y por Mario. Por la felicidad de ambos. Cuanto más lloraba por ellos más desarrollaba el poder evocador. Ya no podía controlarlo. Todo provocaba en mí imágenes, recuerdos y recuerdos que se enlazaban con otros recuerdos más antiguos o con imágenes de recuerdos que aún no habían ocurrido. La felicidad de ellos era el motor que provocaba mis evocaciones.

Ahora todo ha cambiado.
Ya puedo de nuevo regular el orden y el caudal de imágenes.

Aquella otra tarde de hace más de veinte años Mario no sonreía. Me llegan las imágenes ahora desde el brillo de sus zapatos. Siempre tan limpios. Yo estaba muy nerviosa en la cocina de casa. Mi madre había salido cuando llegó Inés, siempre tan alegre, con un sombrero nuevo y con un vestido azul. Me preguntó que cómo me encontraba y le dije que bien, que contenta de estar en casa con ella. Me preguntó por mamá. Después de un largo silencio me anunció:
     
     - Estoy embarazada.
     - ¿Cómo? ¿De verdad?

Fue una enorme sorpresa. Ya empezamos a hablar de si sería niño o niña, de sus ropitas, de su cunita, de su habitacioncita...

Después tengo un vacío.
A veces recordar es como meter una mano en el fuego o como abrasarse por dentro.

Recuerdo que más tarde, cuando llegó Mario, Inés estaba sentada en el sillón con la cabeza caída sobre el pecho, parecía tranquila, como dormida. Nunca supe qué había pasado, pero el entierro del día siguiente que parece que nunca tuvo lugar, que fue un hecho irreal, inventado.

Yo me quedé muy triste después de la muerte de Inés. Tristeza que me duró meses. Gracias a Mario pude superarla. Desde entonces él nunca me ha abandonado. Aparece en todos mis recuerdos posteriores, sonriendo, elegante, alto, recto, amable. Cuando fuimos a comprar el coche, cuando visitábamos nuestro terrenito en las afueras, donde construiríamos nuestra casa, cuando salíamos al teatro con los amigos a quienes tanto queríamos y que tanto nos apreciaban,... cuando nos venimos a vivir al balneario,... nunca me ha abandonado su sonrisa, su mirada y ahora está aquí conmigo, sentado frente a mí, tan silencioso. Sabe que estoy triste, porque sabe que el brillo de sus zapatos siempre me evoca imágenes amargas. Por eso antes de que empiece a llorar alarga su mano hacia mi cara. Va a decirme “no llores, ángel”, pero nunca llega a decir nada y nunca llega a tocarme la cara. Su mano leve la atraviesa y acaricia el poste de madera que sujeta el banco en que estoy sentada. Después Mario se da media vuelta y se marcha. Todas las noches, en lo oculto de mi habitación, el mismo desasosiego: ¿vendrá Mario mañana a estar conmigo, a hablarme y a tocarme la cara?

sábado, 5 de agosto de 2017

Recomendación:

La expresión libre del pensamiento por parte de un individuo nunca es censurable.

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